TREINTA Y CINCO
U n miedo ineludible me acompaña mientras avanzamos y torcemos docenas de esquinas por los pasillos por los que me conduce Garra. Me tiene agarrada con tanta fuerza que me duelen los huesos, pero, aun así, no trato de soltarme.
Si los guardias de la Garda nos encuentran… Si se les ocurre sellar el castillo por completo y no solo las puertas…
Por todas las Primigenias.
Si lo hacen, nos quedaremos aquí, sin salida, como unas ratas en una jaula y no tendremos más remedio que esperar a que nos capturen los guardias si Cash falla en su misión.
Tenemos que salir de aquí de una puta vez .
Garra me guía hasta el final de un pasillo que se ensancha justo donde las paredes de mármol dejan paso a unas rocas desgastadas, y el olor a heno, tierra y polvo se me cuela en la nariz.
—Por aquí.
Le guardia empuja con todo el peso de su cuerpo una puerta de madera desgastada que hay al fondo del pasillo y, en cuanto escucho un atronador crujido, la puerta se abre.
Las sombras se filtran desde el exterior y las nubes negras que flotan sobre nosotros son tan densas como las siluetas de las bestias que surcan el cielo nocturno.
Está lloviendo tanto que la lluvia se cuela por la puerta y me empapa por completo.
Sigo teniendo la sensación de que alguien nos está persiguiendo.
Entonces, una figura negra y carmesí se cuela en mi rango de visión.
Al segundo, una voz de lo más extraña gruñe entre dientes:
—Volved a…
Pero Garra no deja que termine. Le ha asestado un golpe con su espada con tanta rapidez que ni siquiera le he visto.
Me fijo en la profunda herida que atraviesa el pecho del guardia y Garra ni se molesta en volver a envainar su espada.
—¡Vamos, Maeve!
Y corremos. Corremos sin parar.
Bordeamos el castillo y nos agachamos bajo los tejados de paja de los edificios anexos.
No queda nadie en las cocinas de fuera, pero, aun así, percibo un olor suntuoso y cálido en el ambiente.
Son calderas llenas de estofado que siguen hirviendo a fuego lento en las chimeneas de las cocinas, como si las cocineras hubieran dejado a medio guisar el menú de celebración que estuvieran preparando para el final de la Prueba de Fuerza.
Dudo que los nobles se esperaran que acabáramos así, en lugar de coronando a la nueva reina.
Veo que han abandonado un jabalí entero cocinado a la perfección, así que, lamentablemente, el animal ha muerto en vano.
—Por aquí —me indica Garra, derribando una puerta que queda en la parte trasera del castillo justo antes de señalar con la cabeza hacia la familiar penumbra que hay al otro lado; es el mismo camino que tomamos para bajar al templo.
—Ni de coña. —No puede hablar en serio—. No pienso esconderme en un sótano. —Y mucho menos con la batalla que se ha desatado en el patio. Por no mencionar que, si los guardias de la Garda acaban encontrándonos, no tendremos escapatoria.
Me parece entrever un atisbo de tristeza en su mirada tensa cuando dice:
—¿En serio crees que voy a jugártela a estas alturas?
—No, creo que intentas protegerme —respondo en tono calmado—. Pero no necesito que nadie me proteja.
Garra niega con la cabeza.
—Eso ya lo has demostrado con creces. Y deja que te diga que mi intención no es que te escondas, sino que salgas de aquí. ¿Cómo crees que entra y sale Lobo del castillo a sus anchas sin que lo pillen?
Le sigo. Nuestras pisadas retumban contra las piedras erosionadas del suelo, bajamos por una escalera estrecha y dejamos atrás las despensas a rebosar de cestas con harina y cereales. A pesar de la escasez que azota al resto de la isla, aquí todavía hay alimento de sobra.
Al menos por ahora.
Garra desliza la puerta oculta por la que me trajo la otra vez, cuando Lobo me estaba esperando, y rebusca algo en el cuello de su camisa.
Lleva colgada una pequeña llave de bronce, idéntica a la que utilizó Lobo para abrir la puerta que daba a la habitación abandonada que había en lo más alto de la escalera por la que me hizo subir.
Mi aliento se convierte en nubecitas de vaho por el frío repentino que envuelve el templo, y el olor a tierra y piedras me llega hasta los pulmones.
Aparta la capa azul marino que hay en el altar y mete la llave por debajo del borde de la piedra.
Al segundo, el altar gira hacia atrás sobre unas bisagras ocultas. Estoy atónita.
Le guardia señala entonces la oscuridad que hay más allá y murmura:
—Tú primero.
Por todas las Primigenias… Qué mal huele en este túnel.
Es como una peste a… huesos, sumado a la humedad que se me pega a la piel. Nuestros pies chapotean sobre el suelo con cada paso que damos y escucho un eco continuo que nos persigue y que hace que la mente me juegue malas pasadas.
Decido respirar por la boca y avanzamos sin detenernos.
Después de lo que me parece una eternidad, por fin llegamos a otra puerta de madera a la que Garra pega la mejilla. Después, cierra los ojos y frunce el ceño.
