Una tentación de susurros y lobos VEINTINUEVE
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VEINTINUEVE

N i siquiera las cigarras se atreven a romper el silencio que envuelve la noche estrellada.

Los guardias de la Garda van al frente de la comitiva que sale por las puertas del castillo, y todos los seguimos con las mismas ropas elegantes que llevábamos para el banquete de celebración del cumpleaños de la Reina Suprema.

Ha sido todo de corrido y ni siquiera les han dado un momento a los miembros de la corte para que se preparen para la marcha.

De hecho, la Reina Suprema chasqueó los dedos y la Dama de las Sombras les dio la orden a los guardias y les hizo una señal para que sacaran a Eavan esposada de la sala y que el resto de los presentes saliéramos tras ellos.

Nadie se atrevió a protestar.

Ni una sola persona se arriesgó a salir en su defensa, ni siquiera para intentar ahorrarle a una de los suyos el horrible destino que le espera en el Muelle Negro. Un destino que yo conozco a la perfección, pero que ellos también deberían conocer.

¿Estarán los nobles al tanto de lo que ocurre allí?

El corazón me martillea en el pecho. La culpa me consume por dentro y aprovecha cualquier resquicio de vulnerabilidad intacta para ahondar más en la herida. Jamás pensé que pasaría esto. Nunca han ejecutado a un noble en el Muelle Negro. ¿Cómo iba a imaginarme que el plan acabaría así?

Se suponía que iba a ser Oona.

Oona, deshonrada.

Oona, apartada del mundo para enfrentarse a la suerte que les espera a los nobles traidores. Parecía que esa clase de violencia siempre se daba de puertas para dentro, en un lugar en el que los demás no fuéramos testigos de sus atrocidades.

Respiro hondo. Tomo aire y lo suelto poco a poco, y lucho por mantener la calma.

Las estrellas que penden sobre nuestras cabezas apenas brillan. Ni siquiera hay hojas mecidas por el viento en mitad de las calles y el único sonido que atraviesa el ambiente iluminado por la luna es el de nuestros pies arrastrándose por el camino empedrado, además del llanto desgarrador de Eavan.

Con cada paso que doy, me obligo a visualizar la distancia que nos separa del Muelle Negro como un campo de batalla. En mi cabeza, trato de reemplazar los gritos de la chica por todos los que se han enfrentado al mismo destino que ella: amigos, vecinos y mi propia familia.

Sin embargo, no me sirve de nada. Ni a mi peor enemigo le desearía morir en el Muelle Negro. Aun así, me obligo a seguir caminando. Y no hay ni rastro de Garra ni de Lobo.

Aoife es la única que me acompaña y agradezco mucho tenerla aquí.

Está temblando tanto que no puedo contener el impulso de rodearla con un brazo para reconfortarla, de modo que nos apoyamos la una sobre la otra con cada paso que damos sobre las piedras que, poco a poco, se van convirtiendo en tierra.

Fue ella la que se abrió paso entre la multitud y vino hacia mí justo cuando vimos a Cash lanzarle una mirada asesina a la Reina Suprema después de dar la orden de que apresaran a Eavan.

No hubo nadie en toda la puta corte que no fuera testigo de la mirada que le lanzó a su madrastra.

No obstante, estoy segura de que esa era su intención, que los nobles lo vieran situándose en el bando correcto, sobre todo después de estar a punto de presenciar lo que supone morir en el Muelle Negro.

Cuando vean con sus propios ojos la atrocidad que ha ordenado la Reina Suprema, se darán cuenta de que ni siquiera ellos están a salvo de su maldad.

Los miembros de la realeza van montados en un carruaje, a la cabeza de la comitiva. Desde su interior, la Reina Suprema no aparta la mirada tan fría y afilada como diamantes de los nobles que van tras ella, mientras que la ausencia del rey es como una guadaña que pende sobre nuestras cabezas.

Solo las Primigenias sabrán dónde estará.

¿Cómo coño se supone que voy a encontrarlo y matarlo antes de que acabe el Ensayo?

Un escalofrío me recorre de arriba abajo al ver a Cashel en el carruaje, sentado justo delante de la Reina Suprema.

Ya no lleva puesta la corona. No sé dónde la habrá dejado, pero está claro que se la ha quitado en señal de protesta. De hecho, escucho varios nobles de los que van en la comitiva comentarlo entre ellos.

