Una tentación de susurros y lobos TREINTA Y UNO
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TREINTA Y UNO

C uando cruzo el umbral que da al salón del banquete, alumbrado por las llamas de las velas, los latidos de mi corazón cesan.

No hay ningún trono a la vista.

Y han quitado el estrado.

Lo que sí veo son los enrejados de rosas que trepan por las paredes rodeando el salón, con unas rosas tan pálidas que dan la impresión de que, además del color, les han arrebatado la vida.

No hay ni rastro de los deslumbrantes apliques, sino pequeñas hogueras que brotan de jarrones de hierro forjado, de modo que las sombras y la penumbra ocupan gran parte del salón, que parece envuelto en llamas.

Escucho música, una inquietante melodía que proviene de alguna clase de instrumento que desconozco; entonces, veo al músico sentado en un estrecho banco tocando con ambas manos una serie de teclas negras y blancas.

Los tonos tan placenteros como lúgubres que emiten las teclas me resultan aterciopelados y llenos de matices, aunque jamás había oído algo igual.

Garra se queda mirando el instrumento y, de pronto, se le tensa la mandíbula.

—¿Qué es eso? —le pregunto mientras escudriño el salón.

Los enrejados de rosas tapan la mitad del amplio salón, así que da la sensación de que el espacio es demasiado pequeño para todos los que somos. Sin embargo, no hay suficientes nobles para llenar la habitación.

Y eso hace que una oleada de esperanza se abra paso en mi pecho.

Más de la mitad de los nobles que han acudido a otros banquetes desde que dio comienzo el Ensayo no se han presentado hoy.

Los que están aquí, en cambio, se lanzan miradas de desconfianza entre ellos, como si estuvieran valorando la situación, y todo mientras la evocadora oscuridad que brota de las teclas que toca el músico se intensifica.

—Eso es un piano —me contesta Garra en voz baja conforme nos acercamos a la bruma brillante de las hogueras—. Y es de Cymrea.

Justo en ese momento, la Reina Suprema sale de detrás de uno de los enrejados de rosas blancas. Lleva una corona de dos puntas encima de una maraña de trenzas cymreanas y va acompañada de varias cortesanas que desfilan tras ella, demostrando su poder tan descarado como inconfundible.

Cashel permanece inmóvil en la pista de baile. Sus ojos azules como zafiros son más oscuros que nunca, más incluso que las nubes de una tormenta, sobre todo cuando se clavan en la corona que lleva puesta su madrastra.

Es la corona de su padre, no la de la reina.

Los gritos ahogados se extienden por todo el salón cuando la Reina Suprema se detiene bajo un rayo de luz que proviene del fuego de las hogueras, que dibuja un halo justo detrás de ella. Sigue sin haber ni rastro del Rey Supremo.

—Vuestro rey sigue… indispuesto —masculla en un tono tan cortante como la hoja de una daga.

No ha dicho «nuestro» rey. Ni «su» rey.

Sino «vuestro» rey.

Esas han sido sus palabras exactas.

—Está reclamando lo que le pertenece por derecho —murmuro justo antes de percatarme de cómo me tiemblan las manos.

Todas las acompañantes de la Reina Suprema comparten sus mismos ojos pálidos y cristalinos, al igual que la melena rubia casi blanca recogida en unas elaboradas y finas trenzas.

Son cymreanas.

—Sí —espeta Garra entre dientes antes de agarrar dos copas de la bandeja que lleva una sirvienta que se abre paso despacio entre la multitud—. Eso es justo lo que está haciendo.

Entonces, murmura unas extrañas y escalofriantes sílabas en voz baja, y los sonidos rodantes me recuerdan a los que intenté descifrar de las marcas rúnicas en ogham que encontré en el libro que me dio Lobo. Se parece mucho al eireiciano, pero no logro entenderlo.

Acepto la copa que me tiende le guardia y bajo la voz al preguntarle:

—¿Eso era eireiciano antiguo?

Los músculos de sus antebrazos se tensan y, con una mano, acaricia el guantelete con la funda, donde sé que esconde varios puñales pequeños.

—Sí. ¿Por qué?

El eireiciano antiguo sigue siendo una lengua de lo más extraña y no está prohibido como tal cuando se habla y se escribe utilizando el alfabeto común, algo que, por el contrario, sí que pasa con el ogham.

Es un idioma casi muerto que solo hablaban y entendían los magos y los que tuvieron tiempo de aprenderlo, así que la idea que se forja en mi cabeza no creo que tenga demasiado sentido.

En un susurro casi imperceptible, repaso las sílabas de la frase que había en el libro que me prestó Lobo sin apartar la mirada de Garra.

Entonces, frunce el ceño y exclama:

—¿Dónde has aprendido eso? —Su mirada severa y recelosa me atraviesa en un segundo.

—¿Qué significa? —le insisto conforme me llevo la copa a los labios.

Garra se pasa una mano por la incipiente barba pelirroja.

—Es un poco difícil de interpretar. —Los destellos dorados de su cabeza rapada brillan bajo el fulgor de las velas—. De hecho, en el último Ensayo que se celebró, los magos estuvieron debatiendo qué significaba. ¿Sabes cuál es el lema del Ensayo?