Está intentando escuchar.
Tras unos segundos, Garra se mueve y utiliza todo el peso de su cuerpo para empujar la puerta. En cuanto cede, se abre lo bastante como para que se cuele una franja de luz púrpura. Primero, echa un rápido vistazo y, después, me hace un gesto con la mano para que le siga.
No esperaba encontrarme con este violento amanecer.
Escucho unos gritos a lo lejos, además del brutal sonido de las puertas y las ventanas cerrándose a cal y canto.
El débil ruido de los chillidos viene y va, mientras que las sombras gigantescas que atraviesan el cielo se ciernen sobre los adoquines, como si la ciudad se estuviera despertando poco a poco para presenciar las atrocidades de la guerra.
De repente, me doy cuenta de que estamos en el distrito mercantil .
Y eso quiere decir que toda la gente de la ciudad está siendo testigo de cómo los caoranachs están atacando el castillo.
Por fin todos sabrán la verdad.
La espesa niebla se arremolina en las calles.
Por ahora, no veo ningún cadáver por aquí, pero sí que hay trozos de rocas y escombros desperdigados por el camino.
Garra se mantiene entre las sombras y me guía por las callejuelas del mercado hasta que nos detenemos delante de un sendero estrecho que me resulta familiar.
El refugio de los rebeldes se alza amenazante entre los tintes violetas del amanecer.
Garra no llama a la puerta y tampoco intenta abrirla con la llave que le cuelga del cuello, sino que se limita a apoyar la mano en el pomo redondo y, en cuanto lo gira, se abre.
Todos y cada uno de los vellos del cuerpo se me ponen de punta a la vez.
—Entra —murmura con brusquedad—. Antes de que nos vea alguien.
—Ya te lo he dicho. No soy una cobarde y no pienso esconderme, y menos sabiendo que mi hermana está ahí fuera —exclamo, señalando con una mano hacia donde creo que está el Paseo del Muelle, aunque me cuesta saberlo con seguridad porque desde aquí no veo el mar.
Tengo que encontrar a Finn. Tenemos que huir de la ciudad antes de que alguien venga a por nosotras.
Mi hermana es lo único que no estoy dispuesta a perder en esta batalla.
—En ningún momento he dicho que tengas que esconderte —replica, regalándome una sonrisa amarga, aunque su mirada parece abatida—. Por favor, Maeve. Le he prometido a Lobo que iba a ponerte a salvo.
Un cansancio repentino me azota de los pies a la cabeza.
—Pues prométeme que vas a encontrar a Finn. —El cielo relampaguea sobre nosotros cuando estrecho sus manos entre las mías—. Por favor, necesito tener la tranquilidad de que está a salvo.
¿Se habrá enterado de todo lo que está pasando?
—Prométemelo —le suplico con la voz rota.
Garra me estruja las manos con cariño.
—No puedo prometerte que vaya a encontrarla, Maeve. Colmillo ordenó que todos los que trabajaran con nosotros…
De pronto, se oye el rugido de una bestia y vemos la sombra oscura de unas alas que planean bajo y dan una vuelta en el cielo para volver al castillo, que se alza imponente sobre el distrito mercantil.
Nos agachamos en cuanto escuchamos el estruendo.
Su mirada vuelve a encontrarse con la mía y, entonces, distingo un destello sombrío de determinación que se cuela en sus ojos marrones.
—Voy a pasarme por tu casa para ver si está, pero luego tengo que irme para ayudar a los demás.
La sorpresa me invade unos segundos antes de recordar a qué se refiere.
Pues claro.
Garra estaba entre los guardias de la Garda que vinieron a sacarme a rastras de la cama aquella noche. Sabe dónde vivo y me imagino que Finn estará allí ahora. Y estoy casi segura de que los Susurradores también lo sabrán.
Abre la puerta del todo y señala con la cabeza hacia la penumbra que se propaga tras el umbral.
—La habitación de Lobo está arriba, al final del pasillo. Espera ahí. Y, si sientes que la casa hace algo… —frunce el ceño, como si estuviera buscando la palabra adecuada— raro , ten en cuenta que aquí vive una maga.
Entro en el refugio y me detengo.
—¿Qué se supone que significa…?
La puerta se cierra de buenas a primeras y nos separa.
Veo el parpadeo de las llamas de los cirios en el mismo pasillo que atravesé con Keeva hace ya demasiadas semanas, y oigo el crujido de los tablones de madera bajo mis botas.
Las velas titilan con cada paso que doy, como si quisieran indicarme el camino.
Quizás tengan algo en la cera o en la mecha que les da ese extraño color verde al fulgor que desprenden en mitad de la oscuridad que envuelve la casa al estar todas las ventanas cerradas.
Es imposible , susurra la parte racional de mi mente.
Es magia , responde la rebelde que llevo dentro.
Dejo que la luz me guíe por el pasillo hasta llegar a unas estrechas escaleras que hay en la parte trasera de la casa y me estremezco al subir los escalones por el dolor y el agotamiento que se aferra a todos los músculos y huesos de mi cuerpo.
