Una tentación de susurros y lobos VEINTICINCO
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VEINTICINCO

L a trenza dorada que lleva recogida en la cabeza la mujer podría pasar por una corona.

Sus ojos gatunos me recuerdan a unos fragmentos de topacio, que justo es el color de las gemas que brillan en sus orejas, y tiene unas mejillas rosadas y redondas propias de alguien que no ha sufrido en sus carnes lo que es pasar hambre de verdad.

Es entonces cuando la reconozco, y por eso mismo estoy tan confundida.

Es la hija de nobles que les arrojó monedas a los campesinos cuando pasó por el Camino del Rey; la única que no ha entrenado con las demás.

Saraid.

Y Lobo tiene una mano apoyada en su brazo, como si la conociera.

Pero sé que cualquiera de las hijas de nobles nos delataría y avisaría a la Garda sin pensárselo dos veces, así que intento avisar a Lobo de que estamos en peligro .

Sin embargo, otro aluvión de dolor me posee cuando el rebelde me mete en el carruaje, que se balancea unos segundos y, después, emprendemos la marcha.

La cabeza también me duele a rabiar, pero, aun así, la apoyo en el hombro de Lobo cuando se sienta a mi lado y, por algún motivo que desconozco, sentir el cuero bajo mi piel mitiga el dolor por un instante.

Sin embargo, no encuentro ninguna posición en la que esté cómoda del todo, así que decido cerrar los ojos.

Sabía que el daño que me había provocado en los nervios el creatlach de la Reina Suprema tardaría en desaparecer. «Nunca llegará a curarse del todo, pero debería ir disminuyendo en los próximos meses. Quizás ». Esas fueron las palabras de Cashel.

Es inútil que intente engañarme a mí misma.

Sin embargo, el dolor sigue siendo tan intenso como el primer día, y eso que lo único que he hecho ha sido tratar de defenderme, pero solo con recordar lo muchísimo que me ha dolido sujetar los puñales…

No quiero seguir así. Quiero volver a sentirme fuerte.

La cabeza me da mil vueltas a causa del malestar y convierte cada pensamiento en astillas que se clavan en las profundidades de mi mente.

Siento que Lobo se mueve un poco y me apoya con cuidado sobre los asientos mullidos del carruaje cuando busca a tientas las hebillas de su chaqueta.

Se me forma un nudo en la garganta y apenas puedo mantener una respiración acompasada. Aun así, logro abrir un poco los ojos y me arriesgo a mirarlo a la cara.

Cuando se desabrocha la chaqueta raída que le cubre el pecho, me fijo en que tiene los nudillos llenos de arañazos y moratones.

De buenas a primeras, se pone a rebuscar algo en uno de los bolsillos moviéndose lo mínimo y con cuidado, como si tuviera miedo de hacerme daño con un movimiento más brusco de la cuenta.

Peligro , susurra una voz en mi mente.

Lobo desprende peligro.

Los dos frasquitos que se saca del interior de la chaqueta parecen aún más pequeños en sus enormes manos. Cada uno es del mismo tamaño que mi dedo meñique. Uno contiene un polvo azul brillante, pero el otro…

Por todas las Primigenias… Ese líquido negro reluciente es magia .

Ofrecí mi vida a cambio de conseguir esa misma magia para salvar a Finn; la reconocería en cualquier parte.

Los ojos de Lobo se encuentran con los míos y trata de recular ocultando con dedos hábiles el frasco con el líquido negro en la palma de su mano, así que ya solo veo el que contiene polvo azul.

—Le dijiste a Garra cuál era el veneno que habías tomado —exclama con una expresión indescifrable que se cuela en su mirada cauta—. Tenías que ser tú la que necesitara el antídoto más raro que existe. Menos mal que tengo mis contactos.

¿Keeva?

Tiene que ser ella; siempre lo encuentra todo. Aun así, no me arriesgo a decir su nombre en voz alta ahora que no estamos solos.

Clavo la mirada en Saraid. ¿Qué se le estará pasando a Lobo por la cabeza para estar hablando todo esto delante de ella? Esos ojos gatunos tan perspicaces me dicen que, en cuanto volvamos al castillo, nos delatará.

Los ojos verdes de Lobo se posan en ella y, después, saltan hacia mí. Las arrugas que engloban su mirada se suavizan al percatarse de la tensión de mi mandíbula. Entonces, por cómo me está mirando, creo ver una chispa de… intriga, pero desaparece al instante.

—No te preocupes por Saraid —comenta, moviendo la mano con la que sostiene el frasco del polvo azul antes de quitarle el taponcito—. No va a decir nada. El daño que te ha hecho el creatlach en los nervios no se va a ir por sí solo, así que agarra un pellizco de esto y póntelo debajo de la lengua.

Sigo sin confiar por completo en Lobo porque tengo muy presente que tanto él como los Susurradores han estado ocultándonos información muy valiosa, pero… Ahora que lo sé, tal vez esté empezando a entender el porqué de tanto secretismo.

Además, acaba de salvarme la vida. Garra no me habría encontrado a tiempo, ya que las asesinas han estado vigilándome desde que puse un pie en el festival y se han esperado hasta que me he alejado un poco para acecharme.

