Una tentación de susurros y lobos VEINTIOCHO
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VEINTIOCHO

N os vemos en el jardín, bajo los mismos rayos de luna que la noche que nos conocimos.

Esta vez, la luna está creciente en lugar de menguante, pero no solo eso es distinto, sino todo .

Me resultó de lo más fácil colar el trozo de papel en la habitación de Cashel mientras estaba en la recepción de una cena a la que no fui con la excusa de estar enferma.

Decidí utilizar el mismo pasadizo secreto por el que Lobo me condujo cuando escapamos de la habitación del príncipe.

Por suerte, como nadie más había pasado por los túneles, encontré nuestras huellas y solo tuve que seguir el camino.

Con dos velas y empujada por mi propia cabezonería, conseguí ir y volver sin problemas.

Ahora me detengo a observar la niebla arremolinándose sobre nuestras botas y propagándose poco a poco por las raíces desgarradas donde antes crecían los hermosos rosales.

La mirada fría y cauta de Cashel rezuma curiosidad.

Aunque está a una distancia prudente, con solo dar un paso hacia delante podría ensartarme con la hoja de su sable.

—¿De qué quieres hablar? —pregunta, atravesándome con sus ojos como zafiros mientras cruza los brazos por encima del pecho.

Las joyas que cubren sus dedos reflejan la luz de la luna.

Trago saliva y entierro en lo más profundo de mi ser el miedo que amenaza con apoderarse de mí.

—Antes de contártelo, necesito preguntarte algo. —Nuestras miradas se encuentran, pero la suya me atrapa—. Cuando estábamos en tu habitación, dijiste que tu padre ha rebasado los límites, incluso antes de… convertirse en lo que es ahora.

Cashel frunce los labios y apoya la mano sobre la empuñadura de su espada.

—Sí, eso dije.

Al dar una bocanada de aire, las nubes de vaho se quedan flotando en el aire y se funden con la gélida niebla.

Ya no hay vuelta atrás.

—¿Tú actuarías de otra forma? —susurro justo antes de que me fulmine con la mirada—. Si fueras rey, ¿serías distinto a tu padre?

La hierba aplastada cruje bajo el peso de sus pies.

Avanza hacia mí hasta que estamos tan cerca que puedo contar las caras que tiene cada uno de los rubíes que adornan el cuello plateado de su capa.

Su mirada está cargada de una voracidad pura y peligrosa, y sus palabras son tan cortantes como mis puñales.

—Si yo fuera rey, lo haría todo de forma distinta.

Solo las Primigenias saben lo mucho que me gustaría creerlo. Una oleada de alivio me invade por dentro cuando levanto la cabeza y me encuentro con la expresión seria de su rostro.

—¿Por ejemplo…?

Dilo. Di las palabras. Quiero que me diga exactamente lo que necesito escuchar antes de meterlo en todo esto.

Cashel ladea la cabeza y distingo un brillo sombrío en su mirada.

—Revocaría la orden de mi padre de drenar los Pozos —se aventura a decir sin quitarme los ojos de encima.

Analiza con atención el cambio en mi expresión y el movimiento de mis músculos, como si creyera que puedo atravesarlo con las hojas de mis armas en cualquier momento—.

Dejaría que volvieran los magos y que trajeran la magia con ellos para así proteger Eireann de cualquier persona que tenga intención de hacerle daño a la isla o a nosotros.

Aunque ninguno mencionamos Cymrea, ambos sabemos a lo que se refiere.

Poco a poco, y con mucho cuidado, me llevo la mano al bolsillo.

El frasco de magia mide lo mismo que mi pulgar y, aun así, las gotas que alberga en su interior brillan en mitad de la noche. Cashel se queda sin aliento en cuanto lo ve y yo me percato de la chispa de fascinación pura que se cuela en sus ojos azul oscuro.

—¿Cómo lo has conseguido? —Por la forma en que me mira no sé si está asombrado o atemorizado.

Un aluvión de orgullo me inunda el pecho. Va a funcionar. Tiene que funcionar.

—Dijiste que querías ayudar —espeto sin responder a su pregunta—. Necesito que se lo endoses a Oona, pero no puedo contarte nada más.

Cash extiende la mano hacia el frasco. Yo lo aparto menos de un centímetro, por lo que el príncipe me fulmina con la mirada.

—Entonces, dime: ¿hay más en el lugar del que proviene esta magia?

Esto es todo lo que puedo ofrecerle.

—Sí.

De pronto, su aroma intenso y especiado se me mete en la nariz cuando una ráfaga helada se cuela entre las enredaderas y el suelo en ruinas en el que solían crecer las rosas blancas de la Reina Suprema.

A Cashel se le cae un mechón rubio dorado en la frente, pero ni siquiera se molesta en apartárselo. Entonces, noto un cosquilleo de advertencia que se me extiende por los brazos. Es arrebatador, como una noche invernal.

Cash es hielo, mientras que Lobo es fuego.

La plata pulida frente al acero afilado.

Sin embargo, si algo he aprendido de ser la hija de un traficante de armas, es que siempre debo depositar toda mi confianza en quien fabrique la hoja más fuerte y letal.

