Una tentación de susurros y lobos VEINTIOCHO #2
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VEINTIOCHO #2

La mayoría de los nobles se sientan en torno a una mesa repleta de jarras plateadas con vino y platos rebosantes de comida como para alimentar a la mitad de la ciudad.

Las mesas se tambalean bajo el peso de las bandejas llenas de champiñones asados con cereza y tomillo, cochinillos embadurnados en su propia grasa, bandejas con filetes finísimos de ternera y cebollas caramelizadas, y más verduras de las que puedo nombrar.

Creo que incluso puede que haya un ciervo entero hecho de mazapán.

El banquete está completo, salvo por la ausencia del Rey Supremo, pero parece que no soy la única que se da cuenta.

Una infinidad de ojos escudriñan el trono vacío y sus miradas saltan del príncipe a la Reina Suprema. Esta última observa a todos los presentes con desdén desde su trono, que es más pequeño que el del rey.

—¿Sigue sin aparecer? —murmuro en un tono tan bajo que solo Cash y Garra pueden oírme.

Los ojos de Cashel se detienen en el trono de su padre, pero no se esfuerza en ocultar la sombra de sospecha que se cuela en sus ojos azules cuando levanta la vista hacia la Reina Suprema.

—Según ella, tiene una fiebre bastante persistente.

No me atrevo a insistirle más porque hay demasiadas personas a nuestro alrededor.

Al tenerlo tan cerca, veo que se le tensa la mandíbula antes de preguntarme:

—¿Estás lista?

Me sacudo la falda para disimular mientras echo un vistazo por encima del hombro hacia donde está Garra, a menos de un metro de mí.

—Más que nunca.

Desde el trono, la mirada glacial de la Reina Suprema se posa en Cashel y, casi al instante, se da cuenta de que soy yo la que está junto a él.

Me habría reído de la desagradable sorpresa que se ha llevado, pero sé que habría puesto en peligro tanto la vida de Cashel como la mía.

Si nos pillan, también lo matarán a él, aunque no sé qué tipo de muerte le darán a un noble.

Lo cierto es que no tengo ni idea, pero, hasta donde yo sé, jamás los han mandado al Muelle Negro.

En cuanto a mí, cuento con que sería un viaje solo de ida.

La oleada de pánico que se me extiende por las venas me provoca un escalofrío fugaz. Enderezo los hombros y saco pecho para que destaque aún más el escote de mi vestido y, por fin, noto los ojos pálidos como el hielo de la Reina Suprema observándome con desprecio.

Genial.

A pesar de la cantidad de gente que hay, no me cuesta dar con Oona.

Su melena negra como las alas de un cuervo brilla entre la multitud, al igual que los diamantes negros que descansan sobre su garganta.

Se me acerca por el lado derecho y me percato de que Garra cambia de posición y se prepara por si tuviera que intervenir si Oona decidiera atacarme.

Sin embargo, pasa casi flotando junto a mí y sus labios pintados me dedican una sonrisa malévola.

Siento que el corazón se me va a salir del pecho.

Todas las miradas del salón se posan en Oona cuando se acerca, pero, al segundo, se desvían de nuevo hacia mí cuando me obligo a fingir una amplia sonrisa y me río como si esta fuera la noche más maravillosa de mi vida.

Los nobles comparten varias miradas entre ellos y no tardan en volver a observarme mientras intercambian susurros y comentarios cargados de prejuicios.

Sus ojos se pasean por el escote pronunciado de mi vestido y por mi cabello, que me cae en unas ondas sueltas y sin trenzar y me acaricia los hombros.

Me obligo a mantener la sonrisa mientras dejo que me juzguen.

Porque, mientras están cuchicheando de mí y contemplándome, veo por el rabillo del ojo que Cash se inclina hacia Oona lo bastante como para rozar con las manos los densos pliegues de sus faldas.

Le susurra algo en el oído que hace que la chica clave los ojos en mí y, casi al instante, sus labios rojo oscuro se curvan hacia arriba.

—Trato hecho —le responde Oona a Cash en un ronroneo.

Cashel tarda un poco más de la cuenta en separarse de ella; según lo que teníamos hablado, iba a ser menos de un minuto. De pronto, me percato de los susurros que se empiezan a propagar entre los nobles que tengo al otro lado.

Cuando Cash por fin se aparta de Oona, veo que sus ojos se vuelven sombríos como nubes de tormenta.

Tiene la mandíbula tensa y vuelve a meterse la mano en el bolsillo en un abrir y cerrar de ojos cuando asiente con la cabeza hacia Oona y, después, me busca y me arrastra entre la multitud.

Me esfuerzo por dejar las manos quietas y no tocar el reconfortante y afilado contorno de los puñales que llevo escondidos bajo las faldas de mi vestido.

—¿Lo has hecho? —Tengo tanto miedo que no puedo evitar que se me cuele en la voz, así que mi tono suena más agudo de lo que me gustaría. La mirada lóbrega de Cash se encuentra con la mía justo antes de saltar a las puertas del salón.

Es entonces cuando lo escucho.

El ruido de unas botas.

Varios pares de botas y un repiqueteo metálico.

Cash me mira otra vez y es entonces cuando sé que pasa algo.

Algo malo.

¿Qué ha hecho?

