Una tentación de susurros y lobos VEINTITRÉS
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VEINTITRÉS

D urante los días siguientes, la lluvia que cae por las mañanas es tan brumosa que la niebla se extiende hasta las nubes.

Unas gotitas me cuelgan de los mechones finos que enmarcan mi rostro, y tendría la trenza encrespada si no fuera porque llevo puesta la capucha de mi harapienta capa para no empaparme la cabeza.

Garra, en cambio, ni se molesta. Las gotas de lluvia le resbalan por el pelo cobrizo rapado mientras busca algo en su bolsa y me hace una señal con la mano para que me siente en la hierba que hay junto a un sendero que serpentea por detrás del castillo.

Varios grupos de nobles pasan por delante y estoy segura de que nos dirigimos todos al mismo lugar: de vuelta al campo de torneo en el que casi muero.

Algunos nobles se dignan a bajar la vista para observarnos y, tal vez, se pregunten qué hago aquí sentada, pero otros nos ignoran por completo.

—¿Se sabe algo de dónde está? —pregunto entre dientes.

Me trago el punzante dolor que me irradia de las palmas de las manos y levanto la cabeza para mirarle.

Garra se ha pasado cinco días sin casi establecer contacto visual conmigo, desde que Lobo, prácticamente, me soltó en sus brazos.

Y, justo desde ese día, el dolor de nervios volvió a propagarse por mis manos y brazos con tanta agresividad que se me llenan los ojos de lágrimas con solo pensar en el primer aluvión de dolor.

Fue tan intenso que hasta el sencillo gesto de desplegar los mapas que me dio Lobo me tuvo agonizando durante varias horas.

El fuerte hormigueo es un murmullo constante del veneno de la Reina Suprema, como si hubiera logrado calarme hasta los huesos. Un recordatorio tan amenazante como si me apuntaran a la garganta con un puñal; un recordatorio de que se me acaba el tiempo.

Tengo que encontrar la manera de matar al Rey Supremo.

Pero, primero, debo averiguar dónde está y compensar los días de entrenamiento que me he saltado por haber estado echa un ovillo en la cama, mientras las manos se me retorcían de dolor.

Estuve días negándome a acudir a los banquetes de las cenas y pensaba que los guardias de la Garda se colarían en mi habitación para obligarme a ir.

Sin embargo, no recibí ninguna respuesta a las cartas que Garra les envío a los secretarios de la Reina Suprema de mi parte.

¿Se estarán burlando de mí? Aoife fue la que me contó que Aisling y Oona tampoco estaban yendo a los banquetes últimamente; según los rumores que les había oído a las sirvientas, estaban «indispuestas».

Eavan y Saraid eran las únicas que hacían acto de presencia.

Entonces, mientras la hierba mojada va empapándome la capa, me muerdo el interior del carillo de forma inconsciente al preguntarme por vigésima vez si, al igual que yo, Aisling y Oona también estarán sufriendo las consecuencias del veneno que se bebieron en la Prueba de Sabiduría.

Ahora solo quedan cuatro hijas de nobles, aparte de mí.

Y aún tenemos que enfrentarnos a la Prueba de Fuerza, aunque no tengo ni idea sobre lo que tratará.

Noto un intenso pellizco en el pecho por la incertidumbre que me genera intentar anticipar lo que ocurrirá.

He sobrevivido a las dos primeras pruebas y a todo lo que ha sucedido entre ambas.

Eso quiere decir que ya he llegado más lejos que cualquier otra campesina del Paseo del Muelle.

¿Y si lo consigo? , exclama una voz traicionera que se cuela en mi mente. ¿Y si soy la ganadora del Ensayo?

Una nueva avalancha de dolor recorre todas las terminaciones nerviosas de mis manos y, aunque intento controlar mi reacción, no puedo evitar estremecerme con violencia.

La sensación que me provoca la caricia del viento o el roce de mi capa es como si me hicieran cortecitos con unas dagas en las manos.

Garra saca unas vendas que lleva encima desde que le conté que el veneno que tomé era creatlach. Vislumbro un destello en sus ojos marrones cuando clava la mirada en mis manos y muñecas, y aprieta la mandíbula.

—Nada de nada —responde por fin—. Nadie ha visto al Rey Supremo.

A pesar de que es mediodía, la brisa que se extiende más allá de las murallas del castillo es fría, pero ya es demasiado tarde para regresar.

Aoife nos está esperando en el festival que se celebra en el mismo lugar en el que estuve a punto de morir hace una semana.

Durante estos días pasados, ha seguido haciéndome compañía en el tranquilo jardín que conecta nuestras habitaciones cuando Garra no podía estar conmigo y, mientras tanto, yo me dedicaba a explicarle los movimientos y los giros que hacer con el puñal para librarse del agarre de un oponente más grande que ella; los mismos que Finn me enseñó a mí en su momento.

Solo las Primigenias saben cuánto necesito a mi hermana.

Falta poco para mi cumpleaños y no paro de pensar en que debería pasarlo con ella y que me pueda regalar esa espada que me prometió.

