Una tentación de susurros y lobos VEINTICINCO #3
66%

VEINTICINCO #3

—Nada. —Sus palabras están teñidas de un matiz amargo y arrepentido. Entonces, se pasa una mano por el cabello oscuro y añade—: Y no será porque no haya intentado averiguar algo.

No puedo evitar preguntarme a qué se referirá en realidad al decir que lo ha intentado.

Soy incapaz de imaginármelo confesando sus secretos y bajando esos escudos tan compactos que utiliza para protegerse. Sin embargo, si lo que dijo Cashel era verdad, quizás sí que lo hizo una vez, solo que tuvo que pagar un precio demasiado alto.

Lobo avanza por el túnel como si se lo conociera de memoria.

No sé en qué dirección vamos, pero la quemazón que me colma las pantorrillas y los muslos es una clara señal de que la cuesta es cada vez más empinada.

De repente, ahogo un grito al sentir una punzada de dolor en las costillas cuando intento que el aire me llene los pulmones.

Al oírme, Lobo se lleva una mano al costado por puro instinto y retrocede unos pasos antes de cerrarla en un puño y deslizar los dedos por las paredes rugosas de piedra.

Por fin el camino se aplana un poco, pero él sigue rozando la mano por los huecos que hay entre las piedras, a pocos metros de mí, hasta que aparta un trozo de tela que cruje en cuanto la toca.

Entonces, unos cegadores rayos de luz iluminan el suelo de piedra.

Al principio, me molesta a la vista, pero mis ojos se acaban acostumbrando a la nueva luz justo antes de que Lobo me haga una señal para acercarme a él.

—Date prisa —murmura mientras sujeta la tela para que cruce al otro lado—. Esta parte del castillo suele estar bastante despejada a esta hora, pero nunca se sabe quién puede andar merodeando por ahí.

—Los adúlteros y los asesinos —respondo en voz baja.

Lobo frunce los labios.

—¿Cómo dices?

Un calor repentino me sube por la nuca.

—Nada, nada. Es una broma que tengo con…

Vislumbro un atisbo de curiosidad en sus ojos verdes.

—¿Garra?

—Cashel —contesto sin rodeos antes de que me fulmine con la mirada—. ¿No fuiste tú el que dijo que soy «exactamente su tipo»?

—No me refería a… —Lobo suspira con fuerza y, al segundo, aprieta los dientes y se traga lo que estuviera a punto de decirme—. Da igual.

Estoy tan poco acostumbrada a verlo inquieto que no puedo evitar sentir una oleada de satisfacción.

El pasillo por el que me lleva está desierto por completo y tan tranquilo como la noche.

Las motas de polvo hacen que me pique la nariz.

Los candelabros de hierro que cuelgan a los laterales del estrecho camino están cubiertos de una gruesa capa de suciedad y también me fijo en unos listones de madera que hay dispuestos al azar sobre una ventana de vidrieras que hay al final y por la que se intentan colar pequeños haces de luz.

Avanzo detrás de Lobo y llegamos a una parte en la que la pared, que está llena de marcas de peleas y arañazos de espadas pesadas, desemboca en una escalera angosta y serpenteante.

Se me forma un nudo en el estómago al reparar en los pronunciados escalones formando una espiral que se pierden en la oscuridad, mientras unos rayos de luz rompen las sombras, más o menos, cada tres metros.

Lobo empieza a subirlos como si nada.

No obstante, se queda unos segundos esperando a que yo lo alcance, ya que el espacio que hay en la escalera es tan reducido que no podemos subirla juntos. No me quita el ojo de encima en ningún momento y está tan cerca que, si le pidiera ayuda, me alcanzaría sin problema.

—¿Cuántas plantas hay?

Me resulta imposible que no se me note en la voz lo agotada que estoy, al igual que él no puede evitar que se le cuele una chispa de preocupación en la mirada cuando me observa por encima del hombro y disminuye el paso.

Los muslos me arden cuando subo el último escalón, donde la escalera en espiral da paso a una pequeña alcoba.

Aun así, es lo bastante grande para que quepamos los dos de pie delante de la puerta de madera.

Es de un color verde descolorido y tiene un simple pestillo y un pesado llamador de latón que es casi idéntico al que vi en el refugio de los Susurradores en el distrito mercantil.

Lobo se detiene delante de la puerta, me lanza una mirada rápida y frunce el ceño.

Tarda apenas un segundo en meter la mano por el cuello de su chaqueta de cuero y saca una fina cadena de la que cuelga una llave. Entonces, la introduce en la cerradura y empuja la puerta con el hombro.

La madera cruje y cede bajo el peso de su cuerpo.

Sus ojos verdes me atraviesan y, de pronto, identifico un atisbo de duda, y de miedo , que me deja sin aliento.

Lobo me tiende una mano. No hay nada en él que me diga que se está burlando de mí o tendiéndome una trampa. Ni retos ni desafíos. Sin embargo, sí que me percato de la pregunta que flota en el aire polvoriento que flota a nuestro alrededor.

«¿Confías en mí?».

Me trago el aluvión de pánico que me invade mientras trato de ignorar el calor y el temblor que retumba hasta en lo más profundo de mi ser con insistencia y violencia. Un instante después, acepto la mano que me ofrece.

Lobo me mira sorprendido, pero no tardo en notar el tacto cálido y áspero de su mano envolviendo la mía.

Y, después, atravesamos la puerta.