Una tentación de susurros y lobos VEINTISIETE
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E l beso es atrevido, salvaje e intenso …

Y no quiero que acabe nunca.

Lobo me aprieta con tanta fuerza contra sus caderas que nuestros cuerpos conectan y me provoca un fuego que me envuelve al sentir la calidez de su pecho sobre mi piel desnuda.

Sus labios me besan con desesperación y yo busco los suyos con ansia.

Enredo las manos vendadas en la fina tela de su camisa y lo atraigo aún más hacia mí. Noto un hormigueo en los nervios, pero el antídoto consigue mantener a raya el dolor que se extiende por mis palmas. Sus dedos me acarician la nuca y me inclinan con delicadeza hacia un lado, lo justo para…

Mi boca se abre sobre la suya. Lobo me besa con desenfreno y suelta un jadeo cuando hunde los dientes en la sensible piel de mi labio inferior. Siento que me derrito sobre su cuerpo cuando me estrecha entre sus brazos y me acerca más a él.

Esto es una locura. No se le puede llamar de otra forma. Pero no puedo parar.

Ni puedo ni quiero .

Siento como si unas llamas me envolvieran por el tacto de sus dedos recorriendo la superficie de mi piel, bajándome por la nuca y paseando por la curva de mis hombros desnudos.

Lobo mide cada movimiento y me toca con cuidado, además de evitar la herida que tengo en el costado que él mismo me ha curado.

Su boca encuentra la mía, una y otra vez, mientras me empuja con todo el cuerpo hasta que vuelvo a subirme encima de la mesa. Entonces, hunde las caderas en las mías y no puedo evitar doblar la espalda y arquearme contra él.

De pronto, noto que me arde la sangre por el sonido grave de su respiración entrecortada al rozarnos.

Tal vez sea un error que quiera esto de él. Bueno, no… Sé que es un error.

Pero ya me da igual todo.

Me besa como si me hubiera perdido y, después, me hubiera vuelto a encontrar. No sé si algo de esto tiene sentido, pero, joder, siento exactamente lo mismo que él. Es la primera vez desde que llegué a este sitio que no me siento presa de la soledad.

Su boca me baja por la mandíbula y se me escapa un jadeo…

Más , suplico para mis adentros. Por favor.

Pero, en lugar de seguir, Lobo pone fin al beso.

Separa los labios de los míos, aunque sigue con las manos enterradas en la curva de mi cadera y noto el tacto áspero de sus pulgares acariciando la piel sensible justo por encima de la cinturilla de mis mallas de cuero.

Entonces, todas y cada una de las terminaciones de mi cuerpo se estremecen en señal de protesta.

La voracidad que refleja su mirada me dice que él tampoco quiere parar.

—Joder —exclama Lobo con voz ronca. Se acerca hasta que nuestras frentes se rozan y niega con la cabeza—. Estás herida. No debería…

—No deberías haber parado.

Me sonrojo ante el descaro de mis palabras. Lo he dicho sin pensar, como si fuera una confesión que jamás pensara soltar en voz alta, pero ya es tarde para arrepentirse. Y no es que sea la primera vez que peco de insensata al estar tan cerca de él.

¿Insensata? , susurra algo en mi interior. ¿O valiente?

Sus ojos me atraviesan y el calor que mana de ellos me abrasa la piel. Aun así, se aleja un poco de mí, como si no creyera lo que acabo de decirle. O, más bien, como si no se permitiera creérselo.

—No lo dices en serio.

—Pues sí, sí que lo digo en serio —exclamo en tono irritado. Me noto las mejillas encendidas, los labios hinchados y un cosquilleo por cada puto centímetro de piel que han acariciado sus dedos.

Frunce el ceño y se detiene a analizarme, pero no tengo ni la más remota idea de qué está buscando. Levanto la barbilla con gesto desafiante y veo que sus labios dibujan una sonrisa torcida que ya conozco y que hace que el estómago me dé volteretas.

