Una tentación de susurros y lobos VEINTIOCHO #3
74%

VEINTIOCHO #3

Y, si Cash acaba de hacer lo que estoy pensando, Eavan está a punto de convertirse en algo que yo misma juré que no aceptaría jamás: una vida que hay que sacrificar.

Cash se aparta de Eavan y nos observa a todas con detenimiento, aunque ya hemos conseguido ponernos de pie por nuestra propia cuenta.

El príncipe camina con pasos sigilosos por delante de nosotras y nos va escudriñando una a una con la mirada.

Primero se detiene delante de mí y acaricia con las dos manos la tela aterciopelada que me cae por la cintura.

Después, sigue por los bolsillos vacíos y, por último, baja por las piernas.

Entonces, salta al interior de mis muñecas.

Y así con cualquier otro sitio en el que pudiera haber escondido algo.

Sus fríos ojos azul marino me atraviesan y exclama:

—Está limpia.

Una avalancha de alivio me impacta por dentro y se extiende por todo mi cuerpo.

Después, registra a Saraid. Se ha colocado justo a mi lado, con la barbilla alta y desafiando al príncipe con la mirada, aunque ahora se le ha desmoronado la corona hecha con trenzas y los mechones rubios le caen sobre el hombro.

—Limpia —repite Cash. Por un momento, distingo un atisbo de algo peligroso que inunda los ojos del príncipe cuando clava la mirada en Saraid.

La chica hace una reverencia y, entonces, Cash pasa a Aisling, que también está limpia. Y, por último, a Oona.

Las costillas me oprimen el pecho. Un abrasador rayo de esperanza me atraviesa hasta la médula. ¿Habrá podido hacer algo con el frasco al final?

Oona aprieta los labios oscuros y sus mejillas palidecen cuando Cash pasea las manos por sus caderas, cintura y la curva de sus piernas por debajo de las faldas.

—No tengo bolsillos —exclama Oona, alzando una ceja cuando Cash la vuelve a registrar.

El príncipe vuelve a dar un paso atrás y su mirada es fría como el hielo.

—¡Limpia! —grita.

Mierda, mierda, mierda . Por eso no ha podido endosarle el frasco, porque no tiene bolsillos.

Eavan es la última de la fila. A pesar de ser alta, tiene los hombros encorvados, pero mantiene la afilada barbilla hacia arriba cuando el príncipe le registra las muñecas, la cintura y bolsillos…

De repente, Cash se aparta de ella y en su rostro se dibuja una expresión fingida de sorpresa, aunque debo reconocer que es aterradoramente convincente. Al instante, se mira la mano y levanta el frasco con el líquido negro brillante.

Un grito ahogado se extiende entre la multitud que queda a nuestras espaldas.

Eavan abre los ojos como platos y el pánico se apodera de ella conforme sus mejillas se ponen al rojo vivo.

—¡No es mío! —grita con desesperación—. ¡Lo juro! ¡No es mío!

Noto el sabor amargo de la culpabilidad en los labios.

Esto no era lo que habíamos planeado. Oona tendría que haber sido nuestra víctima porque habría supuesto el golpe estratégico perfecto para dividir a los nobles.

Eavan no era la rival favorita de la Reina Suprema y su familia apenas podía alimentar a su propio pueblo; por eso mismo la encontré hace semanas haciendo un trato con Oona cuando salí de los baños.

Aprieto la mandíbula y me obligo a tragarme la culpabilidad hasta que me duelen los dientes. Si dejo que los remordimientos se apoderen de mí y me controlen, nada cambiará en esta isla. Jamás.

Al menos sé que Eavan tendrá una muerte rápida.

O eso quiero pensar, aunque sigo sin saber cómo ejecutan a los nobles acusados de traición.

La Dama de las Sombras no dice nada, pero la orden que les da a los guardias de la Garda es más que clara.

Con solo levantar un brazo y apuntar con el dedo a Eavan, los guardias se abren paso entre la multitud con las espadas desenvainadas, agarran a la chica por los brazos de inmediato y la sujetan con fuerza mientras Cash vuelve a colocarse tras el trono de su padre.

El estrado cruje bajo el peso de su cuerpo.

Todas las miradas del salón se posan en la Reina Suprema y, por un momento, se queda completamente callada con los ojos entrecerrados.

Está pensando.

Cash le lanza una mirada descarada a la Dama de las Sombras antes de inclinarse sobre el respaldo del trono del Rey Supremo. Aunque habla en voz baja, toda la corte se percata de que está intentando convencer a su madrastra de algo; solo consigo distinguir palabras como «exilio» y «justicia».

Todos los presentes parecen escucharlas y asienten en señal de aprobación, como si ninguno de ellos disfrutara haciéndole daño a alguien que consideran «de los suyos».

En un momento así, no puedo evitar preguntarme si, hace cinco años, alguien salió en defensa de la familia de Lobo.

O, tal vez, la muerte de su familia sea el motivo por el que ahora los nobles se muestran tan cautelosos.

De pronto, se forma un pequeño charco a los pies de Eavan y sus lamentos retumban en el aire.

Los ojos cristalinos de la Reina Suprema observan a Cash con desprecio cuando exclama:

—Pero mira que eres estúpido.

Me quedo atónita.

Cash se pone rígido y le devuelve la mirada; toda la corte lo ve.

Y estoy segura de que no es casualidad que haya dejado que sea su madrastra la primera en bajar del estrado cuando la Dama de las Sombras retrocede con pasos sigilosos.

En cuanto los nobles se quedan callados, casi sin atreverse a respirar, la Reina Suprema les grita a los guardias que tienen apresada a Eavan de Antrim:

—Llevadla al Muelle Negro.