TREINTA
T odo el castillo se sume en un silencio tan sepulcral que podría confundirse con el del duelo.
Y yo, como sé lo que se avecina, he aprovechado el tiempo para entrenar.
He repasado cada ejercicio que recuerdo de los que me enseñó Finn, como flexiones, abdominales y todo tipo de giros, además de subir y bajar corriendo la escalera que hay fuera de mi habitación hasta que me falta el aire. Tengo que ir un paso por delante. Tengo que hacer lo que sea para sobrevivir.
Porque solo una de las cuatro logrará pasar la última prueba del Ensayo y vivir para contarlo.
Oona. Aisling. Saraid.
Y yo .
La invitación me llega la mañana siguiente a la ejecución de Eavan.
Una invitación nada más y nada menos que para un puto baile que tendrá lugar dentro de tres días con la excusa de celebrar el final del Ensayo, justo la noche antes de la última prueba.
Y sí, esa es la palabra exacta que el secretario de la Reina Suprema ha escrito en el papel doblado con sumo cuidado: «celebrar».
La ira reprimida se propaga por los pasillos del castillo en cuanto se corre la voz.
En el vestíbulo de mármol, ninguno de los nobles que están esperando frente a las relucientes puertas que dan a la sala del trono va vestido con colores brillantes.
Acompaño a Garra para comprobar los pasillos e intentar averiguar cómo está el ambiente echando un vistazo desde las alcobas que hay junto a las distintas habitaciones, aunque llevo la capucha puesta para ocultar mi identidad.
A los dos días de la ejecución, uno de los nobles ataca a un cymreano.
El noble le hunde el puño al cymreano en la mandíbula y el crujido de los huesos partiéndose atraviesa el aire cuando el cráneo de este último se da de lleno contra el suelo de mármol que cubre el vestíbulo.
Al segundo, se abalanza sobre él y le llena la cara de moratones a base de golpes hasta que el resto de los nobles se acercan para quitárselo al cymreano de encima.
Aun así, los guardias de la Garda no lo arrestan.
Y tampoco nos obligan a hacer un segundo viaje al Muelle Negro.
Si la Reina Suprema ha decidido ejecutar al noble de la pelea, lo hace con sumo disimulo.
Y con eso me basta para saber lo que necesito, además de arrancarle a Garra un brillo sutil y letal de satisfacción de sus ojos marrones.
Con le guardia pasamos horas y horas tratando de averiguar quién puede conocer el paradero del Rey Supremo o dónde podemos tratar de buscarlo por nuestra cuenta.
Hay tanta tensión en el castillo que Garra me transmite la orden que le ha dado Lobo de no dejarme sola deambulando por los pasillos para hallar lo que necesitamos. Podría haberme opuesto, pero tampoco tengo necesidad de jugarme el cuello más de la cuenta.
Cuando Garra no está conmigo, ni siquiera salgo de la habitación.
De hecho, ni me molesto en buscar a Cash. Han alertado a los guardias de la Garda de que deben registrar todas las bolsas y los cargamentos que lleguen al castillo, e incluso les ordenan a los nobles que llevan capa que se las quiten para identificarlos vayan a donde vayan.
Al tercer día, que es justo cuando se celebra el inminente final del Ensayo, me despierto con una sensación de quemazón en las palmas de las manos.
El dolor parece empeorar a ratos, pero, sin duda, lo que más me perjudican son los brotes de estrés.
De hecho, el dolor es mucho más intenso cuando entreno o me paso el día utilizando las manos para lo que sea, pero disminuye un poco durante las horas que me dedico a leer el libro que me dio Lobo antes del Ensayo o cuando me pongo a hablar con Garra.
Sin embargo, no hay ni un solo día en el que no sufra los efectos del daño que me provocó el veneno en la Prueba de Sabiduría.
Para cuando cae la noche, apenas veo más allá del dolor cegador de nervios que me invade, pero me fijo en el pequeño frasco con polvo azul que está descansando en la mesa que hay junto a mi cama.
Solo me queda antídoto para una toma.
Garra se acerca a mí y se pelea con las vendas en un intento inútil de atarlas lo bastante fuerte como para mitigar las punzadas abrasadoras que me atraviesan las manos y las muñecas.
—¿Qué le dirías a Finn si fuera ella la que estuviera sufriendo? —me pregunta en tono calmado mientras suelta la cesta que lleva en los brazos y me quita las vendas de las manos.
Se me escapa una mueca de dolor por el pinchazo que me recorre los dedos. Y no le contesto porque creo que ya sabe la respuesta; si mi hermana estuviera en mi situación, le diría que aprovechara cualquier oportunidad que tuviera en mitad de una pelea.
Garra levanta una ceja con aire astuto y toma el frasco con polvo azul de la mesa. Entonces, me aplica el antídoto directamente en las manos y clava sus ojos en los míos.
—Sigue tu propio consejo.
Ni siquiera me permito el lujo de dudar.