Pues claro que lo sé. Es más, todo lo que he hecho desde que llegué al castillo ha girado en torno a ese lema.

—Solo puede sobrevivir una —respondo mientras saboreo el toque a bayas ácidas del vino que me empapa la lengua.

Le guardia asiente, aunque la sencilla máscara negra que le cubre el rostro oculta la tensión que se cuela en sus ojos. Sin embargo, sí que me percato de que baja la mano hasta la empuñadura de su espada.

Como si lo que estuviera a punto de decir fuera una traición de por sí.

—Bueno, las Primigenias tenían una definición más…

ambiciosa de lo que significa «sobrevivir».

Creen que todas las adversidades a las que nos enfrentamos en la vida nos convierten en las personas que estamos destinadas a ser.

Ellas consideraban que la supervivencia como concepto está estrechamente ligada al crecimiento que experimentamos cada vez que superamos un contratiempo.

—Garra respira hondo y, al segundo, añade—: Así que utilizaban la misma palabra para «sobrevivir» que para «alzarse».

De pronto, el calor de las hogueras me resulta asfixiante y el crepitar de las llamas me martillea en la cabeza cuando trato de encajar las distintas piezas.

—Pero eso quiere decir que…

Solo puede alzarse una.

Eso quiere decir que el principio por el que se rige el Ensayo es erróneo.

Que el hecho de que nos obliguen a luchar a muerte es una decisión que toma cada Rey Supremo.

Una decisión que se traduce en crueldad. Una decisión que acaba resultando en la muerte de jóvenes. ¿Para qué? ¿Para demostrar que tienen ese poder y que nadie podrá desafiarlos jamás?

—¿Lo saben? —Las palabras salen de mi boca sin pensarlo, pero no me hace falta decir a quién me refiero. Al Rey Supremo y a la Reina Suprema. A las Siete Familias. A todas las hijas de nobles y al resto de ellos.

—Fue una de las primeras discrepancias que hubo entre la Mártir y el Rey Supremo hace veinte años.

La decisión de seguir desperdiciando tantas vidas prescindibles de manera innecesaria.

Cuando la madre del príncipe murió y, aun así, el Rey Supremo ordenó celebrar otro Ensayo con las mismas reglas, y permitió que combatiera una cymreana…

—¿Cómo es posible que la dejaran participar?

El resplandor de las hogueras se cuela entre las sombras.

Las manos llenas de cicatrices de Garra envuelven la copa de vino con fuerza.

—¿Sabías que la Reina Suprema era la hija del embajador de Cymrea?

Asiento.

—Bueno, teniendo en cuenta que nació aquí mientras su padre prestaba servicio y que una de las Siete Familias no tuvo ninguna hija, el Rey Supremo se impuso a la opinión de sus consejeros e incluyó a los cymreanos.

Colmillo siempre ha comentado que el rey pensaba que tener una reina de Cymrea los ayudaría a protegerse de los magos.

Y a eso se sumaba el desprecio que le tenía a la Mártir.

Eso se parece mucho a lo que Lobo me contó sobre que la Mártir se entrometió en los asuntos políticos y que el Rey Supremo interfirió con los magos.

—Creo que eso fue lo que de verdad desató la ira de las familias nobles en la rebelión, el motivo por el que se vieron obligadas a exigir un cambio.

—Garra cierra los ojos justo cuando los de Cash se posan en mí desde el otro lado de la ondulante hoguera y, de pronto, siento que me mareo—.

La Mártir siempre pensó que la isla se merecía un futuro mejor, aunque eso supusiera hacer ciertos sacrificios.

Y por eso los Susurradores siguen luchando por ese sueño, a pesar del precio tan alto que hemos tenido que pagar.

Es la misma razón por la que estoy dispuesta a luchar.

Un atisbo de intriga se cuela en la mirada sombría de Cash, que escudriña mi rostro y se pasea por mi vestido.

Sin embargo, no reacciona al mirarme, sino que vuelve a centrar su atención en el grupo de jóvenes cortesanas que hay en la pista de baile.

Oona está en uno de los extremos del grupo y lleva una falda zafiro más corta por delante que por detrás que deja a la vista unos pantalones color crema, como si esperara tener que enfrentarse a alguna de nosotras aquí mismo; la máscara fina y plateada apenas le cubre el rostro, lo que me da a entender que no tiene intención alguna de esconder su identidad.

Aisling lleva una máscara tallada de bronce más gruesa, pero su complexión la delata, ya que distingo las sombras que proyectan sus hombros musculosos cuando se acerca a una de las hogueras.

Y, en cuanto a Saraid… Lleva un vestido marrón de seda bordado con hilos dorados y un antifaz que, en realidad, no lo es, sino que son unas motas de pan de oro que le cubren los pómulos y los ojos.

Cash no vuelve a mirarme y es entonces cuando me doy cuenta de que no me ha reconocido con la máscara.

Un escalofrío repentino me sube por la espalda justo cuando siento que una mano me acaricia la espalda baja y una figura vestida de negro de los pies a la cabeza se cuela en mi rango de visión.

El familiar aroma a cuero y a humo me embauca por completo.