Una tentación de susurros y lobos TREINTA Y UNO #2
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TREINTA Y UNO #2

—¿Me permite, señorita? —me susurra una voz áspera en el oído. En cuanto me giro, me encuentro con un antifaz de terciopelo negro bajo el que se ocultan unos ojos de un verde intenso y penetrante.

Es Lobo.

Por todas las Primigenias… Me quedo sin aliento en cuanto siento el tacto de su mano en mi cintura.

Sus dedos se ciernen sobre la curva de mi cuerpo con fuerza justo cuando acerco una mano hacia él, que sigue esperando a que le dé una respuesta.

Entonces, apoyo la otra mano sobre sus hombros anchos y fornidos y la subo por su nuca.

Se te ha ido la puta cabeza ; eso es lo que me gustaría decirle.

Te estás poniendo en peligro.

Pero no logro que esas palabras salgan de mi boca.

—Has venido —exclamo en un murmullo cuando Lobo me empuja hacia él hasta que nuestros pechos casi se rozan.

Noto el calor que desprende el terciopelo negro de su túnica, desgastada y arrugada por los extremos, como si la hubieran sacado del fondo de un armario solo para esta noche.

Distingo la barba incipiente que le cubre la mandíbula bajo los cortes enrevesados de la máscara aterciopelada; no sé quién se la habrá hecho, pero la forma que toman las curvas se adapta a la perfección a su peculiar cicatriz y la ocultan por completo.

En sus labios se cuela una sonrisa torcida y siento que unas brasas se avivan en mis venas al recordar el tacto de esos labios contra los míos. La presión de su mano estrechando la mía suaviza la soledad que me inunda el pecho y, sobre mis yemas, noto sus dedos callosos por las armas que empuña.

—No me digas que me has echado de menos, Maeve.

Por todas las Primigenias… Creo que nunca he escuchado a nadie pronunciar mi nombre como lo hace él.

Y tampoco sé si quiero.

Sus pies se mueven al ritmo de la lenta y lúgubre melodía que brota del piano, una melodía muy distinta a la de la gaita de la Revelación, que sonaba como…

Joder, es que las notas de aquella gaita sonaban como me imagino que suenan los latidos del corazón de la isla.

Las manos de Lobo se hunden en mis caderas mientras danzamos bajo los colores de las Siete Familias que cuelgan de los travesaños.

—Tal vez.

Lobo niega con la cabeza y escucho una risa grave que le retumba en el pecho.

—Mucho mejor.

«En absoluto»; esa fue mi respuesta la última vez que me preguntó lo mismo.

Lobo marca nuestros pasos con suma confianza. La violenta música sube de intensidad y el ritmo me obliga a pegarme más a él, que me agarra la cadera con más fuerza aún.

El movimiento es fugaz, pero la chispa de anhelo que vislumbro tras su máscara es como si unas llamas me abrasaran la piel, unas llamas de lo más tentadoras.

—Qué bien te queda mi color —murmura, mirándome de arriba abajo.

No le falta razón; estos son sus colores, el mismo verde que sus ojos y un negro tan oscuro como su pelo.

Tiene unos mechones rebeldes enredados en las cintas que le sujetan la máscara. Quiero pensar que, al tener la cicatriz y sus rasgos más característicos ocultos, nadie será capaz de reconocerlo, ni siquiera los que han visto un boceto de su cara.

¿No?

Levanto la cabeza para observar los travesaños y los estandartes de las familias nobles que ondean sobre el calor abrasador de las hogueras. Entonces, noto una ligera punzada en el pecho antes de preguntarle:

—¿Los estandartes de tu familia estuvieron aquí?

Lucha contra la oscuridad que inunda su mirada.

Ábrete conmigo.

La voz se le quiebra cuando cede.

—Antes sí.

Aunque son solo dos palabras, veo la batalla interna que libra en su interior y lo muchísimo que le ha costado responderme a esa pregunta.

Sé que parece estúpido por mi parte, pero tengo la esperanza de encontrar una forma de hacer que lo nuestro funcione, de que podamos confiar el uno en el otro.

Tengo la esperanza de que no nos limitemos a sobrevivir.

Tengo la esperanza de que podamos alzarnos , juntos.

Lobo respira hondo y me devora con la mirada para, después, cerrar los ojos un segundo, como si se perdiera en sus recuerdos.

—Hueles a pétalos de perdigueras y a mar.

La calidez de su piel me cala por los poros al tenerlo tan cerca.

—¿Y eso es malo?

La nostalgia y los recuerdos se cuelan entre las sombras de sus ojos.

—No —responde en tono firme—. Es que me recuerda a los acantilados en los que crecí cuando era niño. Estaban plagados de perdigueras, que formaban un mar de pétalos amarillos tras cada tormenta que pasaba.

Debería darle las gracias; por el vestido, por la carta y por traerme la espada. ¿Lo habrá hecho con intención de que la use para matar al Rey Supremo esta misma noche? Sin embargo, lo único que alcanzo a decirle es:

—¿Cómo está ella?

Lobo no finge no saber a quién me refiero.

—Está… preocupada. —El músculo que conecta esos pómulos marcados con su mandíbula se tensa. Las hogueras convierten todo lo que nos rodea en un borrón de llamas relucientes y sombras y, por un segundo, parece que estamos solos en el salón.

Por el motivo que sea, no me cuesta imaginarme a Finn pateándole el culo a Lobo. La imagen que se forma en mi cabeza me provoca una risa que ahogo en su hombro.

Noto que su cuerpo entero se pone rígido, como si estuviera tratando de no dejarse caer sobre mí.

Como si estuviera… conteniéndose.

—Espero que te lo haya dejado claro —exclamo antes de levantar la vista hacia él.

Ese sutil gesto hace que su mejilla quede tan cerca de la mía que casi se están tocando.

Distingo una breve sonrisa que se dibuja en sus labios. Mueve la mano con la que sujeta la mía y se la pasa por la barba incipiente hasta que noto el calor de un moratón reciente en su mandíbula.

—Se podría decir que sí .

Acaricio con el pulgar la piel que desprende calor sin pensármelo; me da miedo que me haya salido con tanta naturalidad.

— Maeve.

Pronuncia mi nombre con un sutil tono de advertencia que me saca de la burbuja y me hace ser consciente del peligro que amenaza con engullirnos.

Sé que no debería ser así, pero no puedo evitar que su cercanía eclipse la soledad que me azota por dentro.

La combinación de la máscara y la muerte inminente a la que podría enfrentarme mañana en la Prueba de Fuerza me provoca una oleada de valentía.

—Dime que todo esto no son más que imaginaciones mías.