VEINTISÉIS #2
Su tacto es increíblemente delicado y no va directo a la herida, sino que utiliza el trozo de tela para dar toquecitos alrededor y quitar las manchas y los pequeños hilos de sangre.
Noto el frío de la venda contra mi piel, que me provoca unos escalofríos que me suben por las costillas, y el estómago me da un vuelco al sentir su cercanía y al observar cómo frunce los labios cuando se concentra.
—Pues hay dos respuestas a esa pregunta —responde en tono reflexivo—. No necesitaba la magia para deshacerme de las asesinas, así que lo mejor era reservarla para casos más particulares que no pueda resolver con dagas o con mis puños.
—Mira que eres engreído —digo antes de estremecerme y apartar la mirada de él—. Pero está bien saberlo.
Lobo sigue presionándome la venda contra la piel con la mano. Las comisuras de su boca se estiran hasta formar una sonrisa y me fijo en que su labio superior es más carnoso que el de abajo.
—¿Decir la verdad es ser engreído?
Joder. Esa puta sonrisa otra vez. Me obligo a mirar hacia otro lado para que no vea cómo se me encienden las mejillas.
—Y, en cuanto al rey —sigue diciendo con el ceño fruncido—, la magia no funciona así.
Es algo… inestable, sobre todo con un balance tan frágil como la vida y la muerte.
Ese es el motivo por el que la Mártir no pudo salvar a la primera mujer del Rey Supremo cuando la envenenaron, pero el frasco que te di sí pudo salvar a Finn.
Los magos sanadores se pasaron años practicando hasta conseguir tener una pizca de control sobre los elementos que nos dan vida, como la sangre que nos corre por las venas o el aire que llena nuestros pulmones.
Se prepararon y esforzaron tanto como los magos guerreros, pero convertirse en mago…
—La mirada de Lobo se vuelve sombría—. Es una preparación a la que te tienes que dedicar en cuerpo y alma.
Y por eso solo los magos más poderosos pueden unirse a los caoranachs, que son magia pura.
Su propia existencia depende de que siga habiendo magia en la tierra.
—Escudriña mi herida y, de pronto, frunce el ceño, como si tuviera que tomar una decisión difícil.
Entonces, añade en voz baja—: Y ya no quedan muchos.
Parpadeo hasta tres veces.
No, se habrá equivocado o será una forma de hablar. Porque ya no queda ningún caoranach.
Lobo me sostiene la mirada un segundo y dice:
—Si queremos asegurarnos de que alguien muera, debemos encargarnos nosotros mismos.
Una punzada de dolor me atraviesa al sentir algo caliente y mojado en la piel.
—¡Joder!
—Perdona —murmura antes de volver a darme con la venda alrededor de la herida, que justo queda por encima de la curva de mi cadera—. ¿Eso también te duele?
Ahora mismo, veo las estrellas . Doy un puñetazo en la mesa y reprimo un grito de dolor.
—¿Tú qué crees?
—Justo lo que me temía. —Lobo no mide sus palabras—. El corte en sí es largo, pero también profundo. No te hacen falta puntos para que se te cure, pero los bordes de la herida están mucho más inflamados de lo que me esperaba, así que vamos a tener que desinfectarla.
—Vaya, suena muy apetecible —respondo con una sonrisa irónica.
Rebusca algo en su chaqueta de cuero y, al segundo, saca una pequeña petaca. Entonces, le quita el tapón y un intenso olor a uisce beatha , la bebida espirituosa, me quema las fosas nasales.
Me la ofrece y aprieta la mandíbula.
—Bebe. Te va a doler igualmente, pero seguro que algo te ayuda.
Agarro la petaca en señal de agradecimiento y le doy un buen trago.
La boca me arde y el sabor a medicina que me quema la garganta al bajar me recuerda a la cebada malteada, a los granos que se dejan demasiado tiempo bajo la lluvia.
De buenas a primeras, empiezo a toser y me llevo una muñeca a la boca para contener una mueca de dolor.
Lobo me quita la petaca de las manos y me observa de arriba abajo.
—Tal vez sería mejor que… —Señala la amplia mesa con la cabeza—. Túmbate.
Sé que no voy a pasar un buen rato, pero no me queda más remedio. Odio que vuelva a tener razón; si se me infecta la herida, dudo muchísimo que el Rey Supremo esté dispuesto a facilitarme un curandero.
Tengo que ser capaz de defenderme por mí misma y sobrevivir a lo que me deparen los próximos días.
Me echo hacia atrás en la mesa y levanto las rodillas hasta que apoyo las botas en el filo para no resbalarme al tumbarme. Una oleada de miedo me golpea con fuerza, pero no por él, sino por lo que estoy a punto de sufrir.
Me da pánico gritar y que los guardias puedan oírnos y, por lo tanto, atraparlo a él .
Todas las vendas que ha traído están manchadas de sangre, salvo por un trozo que sé que se ha reservado para envolverme las costillas y tapar la herida. Me fijo en mi túnica, que está tirada en el suelo hecha un absoluto desastre.
Mis ojos se encuentran con los suyos, pero no sé cómo pedirle lo que necesito.
Parece que me lee la mente cuando veo que las arrugas que rodean su mirada se suavizan y, al instante, se quita la chaqueta. La hace una bola y me la tiende.
