TREINTA Y DOS
M e despierto al escuchar el chirrido de un pestillo cerrándose y por el viento que me desgarra la piel.
Las ráfagas de aire me azotan los mechones contra las mejillas y las gotas de lluvia se me clavan en los brazos como si fueran agujas finísimas. El frío no solo me cala hasta los huesos, sino que me atraviesa la médula y me paraliza el corazón, como si acabara de caer en un océano de aguas gélidas.
Me llevo las manos a los ojos para quitarme la máscara que, al haberse movido, me impide ver lo que tengo delante. Me la arranco y doy una bocanada hasta que el aire frío previo al amanecer me llena los pulmones y, por un momento, siento que saboreo la bruma marina y los relámpagos.
Por todas las Primigenias… ¿Dónde est…?
Cometo el error de asomarme por el saliente de piedra que hay a mi derecha.
Las nubes grises de tormenta se arremolinan sobre mí, que se retuercen y avanzan sobre un cielo embravecido.
Unas rocas duras se me clavan en las rodillas y en las manos cuando intento ponerme a cuatro patas.
Me doy cuenta de que la lluvia me ha empapado por completo cuando un grito me sube por la garganta.
Debajo no hay nada .
El borde de la cornisa de la torreta deja paso hacia las profundidades del abismo que se despliega ante mí, y solo alcanzo a distinguir la niebla que flota en el aire y toda la multitud congregada abajo, una riada de gente mirando hacia arriba que se dispersa por los amplios terrenos del castillo.
No puedo evitar el temor que me invade al darme cuenta de lo que está pasando.
Habría sido mucho más fácil que la Reina Suprema me matara directamente.
Sin embargo, todo lo que ostenta la corte está empezando a desmoronarse, sobre todo tras la ejecución de Eavan en el Muelle Negro.
Por eso la Reina Suprema ahora quiere asegurarse de convertir mi muerte en un espectáculo digno del final de la Prueba de Fuerza.
Quiere darles a los nobles una distracción, algo sobre lo que regodearse y que los vuelva a unir.
Alguien a quien odien más que a la propia reina.
Me está entregando a los nobles.
Los latidos atropellados de mi corazón me retumban contra las costillas y todo cuanto me rodea empieza a dar vueltas.
Aunque nunca me han dado miedo las alturas, lo cierto es que jamás me había visto en un lugar tan elevado.
No hay ningún edificio en el Paseo del Muelle que mida más de dos plantas, pero ahora…
Debo de estar en lo alto de una de las torretas más elevadas del castillo.
¿A qué altura estaré? ¿Seis o siete plantas?
Lo único que me separa de una caída mortal es la estrecha cornisa de piedra mojada por la tormenta.
Si me hubiera girado a la derecha mientras estaba inconsciente, me habría caído al vacío.
El estómago me da un vuelco cuando consigo sacar fuerzas para ponerme de pie y me quedo con la espalda pegada a la fría piedra de la torreta.
No puedo respirar. No puedo pensar. No puedo ver nada más allá de la desgarradora caída que me espera si tengo la mala suerte de resbalarme.
Joder.
La situación es grave. Muy muy muy grave.
El sabor ácido de la bilis me inunda el paladar y me aprieto con tanta fuerza contra la pared empedrada que siento cómo los toscos filos se me van clavando en cada vértebra.
Piensa, Maeve.
Los dientes me castañean cuando levanto la cabeza para mirar a las nubes alborotadas del cielo.
Me arden las manos, pero lo peor es el tenue hormigueo del antídoto que me tomé en la habitación antes de ir al banquete. Gracias a las Primigenias que no traté de aguantar más el dolor.
Me obligo a respirar hondo, a pesar de que me tiemblan los dientes.
Ahora mismo, tengo que ser tan fuerte e insensible como el acero.
¿Cuáles fueron las palabras de la Reina Suprema justo antes de que empezara la Prueba de Sabiduría?
Trato de no entrar en pánico y seguir respirando, y clavo las uñas en las rocas de la torreta hasta que crujen.
«El Ensayo nos da la oportunidad de acabar con los eslabones débiles de las brillantes cadenas que conforman la sangre noble. Es nuestra forja».
Me niego a permitir que su tenacidad acabe conmigo.
Me arrastro y avanzo muy despacio por la piedra mientras lucho contra el pánico que me invade y… Mierda.
Una repentina ráfaga de aire me sacude y mi grito se pierde en la atronadora tormenta.
Si me quedo aquí, voy a morir. La lluvia acabará haciendo que me resbale y mi cuerpo se precipitará al abismo hasta estamparse contra el suelo. Tengo que tragarme el miedo.
Seguro que hay una forma de bajar. Palpo con las manos la placa de hierro del pestillo que hay en una de las ventanas de la torreta, pero, como era de esperar, está sellada herméticamente.
El pestillo está cerrado por dentro y el cristal es tan grueso como mi mano, así que, por mucho que lo golpeo con fuerza, no se rompe.
Una avalancha de terror me envuelve, como si una garra feroz me estrangulara.
Joder, debe de haber como treinta metros hasta el suelo. O incluso más. Y no encuentro nada que pueda frenar la caída ni ningún lugar al que agarrarme si decidiera lanzarme al vacío.