«El príncipe ha pedido clemencia», susurra una voz mientras unas cabezas asienten a su alrededor. «Y la reina se ha negado».

En mi interior, la esperanza lucha contra la amenaza abrumadora de la culpa que sigue consumiéndome por dentro.

Tenemos que dividir a los nobles. Tenemos que conseguir que se vuelvan contra la Reina Suprema todos los que podamos, que sientan que apoyarla a ella o estar a favor de la anexión de Cymrea no solo es una tarea difícil, sino impensable .

Trato de convencerme de que soy capaz de lidiar con los remordimientos por lo que está a punto de suceder si eso se traduce en que Finn jamás tendrá que entregar su vida a cambio de la mía, tal y como hice yo para salvarla.

Solo espero que Cash hablara en serio al decir que estaba dispuesto a proteger la magia y a permitir que regresaran los magos.

Enterraré la culpa en lo más profundo de mi ser si eso significa que tenemos una oportunidad de ganar.

Y no paro de repetírmelo a mí misma una y otra vez, a pesar de que no dejo de escuchar los gritos de Eavan.

Cada uno de sus berridos me atraviesa como la hoja de un puñal. Los nobles ni siquiera abren la boca y envuelven con las manos las joyas que brillan sobre sus gargantas y muñecas, como si, de buenas a primeras, sintieran que son unos grilletes.

Lo único que nos ilumina el camino es el fulgor de las antorchas.

La anaranjada luz tenue se abre paso entre la bruma que flota en mitad de la noche y que me provoca un hormigueo punzante en la sien.

Sigo teniendo las mejillas manchadas de sangre por el golpe del guardia; lo sé por los mechones que se aferran a la piel pegajosa.

No tiene sentido que me los aparte porque sé que sigo sangrando.

El horizonte irregular que señala el final del camino se alza ante nosotros y, a esta hora, solo hay perros sarnosos merodeando por el Muelle Negro.

Me percato de los últimos destellos anaranjados de las ventanas que se cierran a nuestro paso y vislumbro las figuras que desaparecen tras ellas. Y, entonces, recuerdo que, a veces, las personas tardan horas en morir en las estacas.

De pronto, los guardias de la Garda detienen su marcha.

El traqueteo del carruaje real se ralentiza.

Escucho el chirrido de las bisagras del carro de prisioneros.

Los gritos de Eavan se han transformado en unos gemidos bajos y, después, en unos llantos lastimeros.

Y, aunque intentó por todos los medios zafarse de los guardias cuando la obligaron a montarse en el carro tras salir del castillo, vuelve a oponer incluso más resistencia cuando tratan de bajarla.

Noto una furia contenida y silenciosa que emana de las filas de nobles. Casi la saboreo, impregnada en el aire.

Al bajar del carruaje, los rasgos de Cash son fríos como el hielo.

Sus dedos enjoyados acarician la empuñadura de su espada y, después, se posan en ella.

El cabello rubio dorado le cae sobre la frente, pero no veo ni rastro del azul zafiro en su mirada severa.

Y tampoco veo ni una chispa de arrepentimiento, solo una rabia contenida que ni siquiera se molesta en ocultar.

De hecho, sigue con los ojos clavados en la Reina Suprema para que toda la corte lo vea mientras se escuchan de fondo los aterradores gritos de Eavan suplicando que la suelten.

Pero no tiene escapatoria.

Ya no puede ayudarla nadie. Los guardias de la Garda empujan a Eavan por los escalones bajos que llevan al Muelle Negro, que se adentra en el mar, donde descansan una docena de púas ennegrecidas que apuntan hacia las estrellas.

Supongo que la mesa que hay en el centro sería de madera en el pasado, pero tras años y años de condenas, sangre y mugre, cada centímetro está cubierto de negro por completo, al igual que las estacas que hay alrededor.

Los bordes son tan irregulares como unos dientes rotos e incluso hay trozos enteros arrancados de la vieja madera.

Hay cuatro grilletes de hierro esperándola, cada uno atornillado en una esquina, dos para las manos y dos para los pies. Y hay una argolla más para el cuello, un despiadado collar metálico para impedir que se mueva del sitio.

Entre dos guardias, suben a Eavan a la plataforma y, entonces, la chica se fija en la mesa.

Los ojos se le ponen blancos por el miedo salvaje que la posee y cada uno de los músculos de su cuerpo empieza a temblar con violencia.

