Una tentación de susurros y lobos TREINTA #2
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TREINTA #2

Y, después, en un añadido que hay en la parte inferior de la carta, las marcas sonoras de un mensaje de Lobo, con una caligrafía bruta y notable.

«Feliz cumpleaños» .

Noto un escozor en los ojos al descifrar las palabras y una sensación tan cálida como peligrosa que me inunda el pecho.

Cuando íbamos en el carruaje de Saraid, Lobo pareció sorprenderse bastante al saber que faltaba poco para mi cumpleaños. De hecho, es mañana, así que se lo habrá dicho alguien. O puede que lo haya averiguado por su cuenta.

Keeva, tal vez. O… ¿Finn?

Y, por muy macabro que me parezca pensar en algo tan mundano como un cumpleaños cuando, ahora mismo, estamos en constante peligro y con la muerte pisándonos los talones… Se ha acordado.

«Prepárate», añade Lobo en la carta.

La cabeza empieza a darme vueltas al releer esa última palabra.

¿Que me prepare?

La Prueba de Fuerza es mañana, así que solo faltan unas horas para que llegue el momento de luchar. Quizás se le haya ocurrido un plan para poder encontrar al Rey Supremo o para ayudarme a salir del castillo cuando todo esto acabe.

Deslizo los dedos por las marcas del mensaje en ogham y, de pronto, un escalofrío me sube por la espalda.

La noche cae sobre el patio que hay al otro lado de la puerta de mi habitación, una noche estrellada y tranquila. La niebla forma remolinos sobre las raíces del viejo sauce, que se retuercen y entrelazan bajo los tenues reflejos de luz que salen de la habitación de Aoife, al otro lado del jardín.

Se ha pasado tres días sin salir de ahí, justo desde que llegamos de la ejecución de Eavan.

Tampoco he querido insistirle, salvo porque ayer llamé a su puerta.

Sé lo traumática que puede llegar a ser la mezcla de sangre y temor por lo que sucede en el Muelle Negro.

Si esta era la primera vez que presenciaba ese tipo de muerte tan de cerca…

De nuevo, me obligo a ignorar la punzada de culpa que me atraviesa y me centro en lo que veo en el espejo que tengo delante.

Unos mechones oscuros y rizados me envuelven los pómulos, ahora teñidos de un sutil tono rosado. Sin embargo, no he podido ocultar el corte de la sien. Me fijo entonces en los ojos grises con los que me encuentro en el espejo. Grandes y brillantes.

Pecaría de insensata si no fuera consciente del peligro al que me enfrento. Puede que esta noche, o el amanecer de mañana antes de la Prueba de Fuerza, sean mis últimos con vida. Y, si debo mirar a la muerte a los ojos, lo haré siendo yo misma.

No me he puesto kohl en las pestañas. Dejo el delicado frasco de polvos dorados en el tocador y me dejo las mejillas sin maquillar, salvo por el rubor del calor que irradia de mi interior.

Me cuesta la propia vida atarme la espalda del vestido que venía en la cesta que Lobo le dio a Garra para mí, pero al final consigo apañármelas sola.

El vestido es sencillo a la par que impresionante y la tela de seda parece casi negra, pero, a la luz de las velas, se distinguen unos destellos del verde más oscuro que he visto en mi vida.

El escote no es muy pronunciado, así que me permite ocultar el collar que me regaló mi madre, pero la espalda deja completamente al descubierto las curvas de mis hombros y, un poco más abajo, los lazos del corpiño se ciñen a mi columna vertebral.

Me obligo a respirar hondo.

El intenso verde de la tela me ilumina las mejillas, a pesar de no llevar nada rojo o dorado para resaltar mis rasgos.

El cabello me cae por la espalda en una trenza larga y, en la cintura, llevo atada la vaina de mi nueva espada.

Finn le habrá contado a Lobo que prometió regalármela por mi cumpleaños.

Es imposible que mi hermana haya podido permitirse un acero málmar como este, pero el diseño de la espada se parece demasiado al suyo como para que sea mera casualidad.

Solo las Primigenias saben que, desde que desterraron a los magos y a sus caoranachs hace cinco años, nadie ha vuelto a conseguir acero málmar.

No logro entender cómo lo habrá hecho Lobo.

Él es el único que no me ha dado ni una señal sobre si los Susurradores me ayudarán a escapar del castillo cuando mate al Rey Supremo. O si impedirán de alguna forma que me case con Cashel si, al final, resulto ser la ganadora del Ensayo.

El beso que nos dimos Lobo y yo en esa sala secreta… fue un beso atrevido, voraz y desesperado, como si ambos supiéramos que no volveríamos a tener una oportunidad así. Sin embargo, no he vuelto a saber nada de él desde que ejecutaron a Eavan ni desde que me paseé del brazo de Cash por el banquete.

