TREINTA Y TRES
U n berrido aterrador que hace que me tiemblen hasta los huesos estalla en el aire, como si fuera un cristal haciéndose añicos.
La sombra que se alza sobre nosotras sobrevuela a toda velocidad la entrada del castillo y los gritos ahogados que se extienden entre la multitud reunida en el anegado jardín acaba convirtiéndose en unos chillidos de pánico.
Unas garras enormes se aferran a los salientes de las impenetrables murallas del castillo y envuelven a los guardias de la Garda que había en las distintas torres de vigilancia para lanzarlos hacia el patio.
En ese momento, percibo un olor similar al que emerge entre los muelles, un olor húmedo y frío que me provoca un cosquilleo en la nariz.
Cada latido de mi corazón resuena más fuerte que el anterior.
No.
Una oleada de miedo me arrolla por dentro.
Eso que escucho no es mi corazón.
Son unas alas.
Saraid, que sigue a mi lado, se agacha y me tira del brazo justo cuando unas garras negras, largas y gruesas, como las amenazantes estacas del Muelle Negro, pasan volando a menos de un metro de nuestras cabezas.
—¡Ve a por tus putas armas! —me grita Saraid.
Entonces, busco a tientas en el barro los mangos de los puñales que me quitó Oona y me los guardo en las fundas mientras oigo el batir de una docena de alas que ahogan el estruendo de mis propias pulsaciones.
Levanto la cabeza y alcanzo a ver las escamas que titilan bajo la lluvia, tan oscuras como unas aguas profundas, y emiten un brillo…
Mágico .
¿Me habré caído de la torreta? Sí, creo que estoy moribunda y que todo esto es producto de mi imaginación después de haberme reventado la cabeza contra el suelo.
No veo otra explicación posible a lo que estoy viendo con mis propios ojos, unas fauces arrancando nobles de entre la multitud y unas garras atravesando los torsos de los guardias, cuyas armas salen despedidas por los aires. Nada de esto puede ser real.
—¡Ni se te ocurra levantarte! —brama Saraid por encima del estrépito de la tormenta cuando un relámpago se abre paso entre las nubes, atraviesa la niebla e impacta de lleno sobre la torreta más alta del castillo.
No puedo evitar taparme la boca con manos temblorosas al ver los grandes trozos de rocas que se precipitan hacia el patio.
Ahí estaba yo. Hace apenas unos minutos…, estaba en esa torreta.
Saraid me agarra de la muñeca y tira de mí mientras avanzamos agachadas esquivando los escombros.
—¿A dónde vamos? —le grito, escudriñando a la muchedumbre que se está dispersando.
Garra; tengo que encontrar a Garra. Sin embargo, el patio está lleno de cuerpos destrozados y esparcidos entre los restos de los rosales y yacen en ángulos antinaturales sobre el fango.
—¡Tenemos que quitarnos de en medio, joder!
Saraid logra esquivar las rocas que nos caen encima y se estrellan contra el suelo.
Saboreo el aroma férreo y salino que flota en el aire, pero no tardo en darme cuenta de que soy yo .
El vestido que me regaló Lobo está completamente despedazado y rajado a la altura de las rodillas después de habérmelo pisado varias veces.
Entonces, otro relámpago estalla en el cielo. El olor metálico y punzante que desprende el rayo me inunda los pulmones y hace que se me ericen los vellos de la nuca.
Saraid se gira hacia mí con los ojos como platos. Veo la batalla que está librando en su interior y, al segundo, me dedica una mirada de determinación cuando me avisa de la sombra que amenaza con arrancarnos la cabeza.
—¡Agáchate! —Se tira al suelo y cae de bruces sobre la hierba empapada que cubre la cima de la colina.
Siento que me arde la piel y me tiro al suelo justo cuando otro rayo cae a un centímetro de donde estaba hace tan solo un segundo.
Impacta sobre una persona que venía corriendo justo detrás de mí. El brazo estirado se le queda inmóvil mientras su cuerpo, carbonizado y humeante, se desintegra bajo la incesante lluvia y se deshace en escamas al caer sobre la tierra empapada.
Saraid levanta la cabeza con brusquedad.
Yo sigo la trayectoria de su mirada y es entonces cuando el poco valor que me queda se esfuma por completo.
La tormenta que tiñe el cielo de negro desata unas violentas ráfagas de aire y unas nubes bajas color ceniza.
Sin embargo, no son lo bastante oscuras como para ocultar las criaturas que se sumergen entre la multitud a través de los remolinos de niebla para, en cuestión de segundos, apresarlos y lanzarlos contra las murallas.
Las figuras alargadas con forma de serpiente se retuercen entre la bruma turbulenta, con unas alas tan desgarradas y finas que resulta imposible de creer que puedan sujetar el peso de semejantes criaturas en el aire, pero lo hacen.
