TREINTA Y DOS #2
A ver qué le parece esto, majestad.
Oona aprieta la hoja de su daga contra mi garganta y me quedo paralizada mientras, con la otra mano, busca a tientas los puñales que guardo en las vainas. Poco a poco, va sacándolos todos, incluso la espada corta, y los deja caer en el barro.
Me obliga a levantar la barbilla empujando con el filo de su arma.
Y, aunque no es más alta que yo, me tiene agarrada con demasiada fuerza.
Un rugido sordo resuena por encima del fragor de la lluvia y el viento justo cuando Oona me da la vuelta hasta quedar de cara a los nobles.
Hay cientos de ellos amontonados en las distintas tribunas y bajo los estandartes azotados por el viento; todavía llevan sus vestidos y trajes elegantes del baile de máscaras.
Los jardines y las murallas del castillo estarán a algo más de cincuenta metros de distancia, pero el repentino aguacero los difumina.
Entonces, los latidos sordos que retumban en mis oídos se intensifican aún más.
Con solo moverse un centímetro, Oona podría clavarme la daga en la vena palpitante que me sube por el cuello. Acabaría desangrada aquí mismo, sobre el barro, el mismo final que han sufrido otras campesinas del Paseo del Muelle antes que yo.
Aun así, no pienso mostrarles mi miedo ni pienso suplicarle a Oona que me suelte.
—Dime —le digo entre dientes—. ¿Qué se siente al renunciar a todo y, aun así, saber que no eres mejor que una campesina ?
En cuanto lo digo, noto un intenso dolor justo debajo de su mano derecha, donde la hoja de la daga se hunde en la piel de mi cuello.
Intento zafarme de ella y apartarme de la enorme daga que amenaza con hundirse en la curva de mi cuello, pero Oona sigue la trayectoria de mi cuerpo e impide que el arma se mueva de su sitio.
—Los campesinos sois todos iguales. Da igual cuántos trucos os inventéis para tratar de llegar hasta aquí, porque jamás lograréis entender cómo funciona el mundo real. Nunca sabréis lo que se necesita para merecer el poder.
Noto que aprieta el mango de su daga y, de pronto, lo sé.
Es ahora o nunca.
—Sé perfectamente lo que te mereces tú —susurro con desprecio antes de armarme del coraje, la fuerza y la rabia contenida en los músculos de mi cuerpo.
De buenas a primeras, entierro las uñas en los tendones del dorso de su mano con tanta violencia que noto su sangre caliente corriéndome por el cuello.
Oona grita de dolor.
Aun así, siento que el filo de su daga se desliza sobre mi cuello y me arranca una punzada de dolor.
Me invade tal desesperación que tiro con fuerza de su muñeca hacia abajo para apartar el arma de mi garganta y, al instante, echo el codo hacia atrás y me escurro bajo el brazo con el que sujeta el arma.
Después, me aseguro de agarrarla bien de la muñeca y le retuerzo el brazo con brutalidad llevándolo hacia su espalda.
Empujo con todo el cuerpo para que no se zafe de la llave y le muevo la articulación de golpe hacia delante.
Suelta un espeluznante chillido cuando el hombro le cruje y se le disloca.
Cada vez que respiro, siento que me quema el pecho.
Ahora el brazo le cuelga de la articulación, completamente inútil, pero me asesina con una mirada salvaje. Aun así, no suelta la daga, sino que se la pasa a la otra mano y jadea sin apartar los ojos de mí, unos ojos que arden de odio puro.
Esto tiene que acabar aquí.
Oona jamás se rendirá, y menos ante una campesina .
Si Garra está en lo cierto y puede sobrevivir más de una al final del Ensayo, entonces las que sobrevivamos tenemos que defender la interpretación de esa regla. Oona jamás estaría de acuerdo en dejar a las demás con vida, pero tal vez Saraid…
Un feroz y virtuoso rayo de esperanza se cuela en mi interior.
La cortina de lluvia tiñe el patio de un lúgubre gris oscuro y la violencia con la que cae amenaza con llevárselo todo por delante.