Me sujeta la cara con una mano y se acerca hasta que nuestros pechos vuelven a chocar. Su respiración es jadeante pero controlada; no puedo evitar preguntarme cómo sonaría y qué sensación me provocaría si se entregara a mí por completo.

Esta vez, el beso es mucho más lento. Es comedido y profundo, aunque eso no lo hace menos provocativo.

Cuando su lengua busca la mía, me arranca un leve sonido que brota del interior de mi garganta y me obliga a acercarme aún más a él, aunque casi no queda espacio alguno entre nuestros cuerpos. Lobo entierra los dedos en mi pelo y los envuelve con el puño para apretarme contra él.

Su otra mano se adapta a la forma de mi espalda baja, como si estuviera hecha a medida, y despierta un anhelo tan profundo como doloroso que habita dentro de mí.

Cuando se retira, el hambre que inundaba sus ojos verdes se convierte en una bestia domada. Se pasa las manos por el pelo, que se lo despeinan por completo, y retrocede un paso. Ahora veo una especie de intriga sombría a la par que peligrosa en su mirada.

—Cuéntame en qué consiste esa idea que se te ha ocurrido.

Un escalofrío me atraviesa de arriba abajo y, de pronto, me siento demasiado expuesta.

Hasta ahora no había sido consciente de que estoy desnuda, salvo por la banda que me cubre el pecho y las vendas que me ha colocado con cuidado sobre las costillas.

Sus ojos siguen el recorrido de la piel erizada y se quita la camisa por encima de la cabeza, por lo que deja al descubierto un pecho ancho y esculpido.

No obstante, también me fijo en las cicatrices, todas del mismo tono morado y formando ramificaciones, similares a la que le cubre la mandíbula.

La imagen hace que se me encoja el corazón.

Me muero por recorrer cada una de ellas con los dedos, como si, con solo rozarlas, pudiera desentrañar sus secretos.

Sin embargo, en cuanto acerco la mano a la primera cicatriz, una bastante impactante que se extiende desde la curva de su hombro hasta el corazón, Lobo se estremece. Entonces, aparta la mirada y cierra los ojos.

Aun así, no se aleja de mí. Y tampoco se esconde tras esa máscara impasible que suele utilizar para camuflar sus emociones.

No sé si lo estará haciendo a posta o no, pero en ese momento lo veo. Veo las sombras y el destello de culpabilidad que se agita en su interior, así como el dolor y el sufrimiento que ocultan sus ojos cuando los vuelve a clavar en los míos.

Por primera vez, creo que veo todo lo que hay en él .

—Toma. —Me ofrece la camisa de tela desgastada pero suave. Es negra como su pelo y va a juego con sus mallas de cuero, que hacen un buen trabajo por disimular la abultada necesidad que tiene de mí, aunque parece que le está costando resistirse.

Agarro la camisa y me la pongo por encima de la cabeza. Me está tan grande que podría nadar en ella, pero la calidez que desprende la tela alivia el frío que se había colado bajo mi piel.

Lobo se muerde el labio cuando me observa con detenimiento.

—Joder, no es justo.

—¿Qué? —murmuro sonrojada y cohibida.

Se inclina hacia mí hasta que prácticamente me roza el lóbulo de la oreja con los labios. Cuando sus manos se desplazan por mi espalda y vagan por la mesa, tengo que contener las ganas de arquearme para arrimarme un poco más a él.

—Que estés tan preciosa con mi camisa —susurra antes de apartarse con la chaqueta de cuero en la mano.

Entonces, se la pone y abrocha las hebillas para ocultar las cicatrices ramificadas que le cubren el pecho. Una oleada de alivio me invade al ver que no he dejado marcas en el cuero por haberlo mordido antes.

Lobo me pilla observándolo y alza una ceja oscura en señal de pregunta.

