Una tentación de susurros y lobos VEINTICUATRO
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VEINTICUATRO

E s imposible que sea él. No se pondría en peligro de esa forma.

Y mucho menos con la cantidad de gente que hay aquí.

O eso quiero pensar.

Mis ojos saltan de un cuerpo a otro y repasan todas las armas envainadas en fundas de cuero y las empuñaduras enjoyadas que adornan sus caderas. Sin embargo, nadie lleva la sencilla chaqueta negra de cuero y la capa con capucha que juraría que acabo de ver.

—¡Maeve! —me grita Garra mientras me abro paso entre la multitud, aunque le he asegurado que volvería en menos de un minuto. Solo necesito ver…

Ninguno de los ojos que me observan con recelo son verdes, pero juraría que estaba aquí mismo .

Lo he visto fundiéndose con las sombras de un puesto adornado con estandartes verdes y blancos que vendía una especie de perlas de metales preciosos.

Entonces, distingo un fino remolino de humo que sale de uno de los estandartes y escucho el griterío de los nobles cuando el vendedor empieza a pedir ayuda a gritos para apagar las repentinas llamas.

Una avalancha de guardias llega al puesto corriendo con cubos de agua justo cuando las llamas empiezan a propagarse y devoran el estandarte.

En ese momento, siento un miedo estúpido e irracional que hace que se me forme un nudo en la garganta.

¿Acaso podría la Dama de las Sombras sonsacarle a Lobo todos nuestros nombres con las torturas sobre las que Garra me advirtió si los guardias llegan a atraparlo en algún momento? ¿Acabaría cediendo al sufrir tanto dolor?

Creo que yo sí lo haría.

Un escalofrío me recorre de arriba abajo. No quiero ni imaginarme lo que me haría la jefa espía, o incluso lo que le haría a Finn, si alguien descubre por qué estoy aquí.

De buenas a primeras, veo algo por el rabillo del ojo, pero no es él.

La decepción me sabe tan amarga como un puñado de cenizas y, al instante, le sigue una ligera sensación de desconfianza. Lobo y yo… nos haríamos pedazos el uno al otro en un abrir y cerrar de ojos, pero no en el buen sentido.

Sé que cualquiera de los dos podría destrozar al otro.

¿No?

Vislumbro otra sombra cerca y esta lleva la capucha oscura levantada para ocultar su rostro. Ahora no es la desconfianza lo que me revuelve el estómago, sino un torrente de pánico.

Entreveo una tercera sombra escabulléndose y, al momento, una cuarta.

Cuando me doy cuenta de que me están acorralando, como si fueran unos perros pastoreando un rebaño de ovejas, noto el miedo extendiéndose por todos los músculos de mi cuerpo.

No puedo salir corriendo ni escapar, al menos no en un lugar como este. Hay demasiada gente y está todo abarrotado por el aluvión de guardias que están tratando de apagar las llamas del puesto mientras los demás vendedores tratan de proteger sus mercancías a toda prisa.

De pronto, una punzada me encoge el pecho.

Me abro paso en diagonal entre el bullicio y trato de llegar hasta uno de los laterales del campo de torneo.

La arena se convierte en una hierba crecida, aunque apenas puedo distinguir el sinuoso camino que lleva de vuelta al castillo a través de una espesa arboleda de serbales, que no está muy lejos de los terrenos que acaban de forma abrupta en los acantilados costeros.

Ahora que tengo el sol a mi espalda, veo las cuatro sombras alargadas que me acechan sin parar.

Joder . Es evidente que me están siguiendo.

Mi primer instinto es intentar huir otra vez. La parte trasera de los puestos y la cerca de bloques de paja que bordea el campo de torneo ocultan la pequeña arboleda, que está situada colina abajo en dirección a los acantilados y que se aleja de la densa muchedumbre que rodea a los vendedores.

Si logro llegar hasta allí, ¿podré esconderme?