Me niego a romper el contacto visual con su penetrante mirada.

—¿Cuento contigo?

Observa el frasco con atención. Sus rasgos iluminados por la luna son una mezcla de asombro, temor y deseo. Poco a poco, vuelve a buscarme con la mirada y agarra el frasco. Esta vez no aparto la mano y me fijo en cómo envuelve el cristal con los dedos antes de que me contemple con determinación.

—Lo haré —exclama en tono solemne—. Y voy a necesitar que hagas algo a cambio.

Un centenar de ojos me atraviesan al mismo tiempo.

En ese momento, me percato de un detalle que me golpea con una certeza arrolladora cuando aprieto los dientes mientras cruzo el umbral con Cash a mi lado y nos adentramos en el salón del banquete donde se celebrará el cumpleaños de la Reina Suprema: todas las personas que hay en esta sala me quieren muerta.

—Esto no ha sido buena idea —dice Garra, que nos sigue tan de cerca que escucho sus palabras con claridad pese a los repentinos gritos ahogados de los nobles cuando me ven llegar junto al príncipe.

—Ya —murmuro, obligándome a fingir una sonrisa—. Créeme que lo sé.

También era una condición que me puso Cash para incriminar a Oona con el frasco de magia: venir a la celebración para distraer a los nobles y a su madrastra mientras él le endosa el frasco de magia que, tal y como me explicó con una sonrisa, servirá para humillarla delante de todos cuando los guardias de la Garda la registren durante el banquete.

Tal vez debería habérselo contado a Garra antes de que llegáramos a las amplias puertas dobles, esas que dan paso a la sala repleta de espejos en la que ya estuvimos durante la Revelación, y viera que Cashel me estaba esperando con el brazo levantado para que lo entrelazara con el mío.

Sin embargo, Garra se lo habría contado a Lobo y, entonces, este último habría insistido en estar presente de alguna forma.

Pero, aunque Garra tuviera razón y a Lobo no le quedara más remedio que colarse una y otra vez en el castillo, yo sí que puedo tratar de remediar que se exponga de manera innecesaria.

Ya corremos bastante peligro los dos de por sí.

Por eso, si los nobles se vuelven coléricos al ver que voy de la mano de Cash, no estarán pendientes de que, con la otra mano, el príncipe colará el frasco de magia en uno de los bolsillos de Oona.

Llegamos tarde adrede para acortar lo máximo posible el tiempo que transcurre entre que Cash cumple con su parte de la misión y que llegue la Dama de las Sombras con los guardias de la Garda.

Cuanto más tiempo dejemos pasar, más nos arriesgamos a que Oona pueda meterse la mano en el bolsillo y encontrar el frasco de magia antes de que aparezcan los guardias.

Todos y cada uno de los pasos de este plan deben ser rápidos y estar medidos a la perfección.

Por todas las Primigenias… ¿Es posible que se me haya olvidado cómo se respira?

Cada vez que trato de tomar aire, los cordones del vestido que llevo puesto me oprimen las costillas.

Me lo ha prestado Aoife, que va unos pasos por detrás de Garra, con la melena rubia dorada brillando bajo la luz de las velas.

Esta vez, mi vestido es de terciopelo negro y está adornado con unas tiras trenzadas de perlas negras cosidas formando complejos diseños que simulan unas piedras preciosas.

Lo único que contrasta con el negro del vestido son los pendientes de color granate oscuro que llevo puestos.

Además, traigo mis puñales y otros que me ha dejado Garra, y los llevo escondidos a lo largo de las piernas y las pantorrillas en fundas de cuero que me he asegurado de ajustar bien para que se adapten a la forma de mis piernas.

Me he dejado el pelo suelto y alborotado, así que la melena oscura me cae sobre los hombros.

El escote del vestido es lo bastante bajo como para rozar los límites de lo inapropiado, otro truco para poder llevar a cabo nuestro plan. Quiero que los labios rojo carmesí de Oona dibujen una mueca de desprecio cuando estemos lo bastante cerca como para meterle el frasco en el bolsillo.

En este caso, me da igual haber tenido que enrollarme el collar de mi madre alrededor de la muñeca; solo espero que merezca la pena.

—¿Estás segura de que no quieres…? —Cash se acerca tanto a mí que me roza con los labios el lóbulo de la oreja, un gesto que deja entrever una preferencia de lo más descarada que hace que todas las lenguas viperinas del salón intercambien algunos cuchicheos—.

¿No prefieres quedarte este frasquito para ti?

Su tacto me provoca un escalofrío que me atraviesa de arriba abajo, como si, de repente, fuera invierno. Por un momento me asalta la duda de si está bromeando o lo dice en serio, pero acaba apartándose un poco y me regala una sonrisa que rompe con la máscara fría con la que observa a la corte.

—Podemos hacerlo —susurro justo antes de que los latidos de mi corazón se disparen.

No sé si esas palabras son para Cash o para mí misma.

Una a una, voy encontrándome con las miradas despiadas de los nobles. Todos se inclinan ligeramente o hacen una reverencia completa cuando Cash se acerca, pero, en cuanto pasa de largo, escondidos tras sus pestañas, sus ojos me atraviesan como si fueran dagas afiladas.