¿Creerá el rebelde que les he fallado a los Susurradores y, por lo tanto, a él mismo al ver que Oona no fue la noble ejecutada? Porque, en realidad, eso fue lo que planeamos en un principio.

Si ese beso hubiera significado algo para él, ya me habría enviado algún mensaje.

Habría encontrado la forma de asegurarse de que estaba a salvo, así que debo asumir que esta espada forma parte de nuestro trato, como si con ella quisiera decirme que nadie va a venir a ayudarme a escapar de este lugar cuando todo esto acabe.

Si quiero sobrevivir, tengo que lograrlo por mi cuenta.

No es la traición lo que me oprime el pecho, ni siquiera el dolor. Es un tormento profundo y vacío muy distinto, pero mucho más insoportable.

Me siento terriblemente sola .

La soledad es un agujero infinito que se abre paso a través de mi corazón. Es la primera vez en mi vida que me siento así porque siempre he tenido a Finn. Y también a Keeva.

Puede que Garra esté esperándome fuera, pero todo lo que ocurra a partir de esta noche tendré que afrontarlo por mí misma.

Nadie va a venir a salvarme.

El chisporroteo de las llamas de la chimenea me trae de vuelta a la realidad. Envuelvo la empuñadura de mi nueva espada con la mano y me echo un último vistazo en el espejo. Entonces, lo veo claro: la mujer que se refleja no se parece en nada a la imagen que tiene la corte de mí.

Y tampoco se asemeja en nada a la persona que era cuando llegué al castillo.

Pero esta soy yo . En este mismo segundo. En este preciso instante.

Y no cambiaría por nada la persona en la que me he convertido.

Antes de irme, le echo un último vistazo al libro que me dio Lobo sobre la historia de las reinas de Eireann y todos los Ensayos que se celebraron antes de este.

Todas las Pruebas de Fuerza han sido de lo más violentas, cada una a su manera.

En algunas obligaron a las hijas de nobles a escalar los acantilados y a luchar contra el embravecido mar para volver nadando en mitad de la noche desde una boya hasta el castillo.

Todas y cada una de ellas se diseñó para ser letal y, por ende, para que solo la más fuerte y salvaje pudiera sobrevivir al Ensayo.

Hay una única línea escrita en ogham en la esquina de la última página del capítulo trece.

Se me ha estado resistiendo durante todas estas semanas. No alcanzo a entender los sonidos de las marcas rúnicas ni me suenan a ninguna palabra en eireiciano que conozca. Aun así, hay algo que me resulta vagamente familiar, como si fuera la letra de una canción que no recuerdo con claridad.

Vuelvo a repetir los sonidos en mi cabeza y los memorizo.

Después, me despido de la anterior versión de mí misma, de la Maeve que llegó a este castillo, y salgo al pasillo iluminado por la parpadeante luz de las velas.

De pronto, me fijo en las arrugas de tristeza que inundan el rostro de Garra; jamás le había visto así.

El corazón me da un vuelco solo con ver que en su mirada se esconde una chispa de luto, como si estuviera preparándose para lo que se avecina.

Garra me recibe como si pensara que es la última vez que nos vamos a ver. Me regala una cálida sonrisa mientras se lleva la mano al bolsillo interior de su uniforme negro y carmesí y, entonces, saca algo.

La mano le tiembla un poco cuando me lo tiende.

La máscara es de terciopelo negro y suave, y los delicados y complejos cortes le dan un aire un poco lobuno, sobre todo por las espirales y los remolinos que se extienden hacia los lados para posarse justo sobre mis sienes.

De cada extremo de la máscara cuelga una fina cinta negra, no más ancha que la uña de mi dedo meñique, para atármela a la cabeza.

—¿Ha enviado esto para mí? —El estómago me da un vuelco y, de repente, siento que el peso de la noche me hunde los hombros.

—No —responde Garra en voz baja, negando con la cabeza—. Lo he hecho yo.

—¿Qué lo has hecho tú? —exclamo boquiabierta—. ¿Cómo?

—Ciara —dice sin darme más explicaciones. Alcanzo a distinguir un atisbo de dolor en su mirada. Cierto, la hermana pequeña de Garra. Entonces, me quita la máscara de las manos y añade—: ¿Puedo?

Las palabras se me atascan en la garganta por la sorpresa, pero me doy la vuelta para darle la espalda y que me ate el antifaz.

Se ajusta a la perfección a mis rasgos y siento la tela suave sobre el puente de la nariz y las mejillas. Lo único que queda a la vista son mis ojos y mis labios, pero ningún miembro de la corte me conoce lo bastante bien como para reconocerme así.

Quizás, solo quizás, pueda sobrevivir a la noche sin que nadie intente matarme.

O, tal vez, eso sea mucho pedir a estas alturas.

Garra me ata las cintas de la máscara por detrás de la cabeza.

—¿Estás preparada?

Me giro para mirarle a la cara y estrecho su mano con la mía.

—Sí.

Estoy preparada para todo lo que venga.