Excepto…
De repente, el viento sacude y golpea contra la pared un trozo de cuerda gruesa y anudada de color marrón.
La fuerza con la que la pesada cuerda choca contra el saliente de la torreta emite un intenso estruendo que casi me provoca un infarto.
Entonces, sigo con la mirada el mortal recorrido que traza la cuerda.
Alguien se ha tomado la molestia de atarla a la almena que hay en lo alto de la torreta y enredarla formando una especie de trenza.
La boca se me queda seca cuando empiezo a atar cabos, aunque daría lo que fuera por estar equivocada.
Observo con detenimiento las murallas del castillo de arriba abajo, además del resto de las torretas que hay a lo lejos. La virulenta lluvia me impide ver con claridad, pero alcanzo a distinguir la silueta de una persona en cada una de las torretas que se extienden a lo largo de la muralla.
Saraid.
Aisling.
Y Oona.
No puedo parar de temblar, pero, aun así, me obligo a respirar.
Me limpio el agua que me empapa la cara y me nubla la vista.
Cuando sujeto la cuerda con las manos doloridas, el corazón me late con tanta fuerza que siento que se me va a salir del pecho.
En ese momento, sigo con la mirada hacia donde va la cuerda por la cornisa.
Parece bastante resistente, aunque no tengo forma de asegurarme.
Puede que cuando empiece a bajar, la cuerda, de pronto…
Entierro ese pensamiento en lo más profundo de mi ser.
Si sigo así, no seré capaz de hacerlo.
Pero voy a sobrevivir, por Finn.
Por ella y por todo por lo que están luchando los Susurradores.
Por una Eireann libre.
Mientras el aire me siga llenando los pulmones y sienta los latidos de mi corazón, no pienso renunciar a ese sueño.
Me arrastro hasta el borde de la cornisa y paso los pies por encima.
Puedo saborear el terror, el pánico más puro.
El viento convierte las gotas de lluvia en pequeñas dagas que se me clavan en las mejillas.
Aunque me haya tomado el antídoto de polvo azul hace escasas horas, agarro tan fuerte la cuerda que las manos me gritan de dolor antes de arriesgarme a bajar.
Por muy intenso que sea el dolor, no es peor que la muerte.
Estoy suspendida en el aire, colgando del borde de la torreta, y no hay nada entre el suelo y yo, salvo el trozo de cuerda que me quema contra las palmas de las manos.
Ahogo un sollozo cuando la gravedad me empuja hacia abajo y siento que el viento se vuelve en mi contra al tirarme del vestido y del pelo.
Intento buscar con los pies los nudos de la cuerda para poder apoyarme. Noto agujas en los músculos de los hombros y los brazos me tiemblan tanto que, por un momento, creo que no voy a aguantar mi propio peso hasta llegar al suelo.
Ahí está.
Aunque tengo las zapatillas empapadas por la lluvia, consigo dar con el nudo que hay un poco más abajo. Y, a pesar de la fuerte tormenta, el mundo que hay a mi alrededor se sume en el silencio absoluto porque solo soy capaz de escuchar los ensordecedores latidos que me chocan contra las costillas.
Lo único que me permite medir el tiempo son mis pulsaciones. Entonces, me detengo un segundo a tomar aire y, después, desciendo un trecho más de cuerda.
Me siento atrapada en esta bajada interminable.
Poco a poco, voy deslizando las manos y voy apoyando los pies en los distintos nudos mientras bajo por la muralla del castillo.
Consigo dejar atrás las resbaladizas piedras ennegrecidas por la lluvia y, de pronto, me llega el aroma fresco y dulce a petricor que brota de la tierra y el césped.
Aun así, tengo las manos en carne viva y me tiemblan todos los músculos del cuerpo.
Poco . Me falta muy poco. Tiene que ser así. Solo unos metros más…
Reanudo la bajada sin dejar de hacer fuerza con las manos y, entonces, siento la tierra firme y resbaladiza bajo mis pies. La oleada de alivio que me invade es tal que se me estremecen hasta los huesos, y el sollozo que estaba conteniendo en mi garganta sale al exterior por fin.
Lo he conseguido.
Estoy viva.
Cierro los ojos y levanto la cabeza hacia el diluvio que cae desde el cielo.
De pronto, noto el acero frío de una hoja afilada en mi garganta y escucho una voz despiadada que me susurra en el oído:
—Qué irónico que mi madre tratara de convencerme de que una rata del Paseo del Muelle podía ser una amenaza.
Es Oona.
Llevo las manos a las vainas que tengo en la cadera y les doy las gracias a las Primigenias porque quien me apresara no me haya arrebatado los puñales.
Cada vez tengo más claro que la Reina Suprema quiere que mi muerte sea un espectáculo para demostrar que, al final, las hijas de nobles han logrado vencerme. A mí. A una campesina.
Quiere que toda la puta corte vea que, incluso blandiendo un arma, jamás seré mejor que cualquiera de ellos.
Y, solo de pensarlo, la rabia escondida tras el miedo me sube por la espalda hasta que me arde la cara.