En ese momento, distingo unas figuras con capas azul marino sentadas a horcajadas sobre los lomos de las criaturas, con las piernas enterradas en las ranuras de sus alas y los brazos extendidos hacia el cielo.
Caoranachs.
Lo que tengo ante mis ojos son caoranachs flotando y aullando en el aire mientras despedazan con los dientes la carne y los huesos de los nobles.
Las alas parecen gigantescas telas de cuero mojado y raído, y sus colas están cubiertas de púas hasta el extremo, unas colas con las que golpean las piedras de las murallas y levantan pedazos de suelo cada vez que se lanzan en picado hacia abajo.
Del castillo salen filas y filas de guardias de la Garda con las espadas en alto, y la lluvia les cala los uniformes en un abrir y cerrar de ojos. Aun así, sus armas no son rival para los magos y los colmillos de los caoranachs.
Jamás se han quebrantado las murallas del Castillo del Monte. Ningún ariete ni ejército lo ha conseguido nunca.
Pero lo que tengo ante mis ojos no es un ejército al uso.
Son magos y sus caoranachs. Y es en ese preciso instante cuando tengo la absoluta certeza de que aquí empieza la guerra .
Por eso, anoche en el baile, Lobo me dijo que huyera del castillo cuando matara al rey.
Seguro que estaba al tanto del ataque y sabía que se produciría en cuestión de horas.
Los Susurradores han movido ficha y han dado comienzo a la guerra con este primer asalto justo al terminar la última prueba del Ensayo. Y no me cabe duda de que creen que el Rey Supremo está muerto.
Así que no puedo fallarles.
Otro relámpago centellea en el cielo y se abre paso entre las nubes hasta aterrizar sobre otra de las torretas, que se deshace en escombros que se precipitan a toda velocidad sobre la fila más cercana de guardias de la Garda.
Me fijo en que casi le da a una figura que parece estar al mando de todos ellos, una figura que blande un sable y que va tapada con una capa de terciopelo oscuro.
—¡Cash! —grito mientras trato de ponerme de pie, aunque no dejan de temblarme las piernas.
Saraid me agarra del brazo y tira de mí hacia abajo.
—¿Qué coño haces?
Me zafo de su mano, que me sujeta por el codo, y le contesto:
—¡Lo necesitamos!
Cash es la única persona, además de la Reina Suprema, a la que los guardias dejarían ver a su padre sin oponer resistencia alguna, sobre todo ahora que están atacando el castillo, así que necesito que nos ayude a Garra y a mí a entrar en esa habitación.
Saraid me fulmina con su mirada gatuna mientras la lluvia le golpea con fuerza las mejillas.
—Estás trabajando con Lobo. —A pesar de la estrepitosa batalla, bajo la voz todo lo que puedo—.
Sabes de sobra por qué estoy aquí y en qué consiste la tarea que me han encomendado.
Y, por si tienes alguna duda, puedo hacerlo, y voy a hacerlo ahora.
Pero Cash es el único que puede ayudarme a llegar hasta el rey.
—Parpadea y me mira con desconfianza, pero, aun así, añado—: Sé que quiere ayudarnos.
De hecho, fue él quien le endosó el frasco de magia a Eavan.
Saraid inclina la cabeza y en su mirada penetrante percibo un destello mordaz.
—Eso fue lo que consiguió poner a los nobles en contra de la Reina Suprema.
—Exacto —respondo con el orgullo hinchándome el pecho—. Esa era la intención.
Saraid me mira de arriba abajo, pero en sus ojos veo que ha tomado una decisión.
Entonces, me da la espalda y, con la cara mojada por la tormenta, escudriña el caos del patio con la mirada.
No sé qué estará buscando exactamente, pero parece que lo encuentra, porque, de pronto, agita el hacha en esa dirección.
Una figura vestida con un uniforme negro y carmesí de la Garda se acerca corriendo hacia nosotras y, en menos de un segundo, reconozco su pelo cobrizo rapado, a pesar del diluvio que está cayendo. Por fin siento una oleada de alivio.
Las pecas que cubren las mejillas de Garra se estiran cuando me regala una sonrisa que contrasta con el peligro que se agolpa a nuestro alrededor y que amenaza con arrollarnos.
—¡No estás muerta!
Garra nunca ha destacado por su elocuencia, pero, a decir verdad, creo que es su manera de demostrarme que soy algo más que una chica de la que Lobo pidió que cuidara. Ahora me considera su amiga, y el sentimiento es mutuo.
Le doy una palmada en el hombro y se me forma un nudo en la garganta al decirle:
—¿Quieres echarme una mano para que siga siendo así?
—Claro que sí, joder.
