VEINTIDÓS #2
—Me cago en mi puta vida… ¿Por qué hueles a él ?
Consigo contener el grito que amenaza con salir de mi boca por el susto, pero ha faltado poco. No sé cómo me las he arreglado para no soltar la toalla, supongo que por la fuerza con la que sujeto el nudo que me he hecho por encima del pecho, que es lo que la mantiene en su sitio.
—¡Joder, Lobo! ¡Que no llevo nada puesto!
Por algún motivo que desconozco, veo un atisbo en sus ojos verdes que se parece bastante a una sensación de alivio, justo cuando su mirada se pasea por mis brazos y piernas desnudas, como si estuviera comprobando si estoy herida.
En cuestión de segundos, una quietud de lo más letal se apodera de él.
—Pues te veo bastante tranquila campando por aquí a tus anchas, ¿eh? Y yo que me he pasado los tres últimos días preocupado y creyendo que estabas muerta.
—Y lo estaba . —No sé qué quiere decir exactamente, pero sus palabras hacen que se me ericen los vellos de la nuca—. Y todo por culpa de esa prueba en la que tú mismo me obligaste a participar.
Las sombras tiñen sus ojos verdes.
—¿Qué le has contado, Maeve?
La forma en la que pronuncia mi nombre me resulta tan terrible como mordaz.
—No le he dicho ni una puta palabra —exclamo esforzándome todo lo posible por no subir el tono de voz.
¿Me está acusando a mí de traicionarlo, cuando es él y el resto de los Susurradores los que le están ocultado a todo el mundo lo que saben de la magia?
Podría habérmelo contado cuando estuvimos en el templo, pero prefirió que siguiera viviendo en una mentira.
Sin embargo, si levanto un poco la voz, me arriesgo a que los guardias de la Garda que hay fuera entren a toda prisa.
—¿Qué te parece si empiezas contándome cómo coño has conseguido entrar aquí? —digo entre dientes.
Avanza con sigilo hacia mí con una expresión sombría de determinación.
La seriedad de su rostro no me deja lugar a dudas, al igual que la fuerza y firmeza con la que sus nudillos marcados de cicatrices envuelven la empuñadura de una de las dagas que lleva en el costado.
Entonces, la desenvaina y se coloca entre mi cuerpo y la mesa en la que siguen mis puñales, alineados a la perfección.
¿Qué fue lo que dijo Garra sobre la campesina que estaba en las mazmorras?
Que «tenían que hacer ese sacrificio».
Si Lobo cree que he puesto a los Susurradores en peligro, yo seré la siguiente.
Y, aunque no sea él mismo quien acabe conmigo, sé con total seguridad que la maga, Colmillo, me mataría sin dudarlo por faltas menores que la traición, por ser un cabo suelto que se interpone en sus planes.
Tengo a Lobo tan cerca que puedo ver el destello de cada pensamiento que se le pasa por la cabeza reflejado en sus ojos, aunque no puedo descifrarlos todos.
No obstante, sí que distingo el conflicto que bulle en su interior, tan claro como un nuevo amanecer, además de un ápice de pena y una determinación implacable y desesperada.
Me quedo quieta, sin mover ni un pelo.
—¿Qué te parece si empiezas por contarme qué has soltado por esa boquita? —murmura en voz baja.
De pronto, escucho el chasquido del cerrojo y Lobo se convierte en un borrón de cuero negro que me sujeta por el pecho con uno de sus fuertes brazos.
Oigo algo metálico sobre una madera cuando el olor a huevos y mantequilla inunda la habitación.
Cashel suelta la bandeja en la mesa que hay junto a la puerta y la cierra sin decir ni una palabra.
No llama a los guardias de la Garda.
Y tampoco desenvaina su sable.
Noto la respiración entrecortada de Lobo en mi oído y los repentinos y acelerados latidos de su corazón que retumban contra mi hombro desnudo cuando sus ojos se encuentran con los del príncipe.
Cashel levanta las manos y da un paso hacia nosotros cuando una sonrisa amenazante y astuta se dibuja en sus labios.
—Ya empezaba a preguntarme cuánto tardarías en venir a por ella.
Noto la tensión en el ambiente.
Diría que hasta puedo saborearla y sentirla sobre la piel, como si el relámpago de una tormenta a punto de explotar se hubiera colado en la habitación, un relámpago que se extiende entre ellos y que podría acabar impactando sobre mí, que estoy justo en medio.
Siento que el pecho de Lobo se endurece como una tabla contra mi espalda y el puñal que sujeta fuerte con la mano con la que me rodea se resbala un poco y se acerca a mi cuello.
Escucho la respiración agitada rebotando en su garganta, como si estuviera luchando por mantener la calma cuando me aprieta contra su cuerpo y deja el puñal a menos de un centímetro de mi piel. No me atrevo a mover ni un músculo.
