VEINTISÉIS
A travesar la desvencijada puerta de madera es como volver al pasado.
Parece como si el tiempo aquí se hubiera detenido, pero estoy segura de que nadie lo sospecharía más allá de estas paredes.
Todo lo que hay en la habitación de piedra me recuerda a un montón de hojas secas revoloteando en la brisa de finales de otoño, tan frágiles que amenazan con deshacerse en cualquier momento.
—¿Dónde estamos?
Aquí no hay nadie, así que no tiene sentido que lo haya dicho susurrando. Sin embargo, no me atrevo a hablar más alto porque siento que sería como gritar en mitad de una tierra sagrada.
Lobo me suelta la mano y se aleja. No entiendo por qué, pero, al dejar de notar la calidez de su piel sobre la mía, algo en mi interior se remueve y protesta.
Entonces, me da la espalda y cruza la amplia habitación de piedra tallada con pasos largos y decididos. Lo sigo con la mirada y no puedo evitar contemplar la tela de cuero que protege sus anchos hombros cuando se acerca a un armario que hay en la pared que está al fondo de la habitación.
Rebusca algo dentro y revuelve los distintos estantes, repletos de una infinidad de hierbas secas almacenadas en tarros de cristal.
Hay unas frágiles cabezas de aquilea blanca, manojos de salvia aterciopelada y unas rosas pequeñas y delicadas, que no son ni blancas ni rojas, sino de un tono amarillo dorado con tallos plateados.
Están colgadas bocabajo de un hilo rugoso junto a unas cestas con vendas y cuencos grandes de cristal, parecidos a los que usaban los aprendices en los templos para encender el incienso y evitar que los altares se llenaran de cenizas.
Después, me fijo en una mesa sobre la que hay dispuesta una aterradora variedad de utensilios metálicos, como si se usaran para hacer cirugía.
O para torturar.
No. Paso de pensarlo siquiera. El riesgo a que sea cierto es demasiado real.
Si la Dama de las Sombras consigue ponerme las manos encima, no tengo la más mínima posibilidad de sobrevivir.
Lobo se gira hacia mí y veo que sujeta entre los brazos un montón de vendas, una bobina de un fino hilo negro y un par de tijeras de plata que emiten un fulgor amenazante incluso desde el otro lado de la habitación.
Suelta los utensilios en la mesa de trabajo de madera que hay en mitad de la habitación y levanta la cabeza para mirarme.
—Este lugar no es más que un recuerdo que todos quieren olvidar. —Su voz refleja el agotamiento que se cierne sobre él—. No te preocupes. Aquí estamos a salvo.
Me dejo embaucar por el espacio silencioso y tranquilo justo cuando clavo la vista en una estrecha ventana de cristal llena de mugre que deja entrar una luz de ensueño.
Hay varias mesitas y sillas desperdigadas por toda la habitación, además de frascos de aspecto misterioso, cestas con papeles desgastados y libros con cubiertas de cuero que ocupan cada hueco libre.
Los títulos me ofrecen una pista sobre unas historias que nunca he leído y batallas de las que no he oído hablar en mi vida.
Canciones de la guerra de Tara: La historia de la guerra de los magos.
La batalla de la Sangre Derramada y la primera lucha por la sucesión.
El resurgir de Cymrea: Estrategias y tácticas para un nuevo mundo.
Acaricio con un dedo el título del segundo libro y la curiosidad eclipsa el dolor que invade mi interior.
La batalla de la Sangre Derramada tuvo lugar después de que Berach el Astuto, el primer Rey Supremo, les arrebatara a las Primigenias su poder.
Sin embargo, no hubo ninguna lucha por la sucesión porque solo tuvo un hijo: Fachtna el Insensato.
¿O puede que no fuera así?
—Yo te recomendaría que escogieras otro para leer un rato antes de dormir —se aventura a decir Lobo mientras me estudia con la mirada—. Digamos que estos son… un poco traicioneros.
Hay una cuna desaliñada justo debajo de la ventana y dos puertas estrechas a cada lado del armario. Tal vez sean cuartos de almacenaje o de la limpieza.
Me arriesgo a sonreírle y respondo:
—Me sorprende viniendo de ti.
Las estrechas comisuras de sus labios dibujan una curva hacia arriba.
De pronto, me llama la atención un retrato que hay apoyado contra un banco de trabajo, al lado de la cuna.
No está colgado, pero veo manchas en el marco dorado de algo oscuro y denso que se adhiere a los filamentos de la madera tallada.
El barniz de la pintura, por el contrario, está intacto, como si alguien se hubiera tomado la molestia de quitar cualquier mancha de la superficie.
Apostaría a que es un retrato caro y se sigue apreciando cada pincelada que resalta las expresiones de un hombre de cabello oscuro, ojos como el carbón y una barba canosa.
A su lado hay una mujer de aspecto radiante con rasgos que me recuerdan a un halcón y que le dan un aire serio, astuto y sabio.
Tiene las manos apoyadas sobre los hombros de un chico que no debe tener más de diez años y de una niña que tendrá unos siete u ocho.
Siempre se me ha dado fatal adivinar la edad de la gente.
