TREINTA Y UNO #3
A pesar de que la máscara le cubre el rostro, veo que aprieta la mandíbula. Vuelve a tener los ojos rodeados por unas pronunciadas ojeras, aunque apenas son visibles entre los remolinos de terciopelo negro del antifaz.
—No puedo —responde en voz baja mientras desliza la mano por mi cintura—. Pero eso no significa que esté bien.
—Me importa una mierda.
Solo las Primigenias saben que, si estas son mis últimas horas con vida, quiero morir envuelta en llamas.
Y quiero que sea él quien encienda la cerilla.
—Maeve —vuelve a decir Lobo en un tono mucho más áspero, como si se lo hubieran arrancado de los labios—. Estar conmigo… No tienes ni idea de lo peligroso que es. Ya he arriesgado tu vida demasiado, así que déjame ayudarte a no correr más peligro de la cuenta.
—Entonces, ¿por qué has venido? —Seguimos el ritmo de la música cuando se ralentiza y se convierte en una melodía seductora y más tenebrosa—. Sabes que todos los guardias de la Garda te están buscando, ¿no?
—Lo sé, me la he jugado —murmura, empujándome con las manos hacia él hasta que sus labios rozan el lóbulo de mi oreja. El aliento cálido que sale de su boca me provoca un escalofrío que me eriza los vellos de la nuca—. Pero es que no podía dejar por escrito lo que tengo que decirte.
—Hasta donde sé, nunca te has frenado por un pequeño acto de traición —le susurro, acercándome a él hasta que le rozo la mejilla con los labios.
Lobo suspira con fuerza, pero no se aparta.
—No se trata solo de traición —confiesa en voz baja mientras me guía para dar un giro lento al ritmo que bailan las demás parejas a nuestro alrededor.
Sus dedos se hunden en la parte más estrecha de mi cintura y, cuando termino de girar, vuelve a acercarme a él.
Los latidos de mi corazón se disparan—. Hemos dado con él .
Solo hay un «él» al que hemos estado buscando.
—¿Cómo? —pregunto en un murmullo.
—Eso da igual. —Lobo titubea y, al segundo, uno de sus dedos se topa con el extremo de los cordones que siguen la curva de mi columna vertebral y que dejan al descubierto la parte alta de la espalda—. En cuanto lo he averiguado, he venido a decírtelo.
—¿Y?
Noto sobre la piel el tacto cálido de su dedo jugueteando con las tiras del vestido.
Me retuerzo bajo sus manos por puro instinto y percibo la sorpresa en su mirada.
—Quinta planta —dice en voz baja—. Pasillo del suroeste. Última puerta a la izquierda.
De pronto, un reloj marca la medianoche.
Los latidos de mi desbocado corazón me retumban en los oídos. Ya es oficial: ha llegado el último día del Ensayo. Mi cumpleaños. Y, con casi total probabilidad, la mañana en la que muera luchando en la Prueba de Fuerza.
Así que, si voy a matar al rey, tengo que hacerlo esta noche.
—Voy a ir —exclamo con determinación cuando un aluvión de euforia me embriaga por dentro.
Puedo hacerlo. Sé que puedo hacerlo.
—Escúchame. No puedo quedarme. Colmillo…
—resopla al decir su nombre—. Me ha ordenado volver.
Pero, en cuanto lo hagas, huye . —El fulgor difuso de las hogueras ilumina las tinieblas que empañan sus ojos y las arrugas de preocupación que los engloban—.
¿Lo has entendido? Una vez que salgas del castillo, podré llevarte a un lugar para que estés a salvo.
Garra te ayudará a encontrarme. —Se calla un segundo y añade—: Por cierto, ¿dónde está?
Echo un vistazo por encima de su hombro, pero no veo a Garra por ninguna parte.
Al haberme visto con Lobo, seguramente se haya ido a sacarle información valiosa a alguien que esté lo bastante borracho como para irse de la lengua.
Es tan fácil hablar con elle que ni siquiera me cuesta imaginar la situación.
—Yo le buscaré.
La melodía del piano se intensifica y Lobo me inclina hacia atrás con delicadeza al mismo ritmo al que bailan las demás parejas y, después, se agacha un poco más, hasta que la curva de su mandíbula esconde el suave beso que me da en los labios.
—Sobrevive, Maeve —susurra.
—Y tú —murmuro en un tono aún más bajo cuando me levanta y me pone de pie.
Cuando da comienzo la siguiente melodía, se pierde entre la multitud y su figura desaparece entre las sombras.
Las mejillas me arden y el fuego que me abrasa la piel me sube hasta la nuca.
Escudriño las esquinas en penumbra del salón buscando a Garra, pero soy incapaz de distinguir un cuerpo de otro por la luz tan tenue y cambiante que ilumina el salón.
Me abro paso por uno de los laterales más sombríos de la pista de baile, justo donde el resplandor de las hogueras apenas llega, y avanzo deprisa con la esperanza de que ninguna de las hijas de nobles se haya percatado de mi presencia.
Distingo un movimiento entre las sombras.
Retrocedo un paso y, entonces, me choco con un pecho ancho y duro. De pronto, unas manos enormes me envuelven y me tapan la nariz y la boca. Un nauseabundo olor a sudor y betún me inunda las fosas nasales, además de algo mucho más intenso, incluso agrio.
La visión se me empieza a nublar justo cuando una voz áspera gruñe entre dientes:
—Ninguna campesina será nunca lo bastante fuerte como para ser digna de una corona.