VEINTITRÉS #2
Puede que los Susurradores sean la única esperanza para nuestra isla, pero parece que cada entresijo que consigo resolver esconde un nuevo secreto. Quizás tengamos el mismo objetivo, pero ellos aún no consideran que las personas como yo podamos ayudarlos en su lucha.
Me levanto a trompicones y tanteo la sensación de mis manos. Las vendas ayudan a mantener casi todo el dolor a raya.
Garra me sujeta y clava los ojos en mí.
—Espero que lo entiendas. Aquí nadie tiene toda la información de lo que ocurre. Saber más de la cuenta solo serviría para ponernos en peligro a todos, y hay demasiado en juego.
Vemos otro grupo de nobles pasar por nuestro lado entre murmullos mientras se cubren los hombros con las densas pieles que portan. Aunque sea verano, las frías ráfagas de aire se juntan con la humedad de la espesa niebla y te calan hasta los huesos.
Los dejamos pasar y, después, reanudamos la marcha hacia el festival.
—Es la segunda vez que me lo dices —le respondo en voz baja a Garra.
Los músculos que cubren sus antebrazos se tensan y aprieta con la mano los cierres de la bolsa.
—¿Que digo qué?
—Que hay demasiado en juego —susurro mientras echo un vistazo por encima del hombro para asegurarme de que no hay nadie cerca que pueda oírnos—. Recuerdo las palabras exactas de lo que me dijiste en la Revelación: «No eres la única cuya vida corre peligro si fracasas».
Veo la angustia en sus ojos, pero no los aparta de los míos.
Me lo tomo como una buena señal y decido insistirle un poco más.
—Mi hermana estaba muriéndose —le confieso en un susurro—. Fue por la herida de una espada. No sé dónde se la hizo, pero según su pareja, una traficante de venenos, la hoja estaba impregnada con algo. Aun así, Keeva no podía salvarla.
La mirada de Garra se vuelve cautelosa al mencionar su nombre, y ese pequeño gesto me sirve para confirmar una sospecha que se ha ido forjando poco a poco en las profundidades de mi mente desde que Colmillo casi le cierra la puerta a Keeva en toda la cara.
Desde que vi al Rey Supremo en persona por primera vez y fui testigo de las señales que alimentaron esa sospecha.
El rey sufre algo más que un simple brote de locura.
Algo más tenebroso y engañoso. Algo que serviría para establecer la relación entre mi hermana, Keeva y el enfado que tenía con ella Colmillo, la maga, y con el hecho de que los Susurradores hayan puesto en marcha sus planes de matar al Rey Supremo.
Un rey que siempre ha sido conocido por su crueldad, pero que, ahora, parece haber perdido la cabeza por completo.
Todavía no tengo forma de demostrarlo, pero sé que es así.
Al Rey Supremo lo están envenenando, seguramente con algún veneno del puesto de Keeva. Eso explicaría por qué los Susurradores estaban tan enfadados con ella, por qué me han obligado a participar en el Ensayo y por qué quieren que mate al rey lo antes posible.
Que un tirano ostente el trono es un hecho preocupante de por sí, pero un tirano colérico, paranoico e imprevisible que está como una puta cabra es mucho peor.
No podemos correr ese riesgo.
«Sé que es culpa mía»; esas fueron las palabras de Keeva cuando la maga intentó cerrarnos la puerta en las narices. Y, semanas más tarde, sigo dándole vueltas sin parar en mi cabeza a esas cinco palabras.
Quizás los secretos sean nuestra mejor arma, pero, más que protegerme, siento que me tienen apresada.
—Lobo me ofreció un trato —le cuento a Garra mientras me froto las manos para aliviar el dolor—. La vida de Finn, junto con la magia que podría salvarla, a cambio de la mía. Y le hice prometer que no me mataría.
De pronto, Garra me observa con el ceño fruncido y me percato de un ligero destello que atraviesa sus ojos, pero no distingo si es confusión o curiosidad. Aun así, algo se me encoge en el pecho al ver su reacción.
—Lobo siempre cumple sus promesas. Si fue eso lo que acordasteis, puedes confiar en él. No aguanta las traiciones, ni de él mismo ni… —Su mirada se vuelve sombría—. Ni de los demás. Él mejor que nadie sabe todo lo que hay en juego.
Vidas, eso es lo que hay en juego. Y, si fallo, no solo pagaré con la mía, sino también con la de Finn.
Y, aunque sé que Garra no va a abrirse conmigo, no puedo evitar formularle otra pregunta.
—¿Por qué te metiste en todo esto?
No espero que me diga la verdad porque, en realidad, le guardia no me debe nada.
No obstante, recorre con el dedo la funda de cuero que envuelve su muñeca y sus ojos se clavan en las empuñaduras planas que quedan a la vista. Entonces, algo se agita en sus ojos marrones.