El miedo me retumba en el pecho. Los abundantes racimos de bayas rosadas cuelgan de las pesadas ramas de los serbales, pero, conforme me voy acercando, me percato de que los árboles son menos densos de lo que pensaba.

Entonces, escucho las palabras de advertencia de Lobo martilleándome la mente: «No es seguro que estés aquí sola».

Mierda . Al final tenía razón.

Tengo que volver a donde está todo el mundo ya .

La hierba cruje bajo mis botas conforme avanzo hasta que me giro a la derecha.

Si consigo llegar a uno de los laterales del festival, estoy segura de que alguien me escuchará gritar a pesar de todo el jaleo que hay por el puesto incendiado.

Tal vez me oigan Garra o Aoife. O incluso puede que lo hagan los guardias de la Garda, si es que no los han sobornado para que hagan oídos sordos.

De pronto, se cuela en el aire el agudo y frío silbido de unas dagas abandonando sus vainas.

Me quedo completamente quieta.

—Cuanto más alto subes, más dura es la caída —exclama una voz cantarina en el tono más escalofriante que he oído en mi vida. Entonces, noto que los vellos que cubren todos y cada uno de los poros de mi piel se ponen de punta.

Aprieto los dientes conforme busco con las palmas vendadas el puñal que llevo en la cadera y la funda del muslo antes de darme la vuelta para enfrentarme a lo que creo que será una muerte inminente.

Son cuatro. Están colocadas una junto a otra formando un círculo a mi alrededor, como si fueran espectros.

Ocultan sus rostros bajo las capuchas y, de buenas a primeras, empiezan a moverse tan poco a poco que me recuerdan a unas gotas de tinta flotando en el agua.

Cada una lleva su propia daga larga y estrecha, pero con una les bastaría para destriparme en menos de un segundo o, quizás, podrían ensartarme con ella.

O ambas.

Lo único que tengo para defenderme son mis puñales y unas manos que ya están gritando de dolor.

—Ni te molestes en luchar —exclama la figura más alta de las cuatro, deslizándose sobre la hierba y apartando la única rama de serbal que nos separa—. Esto va a durar menos de lo que imaginas.

O no, si tengo algo que decir al respecto.

«Si dudas, estás muerta».

Utilizo uno de los ataques que me enseñó Finn y me lanzo para hacerle un corte rápido y profundo a la primera sombra en la parte interior del codo derecho.

Ya no me queda ninguna duda de lo que son.

Asesinas.

Un grito brota de mi garganta al sentir el intenso dolor que me inunda los nervios de las palmas y las muñecas y que me sube por los antebrazos. Es como si el mango del puñal desprendiera fuego.

La sombra que ha intentado matarme sisea y se pasa la daga a la mano izquierda, porque la otra se le ha quedado inservible y la sangre le chorrea por los dedos en pequeños riachuelos hasta gotear sobre la hierba.

—Luchar solo te va a servir para alargar lo inevitable —masculla la figura que hay a mi izquierda en tono cortante.

Entonces, se abalanza sobre mí con ferocidad, pero consigo dar un paso hacia atrás y, aunque me tropiezo, esquivo la hoja afilada de su daga, que se queda a menos de un centímetro de mí.

El pánico me nubla los sentidos al ver que las dos vienen corriendo hacia mí. No puedo enfrentarme a ambas a la vez, no en este estado. Se suponía que no tendría que acabar así .

Noto una sensación agónica que me desgarra por dentro, pero, lo peor, son las manos.

Es como si me las hubieran untado de grasa y hubieran encendido una cerilla.

Ni siquiera siento el tacto del puñal, que queda eclipsado por el dolor cegador que se extiende por mis palmas, pero consigo asestarle un golpe a la segunda figura que se lanza a por mí.

Con rabia. Con rapidez. Con violencia.

Y eso es justo lo que Finn me repitió una y mil veces que no hiciera.