Cuando llego arriba, las escaleras desembocan en un angosto pasillo. Al final del todo, hay una única puerta de madera que cruje cuando la empujo y me permite vislumbrar el tenue resplandor que proviene del otro lado.
En cuanto cruzo el umbral, me invade por completo ese peligroso a la par que familiar olor. Su olor.
Por todas las Primigenias… Es como si todos los músculos se me destensaran a la vez.
Cada centímetro de esta habitación me recuerda a Lobo .
Una pared llena de puñales, todos ellos ordenados y tan pulidos que las hojas tienen un brillo cegador.
Las botas, tiradas en el suelo a los pies de una cama enorme que hay en el centro de la pequeña habitación.
Una cómoda en un rincón con una cajita de hojalata encima.
Y un manojo de salvia envuelto por una cuerda que reposa en un plato, con uno de los extremos ennegrecido tras haberlo quemado.
Algo en mi interior me susurra que estoy a salvo .
Aunque sea solo por un momento, en esta habitación, en su habitación, me siento a salvo.
Me quito la ropa sucia a tirones y dejo el montón de prendas empapadas en el suelo.
Agarro una túnica negra limpia de la media docena que hay dobladas con cuidado en su cómoda y me pongo unas mallas de cuero que encuentro en el siguiente cajón, aunque era de esperar que me estuvieran demasiado grandes.
Después, me acerco a lo que resulta ser un pequeño baño que hay al fondo de la habitación.
Con dedos temblorosos, abro el grifo que hay en la pared y, de pronto, sale un chorro de agua a presión que llena una bañera de madera.
Y, gracias a las Primigenias, el agua está maravillosa e inexplicablemente caliente; me imagino que será por la magia.
Entonces, me meto dentro y noto un escozor en todos y cada uno de los moratones y rasguños que tengo por el cuerpo, además de las ampollas de las manos, pero agradezco el calor del agua.
No tardo en desprenderme de la sangre que me cubre de la cabeza a los pies, salvo por los restos secos que se me han metido debajo de las uñas, así que me las froto con ahínco y rabia hasta que tengo las yemas de los dedos en carne viva.
Respira.
Hincho el pecho y noto los pulmones oprimiéndome las costillas, justo como una de las primeras noches que pasé en el castillo, cuando el pánico me subió por la garganta y salí corriendo hacia el jardín de los rosales; o al menos lo era hasta que los arrancaron.
Clavo las uñas en la madera de los filos de la bañera y me zambullo en el agua, que ahora está teñida de rosa por la sangre.
El baño es bastante simple. Hay un par de toallas, un cepillo para lavarse los dientes y una jarrita con pasta de menta.
Me echo un poco en el dedo y me froto los dientes.
Y, aunque nada de esto cambie lo que he hecho, esa diminuta pizca de familiaridad me ayuda a calmar los desbocados latidos de mi corazón.
Me fijo en la cesta que hay en uno de los rincones, que está llena de vendas largas y limpias, justo como las que utilizó Lobo para curarme y vendarme la herida del costado. Agarro dos para envolverme las palmas llenas de arañazos y me ato la suave tela en los dorsos de las manos.
Entonces, recorro con el pulgar la delicada cicatriz enrojecida que me atraviesa el costado.
Y, aunque la herida ya se ha curado lo suficiente como para que no se vuelva a abrir, los músculos de la zona me siguen doliendo.
De hecho, me duele todo; no hay ni una parte del cuerpo que no tenga resentida.
Sin embargo, sé que podré lidiar con el dolor y con todo lo que ha pasado, aunque sea un poco más tarde.
Me pongo la túnica negra por sobre la melena mojada. Cuando me subo las mallas de cuero, aunque me estén enormes, tengo la sensación de estar metiéndome en mi propia piel. Después, me ato la cinturilla con una de las largas vendas que hay en la cesta. Por ahora, me dará el apaño.
Sin embargo, soy incapaz de tranquilizarme del todo.
Cada relámpago que cae va acompañado de una punzada que me atraviesa todos los nervios del cuerpo, que arden y chisporrotean como si estuvieran a punto de estallar. No puedo quedarme aquí, sobre todo sabiendo que las personas que me importan están ahí fuera, luchando.
Finn, casi seguro.
Y él … No me cabe la menor duda.
Tengo que encontrarlos. Tengo que ir con ellos y ayudarlos a luchar.
Abro la puerta de la habitación de golpe y la débil luz del pasillo me ilumina las botas y me sube por las piernas con el inquietante parpadeo de las velas.
Es entonces cuando veo una figura con capa justo al otro lado de la puerta, con la mano levantada como si estuviera a punto de llamar.
Debajo de la capa distingo una melena oscura y unos ojos verdes que se encienden en cuanto se encuentran con los míos.
Es Lobo.
—Estás viva —exclama en un susurro mientras me atraviesa con la mirada.
Pero no le respondo, más que nada porque me he quedado sin aire en los pulmones.
El instinto se apodera de mí y su mirada salvaje enciende una llama en mi fuero interno que me empuja a acortar la escasa distancia que nos separa.