—Estoy aquí por mi hermana pequeña, Ciara.
El corazón me da un vuelco justo antes de preguntarle:
—¿Qué le pasó?
—Era una de las aprendices que trabajaba en los templos cuando el Rey Supremo decidió destruirlos.
Los magos los convocaban a partir de las once para barrer el suelo, encender el incienso y enseñarles magia.
Ciara… —Su voz se quiebra de pronto, como si fuera un cristal haciéndose añicos—.
Ella fue la primera que supo cómo era en realidad.
Ella creció llamándome por el nombre que decidí escoger cuando por fin descubrí quién era.
—Al segundo, añade con voz áspera—: Y quién soy .
Mis ojos se encuentran con los de Garra y percibo el dolor que hay enterrado en lo más profundo de su ser.
—Desde que era pequeña, su sueño era ver un caoranach.
Le encantaban los cuentos de magos, las historias de las Primigenias y todas las batallas y leyendas que hablaban sobre los posibles remanentes de magia antigua que se podía encontrar en los huesos de los magos.
Nuestra familia se gastó todo lo que teníamos para que pudiera formarse como maga y, joder, reconozco que mereció la pena por lo contenta que se puso.
Noto una repentina grieta que me parte el corazón en dos.
—Cuando supe que los guardias de la Garda habían destrozado el templo en el que estaba, fui corriendo a buscarla, pero solo encontré cuerpos calcinados y ninguno era… —Garra tose y se pasa la mano llena de cicatrices por la cara.
El pecho se me encoge al reparar en que son quemaduras .
—No vi ningún cuerpo que pareciera el de una niña de su edad. Lobo y Colmillo intentaron seguirle el rastro gracias a un trozo de la manta que usaba desde que era pequeña. Fue entonces cuando descubrieron que la habían obligado a servir en Dunluce.
—La finca de la familia de Oona —exclamo tras quedarme pálida del todo.
La familia de Oona fue la que contrató a los mercenarios de Cymrea para derrotar a los rebeldes durante la rebelión.
Se pusieron de parte de la realeza en lugar de unirse a los rebeldes para luchar.
Dunluce es uno de los lugares más peligrosos de la isla para una persona que está vinculada con los templos y, por lo tanto, con la magia .
Después del Castillo del Monte, por supuesto.
Por todas las Primigenias… Qué rápido ha cambiado el maldito mundo en el que vivimos. Por aquel entonces, éramos demasiado jóvenes como para hacer algo al respecto, cuando todo se desmoronó a nuestro alrededor y se llevó a nuestras familias por delante.
Una inesperada chispa de valentía me corre por las venas y me atraviesa toda la espalda al darme cuenta de que ya no somos tan jóvenes.
Garra asiente con brusquedad.
—Hice un trato con los Susurradores a cambio de la magia que necesitaba para rastrearla, pero estaría aquí incluso si no la hubieran encontrado.
Algunas luchas son demasiado importantes como para perder el tiempo lamentándote por haberte adentrado en el campo de batalla.
Ahora estamos aquí. Y tengo muy claro dónde pienso estar cuando estalle la guerra.
Algo se enciende en mi interior al escuchar sus palabras.
Extiendo la mano vendada y la apoyo con cuidado en la suya, que sigue cerrada en un puño. Por una vez, siento que el dolor punzante que atraviesa mis nervios merece la pena.
—Yo también —afirmo para sellar mi promesa.
Nadie diría que, hace tan solo una semana, una de las hijas de nobles murió sobre esta misma arena.
El festival es una revuelta de colores, aromas exquisitos y vendedores ambulantes de toda clase de preciosidades procedentes de distintas partes de la isla.
Hay músicos callejeros tocando en las cuatro esquinas de la plaza de la entrada, que fue justo donde me desmonté del caballo robado cuando iba de camino al campo de torneo en el que casi muero.
Escucho la voz de Garra en mi cabeza diciendo: «Robado no, prestado ».
El Castillo del Monte se alza imponente a nuestras espaldas mientras que, a lo lejos, hacia el este, se vislumbran los primeros indicios de las colinas verdes que hay más allá de las murallas de la ciudad, que brillan bajo las cambiantes nubes y el estruendo de las olas rompiendo contra los acantilados.
Juro por las Primigenias que, algún día, Finn y yo conseguiremos atravesar esas murallas y huiremos de este lugar.
Distingo a Aoife entre la multitud, que me saluda con la mano. Lleva un vestido blanco con una gruesa piel que cubre el cuello de su sencilla capa gris. Es como si quisiera destacar, pero sin brillar.
—La otra capa me gusta más. —Hasta yo me sorprendo de haberle hecho una broma.
Aoife pasea los ojos entre los nobles que nos rodean, como si estuviera buscando a alguien.
—Esta es más calentita —responde antes de asentir en dirección a Garra.