Es un terror primitivo y desesperado que la empuja a chillar, golpear y arañar a diestro y siniestro.

Otros tres guardias aparecen para sujetarla.

Y siento que una nueva vorágine de remordimientos me oprime el pecho.

Me imagino a la perfección lo aterrada que debe estar.

Yo misma me sentí así la noche que los guardias de la Garda me sacaron a rastras de la cama y me llevaron al castillo en un carro idéntico al que la ha traído a ella hasta aquí.

Recuerdo la cegadora y angustiosa sensación de pánico al estar convencida de que me esperaba una muerte inminente.

Campo de batalla , repito para mis adentros.

Esto no es más que un campo de batalla y yo soy la que nos ha traído hasta aquí. Esto es una guerra y no se diferencia en nada de la violencia con la que nos han estado tratando durante tantísimos años. Y toda guerra conlleva una serie de sacrificios.

Al minuto, lo único que rompe con el silencio sepulcral es el crujido de los grilletes cerrándose y las palabras suplicantes de la chica bajo el último anochecer que verá en su vida.

Eavan forcejea contra los grilletes. Se sacude con violencia. Grita con desesperación.

Y suplica otra vez.

En el mercado, cuando los guardias de la Garda asesinaron a inocentes en masa para satisfacer los deseos del Rey Supremo, yo me limité a cerrar los ojos y dejé que fuera Finn la que nos sacara de allí y nos pusiera a salvo.

Pero, esta vez, no aparto la mirada.

Pienso ser testigo de esta atrocidad y no la olvidaré jamás.

El verdugo golpea con fuerza y el sonido de la estaca…

Que las Primigenias me perdonen.

No tengo palabras.

Aoife, que sigue a mi lado, vomita en silencio. La agarro con las manos y la sujeto cuando se deja caer sobre mí. Justo frente a nosotras está Cash, con las mejillas pálidas y cetrinas. Y, a su lado, hay una mujer con pesados collares de esmeraldas moviéndose nerviosa sobre sus pies.

Un grito desgarrador atraviesa el aire. Y, después, otro. El verdugo golpea con el mazo la madera varias veces hasta que unos espasmos sacuden el cuerpo de Eavan y, al segundo, se le desencaja la mandíbula al soltar un último alarido mortal antes de quedarse inmóvil, por fin.

La mujer que hay junto a Cash se desmaya. Y hay más de un noble que se aparta para vomitar hasta las tripas, mientras otros contienen unas violentas arcadas bajo la luz de la luna.

Observo el charco de sangre que se está formando bajo la mesa del verdugo y que se esparce por todo el muelle, como si las almas que vagan por este lugar ya estuvieran buscando a su próxima víctima.

Entonces, justo encima de una casa de aduanas, casi mimetizándose con el puntiagudo arco del techo, creo ver de refilón una capa negra como la noche que se desvanece en cuanto levanto la vista.

Lobo tenía razón en lo que me dijo aquella primera noche que se coló en mi habitación del castillo con Colmillo.

Para sobrevivir en este lugar y para convertirme en la persona que quiero ser para unirme a esta lucha ahora que sé la verdad, tengo que volverme más despiadada que la Maeve a la que conoció Lobo cuando sellamos nuestro trato.

Ya no soy la misma chica que paseaba por estas calles.

Soy quien necesito ser para afrontar la guerra que se avecina. Una guerra en la que todos derramaremos sangre.

Y, a pesar del miedo y la culpabilidad que me carcome por dentro, me siento más fuerte gracias a ello.

Vislumbro el temor y la angustia en los rostros de todas y cada una de las personas que caminamos en silencio de vuelta al castillo.

Atravesamos las puertas sin intercambiar ni una palabra; solo se escucha el traqueteo del carruaje real sobre los adoquines que se extienden ante nosotros.

Cash sigue sin ponerse la corona y ahora es él quien está sentado en el banco que va de cara a los nobles, pero no aparta la mirada cargada de rabia de su madrastra.

Poco a poco, esa imagen despierta algo entre los nobles.

No sé quién es la primera persona en decirlo entre susurros cuando nos adentramos en el castillo, pero las voces suenan mordaces y nítidas en mitad de la oscura noche, al igual que los murmullos en señal de aprobación.

«Despiadada», susurran los nobles. «La Reina Suprema es despiadada».