Sí, puede que mañana me asalte una nueva oleada de dolor en mitad de la Prueba de Fuerza, pero no tiene sentido que me preocupe por eso ahora, sino por estar bien para poder protegerme a mí misma en la «celebración» de esta noche.
Estoy segura de que todas las hijas de nobles van a ir a por mí, sobre todo después de haber visto cómo me agarraba Cash del brazo en la última velada a la que acudí.
Me llevo el frasco a la boca y no puedo evitar que se me crispe la cara por el cosquilleo amargo del polvo azul. Me lo dejo debajo de la lengua unos segundos, tal y como me dijo Lobo que hiciera cuando íbamos en el carruaje con Saraid.
El alivio es casi instantáneo y noto que el dolor empieza a remitir en cuanto la sustancia se me disuelve en la boca, así que me lo termino de tragar del todo.
Al minuto, Garra empuja la cesta con el pie hacia mí y dice:
—Para ti.
—Vaya, vaya, parece que alguien está sentimental —exclamo, alzando una ceja—. ¿Un regalo de despedida?
Garra resopla, pero su mirada se suaviza al encontrarse con la mía.
—No exactamente. Te estaré esperando fuera. Podemos bajar cuando hayas… —Señala la cesta con la cabeza y, después, cruza la puerta y la cierra con cuidado a su espalda.
Las llamas chisporrotean en la chimenea y el calor me lleva de vuelta al momento en el que Lobo estuvo justo aquí conmigo, a escasos centímetros el uno del otro.
«Si te acercas más, acabarás quemándote».
Con solo recordarlo, el aroma ya familiar de Lobo me inunda los pulmones.
Noto algo dentro de mí que me oprime las costillas, como si tuviera la imperiosa necesidad de saber que está bien.
Sin decir nada, quito la tela oscura que cubre la cesta que ha dejado Garra en el suelo y ahogo un grito. La tela no es de una manta, sino de un vestido. Y en la cesta…
En la cesta hay una espada corta de un reluciente acero azul, además de una funda de cuero flexible cosida con delicados nudos triples que se extienden por el borde superior.
Son símbolos que representan a las Primigenias, las tres diosas antiguas que les entregaron su magia a los primeros magos, los creadores de los Siete Pozos.
Acaricio con los dedos el suave cuero hasta llegar a la empuñadura de la espada corta.
Es idéntica a la que lleva Finn, solo que este acero es de mejor calidad.
Al darme cuenta de que las ondas azules son idénticas a los remolinos trazados en los puñales de acero málmar que me dio Lobo, me invade una avalancha de emoción.
En cuanto desenvaino la espada, me quedo sin aliento.
El mango se adapta a mi mano a la perfección y la espada apenas pesa.
Noto que el pecho se me hincha a la vez que se me escapa una sonrisa.
La vaina se adapta perfectamente a la curva de mi cintura, como si me la hubieran hecho a medida. Y, aunque sé que no debería, no puedo resistir la tentación de probar la afilada hoja sobre mi propia mano.
En cuanto poso el metal ligero sobre mi piel, suelto un siseo y la sangre mancha el arremolinado acero azul.
Agarro una servilleta para contener la hemorragia y veo que sale volando un trozo de papel. Noto que se me aceleran las pulsaciones conforme guardo la espada en la vaina, un movimiento que me resulta tan fácil y natural como enganchar un pulgar en el bolsillo; la sensación es increíble.
El papel está doblado varias veces y trae estampado un sello de cera verde con el hocico de un lobo grabado, con los dientes al descubierto y todo.
Rompo el sello y desdoblo el papel con dedos temblorosos.
Analizo las runas trazadas sobre la hoja y, entonces, me doy cuenta de que es una carta.
Está escrita en ogham y distingo dos caligrafías distintas, ya que el estilo de los trazos difiere entre ellas.
Una es bruta y práctica, con trazos claros donde las líneas marcan cada una de las runas que corresponde a un sonido; son iguales que las marcas que había en las varas que me dejó Lobo.
La otra es mucho más fina, como si apenas hubieran apretado la pluma, por lo que las líneas son mucho más largas y menos marcadas.
Es la letra de Finn.
Por todas las Primigenias… Casi me parece escuchar su voz en las escasas palabras que esconden las runas. La oigo en todas ellas y, joder, no sabía cuánto echaba de menos la voz de mi hermana. La echo tanto de menos que me duele el corazón.
Mi mente se pone en marcha a toda prisa para interpretar las líneas diagonales que parten desde el eje central mientras voy desentrañando en mi cabeza el mensaje oculto.
No distingo ningún nombre, así que no hay nada que pueda delatarnos si esto acabara en las manos equivocadas.
Aun así, todos los trazos me indican que es ella.
«Sabía que no iba a servir de nada decirte que no hicieras preguntas» .
En cuanto descifro el mensaje, se me escapa una sonrisa. Es como si pudiera verla negando con la cabeza, con la corta melena cobriza balanceándose sobre sus mejillas. Todas las líneas son cortas con varios trazos que forman cada marca rúnica y un espacio limitado entre ellas.
«Confía en él. Confía en ellos. Te lo explicaré. Orgullosa de ti».