Una tentación de susurros y lobos VEINTICINCO #2
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VEINTICINCO #2

En el ambiente flota una tensión de lo más extraña.

Nadie habla, pero escucho que a los tres se nos corta la respiración cuando vemos a varias unidades de la Garda corriendo en dirección contraria, hacia el festival.

Entonces, me acuerdo de los cadáveres de las asesinas que hemos dejado en mitad de la arboleda.

Al menos, si hay tantos guardias por aquí, puede que nos encontremos con menos cuando lleguemos a los terrenos del castillo.

Entrar no va a ser tarea fácil. Me duele cada músculo del cuerpo, como si hubiera vuelto corriendo desde el Paseo del Muelle sin parar a recuperar el aliento ni un segundo.

Lobo cierra los ojos con fuerza y se pellizca el puente de la nariz.

A los pocos segundos, los vuelve a abrir y el verde oscuro refleja todo el cansancio acumulado, como si apenas hubiera logrado dormir en esta última semana, desde que me encontró en las dependencias del príncipe. Es decir, en la habitación de su primo.

Ese mismo primo que lo traicionó y mató a toda su familia.

—¿Tienes alguna herida? —exclama Lobo, analizándome con la mirada cuando el carruaje se detiene—. ¿Te has roto algo?

Lo cierto es que aún me duele bastante el costado; habrá sido un tirón, porque el polvo me ha aliviado el dolor de nervios, pero sigo notando una quemazón en las costillas.

Aun así, no pienso reconocerlo en voz alta. Puede que él confíe en Saraid, pero yo no me fio ni un puto pelo de ella.

—Estoy bien.

Lobo alza una ceja y se levanta para abrir la puerta del carruaje. Se asoma y echa un vistazo a ambos lados antes de salir.

—Date prisa. Hay que aprovechar que el patio de los establos está despejado —murmura antes de observarme con un brillo desafiante en los ojos—. ¿Necesitas que te lleve o estás bien para andar?

— No necesito que me lleves.

En cuanto lo digo, tropiezo con el último escalón del carruaje y maldigo por lo bajo cuando me agarro al alféizar de la puerta.

Lobo me observa de arriba abajo, como si estuviera sopesando si estoy bien de verdad. Y no sé lo que me ve, pero asiente.

—Estupendo, porque vamos a tener que trepar un poco. —Cierra la puerta del carruaje y escucho a Saraid golpear la pared ambarina desde dentro antes de lanzarnos una última mirada penetrante cuando los caballos vuelven a trotar.

—¿Cómo que trepar? ¿A dónde?

—¿Quieres que me pare a explicártelo o prefieres seguir viva?

—espeta, escudriñando el patio de los establos con sus ojos verdes—.

Porque me apuesto lo que quieras a que tenemos como dos minutos antes de que salga de las cocinas alguna sirvienta o, peor, algún guardia.

Y dudo que quieras que te encuentren así.

Lobo señala el cuello de mi capa y agacho la cabeza.

Joder.

Está todo manchado de sangre, con algunas salpicaduras brillantes y parches más oscuros y secos. Entonces, noto algo cálido que me gotea por el costado y me llevo una mano a las costillas cuando un dolor punzante me las atraviesa.

Me obligo a reprimir un jadeo y, después, me doy cuenta de que tengo los dedos manchados de sangre.

Lobo me mira horrorizado y exclama:

—Lo sabía… Estás herida.

—He dicho que estoy bien —murmuro, presionándome el costado con una mano para tratar de contener el dolor.

Aprieta la mandíbula y sus ojos se clavan en los míos antes de conducirme por la entrada para sirvientas que hay en la parte de atrás del castillo y guiarme por un laberinto de pasillos con el suelo de piedras descoloridas y tierra; parece que no se han molestado en cubrirlo de mármol.

Cuando llegamos al final de uno de los pasillos, da varios golpecitos en un tablero de madera hasta que se escucha un ruido hueco como respuesta.

El rebelde entierra las manos en los bordes del tablero y, al tirar, se abre una grieta lo bastante grande para ver que hay un agujero en la parte baja por el que puede pasar una persona sin problema.

En ese momento, me vienen a la mente los recuerdos del mapa que me trajo hace varias semanas.

Repaso en mi cabeza las líneas que parecían estar dibujadas sobre otras más antiguas, como si el castillo se hubiera construido sobre sí mismo y alguien hubiera tenido que trazar el recorrido de los pasillos y túneles una y otra vez.

¿Qué había aquí antes del Castillo del Monte?