La sensación de desconfianza deja de oprimirme el pecho y, en su lugar, noto las brasas de algo extraño que bulle dentro de mí, algo nuevo, cálido e inquietante. Meto dos dedos en la estrecha boquilla del frasco y tomo una pizca del polvo azul.

Levanto la mano, como si estuviera brindando, y me pongo el polvo debajo de la lengua.

—Feliz cumpleaños, Maeve.

Lobo frunce el ceño, sorprendido, y distingo un peculiar atisbo de emoción.

—¿Es tu cumpleaños?

El polvo se disuelve poco a poco bajo mi lengua y desprende un sabor repugnante , entre ácido y amargo, que se me adhiere a la lengua y a la garganta cuando me lo trago. El estómago empieza a darme espasmos, pero trato de contener las ganas de vomitar. No puedo escupir el antídoto.

—Casi —digo entre dientes, tratando de ignorar el sabor asqueroso del polvo—. Falta poco.

—¿Cuándo es? —me pregunta en voz baja.

Soy incapaz de responderle porque, casi al segundo, noto que el dolor que se aferraba a mis manos…

se suaviza. La sensación de alivio hace que se me escape un ligero gemido y, aunque el polvo empieza a atenuar el agónico dolor que me carcomía por dentro, hay una parte de mí que desearía que no funcionara; al menos no tan rápido.

Los labios de Lobo se curvan en una sonrisa de satisfacción. A estas alturas, ya sé que se vuelve de lo más insufrible cuando adivina qué es lo que necesitaba exactamente.

El carruaje sigue avanzando y, cuando el eco martilleante que me inundaba los oídos disminuye, escucho el crujido de la gravilla bajo las ruedas.

Los pequeños rebotes ya no me provocan punzadas de agonía.

Siento un hormigueo por las manos y los brazos, pero se desvanece lo justo como para que pueda intentar flexionar las muñecas con cuidado.

Me siguen doliendo, pero la tirantez y el agarrotamiento es mucho menor que antes, como si fuera un esguince de hace semanas en lugar de una fractura que me acabo de hacer.

Es bastante soportable y, de hecho, creo que incluso podría sujetar uno de mis puñales y usarlo.

—¿Mejor?

—Sí —respondo, pasándome una mano por la cara.

Es como si el dolor se estuviera alejando poco a poco y cada punzada durara menos que la anterior, como cuando la marea se retira de la orilla y las olas cada vez tardan más en romper—.

Garra se tiene que estar tirando de los pelos por no saber nada de mí.

—De eso me encargo yo —refunfuña Lobo.

Saraid resopla al escuchar sus palabras.

—¿Qué? —espeta él, lanzándole una mirada amenazante, a lo que ella responde poniendo los ojos en blanco.

La familiaridad que hay entre los dos, la tranquilidad que desprende Saraid apoyada sobre el asiento mullido, como si Lobo fuera la persona menos peligrosa de los tres que vamos en el carruaje…

Es como si lo conociera tanto que no tuviera miedo de ponerlo a prueba.

—Como le toques las narices, perderemos a une aliade importante —le advierte Saraid—. Garra ha demostrado su valía. Y tú no es que pases desapercibido entre la gente común.

—Sí que paso desapercibido.

Esta vez Saraid se ríe de él.

Aprovecho la oportunidad para mirarlo sin que las llamas verdes de sus ojos me quemen por dentro.

Pero no puede estar más equivocado. Desde el primer momento en que lo vi, supe lo peligroso que era, aunque estoy segura de que hay mucho más allá.

Quiero averiguar qué se esconde detrás de esas advertencias sin palabras, de la cicatriz de su mandíbula y de las amenazantes dagas que cubren todo su cuerpo.

Distingo el atisbo de una belleza majestuosa tras esos pómulos cincelados que me hacen imaginarme una estatua que pudiera esculpir algún artista en honor a un rey desaparecido hace siglos.

Sin embargo, noto que se me acelera el pulso cuando pienso en los pocos momentos en los que sus defensas han flaqueado y he podido entrever una vulnerabilidad maltrecha.

—Sigue autoconvenciéndote si quieres —exclama Saraid antes de dirigirme una mirada calculadora.

Siento el calor subiéndome por el cuello, como si me hubiera pillado observándolo, así que me obligo a apartar la vista de Lobo—.

Espero que la chica sepa que, como se le ocurra contar algo de esto, tendré la excusa perfecta para acabar con ella antes de la última prueba.

La fulmino con la mirada y le respondo yo misma:

—Ahora sí lo sé.

—Muy bien. —Veo un destello de hostilidad tras las pestañas oscuras que envuelven sus ojos topacio—. Y que te quede claro que esto lo he hecho por él, no por ti. Él es mi aliado, pero tú eres una carga. Y, la verdad, sigo sin entender por qué se empeña tanto en mantenerte con vida.

—Pues esta carga te va a…

—Ha demostrado sernos útil —nos interrumpe Lobo, lanzándole una mirada asesina a Saraid.

—Mmmm… —La chica se deja caer en el asiento y golpea nerviosa el alféizar de la ventana del carruaje con una uña impoluta y cuidada—. Esperemos que se sienta… compasiva.

La forma en la que lo dice tiene más peso del que debería.