Se me corta la respiración cuando me doy cuenta de que los ojos del chico son exactamente del mismo verde que los de Lobo.
—¿Quiénes son? —le pregunto en voz baja mientras recorro con un dedo el contorno de las distintas figuras.
En realidad, no sé si estoy preparada para escuchar la respuesta, al igual que no estaba lista para ver sus caras ahora que sé lo que les pasó. Estoy segura de que es su familia.
Lobo respira hondo, pero solo suelta la mitad del aire con un suspiro tenso y lleno de dolor. Entonces, distingo una sombra de algo roto y vacío que se cuela en su mirada.
—Haces demasiadas preguntas.
Paseo los dedos por el retrato y acaricio los bordes del marco.
—Tampoco es que tú me respondas muchas.
—¿En serio quieres oír las respuestas?
Sus palabras están impregnadas de tanta rabia y seriedad que no puedo evitar pensar que, en realidad, lo que quiere es que me aleje de él, que le dé la espalda y huya.
Levanto la cabeza para mirarlo a los ojos y exclamo:
—Sé que crees que soy una cobarde. —La palabra me deja un sabor amargo en la boca—. Pero, te guste o no, sigo aquí. Así que, por ahora, no he salido corriendo.
Sus dedos largos y callosos pasean por el filo de la mesa y responde en voz baja:
—No creo que seas una cobarde. De hecho, eres lo contrario a una persona cobarde, Maeve. Eres fuego . Cuando me paro a mirarte, te veo arder. —Sus ojos verdes y ardientes desprenden un anhelo repentino—. Y cada vez tengo que esforzarme más por apartar la mirada de ti.
Al desentrañar lo que esconden las palabras de Lobo, me quedo atónita.
Lo nuestro nunca funcionaría. Lobo y yo no podríamos estar juntos.
Aun así, sus palabras son como unas llamas en mitad de la penumbra y soy incapaz de resistirme a la tentación, a la esperanza temeraria que me ilumina en las sombras.
Ahora mismo siento que estoy al borde de un acantilado y que, con solo dar un paso, podríamos retroceder o lanzarnos al vacío, juntos.
Tras unos minutos, los ojos de Lobo recorren mi cuerpo y se detienen en la herida del costado que sigo presionándome con la mano.
—Adelante. Pregunta lo que quieras.
—¿En serio? —Mi sorpresa se transforma al instante en sospecha—. ¿Por qué?
—Porque tengo una condición, una que estoy seguro de que te va a doler una barbaridad —responde, señalando con la cabeza el puñado de vendas, puntos y utensilios que hay en la mesa de trabajo.
El estómago me da un vuelco—. Te responderé a lo que quieras si me dejas echarle un vistazo a esa herida antes de que se te infecte.
Por un momento, me lo pienso, pero entonces me acuerdo del creatlach, el dolor de nervios y la desgarradora y horrible sensación de debilidad. Eso me basta para darme cuenta de que tengo clara mi respuesta.
Este lugar es demasiado peligroso como para estar fuera de combate durante mucho tiempo.
Lobo está a un metro escaso de mí, pero sus ojos me observan con tanta intensidad que el tiempo parece detenerse cuando me acerco a él.
Soy plenamente consciente de la forma en la que me está mirando, con un hambre voraz que se funde con algo demasiado parecido al anhelo.
Sin embargo, no se mueve ni un dedo, sino que espera a que sea yo la que me aproxime.
Y, sin saber muy bien por qué, lo hago.
La mesa me llega a la altura de la cintura, de modo que tengo que apoyarme en ella para subirme, pero no consigo reprimir la mueca de dolor que se me escapa cuando noto un tirón en el costado que le arranca una mirada compasiva a Lobo.
Aun así, no dice nada. Se limita a esperar a que me acomode hasta que las rodillas y los pies me cuelgan del filo de la mesa. Lo tengo tan cerca que casi le rozo la parte superior de los muslos.
—Muy bien. Primera pregunta. —Respiro hondo mientras me desabrocho el cuello de la capa llena de sangre y la camisa que llevo debajo. Suelto las dos prendas en la mesa y, después, lo miro a los ojos con actitud desafiante.
El aire frío me acaricia la piel desnuda, que es todo el torso salvo la banda que me cubre el pecho, y hace que se me pongan los vellos de punta. Me cuesta la mismísima vida ignorar el hecho de que estoy medio desnuda a apenas unos centímetros de Lobo.
Sus ojos se iluminan al bajar por mi cuerpo, analiza el corte inflamado que me cubre las costillas y, después, baja hasta la cadera. Casi caigo en la trampa de que está tan alerta como yo.
—¿No podrías haber usado el frasco de magia que llevabas en la chaqueta para matar a esas asesinas? ¿O para matar al rey desde una distancia prudente? —La última pregunta lleva dando vueltas en mi cabeza semanas .
Lobo agarra una pesada jarra plateada que ya hay en la mesa, echa agua en un cuenco bajo y empapa un trozo de venda. Entonces, acerca la mano a mi costado, pero se detiene a escasos centímetros de mi piel.
—¿Puedo tocarte?
—Sí —murmuro antes de mentalizarme para lo que esté a punto de suceder.