Una tentación de susurros y lobos TREINTA Y DOS #3
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TREINTA Y DOS #3

Oona está inerte y puedo verme reflejada en sus ojos sin vida, que se clavan en los míos, unos ojos que me devuelven una imagen salvaje de mí misma, como si estuviera poseída.

Una súbita oleada de pánico me invade y me arrolla hasta que mi estómago decide expulsar toda la bilis que tiene dentro.

En mitad de la lluvia torrencial, distingo por el rabillo del ojo unas sombras que se mueven a mi alrededor cuando me aparto a trompicones del cadáver y levanto la daga de Oona con manos temblorosas.

Entonces, me encuentro con unos ojos como topacios y una melena dorada anudada en trenzas largas y lacias empapadas de sangre.

Intento forzar la voz, pero las palabras huyen de mí. ¿Sabrá que existe la posibilidad de oponernos a la regla que dicta que solo puede sobrevivir una de nosotras? Vislumbro un destello feroz en sus ojos, pero no sé de qué.

La multitud estalla en vítores. Una explosión de energía arrolladora y letal restalla entre la lluvia y la niebla, que va ganando densidad por segundos y que difumina todo lo que hay más allá de las tribunas.

Joder, ¿cómo puede estar volviéndose aún más densa?

Noto que se me eriza la piel de todo el cuerpo.

Saraid se mueve en círculos a mi alrededor.

Está de espalda a las tribunas, así que todos los que aúllan como salvajes entre la multitud deben de tener la impresión de que es una bestia a punto de devorar a su presa. No obstante, yo la tengo lo bastante cerca como para ver su mirada de desconfianza y la sangre que le chorrea del pelo.

—No quiero verme en la obligación de matarte —exclama Saraid en voz baja, levantando su hacha de guerra hacia mí—. No cuando ambas podemos alzarnos y huir de todo esto.

«Alzarnos».

Me arriesgo a dar un paso hacia ella sin apartar la vista de su hacha.

—¿Por qué debería confiar en ti?

Saraid está trabajando con los Susurradores, pero ¿y si todo resulta ser una trampa?

De pronto, en un murmullo que solo yo alcanzo a oír, Saraid sisea una serie de sílabas irregulares y ondulantes, las mismas que escuché en mi cabeza al interpretar las líneas que aparecían en uno de los márgenes del libro que me prestó Lobo.

Las mismas también que, según me dijo Garra, no tenían por qué traducirse en que todas debíamos morir.

—Porque ambas sabemos que no tiene por qué ser así —responde, observándome con una calculadora y amenazante mirada gatuna—.

Así que suelta la puta daga o tendré que darle explicaciones a Lobo de por qué he matado a su perrita faldera cuando me ha pedido con toda la educación del mundo que no lo hiciera.

¿Que ha hecho qué?

—Yo no soy su perrita faldera.

—Pues demuéstralo —masculla Saraid, ladeando la cabeza con aire desafiante—. Ríndete y demuestra que merece la pena que te mantengamos con vida. —Su boca se tuerce hacia arriba y añade—: O muere como una perrita faldera cuando te entierre el hacha en el pecho.

No confío en ella. No puedo confiar en ella, ¿verdad? Al fin y al cabo, es una noble, y eso la convierte en una clase de persona a la que debería odiar y a la que tendría que destruir.

Sin embargo, Lobo… Sé que él confía en ella.

La lluvia cae a cántaros y lo pinta todo de unos sombríos tonos pizarra, gris y negro, mientras los truenos se extienden sobre nuestras cabezas. Un súbito rayo atraviesa el cielo y me viene el olor de una descarga eléctrica que me hace ser consciente del caos que cubre cada rincón del patio.

Cada latido me retumba contra el tímpano. Y, a la hora de la verdad, no hay lugar para dudas ni indecisiones cuando sé perfectamente lo que me dice el corazón.

Que confío en Lobo. Sí, a pesar de todo, confío en él.

Así que eso quiere decir que también confío en ella.

Aflojo los dedos con los que envuelvo la empuñadura de la daga y esta choca contra la tierra enfangada.

Saraid ladea la cabeza y la lluvia hace que la sangre que mancha sus trenzas doradas le caiga en ríos por las mejillas. Entonces, se acerca hacia mí, pero sigue blandiendo el hacha.

Se me para el corazón.

Pero, tras unos segundos, se gira hacia la multitud y guarda el hacha en la funda que lleva en la cadera.

No se escuchan los bodhráin ni la emergente melodía de las gaitas, solo el violento alarido de las ráfagas de aire que hace que un intenso hormigueo me suba por la columna vertebral.

La niebla es demasiado espesa, tanto que, por un momento, parece que las vides del jardín han perdido todo su color y han adquirido un color gris mortecino.

Saraid me tiende una mano, pero no logro descifrar su mirada en mitad del diluvio.

Se la acepto y, de pronto, la multitud ahoga un grito al unísono.

—¿ Dos supervivientes?

Otro trueno.

Se me aceleran las pulsaciones, que resuenan con más y más fuerza contra mi pecho.

Hay tanta tensión en el ambiente que noto una descarga en mi interior y se me taponan los oídos.

Entonces, unas voces iracundas empiezan a gritar:

—¡Tramposas! ¡Traidoras!

Saraid se queda rígida e intercambiamos una mirada de preocupación.

Hasta que una gigantesca y repentina sombra se cierne sobre el patio del castillo.