Una tentación de susurros y lobos VEINTITRÉS #3
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VEINTITRÉS #3

Mientras la chica me guía a través del gentío, Garra nos sigue de cerca y no me pierde de vista.

Aún no me ha confesado cuáles son sus sospechas con respecto a Aoife.

En estos casos, no puedo evitar preguntarme si, quizás, forme parte del trabajo de un espía no bajar la guardia en ningún momento, así como estar preocupado todo el tiempo, aunque no haya motivos aparentes. Porque sé que, si tuviera pruebas, me lo contaría.

El festival está atestado de puestecillos que les ofrecen a los nobles toda clase de enseres.

Y, a pesar de que no me suelen llamar la atención los objetos brillantes, no puedo evitar fijarme en que hay cientos de ellos.

Por todas las Primigenias… Los ojos se me van a unos relucientes lingotes de plata que hay dispuestos sobre una mesa de madera pulida y me acerco para examinarlos más de cerca; es como si los vendedores confiaran ciegamente en que sus metales preciosos no fueran a acabar en el bolsillo de algún transeúnte.

Unas telas con hilos de oro atraen a pequeños grupos de niños y a sus padres, que estudian con detenimiento el delicado bordado.

Hay un puesto que solo vende objetos morados, como vestidos, bufandas y capas que son justo del mismo tono que la de Aoife, y el vendedor observa a todo el que pasa con una mirada penetrante.

Aoife se detiene a observar la suntuosa tela y, después, se da la vuelta.

—Esto es… impresionante. —No sé qué más puedo decir.

Entonces, Aoife da una palmada.

—¡Genial! ¡Aquí está! —exclama, señalando con el dedo.

—¿Quién?

Ya he aprendido que, en este lugar, las sorpresas no suelen ser algo bueno.

—Espera un momento. Solo viene una o dos veces al año, pero siempre lo vende todo en menos de una hora —dice emocionada mientras tira de mí entre una larga fila de nobles impacientes, la mayoría de ellos con niños aferrándose a sus ropas.

Miro a Garra con una ceja levantada, que se limita a encogerse de hombros.

Por un momento, consigo imaginarme cómo era con su hermana pequeña: vigilante, siempre pendiente de cualquier peligro. Me recuerda tanto a Finn que se me encoge el corazón al acordarme de ella y de cuánto la echo de menos.

Después del festival, tengo que hacerle llegar un mensaje, algo que Garra pueda pasarle a Lobo, y Lobo a ella. Me da igual si no quiere o no le parece buena idea.

Necesito que lo tenga todo preparado para salir corriendo si las cosas en el castillo se ponen… feas.

A Aoife se le ilumina el rostro al ver la sonrisa de la vendedora y le tiende unas monedas de plata a cambio de tres tazas pequeñas.

Antes siquiera de quejarme, porque una moneda de plata equivale a diez monedas de bronce, que son con las que suelo comprar y vender, Aoife le ofrece una taza a Garra y otra a mí.

—Probadlo —nos dice con los ojos brillantes de emoción.

El calor que desprende la taza se cuela entre las vendas de mis manos, pero no me resulta desagradable en absoluto. De hecho, incluso diría que ayuda a aliviar el agudo dolor que se propaga por mis terminaciones nerviosas.

La pequeña taza contiene un líquido oscuro y espeso sobre el que flotan unas nubecitas de vapor y huele a… Por todas las Primigenias, ni siquiera me salen las palabras. No se parece a nada que haya olido antes. El denso dulzor es embriagador y se me hace la boca agua.

Le lanzo una mirada rápida a Garra y le doy un sorbito a la bebida misteriosa.

Sabe incluso mejor de lo que huele. Un sabor delicioso.

Exquisito. No sé ni por dónde empezar, pero ojalá la taza no tuviera fin.

Sea lo que sea, cuando Garra lo prueba, se le queda una especie de bigotillo encima del labio, pero reprimo una risa mientras me doy unos golpecitos en el labio mirándole.

Entonces, se me escapa una sonrisa y Garra, con un ligero rubor en las mejillas, se limpia los restos de bebida.

¿Cuándo fue la última vez que algo me hizo reír?

Ni siquiera me acuerdo, pero me sienta genial y me resulta sumamente fácil, sobre todo después de darle otro sorbo.

—Creo que esto es lo más rico que he probado en mi vida. ¿Qué es?

—Chocolate caliente. Lo hacen derritiendo unos granos amargos que hay en la República León y lo endulzan con leche y azúcar. ¿Te gusta?

—¿Y a quién no? —Analizo la expresión de Aoife y le doy otro trago.

En ese momento, me detengo a reflexionar sobre el hecho de que Aoife no gana nada ayudándome ni siendo amable conmigo ni con Garra. Y, aun así, lo es. De hecho, me ha regalado su amabilidad desde el primer instante en el que nos conocimos.

Incluso se podría decir que me salvó la vida cuando me frenó la noche que estuve a punto de intentar matar a Neve.

«Quizás yo tenga mis propios motivos para querer ver muertas a algunas de esas chicas».

De repente, veo una figura vestida de negro por encima del hombro de Aoife y creo distinguir una maraña de cabello oscuro, casi idéntico al de Lobo, por no decir igual, bajo una capucha oscura justo cuando los guardias de la Garda empiezan a agolparse en torno a la multitud.

Entonces, la taza se me cae de las manos.