—No —murmura entre dientes. Algo inquietante se cuela en su mirada y añade—: Lo siento, Maeve.

—¿Cómo que lo sientes? —El pánico me deja un sabor ácido en la garganta. Me giro hacia él y busco a Garra con la mirada justo cuando las sombras de los guardias de la Garda se cuelan en el salón tras abrir de golpe las puertas que dan al pasillo—. ¿Por qué?

Cuando las manos de Cash se hunden en la curva de mi espalda, veo un indicio de arrepentimiento en su rostro. Entonces, mira hacia el estrado donde la Reina Suprema está de pie y, a su lado, la Dama de las Sombras le susurra algo al oído.

Un miedo inesperado y arrollador me atraviesa hasta la médula cuando la reina se pone de pie y ordena:

—Atrapadlas.

Estaba equivocada.

Absoluta y terriblemente equivocada.

Los guardias de la Garda se abren paso entre la multitud a empujones y derraman el vino de las copas de los presentes en el suelo, que forman unos charcos tan oscuros que parecen sangre.

Garra me sujeta con un brazo y se lleva la mano contraria a la empuñadura de la espada corta que lleva en la cadera, como si fuera a desenvainarla en cualquier momento.

—No lo hagas —le ordeno, estrechando su brazo con todas mis fuerzas.

Si Garra se enfrenta a ellos, descubrirán que es une espía.

El pánico es cegador y deslumbrante, y puedo ver la guerra que libra en su interior reflejada en sus ojos.

Abre la boca, como si estuviera a punto de decir algo…

De pronto, un guardia me golpea en la cabeza con el mango de su daga.

Noto un dolor agudo que me nace de la sien y, al segundo, algo caliente y pegajoso que me resbala por la cara.

Dejo de sentir el suelo bajo mis pies cuando dos guardias pasan a toda velocidad por mi lado y me tiran justo delante del estrado.

Unas manos apresan con violencia a Oona de los hombros, mientras que otros dos pares agarran a Aisling de la garganta y a Eavan de la cintura cuando intenta agacharse y huir entre la multitud.

Saraid se estrella contra el duro suelo de baldosas cuando otro de los guardias la sujeta con fuerza mientras los presentes se van dispersando poco a poco, y se apartan hasta dejarnos a las cinco a plena vista y jadeando en mitad del salón.

Estamos todas delante del estrado y me percato de que, ahora, Cash está de pie junto a su madrastra.

La Reina Suprema vuelve a escuchar a la Dama de las Sombras cuando esta se agacha para decirle algo más al oído, pero no puedo ver los rasgos de la jefa espía porque vuelve a ocultarlos tras esa capa oscura.

¿Habrá mostrado su rostro frente a la corte alguna vez?

—Hay una traidora entre nosotros —grita la Reina Suprema, observando a los guardias de la Garda y, después, a nosotras—. Encontradla.

Noto la presión de algo frío en la parte baja de mi espalda, justo por donde Cash me pasó una mano antes de…

Me meto las manos en los bolsillos para rebuscar entre las telas de mis faldas justo cuando los guardias se abalanzan sobre nosotras cinco tan rápido que solo distingo un borrón de sombras de color negro y carmesí.

¿Me ha endosado el frasco a mí?

Una oleada de desesperación tan atropellada como desmedida me inunda hasta el punto de poder saborearla. Me arden las manos del dolor y, entonces, me viene un regusto salado y férreo de la sangre que me empapa la mejilla.

Sin embargo, no logro encontrar nada.

No tengo ningún frasco en el bolsillo ni veo mis dedos empapados del líquido mágico.

Y, en cuanto los guardias de la Garda me ponen una mano encima, Cash exclama en voz alta:

—Deteneos.

Los guardias se quedan quietos al instante.

Todos los nobles giran sus cabezas hacia el príncipe, que tiene las manos apoyadas en el respaldo del trono de su padre.

Un trono que, tarde o temprano, será suyo.

La Reina Suprema fulmina a su hijastro con una mirada asesina y dice entre dientes:

—Siéntate. Ya.

—No —le responde Cash en un tono lo bastante alto como para que toda la corte se percate de que le está plantando cara—.

Yo seré el próximo rey de Eireann. Y un rey debe saber identificar a los traidores, ¿no te parece?

—Su tono es de odio puro y el mensaje que esconden sus palabras es sutil, pero lo bastante directo como para que incluso las hijas de nobles se miren entre sí, como si no dieran crédito a lo que acaban de oír.

Cash baja del estrado y las pisadas de sus botas retumban sobre las baldosas de mármol.

La luz titilante de las velas les otorga un aire sangriento a los rubíes de su corona.

Cuando llega hasta Eavan, que está tirada en el suelo, la ayuda a levantarse agarrándola por la cadera con una mano y, con la otra, sujetándola por las faldas para que no pierda el equilibrio. O esa es la impresión que quiere dar.

Pero yo sé de sobra lo que está haciendo en realidad.

Me quedo sin aire y se me forma un nudo en la garganta de puro miedo, pero tampoco me atrevo a mirarle la mano por si alguien se fijara en mí justo en este momento.

Todas nuestras vidas dependen de lo que suceda a continuación: la mía, la del príncipe, la de Lobo y la de Garra, e incluso las de Finn y Keeva.