Oona tiene la cara llena de salpicaduras carmesí, además de las manchas oscuras de sangre que le cubren el pecho.
Me fijo entonces en una figura doblada con una capa oscura que está a los pies del castillo, justo detrás de ella, pero llueve con tanta intensidad que no alcanzo a distinguirla. ¿Es Aisling o Saraid?
Me quedo mirando a Oona mientras noto que el pecho me sube y me baja sin parar.
Y, de pronto, se abalanza sobre mí.
Puede que, en el pasado, me hubiera atrapado con ese movimiento.
Pero Finn ha invertido años de su vida en enseñarme a luchar en los callejones del Paseo del Muelle y, por supuesto, a pelear sucio.
Esquivo su ataque y, al segundo, dejo caer todo el peso de mi cuerpo sobre el suyo.
Entonces, la empujo contra la tierra anegada y le hundo la cara en un charco de barro y mugre.
En un abrir y cerrar de ojos, echa la cabeza hacia atrás y la estampa contra la mía. Un dolor agudo se me extiende por el cráneo y me hace ver las estrellas.
La conmoción me deja fuera de combate y, cuando me doy cuenta, la tengo encima.
Grito hasta que me raspa la garganta. Consigo levantar una mano y estampo el puño contra el hueco de su hombro dislocado, lo que le arranca a Oona un aullido . El rostro se le queda pálido y aprovecho su dolor para hacernos dar la vuelta hasta que quedo yo encima de ella y la inmovilizo.
—¡Ríndete! —le chillo con rabia. Me importa una mierda quién me esté oyendo.
Las brasas de odio inundan sus ojos, y no distingo nada más.
Acaba con ella.
La voz de Lobo se cuela en mi cabeza, como si estuviera aquí mismo, susurrándome al oído.
Hasta que la voz de Finn eclipsa a la del rebelde.
«Puede que, algún día, tu vida dependa de que estés dispuesta a llenarte las manos de sangre».
Inmovilizo a Oona contra el suelo encharcado con las rodillas.
Me tiemblan todos los músculos del cuerpo. Tengo las manos resentidas y las palmas me siguen ardiendo después de haber descendido de la torreta por la cuerda.
La rabia intensifica cada uno de mis sentidos, y no solo por Oona, sino por todo lo que está pasando.
Por lo que este mundo nos está obligando a hacer para sobrevivir.
Escucho la desgarradora ira contenida en su rugido, además del miedo repentino que le chisporrotea en la mirada.
Se sacude con violencia y trata de zafarse de mí con desesperación, retorciéndose como una culebrilla.
Aprieto los muslos para impedir que vuelva a ponerse encima de mí y alargo la mano para quitarle la daga.
Intenta atacarme, pero echo todo mi cuerpo sobre ella y le bloqueo el brazo.
Entonces, le hundo las uñas en la muñeca de nuevo y no paro hasta que abre el puño y suelta la empuñadura de su arma.
Las mías siguen sobre un charco embarrado, pero están demasiado lejos como para alcanzarlas.
A pesar de que mis instintos humanos se resisten, logro contenerlos. Me obligo a apagar esa parte de mí y la entierro en lo más profundo de mi mente.
Esto es lo que tengo que hacer para sobrevivir.
Para irme de aquí y matar al rey.
Para poder regresar con mi hermana y luchar por salvar los resquicios de magia.
Oona chilla y, sin pensarlo más, le clavo la daga en el pecho a la vez que suelto un grito liberador. Su cuerpo deja de sacudirse en menos de un segundo.
Tengo la extraña sensación de que ella es la personificación de todo lo que nos han hecho. Por eso no puedo evitar sentir esa sed de venganza que me controla desde dentro.
Por un momento, se me congela la sangre. Pero apenas tarda un segundo en convertirse en fuego .
Me siento fuera de control. Soy incapaz de pensar con claridad. Solo escucho mis pulsaciones atronadoras hasta que quedan eclipsadas por un intenso olor férreo. Y, en ese preciso instante, me fijo en los nudillos blancos por la falta de circulación con los que envuelvo la empuñadura de la daga.