—Ah, sí, mi plan… —Respiro hondo y añado—: Necesitamos que Cash le endose a alguna de las hijas de nobles el frasco de magia para incriminarla. Así, con suerte, le darán una muerte tan indigna que acabará enfureciendo a los nobles hasta el punto de romper sus lazos con la Reina Suprema.

La mirada de Lobo se endurece, como si estuviera sopesando lo que le acabo de decir.

Ya no queda nada del hombre que me estaba devorando y elevando mis niveles de deseo hasta límites insospechados hace unos segundos.

Ahora tengo delante al rebelde despiadado que conocí en el refugio.

Y, aunque tanto Garra como él mismo aseguren que no es el líder, cada vez estoy más segura de que es una figura de suma importancia para los Susurradores, aunque todavía no sé cuál es su papel en todo esto.

Sé que Lobo es mucho más que «un asesino en las sombras», como se definió una vez.

¿Cómo si no iba a saber tanto sobre los planes de los Susurradores?

¿Y qué motivo iba a tener si no para llevar magia consigo?

—Sigue —me insta. Percibo una tensión palpable en su mirada y en cómo inclina la cabeza mientras me observa y reflexiona sobre el plan. Parece que estuviera analizando cómo funciona mi mente y tratando de desentrañar cómo se formulan mis pensamientos—. ¿A quién elegirías?

Un aluvión de ira me inunda las venas.

Vida y muerte; eso es lo que sostengo entre las manos ahora mismo.

Y no lo dudo ni un segundo.

—A Oona.

Veo un matiz de astucia en su mirada, que no se aparta de la mía ni un segundo.

—¿Por qué?

La forma que tiene de mirarme hace que los latidos de mi corazón aumenten. Me cuesta la propia vida encontrar las palabras adecuadas para explicar la idea que retumba en mi cabeza, pero trato de exponerla de la manera más clara posible.

—No somos un ejército tradicional ni lo bastante fuertes para enfrentarnos abiertamente a los nobles o a la Corona.

Al menos no por ahora, porque el pueblo sigue sin saber la verdad sobre la magia de Eireann.

Por eso tenemos que buscar objetivos que tengan el mayor impacto posible en la Corona y entre los nobles a los que estamos intentando destruir; es decir, ejercer una violencia que sea concreta y selectiva, y tratando de que no haya víctimas inocentes.

Lobo se mueve despacio y busca algo en el bolsillo de su chaqueta de cuero. Saca el frasco que contiene la magia negra brillante; son solo unas gotas viscosas, pero es más que suficiente.

Tiene que serlo.

—¿Cuándo? —Una chispa de tensión hace que se le arrugue la frente.

Entonces, noto el calor de la emoción que me bulle por las venas.

—Mañana por la noche. —El banquete por el cumpleaños de la Reina Suprema—. Asistirá toda la corte. ¿Crees que puedes dar el chivatazo para que le llegue a la Dama de las Sombras?

Lobo pasea la mano por la curva de mi mandíbula y, con la otra, me rodea la nuca antes de acercarme hacia él. Su tacto es como un velo que me protege y despierta en mí una pasión de la que soy incapaz de desprenderme.

—Yo no, pero creo que conocemos a alguien que puede encargarse.

Se aparta un poco, pero eso no impide que nuestros labios vuelvan a encontrarse una vez más.

—Tengo que decírselo a los demás. Pero, por favor, prométeme… —Su voz se vuelve más grave—. Prométeme que tendrás cuidado. Prométeme que no bajarás la guardia ni un solo segundo. Y mucho menos con él.

Cuando estrecho su mano con la mía, no puedo evitar que una avalancha de dolor me invada con solo recordar lo que Cashel le hizo a Lobo y a su familia. Él mismo lo reconoció y lo dijo con suma naturalidad, como si no se arrepintiera de nada.

Si acertamos, esto podría cambiarlo todo para nosotros.

En cambio, si nos equivocamos, puede que mañana acabemos todos muertos.