Una tentación de susurros y lobos VEINTISÉIS #4
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VEINTISÉIS #4

A Lobo se le corta la respiración, un sonido sordo y ronco que resuena en su garganta.

Entonces, levanta una mano hasta rozar la mía y su dedo pulgar recorre la delicada piel de mi muñeca mientras dice en un tono apenas perceptible:

—Los miembros de la realeza siempre resultan de lo más valioso a la hora de meter presión.

Un repentino escalofrío de emoción me sube por la espalda.

—Lo que quieres es un rehén.

Los nobles que participaron en la rebelión tenían pensado usar la misma estrategia antes de que Cashel traicionara a Lobo. Es una idea brillante. Estoy casi segura de que Cymrea no se atreverá a invadirnos si los Susurradores amenazan a sus dirigentes con matar a la Reina Suprema.

—Lo ideal sería más de un rehén —comenta, analizando mi reacción—. Pero sí.

Me está abriendo una puerta . Otra avalancha de euforia me agita por dentro.

Y no me está dando órdenes ni una información que solo sea relevante para que lleve a cabo la misión que me han encomendado los rebeldes.

Es algo que solo compartiría con una igual, con alguien que puede combatir junto a ellos y que puede echar una mano para conservar la poca magia que queda en sus tierras.

Y yo sé que mi plan puede ayudar.

—Cashel podría haberme dejado morir —le cuento en un murmullo—. Pero no lo hizo. Si va a ser el nuevo rey, por mucho que lo odies, tenemos que intentar trabajar con él. Y, de paso, comprobaré si es digno de toda la confianza que estáis depositando en él.

Lobo niega con la cabeza. Clava la mirada en el retrato en el que aparece su familia, además de él mismo. Lo han limpiado con tanto cuidado que, solo de pensarlo, una punzada me atraviesa el corazón.

—Que no te haya matado a ti no significa que sea buena persona.

—No —reconozco—, pero tampoco es un villano.

Pone mala cara y responde:

—Es un noble. Y, para mí, todos los nobles pertenecen a la categoría de villano hasta que se demuestre lo contrario. Se dejan seducir por el poder y la Corona.

Me cago en la puta…

— Tú también eres un noble, Lobo. —Da un paso hacia atrás, como si le hubiera dado un guantazo sin manos—.

O, al menos, lo eras —puntualizo mientras me deslizo poco a poco por la madera y me quedo entre su cuerpo y la mesa—.

Y, por la frecuencia con la que te cuelas en el castillo, me atrevería a decir que, si hay alguien que de verdad se deja engatusar por la Corona, eres tú.

Su rostro se crispa de dolor al oír mis palabras.

—Yo jamás he querido tener nada que ver con la Corona —asegura en un tono grave y furioso—. Y así seguirá siendo siempre , sin importar quién…

Aparta la mirada y frunce los labios, pero no dice nada más.

Al no llevar puesta la chaqueta de cuero, puedo ver perfectamente cómo se tensan los músculos de sus anchos hombros bajo la camisa. Veo cómo lucha con algo que lo empuja en su interior cuando busca mi mano con la suya por el filo de la mesa, pero la aparta de inmediato.

Estamos tan cerca que distingo que la batalla que libra en su fuero interno se convierte en una absoluta guerra cuando baja la mirada hasta mis labios. Pero, esta vez, no aparta la vista.

Bajo la voz hasta que no es más que un susurro y le digo en tono desafiante:

—¿De qué tienes tanto miedo, Lobo?

—No tengo miedo.

Sus palabras suenan ásperas, como si las hubieran arrastrado sobre unas brasas, pero percibo en sus ojos un destello de duda que le perturba la mirada incluso cuando acaricia con una mano la curvatura de mi espalda baja, como si creyera que así puede demostrarse algo a sí mismo, o a mí.

Aun así, no lo creo. Y tampoco pienso quedarme aquí a seguir escuchando excusas absurdas sobre que mis ideas no van a funcionar porque son demasiado arriesgadas o peligrosas.

Para sobrevivir, hay que hacer ciertos sacrificios.

Antes de venir al castillo, tenía una idea equivocada.

Pensaba que, para vivir, había que mantenerse a salvo y no llamar la atención, y eso se traduce en no asumir ningún riesgo.

Pero ahora me he dado cuenta de que no actuar ante las desgracias es igual de peligroso que luchar por detenerlas.

Los tiranos siempre necesitan enemigos nuevos a los que enfrentarse.

Y, tarde o temprano, vendrán a por nosotros, a no ser que acabemos con ellos antes.

Dividir a los nobles es la mejor oportunidad que tenemos para debilitar a la corte. Solo así conseguiremos que Cashel se siente en el trono y que los Susurradores puedan capturar a la Reina Suprema con la menor resistencia posible.

En cuanto a mi idea de colocar uno de los frascos de magia en el bolsillo de una de las hijas de nobles, tengo la certeza de que es un plan que podría funcionar, pero si Lobo no está dispuesto a que yo asuma ese riesgo…

—Será mejor que me vaya —digo en un susurro, ignorando el brillo que veo en sus ojos cuando me alejo apenas un centímetro de él.

A Lobo se le corta la respiración y, de pronto, entierra las manos en mis caderas y me acerca a él hasta que siento una oleada de calor que se expande por todo mi cuerpo cuando sus labios chocan contra los míos.