Keeva estaría con nosotras y las tres nos reiríamos y nos emborracharíamos hasta la médula con vino barato de la taberna más cercana.

Y, entonces, soñaríamos con escapar de la ciudad juntas de una vez por todas.

Echo tanto de menos a mi hermana que me duele . Su ausencia me hace tanto daño que es como si envolvieran mi corazón con un puño y lo estrujaran hasta que dejara de latir.

Noto una fina capa de sudor que me empapa la nuca, pero no sé si es por lo muchísimo que extraño a mi hermana, por el constante dolor de nervios que me provocó el veneno de la Reina Suprema o por el pánico que me invade solo con pensar en volver al lugar del que casi no salgo viva.

O, quizás, sea un cúmulo de todo.

Con suma delicadeza, Garra me envuelve las manos con las suaves vendas y me las ajusta lo suficiente para que pueda taparme con la capa sin que la lana me arañe las palmas de las manos y me irrite los nervios, pero no tanto como para que me impidan moverme con soltura.

Vemos pasar a un puñado de guardias de la Garda que, casi con total probabilidad, se dirigen al festival.

Se ve a la legua que una de ellas va bien entonada, aunque algo me dice que va a seguir emborrachándose, así que supongo que no estarán de servicio.

Sin embargo, sí que les exigen llevar puesto el uniforme, a todos el mismo.

Un súbito escalofrío me recorre la espalda cuando me acuerdo de lo que Cashel le dijo a Lobo…

Que el Rey Supremo se aseguró de que todos y cada uno de los guardias pudieran reconocer al rebelde nada más verlo.

No me extraña que llevara la capucha puesta cuando me lo encontré por primera vez en mitad de la masacre del mercado que habían provocado los guardias.

Cuando los uniformes se pierden entre la multitud que hay más adelante y volvemos a ser las únicas personas sobre el sendero sumido en la niebla, le pregunto a Garra en voz baja:

—¿Qué le harían los guardias si lo atraparan?

Por un segundo, deja de vendarme las manos y me mira con el ceño fruncido.

—Nada bueno.

Meto los extremos de las vendas entre los pliegues que me cubren los dorsos de las manos para que no se queden colgando y respiro hondo.

—Entonces, ¿por qué se la juega volviendo al castillo cada dos por tres?

Durante unos minutos, solo se escucha el silbido del viento.

Garra frunce los labios y, a estas alturas, ya sé lo que quiere decir ese gesto.

En algún momento entre el susto de que casi muero y el interminable e intenso dolor que he sufrido durante la última semana, he empezado a sentir que Garra es más que une guardia.

Para mí, se ha convertido en une amigue, en alguien a quien me gustaría conocer más a fondo, incluso si Lobo no le hubiera dado la orden de no quitarme el ojo de encima.

Y, ahora mismo, está debatiendo en su interior hasta dónde debe contarme.

—¿Qué te hace pensar que tiene elección? —murmura por fin.

La verdad es que no me había parado a pensarlo.

Durante todo este tiempo, siempre he dado por hecho que Lobo hacía lo que le daba la real gana y que se la jugaba porque quería. Pero ¿y si se ha arriesgado a venir al castillo porque no le quedaba más remedio, al igual que tampoco era mi intención acabar encerrada en este lugar?

¿Quién le habrá obligado a hacerlo?

Lobo es muy… reservado. Y, además, sabe protegerse a sí mismo. Y no me cabe la menor duda de que todo eso se debe al duro golpe de haber perdido a toda su familia y a la promesa que debió hacerse a sí mismo de no volver a pasar por lo mismo.

«No tienes ni puta idea, Maeve».

El sonido de la voz rota y demacrada de Lobo al decir mi nombre se ha estado repitiendo en bucle en mi cabeza durante toda la semana, y soy incapaz de hacer que pare.

No me olvido de su mano envolviendo la curva de mi espalda baja con tanta naturalidad.

Y tampoco me he desprendido de la imagen de esos ojos verdes inundados por el conflicto interno y la culpa.

Aunque sé perfectamente lo que me está ocultando, el hecho de que ambos hayamos saboreado el amargor de la pérdida es como si un delicado lazo nos atara el uno al otro.

—Lo he juzgado sin conocerlo, ¿no?

Garra suelta una risita tan sincera y cálida que consigue aliviar el malestar que se ha instalado en mi pecho.

—Y te puedo asegurar que él también te ha juzgado sin conocerte.

Le doy un manotazo en el brazo. Por primera vez en varios días, siento que se disipa el peso del miedo, la preocupación y el agotamiento que me oprimía el pecho. Es como si el mero hecho de estar acompañada me quitara parte de esa pesadez.

—Aun así, sigo cabreada porque ni él ni tú me contarais la verdad.

—Ya… —Dobla con cuidado todas las vendas y los ribetes y se los guarda en la bolsa antes de ofrecerme una mano para ayudarme a levantarme. Entonces, me fijo en una gotita que le resbala por la nariz—. A mí también me jodería.

A sus palabras no le siguen una disculpa ni un «te prometo que no volverá a pasar» porque sabemos que, si lo dijera, me estaría mintiendo en toda la cara.