VEINTIDÓS #3
Gracias a las Primigenias que Lobo destaca por su rapidez.
Lo descubrí la noche que cerramos nuestro trato, pero ahora me ha parecido incluso más rápido que entonces.
Lobo se agacha al instante y esquiva el brutal golpe de la pesada espada de Cashel justo antes de darle un puñetazo con la mano con la que no sujeta el puñal en toda la mandíbula.
Entonces, escucho cómo le crujen los huesos al príncipe mientras se tambalea hacia atrás.
—Era veneno —espeta Lobo, volviendo a colocarse en posición y preparándose para otro ataque. Unas llamas de odio inundan sus ojos—. Y tú sabes perfectamente quién se lo dio.
Cashel se lanza otra vez, pero ahora más deprisa.
La habitación es grande, pero, por cómo está distribuida, no tanto como para blandir una espada tan ancha, y vislumbro una mirada de satisfacción en Lobo que me deja claro que él también se ha dado cuenta.
Está tan concentrado que parece que está librando una batalla interna con cada movimiento que hace, rápido y controlado.
Esquiva sin problemas la lenta estocada de la espada de Cashel y consigue estirar la mano y clavarle la punta del puñal en el brazo con el que sostiene el arma.
—¡Joder! —grita Cashel al soltar la espada, que choca contra el suelo de mármol.
—¿Alteza? —Alguien llama a la puerta y el corazón se me detiene.
Lobo se queda inmóvil y, por primera vez desde que lo conozco, veo un atisbo de miedo que se cuela en sus ojos verdes, mientras que los míos se clavan en la delatadora mancha carmesí que tiñe la túnica de terciopelo de Cashel a la altura del codo.
Con solo dar una orden, los guardias de la Garda nos atraparán y estaremos muertos en un abrir y cerrar de ojos. Eso si tenemos suerte y no decide entregarnos a la Dama de las Sombras para que nos torture hasta morir.
—¡Ni se os ocurra entrar! —grita Cashel hacia la puerta.
No obstante, no creo que los guardias sigan obedeciendo al príncipe si de verdad creen que está en peligro. Si escuchan un grito o un choque metálico demasiado fuerte, entrarán sin pensárselo dos veces.
—¿Se te ha ido la puta cabeza o qué? —pregunto bajando la voz todo lo que puedo.
Aunque tengo la vista fija en Lobo, no estoy del todo segura de a quién de los dos van dirigidas mis palabras cuando me sitúo entre ellos.
Entonces, veo un destello súbito y feroz en los ojos de Lobo que me deja sin aliento.
Con una sola mano, consigue agarrarme por el hombro y volver a colocarme detrás de él.
El pecho de Cashel se agita sin parar, alterado tras la pelea.
La respiración de Lobo, por el contrario, es estable y controlada. Me doy cuenta entonces de que el rebelde no ha sido el primero en atacar, sino el príncipe.
De hecho, a pesar de toda la maldad y el odio que desprende, ninguno de sus golpes ha sido mortal. Y solo las Primigenias saben que, si quisiera, lo habría hecho. No me cabe la menor duda después de haberlo visto luchar: el príncipe no es rival para él. Si Lobo quisiera, su primo ya estaría muerto.
Sus ojos verdes se clavan en los míos y me parece distinguir una chispa de dolor detrás de la máscara con la que se empeña en ocultar todos sus sentimientos. Es como si algo lo atormentara, una pena que roza la tortura y que desaparece en menos de un segundo.
—No tienes ni idea de lo que ha hecho, Maeve.
—Pero sí lo que está dispuesto a hacer —respondo en voz baja, como si las palabras pudieran quedarse solo entre nosotros.
Me fulmina con la mirada y pregunta:
—¿A qué te refieres con «lo que está dispuesto a hacer»? ¿Qué le has contado?
—No, no —interrumpe Cashel. Cuando sus ojos azul marino me miran, es como si me rozaran la piel desnuda con la hoja de un puñal—. Ella no me ha dicho nada. Lo he averiguado por mi cuenta.
—¿Qué has averiguado exactamente? —Lobo le lanza una mirada asesina, una mirada tan amenazante y feroz como la que me dedicó la noche que nos conocimos en el refugio—. Venga, suéltalo. Dime qué crees que sabes.
— Lobo… —Si el hombre al que estamos provocando acaba avisando a los guardias de la Garda que hay al otro lado de la puerta, estaremos muertos en apenas unos segundos, y eso es un lujo que no podemos permitirnos ahora mismo.
—¿Lobo? —exclama Cashel en tono burlón—.
¿Qué es eso? ¿Un nombre en clave para reconoceros entre rebeldes?
No sé qué se te habrá pasado por la cabeza, pero aquí nadie se ha olvidado de tu nombre real y mi padre no ha dejado de perseguirte desde que te escapaste.
—Cuando ladea la cabeza, me da un vuelco el estómago—.
Que, por cierto, ¿cómo te las arreglaste para escapar?
Entonces, es Lobo quien adopta una expresión de burla, acompañada de una sonrisa de satisfacción.
—¿No te gustaría saberlo?
—¿Escapar? —repito al mirar a Cashel.
Este alza una ceja y responde:
—No me digas que te ha metido en todo esto y ni siquiera ha tenido la decencia de contarte cómo se hizo esa… cicatriz tan peculiar.