Los perspicaces ojos verdes de Lobo se encuentran con los míos cuando una pregunta flota en el aire que nos separa: « ¿me tienes miedo?».

Casi parece que hubiera hecho la pregunta en voz alta.

Aun así, el dolor que siento en el costado no es más fuerte que mi cabezonería, un rasgo que a mi madre le encantaba de mí.

Así que rechazo la mano que me tiende y me meto por el hueco sin preocuparme por esperarlo.

Las sombras se ciernen sobre las paredes irregulares de otro túnel oculto.

Entonces, distingo a lo lejos un leve ploc, ploc, ploc justo cuando el olor a roca mojada me inunda las fosas nasales.

Lobo trepa por el agujero al segundo y me aparta hacia un lado, pero el espacio que hay es tan estrecho que me quedo atrapada contra la pared para dejarlo pasar.

Me espero hasta que cierra el tablero a nuestras espaldas y nos oculta de cualquier persona que pueda aparecer en el pasillo.

—He visto el frasco —exclamo en un susurro.

Lobo se tensa un segundo, pero trata de disimularlo.

—Ya te he dicho que es para el dolor nervioso del veneno. Y, con eso, debería bastar hasta que seas capaz de matar al rey. —En mitad de la penumbra, veo que inclina la cabeza hacia un lado—. Por ahora, parece que sigue vivito y coleando.

Me cago en su puta…

—Es que he estado un poco liada intentando no morirme y eso.

—¿Y qué tal se te ha dado?

Resoplo y, después, nuestras miradas se encuentran a pesar de la oscuridad.

Al soltar el ruidito irónico, noto un calor que me recorre el costado. No puedo evitar que se me escape una mueca de dolor, pero me doy la vuelta para que no vea el sufrimiento reflejado en mi cara.

Está tan oscuro que no lo veo, pero sí que siento que Lobo se mueve en el estrecho espacio que nos envuelve y, de pronto, una sensación cálida me inunda la espalda baja, pero solo dura unos segundos.

—Perdón. —Percibo una pizca de arrepentimiento sincero que suaviza su voz grave.

Se gira y nos adentramos aún más en el túnel que se extiende ante nosotros. A lo lejos, distingo una tenue luz que le da al oscuro pasadizo un fulgor de lo más escalofriante, pero que me permite ver cómo Lobo sigue hacia delante sin quitarme el ojo de encima en ningún momento.

Respiro hondo y digo.

—No me refería al frasco del antídoto.

A pesar de las sombras que asolan el túnel, veo que los hombros y el cuello se le ponen rígidos mientras acaricia con las manos las empuñaduras de las docenas de dagas que lleva envainadas en el torso.

Entonces, me fijo en una que es tan pequeña que podría sacarla aquí mismo con suma facilidad, a pesar de lo angosto que es el pasadizo.

Poco a poco, el camino se va empinando y, aunque no es mucho, sí que noto que se me acelera un poco la respiración.

—Vi el frasco de magia —le insisto.

Lobo se gira hacia mí y me observa con detenimiento.

—No tienes ni idea de lo que estás hablando.

—Es exactamente igual que lo que me diste para curar a mi hermana —exclamo mientras intento tragarme la pesadez que siento en los brazos y las piernas, que ya me duelen bastante de por sí, cuando la pendiente se vuelve más pronunciada—. ¿Cómo es que tienes más? Y, para que conste: no soy estúpida.

Háblame de los Siete Pozos ; eso es lo que me encantaría decirle.

Necesito que me diga la verdad .

Lobo alza una ceja y murmura:

—Y, aun así, has estado a punto de morir dos veces en apenas dos semanas.

—Por culpa del trato que hice contigo.

Eso que veo en sus ojos es… ¿diversión? ¿Frustración? ¿O ambos?

—No te preocupes. —Lo que sea que haya creído ver en su mirada, desaparece en menos de un segundo—. Ya queda poco para que termine el Ensayo.

El estómago se me encoge con solo pensar en la tercera y última prueba.

No he recibido ninguna carta del secretario de la Reina Suprema ni nada que me dé una pista sobre cómo será la Prueba de Fuerza, pero solo las Primigenias saben que no estoy preparada.

Y mucho menos teniendo las manos así.

—¿Qué sabes al respecto? —pregunto en un susurro apenas perceptible en mitad de la penumbra que nos rodea. Me obligo a hablar con voz firme, al menos para intentar calmar los latidos desbocados de mi corazón—. Me refiero a la última prueba.