Pero, joder, ahora mismo no tengo más remedio. Y, aun así, no basta con eso.

Es un combate de dos contra una. Las otras dos figuras siguen merodeando por el borde de la arboleda como un par de sabuesos ansiosos por devorar los restos de su próxima víctima.

Podrían matarme de un golpe, pero esto no va a acabar aquí.

Lo sé. La emoción que desprenden contamina el aire gélido que nos envuelve y apenas me permite respirar.

Quieren hacerme sufrir.

El miedo se apodera de mi cuerpo y, de pronto, la hierba cruje cuando me caigo de espaldas, y las bayas del serbal me manchan las manos cuando me agarro a las ramas bajas para levantarme.

No pienso quedarme ahí tumbada ni rendirme tan fácilmente. Si quieren matarme, tendrán que hacerlo mientras blando mis puñales y después de haber consumido hasta la última gota de energía, aunque me duelan hasta los huesos.

Me dejo la garganta gritando. Una rabia encarnizada me enciende por dentro y me empuja a asestar un último golpe con la poca fuerza que me queda en las manos. Entonces, hundo mi arma hasta la empuñadura en las costillas de la primera sombra que vino hacia mí, a la que le hice el corte en el brazo.

Veo que la asesina se tambalea y, al segundo, se desploma en el suelo a escasos metros de mí. Logro recuperar el puñal, que estaba clavado en su pecho inmóvil, aunque casi no lo veo porque el dolor que siento me nubla la vista.

La segunda figura sortea el cadáver y avanza despacio hacia mí. La tengo tan cerca que logro entrever bajo la capucha un brillo de maldad que empañan unos ojos de un azul cristalino.

—Cierra los ojos —me susurra, como si me lo estuviera diciendo con toda la amabilidad del mundo—. Solo te dolerá un poquito.

—Buen consejo —gruñe una voz salvaje.

En ese momento, la segunda figura balbucea justo cuando vislumbro el resplandor de una hoja que le atraviesa la garganta antes de que me salpique la sangre que brota a borbotones de la herida. En menos de un segundo, se desploma sobre un apestoso charco que desprende un aroma férreo y salino.

¿Qué co…?

Lobo deja a la vista su melena oscura tras quitarse la capucha y, después, tira la capa al suelo.

Observo los destellos de unas hojas azules y, en un abrir y cerrar de ojos, el rebelde empieza a esquivar las dagas afiladas de las dos figuras que siguen ilesas; viendo la facilidad con la que se agacha y gira, me doy cuenta de que no son rival para él.

Lobo se mueve sin hacer ruido alguno y, con una pierna, le da una patada a la asesina de menos estatura en la rodilla y se la dobla.

Esta cae al suelo de bruces mientras un grito de rabia pura le deforma el rostro y le provoca una mueca de dolor justo cuando la rótula se le tuerce en un ángulo antinatural.

Lobo no desaprovecha la oportunidad, de modo que le raja la garganta con la daga que tiene en la mano derecha y la sangre empapa la hierba que hay a sus pies.

Una repentina oleada de miedo me invade cuando veo que otra sombra se acerca hacia él.

—¡A tu izquierda! —grito.

Lobo se gira y lanza la daga hacia el centro del pecho de la cuarta y última figura. En cuanto se le clava, suelta un jadeo mortal.

Entonces, le da una patada y la tira de espaldas antes de agarrar la daga con la derecha y tendérmela.

—Acaba tú con esto —espeta en tono mordaz sin apartar la vista de la agonizante figura—. Ya.

Tengo el cuerpo tan dolorido que todo mi campo de visión se llena de manchas negras y luces cegadoras.

Y, aunque no sé cómo, consigo dejar a un lado el insoportable malestar y me abro paso poco a poco a través del dolor.

Cuando me acerco a la figura, me doy cuenta de que es una mujer con la piel ya grisácea y los labios manchados de sangre.