Los hombros de Lobo se tensan.
—Cállate.
La mirada fría del príncipe salta de él a mí.
—Yo soy el culpable de que su familia esté muerta. Yo soy el que le hizo esa cicatriz en la cara y una docena más, aunque me apuesto todo el reino a que esas no te las ha enseñado… todavía.
La indirecta oculta tras sus palabras hace que se me enciendan las mejillas.
—¿Por qué?
Hay una parte de mí que no quiere escuchar la respuesta.
Cashel observa a Lobo con detenimiento, como si estuviera debatiendo en su interior hasta dónde contar.
—El ejército de su madre quería tomarme como rehén. Pero éramos como hermanos, así que me dijo lo justo para evitar que me atraparan. —Un dolor inesperado me desgarra el corazón—. Y yo decidí contárselo a mi padre.
Los ojos de Lobo se llenan de un odio puro y salvaje. La expresión de su rostro cambia por completo, como si algo lo desgarrara por dentro, pero no parece ser solo por perder a su familia y por la traición del príncipe, sino por la culpabilidad que arrastra él mismo.
El vacío que invade mi corazón se llena al instante de un aluvión de preguntas.
Sin embargo, no tengo tiempo para formular ninguna. Si Lobo pierde mínimamente los papeles, los guardias irrumpirán en la habitación, y dudo mucho que sigamos teniendo la misma suerte que hemos tenido hasta ahora.
—Dijiste que querías ayudar, ¿no? —exclamo, girándome hacia Cashel, aunque veo que a Lobo se le ponen rígidos los hombros.
El príncipe suspira con fuerza y responde:
—Sí.
—¿Nos ayudarías a salir de aquí?
Cashel cierra las manos en puños, pero su mirada de resignación me deja clara la decisión que acaba de tomar. Una oleada de alivio me invade de pies a cabeza cuando el príncipe señala hacia la puerta.
—Pero no podéis ir por ahí.
—¿Y qué otra opción…?
Mira con recelo a Lobo y murmura:
—¿Recuerdas el camino?
Lobo deja escapar una mueca y se dirige con pasos sigilosos a las cortinas tras las que lo vi aparecer.
—¿Por dónde te crees que he entrado?
Aparta las pesadas telas y aprieta el saliente de madera tallada que adorna el alféizar de la ventana. Escucho un leve crujido y, después, la pared se hunde hacia dentro.
Me quedo atónita.
Lobo empuja el mármol, aunque ahora me doy cuenta de que era falso y que conduce a un oscuro túnel que se oculta tras las paredes.
Antes de cerrar la puerta, se gira para mirar a su primo por encima del hombro.
Todos los músculos del cuerpo se le tensan, como si estuviera conteniéndose por no subir el tono de voz.
—¿Por qué nos ayudas a escapar?
Cashel suelta una risa apagada y responde:
—Los rebeldes queréis a mi padre muerto, ¿verdad? Y me imagino que vuestra intención es que yo ocupe su trono, ¿me equivoco? —Entonces, le lanza a Lobo una mirada fría pero decidida.
Lobo no le contesta, pero el príncipe asiente conforme cierra la puerta a nuestras espaldas y añade en un susurro:
—Por lo tanto, queremos lo mismo.
Cuando nos adentramos en el lúgubre túnel, la sensación de angustia no nos da tregua, sino que se extiende por los escasos metros que nos separan mientras Lobo me guía por los sinuosos y oscuros pasadizos.
Avanza sin pensárselo y con seguridad, como si los hubiera recorrido más de un centenar de veces.
Noto que el dolor se aferra a él como si lo envolviera una nube de humo.
Cada uno de nuestros pasos retumba en mitad del silencio del túnel.
Ahora que hemos dejado atrás las prisas por huir y la pelea entre Lobo y Cashel, mi cuerpo no tarda en volver a reparar en el veneno que sigue corriendo por mis venas.
Los brazos y las piernas me arden, y sigo sufriendo unas terribles punzadas en las manos y las muñecas que parece que me estuvieran clavando unas espinas. También me noto la piel tirante, como si se hubiera estirado hasta casi romperse y dejara a la vista mis huesos calcinados.
Me muerdo el interior del carrillo y trato de vencer el mareo repentino que amenaza con atacarme.
«Te ha dañado los nervios»; esas fueron las palabras de Cashel.
Por todas las Primigenias… Necesito desprenderme de esta sensación ya.
No puedo luchar en estas condiciones. Ni siquiera creo que sea capaz de sujetar una espada o un puñal si apenas puedo respirar sin morirme de dolor.
Estoy casi segura de que ya se me está pasando el efecto calmante del antídoto que me ha dado Cashel.
Lobo ralentiza sus pasos y se gira un poco para mirarme por encima del hombro, pero no llega a decirme nada.
Tengo las costillas resentidas por un dolor de lo más incómodo al estar tan cerca de mi corazón.
Y, por su parte, Lobo desprende una avalancha de dolor aún más profunda, además de tristeza pura.
Todas las palabras que se me vienen a la mente para tratar de reducir el espacio que nos separa se marchitan y mueren en mi garganta. Por eso sacarle información a Lobo sobre sus planes siempre me ha parecido una tarea de lo más compleja, como si intentara extraer sangre de una piedra.
Ya depositó su confianza en una persona.
Y solo las Primigenias saben que, al hacerlo, lo perdió todo .