—Muérdela.
Ese gesto no debería parecerme tan provocativo como me lo parece, sobre todo teniendo en cuenta lo que está a punto de hacerme.
El cuero raído se hunde entre mis dientes, pero no llega a romperse.
Entonces, un aroma a humo, salvia y cuero me inunda los pulmones mientras se me forma un nudo de miedo en la garganta.
Me siento demasiado vulnerable al estar delante de él en esta posición, pero, aun así, no me quito.
—¿Estás lista? —Lobo frunce los labios, pero espera a que le responda.
No puedo hablar porque tengo la chaqueta metida en la boca, así que me limito a asentir justo antes de que vierta el contenido de la petaca sobre la herida.
Fuego.
Siento el alcohol penetrando en la carne y una quemazón insoportable en la herida.
Me trago el grito que amenaza con salir de mi garganta y muerdo la chaqueta con tanta fuerza que no me cabe duda de que se van a quedar las marcas de mis dientes en la tela.
Arqueo la espalda y noto mi cuerpo luchando por huir del dolor.
Me niego a ceder. Golpeo los puños contra la mesa con tanta violencia que la madera cruje, pero aguanto.
Lobo me echa alcohol por toda la herida una segunda vez y creo distinguir una extraña chispa de dolor en sus ojos, como si fuera yo la que le estuviera haciendo daño a él.
—Ya está —dice con tono decidido y vuelve a ofrecerme la petaca. Veo que queda un culín de la ardiente bebida espirituosa y, en ese momento, me regala una sonrisa traviesa—. Te he guardado un poco.
Los latidos que me retumban en el pecho se ralentizan conforme disminuye la quemazón que siento en el costado.
—Hostia puta —maldigo en voz alta, frotándome los ojos con las manos vendadas hasta que veo estrellitas.
El dolor de nervios se convierte en un sutil tamborileo bastante tolerable, pero sigue latente.
Cuando agarro la petaca, veo que me tiembla la mano—.
Creo que debería darte las gracias, aunque tampoco es que me apetezca mucho después de lo que me has hecho.
El murmullo que retumba en su pecho se convierte en una risita baja y natural, un sonido que, hasta ahora, no había escuchado viniendo de él.
—Puedes darme las gracias luego.
Me bebo lo que queda de licor y me incorporo hasta quedar sentada de cara a él con las piernas colgando por el filo de la mesa.
Entonces, me doy cuenta de que tengo sangre seca de las asesinas debajo de las uñas y la cabeza empieza a darme vueltas.
Pero no es por la sangre en sí, porque eso es algo a lo que estoy acostumbrada.
En cambio, lo que me perturba es lo poco que ha faltado para no estar aquí.
Para morir .
—¿Crees que fue ella quien envió a las asesinas? —pregunto en voz baja—. La Reina Suprema.
Lobo mantiene la cabeza gacha, sin mirarme, mientras me pasa el brazo del lado herido por encima de su hombro con delicadeza y, después, se pone a vendarme el costado con las tiras limpias que quedan.
—¿Qué te hace pensar eso?
La combinación de mareo y alcohol hacen que se me suelte la lengua.
—Que sé que sigue quedando magia en los Siete Pozos.
Mis palabras no son más que un susurro. Es como si, con solo decirlo, nos estuviera exponiendo a un gran peligro, aunque no nos escuche nadie ahora mismo. Y, de hecho, me pesan tanto que me empujan hacia el abismo que nos separa.
Lobo deja las manos quietas y noto un torrente de calor justo donde su piel y la mía se encuentran. Entonces, oculta la expresión de su rostro con una máscara de cautela y exclama:
—¿Cómo sabes eso?
Su tono desprende seriedad, pero no le tengo miedo. Levanto la barbilla y le sostengo la mirada, aunque el corazón se me vaya a salir del pecho en cualquier momento.
—Antes de que la Reina Suprema diera su discursito en la Prueba de Sabiduría, despidió a todos los guardias de la Garda y a las sirvientas.
—Se me forma un nudo en la garganta con solo recordarlo—.
Se puso a hablar de lo importante que era para ellos que siguieran uniendo fuerzas para drenar los Pozos, para impedir que tanto la Mártir como los magos volvieran jamás o para frenar cualquier poder que pudiera acabar en manos del pueblo.
Y no vi que ninguno de los nobles que había allí se sorprendiera lo más mínimo por su discurso.
—Me obligo a mantener un tono despreocupado, pero mido bien mis palabras, como si estuviera deslizándome por una frágil capa de hielo—.
Lo que no logro entender es cómo coño os habéis callado algo tan importante.
Ni he sonado despreocupada ni he medido mis palabras.
Lobo no dice nada.
—Eso es a lo que te referías en el templo, ¿no? —El dolor se abre paso tras el repentino estallido de ira que me invade—. Estabas tanteando cuál sería mi reacción si alguna vez descubría la verdad.
«¿Lucharías?», me preguntó. «Aunque solo quedara una gota de magia en los Pozos, ¿lucharías?».
—Sí —responde entre dientes.
—¿Quién más lo sabe? —Decido no gritarle, porque no serviría de nada—. ¿Garra? ¿Todos los que trabajan contigo?