Una tentación de susurros y lobos TREINTA Y CUATRO
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TREINTA Y CUATRO

L os pasillos del castillo están atestados de cuerpos cuando los tres irrumpimos en su interior; el olor a cobre de la sangre se extiende por todas partes .

Cash se abre paso entre los nobles apiñados.

Algunos de ellos desenvainan sus armas y se enfrentan unos contra otros, pero también hay tantísimos nobles que se han vuelto contra los guardias que Garra aprovecha para quitarle una capa de marta cibelina a un cadáver y echársela por los hombros antes de ajustársela bien sobre el pecho.

El gris empapado de sangre disimula el color negro y carmesí de su uniforme y la espada que lleva en la mano deslumbra bajo el intenso fulgor de las antorchas.

Cash alarga un brazo y me impide avanzar cuando estamos a punto de torcer una esquina sin apenas visión.

De pronto, aparece un noble con una herida en el estómago y se tropieza con la esquina mientras trata de sujetarse las entrañas.

Veo que se le salen los intestinos y se le enredan entre las manos enjoyadas; al final, por muchas gemas, oro y plata que cubra sus manos, nada le va a impedir que sufra una muerte de lo más angustiosa.

Sin decir ni una palabra, Cash observa al hombre desplomarse en el suelo y, en cuanto cae, lo sortea.

—Quinta planta. Pasillo del suroeste —digo entre jadeos.

Cash señala con la cabeza el pasillo que hay a nuestra derecha.

—Por aquí.

Garra no le quita los ojos de encima al príncipe en ningún momento. Un príncipe que pronto se convertirá en rey .

Todos los guardias de la Garda con los que nos cruzamos saludan a Cash con una ligera inclinación de cabeza. Al ir con él, ninguno de los guardias trata siquiera de detenernos.

Las escaleras por las que nos conduce suben hasta lo más alto del castillo y siento que me arden las piernas.

Por fin llegamos a un extenso pasillo formado por enormes bloques de mármol negro en los que hay incrustadas unas gemas brillantes y diminutas, recubriendo todas las paredes.

¿Son aguamarinas? ¿Zafiros? ¿O alguna otra piedra preciosa?

La verdad es que no sé diferenciarlas, pero reflejan la luz de las antorchas que reposan en los candelabros de la pared y se agitan con violencia cuando los cimientos del castillo tiemblan.

Estoy segura de que debe ser por los golpes y los alaridos de los caoranachs y por lo que estén haciendo los magos y los Susurradores fuera.

Al fondo del pasillo, se encuentra una puerta de madera oscura, rematada con un arco y adornada con unas espirales talladas en oro.

Es entonces cuando reparo en la guardia solitaria que hay junto a la puerta. Me sorprende porque sé que jamás dejarían a un rey con una única guardia protegiéndolo, y mucho menos ahora, así que la situación debe de ser mucho más grave de lo que pensaba.

En cuanto nos ve, la guardia se pone en posición defensiva y envuelve con la mano el mango de la espada corta que lleva en la cadera.

—¿Alteza? —exclama, levantando la ceja conforme nos observa a Garra y a mí y, después, vuelve a mirar a Cash.

—He venido a ver a mi padre —responde Cash en tono calmado, mirando a la guardia de arriba abajo con desaprobación, como si la estuviera cuestionando—. Los magos nos están atacando. ¿No os han dado el aviso?

—Sí, lo he oído, pero pensé que… —La guardia traga saliva y su mirada salta entre nosotros tres—. Pensé que alguien tenía que proteger al rey.

—Te puedo asegurar que lo dejas en buenas manos —responde Cash, agarrando con la mano el detallado pomo de hierro de la puerta, que está rodeado de filigranas doradas—.

Lo que necesita el rey en este momento es que protejan su castillo, así que márchate.

Cumple con tu deber y defiéndenos. —Fulmina a la guardia con una mirada fría y añade—: ¿O acaso le tienes miedo a las bestias que nos están atacando?

Entonces, distingo un destello en la mirada de la guardia cuando responde:

—No, a esas no.

Me fijo en que tiene el pelo claro recogido en un moño tirante y, cuando la luz de un relámpago se cuela por la ventana, lo veo: una pequeña y única trenza cymreana en uno de los laterales de su cabeza.

—Cash —murmuro con voz temblona cuando una oleada de pánico me sube por la espalda.

Garra se pega más a mí, pero Cash… da un paso hacia delante y apunta con su espada a la guardia, que levanta la suya y profiere un estruendo metálico al chocar contra la del príncipe.

—¿Te atreves a desafiarme? ¿A mí? —espeta Cash en un tono amenazante y letal que nunca le había escuchado. Al segundo, cierra la mano que tiene libre en un puño y le propina un fuerte golpe a la guardia en las costillas.

Entonces, observo un borrón metálico y afilado; Cash no tenía la mano vacía, sino que llevaba una pequeña daga escondida entre los dedos.

La guardia se tambalea y de sus labios brota un jadeo ahogado.

El arma que lleva en la mano se le cae, pero, aun así, el príncipe no duda en girar con brusquedad la estrecha empuñadura de la daga que acaba de clavarle en las costillas y rajarle el torso de arriba abajo.