Le guardia esquiva las rocas que salen disparadas de una de las murallas que hay a nuestras espaldas, a menos de veinte metros.
Levanta la cabeza y observa el rastro de un amenazante caoranach negro, así como la figura con la capa azul marino que va sobre su lomo.
¿Será un mago? La capa es del mismo color que la que lleva Colmillo y, cuando observo el cielo con atención, me doy cuenta de que todas las figuras de aspecto fantasmagórico que van sobre las serpientes aladas llevan exactamente el mismo traje azul marino que la maga de los Susurradores, salvo por una de las figuras, que porta una armadura negra y verde que refleja el resplandor de cada rayo que atraviesa las nubes.
Saraid nos mira a Garra y a mí como si, de repente, nos hubieran salido colas de víboras, y dice entre dientes:
—Vale, vuestro reencuentro me resulta muy conmovedor y todas esas mierdas, pero ¿podéis parar un segundo y echar un vistazo a vuestro alrededor?
Se ha desatado una puta guerra, por si no os habíais dado cuenta.
—Clava la mirada en Cash, que le grita a los guardias que están flanqueándolo.
Al segundo, baja la voz y mira a Garra—.
Tú también sabes qué hace ella aquí, ¿no?
Dice que Cash puede ayudarnos. ¿Confías en ella?
Garra responde sin dudar:
—Por supuesto.
—Pues entonces, ayúdala a llegar hasta allí de una pieza. Y más vale que tengas razón. —Se gira hacia mí y añade—: Si no, te juro por la Mártir que me da igual lo que quiera Lobo. Como metas la puta pata, te aseguro que te mataré con mis propias manos.
Saraid se pasa el brazo que tiene libre por encima del hombro y saca un puñal largo y tan fino como una aguja. Por todas las Primigenias… Imagino que lo tendría escondido en la espalda.
—Usa esto. Así tardarán más tiempo en descubrir por qué lo han matado que si utilizas una espada o una daga normal. ¡Marchaos ya!
Agarro el estrecho puñal y corro.
Ya he perdido la cuenta del número de rayos que han atravesado el cielo, pero veo otro centelleo cegador en mitad de la tormenta.
Los guardias que rodean a Cash huyen despavoridos de vuelta a las murallas del castillo, pero el príncipe sigue en pie.
Me desgañito la garganta al gritar su nombre, aunque debe de estar como a diez metros.
Sus ojos son del mismo color que las tenebrosas nubes que se arremolinan sobre nosotros; jamás se los había visto tan oscuros. Entonces, su mirada se encuentra con la mía y la insensible máscara tras la que se esconde se desvanece por completo.
—¡No deberías estar aquí!
—¡Y tú tampoco! —bramo en mitad del caos. Un dolor agudo me retumba en el cráneo cuando escucho el atronador chirrido de las escamas arañando la piedra y las garras rajando el metal—. Dijiste que querías ayudarnos, ¿no?
Los ojos de Cash se detienen en Garra y se abren de par en par.
—Maeve…
Me acerco a él y lo agarro del brazo.
—Pues ha llegado el momento. Es ahora o nunca. Y creo que lo sabes de sobra. Así que dime: ¿de verdad quieres ayudarnos? ¿Estás preparado para lo que se avecina?
Sus ojos como zafiros me queman la piel, pero no como el fuego, sino como el hielo, y distingo en ellos una chispa de voracidad.
«Los rebeldes queréis a mi padre muerto, ¿verdad?»; eso fue lo que le dijo a Lobo cuando estábamos los tres en su habitación. «Por lo tanto, queremos lo mismo».
Los hombros de Cash se ponen rígidos cuando un reguero de lluvia le cae por el rostro.
—Cuenta conmigo.
—Genial —le digo, rezando para mis adentros por no estar cometiendo un terrible error—, porque estoy a punto de matar a tu padre.
Escucho el siseo de un metal que atraviesa los gritos y la bulla que nos envuelve cuando Cash desenvaina el sable en nuestras narices y se me forma un nudo en el pecho.
Garra no se pone delante de mí, sino que me sujeta por los hombros con un brazo y tira de mí hacia su cuerpo mientras, con el otro brazo, apunta a Cash con su propia espada.
Los dos se quedan completamente quietos y sin apartar la mirada de su oponente.
Por un momento, me invade el pánico y siento que el mundo se va a desmoronar a mis pies.
Hasta que los ojos de Cash se posan en mí y vislumbro el brillo de algo frío y severo justo cuando otro trueno resquebraja el cielo sobre nuestras cabezas.
—Vamos —me grita, blandiendo la espada. En ese preciso instante, una garra larga y negra destripa a un guardia que se encuentra a escasos metros de nosotros—. Sin mí, no podréis entrar en las dependencias del rey.