En ese momento, le quito la capucha y, antes de que se me termine de nublar la visión, que se oscurece a cada segundo, observo sus ojos pálidos y le acerco el puñal al cuello.

—Solo te dolerá un poquito —digo entre dientes justo antes de hundir la afilada hoja en la vena que sube hacia su oreja con un pulso cada vez más débil.

El cuerpo de la asesina se sacude con violencia y, al segundo, se queda inerte.

Me zumban los oídos y noto un sabor agrio y ácido en la boca al contener las ganas de vomitar.

Lobo cuela una de sus fuertes manos por debajo de mi hombro y sostiene el peso de mi cuerpo. Me tiemblan las piernas, pero él consigue mantenerme de pie y me sujeta por la cintura con un brazo.

—Tenemos que irnos. Seguro que los guardias de la Garda han escuchado los gritos.

—Yo he gritado antes y no han venido.

Nuestras llameantes miradas se encuentran y exclama:

—¿Y te sorprende?

Todo cuanto me rodea se vuelve borroso. Me arde el costado y me queman las manos.

Ya casi no veo nada. La arboleda de serbales se mezcla con la tierra marrón y solo siento la arena y la gravilla crujiendo bajo mis pies.

La cabeza empieza a darme vueltas cuando, de repente, me noto las piernas entumecidas y frías antes de que el zumbido del oído se convierta en un pitido ensordecedor.

—Joder —gruñe Lobo cuando intenta que no me caiga.

Entonces, el tiempo se ralentiza.

Apoyo la cabeza en una piel firme y cálida al mismo tiempo que un ligero aroma a humo y salvia me inunda los pulmones. Trato de apartarme de él, pero no me responden los músculos. Algo áspero a la par que suave me roza la mejilla, como si me la acariciara un pulgar…

No es él. Es imposible que sea él.

Pero ¿quién va a ser si no?

Por todas las Primigenias… No hay ni una sola parte del cuerpo que no me duela.

—Aguanta, Maeve.

Su voz áspera retumba en mi interior conforme el calor se intensifica, como si me estuviera apretando más aún contra su pecho.

Un segundo brazo me envuelve por los hombros y mis pies se separan del suelo.

Clavo la vista en el cielo azul que se alza sobre nosotros y mantener los ojos abiertos es una batalla que voy perdiendo poco a poco.

El dolor que invade cada una de mis terminaciones nerviosas me bloquea todos los músculos, pero cada espasmo que reprimo es como si me atravesaran la carne y los huesos con cientos de pequeños puñales.

Al menos no se lo he puesto fácil a las asesinas. Sigo viva, aunque no sé si por mucho tiempo. Pero, mientras pueda, seguiré luchando.

Quiero pensar que, si mi madre me viera ahora mismo, se sentiría orgullosa de mí.

El cuero contra el que descansa mi mejilla vibra otra vez y me percato de un tono suave y grave que brota del pecho de Lobo cuando sus brazos me aprietan con fuerza.

Creo escuchar un débil y cautivador tarareo que sale de sus labios, pero no alcanzo a descifrar las palabras que me susurra en el oído.

Sin embargo, sí que siento el calor de su aliento en mi piel.

La delicada melodía se cuela entre la densa niebla que me nubla los sentidos y se abre paso a través del agonizante dolor que me quema cada nervio que se extiende por mi cuerpo.

— Aguanta —murmura Lobo de nuevo. Esta vez se ha acercado tanto a mí que juraría que me ha rozado el pelo con los labios.

Un inesperado instinto de rebeldía despierta en lo más profundo de mi ser y hace que aflore mi lado más testarudo al tratar de luchar con todas mis fuerzas contra ese mal que me asola.

Entonces, oigo unas voces amortiguadas y distingo un rostro encima del mío con unos ojos topacio y una melena de hilos dorados. Y, justo detrás, me parece ver un carruaje ambarino.

—Métela aquí —le insta una voz aguda a Lobo—. ¡Deprisa!