A la guardia se le salen los ojos de las cuencas justo cuando le empieza a brotar sangre a borbotones por la boca.

Cash empuja con un hombro la deslumbrante puerta que da a la habitación de su padre y la abre.

—Métela dentro —le ordena a Garra mientras sujeta la puerta y espera a que entremos justo detrás de él.

La guardia a la que Garra lleva en brazos se ahoga entre los espesos regueros de sangre carmesí mientras araña la empuñadura de la daga que tiene enterrada en las costillas, pero no le sirve de nada.

Le echo un vistazo rápido al suelo para ver si hay manchas de sangre junto a la puerta, pero no hemos dejado rastro alguno de lo que acabamos de hacer. Por ahora.

Cuando Cash cierra la puerta, Garra suelta a la guardia en el suelo y le raja la garganta con su propio puñal. En menos de un segundo, la mujer deja de aferrarse a la vida y la luz iracunda de su mirada se apaga.

En cuanto soy consciente de donde estamos, noto un hormigueo por todo el cuerpo.

Este lugar huele… fatal. Un hedor agrio.

Una mezcla de sábanas cagadas, sudor y roña acumulada.

La habitación puede ser el doble de grande que la de Cash, y hay una mesa a los pies de la cama del Rey Supremo repleta de frascos, líquidos y polvos de toda clase.

De pronto, noto un leve zumbido en los oídos. La habitación de un rey no debería tener este aspecto. Aquí huele a… Reprimo un escalofrío.

Aquí huele a muerte , a podrido.

Cash recorre la mesa y pasa una mano por los delicados frascos de cristal y los cuencos alienados sobre ella. Solo me hace falta echar un vistazo para que se me hiele la sangre en cuanto reconozco las astillas de los fragmentos plateados que hay en uno de los frascos.

Cinabrio.

El cinabrio, si se usa en la dosis adecuada, provoca psicosis y una paranoia desmesurada. El truco es que la dosis sea lo bastante baja como para no matar a la víctima.

Entonces, reparo en el detalle de que la Reina Suprema es de Cymrea, y los cymreanos son conocidos por envenenar a sus presas con la misma naturalidad con la que respiran.

Keeva se ganó su reputación, en parte, por ser una de las pocas personas que vendía esta sustancia tan particular.

Decido guardarme uno de los frascos de cinabrio en el bolsillo, por si acaso necesito pruebas más adelante.

—Veneno… —exclama Cash en voz alta, mirando hacia la cama en la que está tumbado su padre, que se relame los labios mientras duerme y jadea como un animal herido bajo una montaña de mantas—.

Me lo imaginaba, aunque no sabía cómo demostrarlo.

Y ella no hacía más que poner la excusa de que estaba…

—Aprieta la mandíbula y veo el brillo ponzoñoso en su mirada gélida.

—Indispuesto —añado en voz baja al recordar las palabras que dijo la Reina Suprema en el baile de máscaras.

La oscuridad inunda los rasgos de Cash iluminados por la luna. Ahora que tiene pruebas de lo que ha estado haciendo su madrastra no sé qué hará con esa información, pero tampoco tengo intención de quedarme a descubrirlo.

Debo actuar con rapidez y, después, salir corriendo.

Me acerco al borde de la cama, justo donde está el hombre que ha sido el causante de mis pesadillas desde que tengo uso de razón y que, ahora, está sumido en un intranquilo sueño.

Este es el hombre que destrozó a mi familia y que estuvo detrás de todas las desgracias que hemos sufrido a lo largo de estos años.

Por todas la Primigenias… ¿Así es como se ve el poder al tenerlo tan cerca?

La piel del Rey Supremo es finísima, casi como si fuera un pergamino desgastado por las esquinas.

En su cabello se distinguen unos gruesos mechones grises y, un poco más abajo, tiene unas cejas pobladas que protegen unos ojos cerrados con fuerza, como si tratara de zafarse de los terrores de su propia mente.

Puede que sea el Rey Supremo.

Y puede que sea la persona que nos haya arrebatado la magia y que haya mantenido toda esta conspiración en secreto mientras los nobles seguían drenando hasta la última gota de los Siete Pozos.

Quizás sea él quien exilió a la Mártir y a los magos, además del responsable de que nuestra isla se haya debilitado tantísimo.

Y, aunque sea el culpable de todo lo anterior, no es más que un hombre.

Un hombre de carne, hueso y sangre.

Un hombre que puede morir con la misma facilidad que el resto de nosotros.

El acero del finísimo puñal que me dio Saraid brilla en mitad de la penumbra. El Rey Supremo se mueve mientras duerme y yo me obligo a respirar hondo mientras intento controlar el temblor de mis manos al colocar la punta de la hoja justo debajo de la fosa izquierda de su nariz.

No tengo claro qué espero de este momento.

Al principio, cuando Lobo me dijo lo que quería que hiciera, pensé que me acabaría sintiendo culpable de un modo u otro. Creía que tendría que luchar conmigo misma para poder cumplir con mi misión.

Sin embargo, ahora que estoy aquí, no noto el más mínimo remordimiento en mi corazón.

Lo que me empuja es la justicia.

Y yo misma me siento como… una Susurradora.