VEINTIDÓS #4
Entonces, recuerdo cuando yo perdí a mi madre… Se me forma un nudo en la garganta y noto el escozor de las lágrimas en los ojos. Perderla ha sido lo peor que me ha pasado en la vida. Y estaba segura de que no había nada tan horrible como perder a una madre.
Sin embargo, ¿cómo habría sido perder a toda mi familia a la vez sabiendo que yo sería la única culpable de su muerte?
No sé cómo habría sido capaz de seguir con mi vida después de algo así.
Lobo, en cambio…
Distingo el difuso contorno de su figura en la penumbra del túnel y siento que la opresión en mi pecho se afloja un poco. Eso me basta para tratar de respirar hondo, aunque se me resientan los pulmones y la cabeza me dé vueltas por el agotamiento y el dolor que se aferra a mi cuerpo como un ancla.
Debería darle una buena reprimenda. Podría gritarle y decirle que es un completo gilipollas por haberme ocultado todo lo que sabía de la magia; bueno, a mí y a todo el mundo.
Las palabras de Cashel han aclarado las dudas que se arremolinaban en mi mente.
Si Lobo es el hijo de la familia noble que estuvo al frente de la rebelión, una rebelión que trató de frenar la prohibición de la magia y suplantar al Rey Supremo, entonces tiene que saberlo.
Es imposible que no lo sepa.
Pero, joder, estoy agotada, tanto física como emocionalmente.
La aspereza de la antigua piedra gris me envuelve. Respiro hondo y lucho por reprimir el dolor mientras llegamos a lo que parece ser el final del túnel. Por fin.
Lobo apoya un hombro en la parte posterior de lo que parece ser un marco liso de madera que tapa un agujero en la pared de piedra y lo empuja con cuidado.
El resplandor de una vela se cuela por la pequeña apertura y me ilumina las botas.
Sus ojos verdes me observan con recelo.
—Tu habitación está al otro lado de la pared. —Echa un vistazo por el marco y añade en tono brusco—: Vamos. Ahora mismo no hay nadie, solo mantas, tónicos y té. —Entonces, percibo el esfuerzo titánico que está haciendo por no bajar sus escudos—. Lo tienes todo en la habitación.
—Te has equivocado de vocación —digo en voz baja, más que nada porque ni siquiera tengo fuerzas para reaccionar enfadándome. Me duele todo—. Se te da muy bien cuidar de los enfermos.
Empieza a darse la vuelta, pero alcanzo a ver una expresión indescifrable en las sombras que inundan sus ojos.
—Y yo que pensaba que era la última persona en el mundo que querrías que te cuidara.
En ese preciso momento, me golpea un mareo repentino que nubla los ángulos de mi visión antes de que un asfixiante calor y un intenso dolor me baje por las palmas de las manos.
Extiendo una mano para mantener el equilibrio y apoyo la frente contra la pared fría del túnel cuando todo empieza a dar vueltas y a oscurecerse a mi alrededor.
Respira.
Esto no puede ser así a partir de ahora.
Odio sentirme débil. Odio tener que tomarme tiempo para recuperarme.
Me hace sentir vulnerable, y ese es un privilegio que no me puedo permitir en un lugar como este.
Ni siquiera sabemos en qué consistirá la última prueba del Ensayo. Solo de pensarlo me viene una arcada.
Tengo que sacar fuerzas para luchar.
Una mano cálida me roza la parte baja de la espalda con tacto firme y reconfortante, y se dobla lo justo para que sienta cómo sus dedos se estiran en el lugar exacto en el que empieza la curva de mi cadera.
No entiendo por qué, pero el calor de su mano me relaja tanto que me dan ganas de dejarme caer sobre ella por puro instinto.
Lobo suelta un ligero suspiro y me mira fijamente, pero soy incapaz de saber qué está pensando.
—¿Por qué te interpusiste entre nosotros? —espeta en tono cortante, como si se hubiera estado conteniendo un buen rato.
No me hace falta preguntarle a qué se refiere, pero tampoco sé qué respuesta darle.
Los latidos de mi corazón se ralentizan, pero consigo levantar la cabeza para mirarlo.
Por todas la Primigenias… Qué alto es. Al estar tan oscuro, solo hay un tenue resplandor, como si alguien hubiera encendido una vela justo detrás del marco que nos tapa.
Las sombras que dibujan la luz parpadeante bailan sobre él.
No obstante, con eso me basta para apreciar lo inquietantemente guapo que es.
Su belleza es casi majestuosa, una belleza que ni siquiera las cicatrices pueden empañar y que se ve aún más potenciada por la barba incipiente y el cansancio que refleja su mirada.
No debería costarme trabajo separarme de él; debería ser lo más sencillo del mundo. Sin embargo, hay algo que me impide apartarme, aunque no sea más que un truco para conseguir que haga lo que él quiera. Lo que ellos quieran. Pero ¿qué habrá de Lobo debajo de su faceta de Susurrador?
—No hace falta que finjas, ¿vale? —murmuro en voz baja, entrecerrando los ojos lo justo para que todo deje de moverse a mi alrededor cuando me invade otra avalancha de dolor.
Noto que la mano de Lobo me aprieta la cintura y, sin querer, me acerca más a él conforme me escudriña con la mirada—. Sé lo que soy para ti.
Soy un arma. Una marioneta. Una asesina en las sombras, al igual que lo es él para los Susurradores.
Un cebo .
Al abrir los ojos, veo que los de Lobo me contemplan y me estudian. El surco entre sus cejas oscuras desaparece justo cuando su boca se tuerce en una mueca que se está volviendo más familiar de lo que me gustaría; es como si él compartiera mi dolor, aunque no pueda verlo con mis propios ojos.
Lobo aparta la mano de mi espalda y exclama:
—No tienes ni puta idea, Maeve. —Dice mi nombre en un tono frío y desgarrador—. Vete. Ya. —Tira del marco y echa un vistazo rápido antes de sujetarlo para que pase y, después, da unos golpecitos en la puerta de mi habitación—. No es seguro que estés aquí sola.
—No estoy so…
De pronto, aparece Garra y las armas tintinean en su cintura cuando se agacha para darme un abrazo con todas sus fuerzas.
—¡Pensaba que estabas muerta!
Noto que el cuerpo se me estremece como si acabaran de clavarme agujas por todas y cada una de mis terminaciones nerviosas.
—Aún no.
Una brisa de aire me acaricia y, entonces, Lobo da un paso hacia atrás antes de apartar el retrato por el que hemos entrado y sumergirse entre las sombras que inundan el túnel.