—Lobo —susurro en el tono más bajo que puedo. Aunque haya sido un bruto a la hora de agarrarme, tengo la sensación de que lo hace de una forma que casi podría parecer protectora. Sigo notando los latidos desbocados que le martillean en el pecho mientras le aguanta la mirada a Cashel.
De pronto, su cuerpo se estremece contra el mío, como si estuviera haciendo un gran esfuerzo por contenerse. Y, entonces, me aprieta con tanta fuerza con el brazo que me hace pensar que, para él, el verdadero peligro es Cashel.
— Tú —le gruñe al príncipe.
En ese momento, me percato del calor asfixiante que irradia por cada poro de la piel de Lobo, con una cólera tan tenebrosa y densa como la grasa que resbala por las mortales estacas del Muelle Negro.
Tras dejar la bandeja junto a la puerta, Cashel da un paso hacia delante y desenvaina la espada que lleva en la cadera.
Sus ojos relampaguean al reconocer a Lobo, pero también veo algo más en ellos: una chispa de satisfacción .
Es como si hubiera estado esperando a que Lobo cayera en su trampa y, por fin, se encontrara frente a su presa.
—Eres muy valiente por haberte atrevido a volver. Mi padre se ha encargado de entregarle un boceto de tu cara a todos y cada uno de los guardias, así podrán identificarte y matarte en cuanto te vean.
Me quedo completamente atónita.
—Eres incapaz de no alborotar el gallinero siempre que ves la oportunidad, ¿eh? —exclama el príncipe en un tono de lo más inquietante—. Ni siquiera cuando éramos unos críos.
¿Qué co…?
—Algunos gallineros necesitan un poco de alboroto —espeta Lobo remarcando cada palabra con voz de amenaza—. Otros, en cambio, hay que quemarlos .
Lobo cambia de postura y apunta al príncipe con el puñal.
Ahora, sube el brazo con el que me envolvía por el pecho hasta la altura del hombro desnudo y me coloca detrás de él para ponerse entre Cashel y yo. Pierdo el equilibrio y me tambaleo porque se me juntan el hambre, el cansancio y el dolor provocado por el veneno, apagado pero persistente.
—Vístete —me ordena Lobo en tono cortante—. Ya.
Ninguno de los dos aparta los ojos del otro ni un mísero segundo, así que al menos eso me permite tener un poco de privacidad para vestirme.
Todas mis pertenencias están tiradas en la cama y en la mesa que hay junto a la pared, revueltas entre paños, toallas y mantas.
Tras varios minutos, encuentro lo que necesito, aunque casi me caigo al suelo cuando me peleo con las mallas, que se me pegan a la piel húmeda al subírmelas.
Después, me ato la banda del pecho y me pongo lo que pensaba que era mi túnica, pero me he equivocado.
Esta es como tres veces más grande y desprende un ligero aroma a especias.
Ya es demasiado tarde para cambiármela, de modo que me ajusto el cinturón y dejo que la enorme túnica me caiga sobre los hombros.
—Y recoge tus putos puñales. Que no se te olvide ni uno —gruñe Lobo, señalando la mesa con la cabeza, pero sin apartar la vista de Cashel.
—Baja la voz —le grito en un murmullo mientras envaino los puñales uno a uno—. ¿Sabes que hay como una docena de guardias ahí fuera?
—Pero no van a entrar hasta que yo los llame —interviene Cashel en tono arrogante.
—Ah, ¿sí? ¿Y cuánto vas a tardar esta vez en ir a buscarlos? —Lobo ladea la cabeza y añade—: Si mal no recuerdo, tardaste… ¿cuánto? ¿Una hora desde que intenté salvarte el puto cuello?
—Menos. —Los ojos de Cashel relampaguean como nubes de tormenta cuando retuerce con los dedos la empuñadura de su sable—. Y volvería a hacerlo con tal de no ser el rehén de tu madre. No tenía ningún derecho…
—Tenía todo el derecho del mundo. Tu padre dejó que su hermana muriera y, después, se casó con la mujer que la mató. —Distingo un brillo maligno que inunda los ojos de Lobo.
Noto que me da un vuelco el corazón. ¿Lobo y Cashel son primos ? Es como si, de buenas a primeras, las piezas del rompecabezas que he estado componiendo en mi mente encajaran. Eso quiere decir que la tía de Lobo era la primera esposa del Rey Supremo… y la madre de Cash.
—¿O acaso fuiste tan estúpido como para creerte las mentiras que contó tu padre sobre…? —Lobo suelta una sonrisa amarga y continúa—: ¿Cuál fue la excusa? ¿Una fiebre ? ¿Una fiebre tan letal que ni siquiera la Mártir podía curarla?
De pronto, se me viene a la cabeza todo lo que me dijo Aoife en los baños.
Según me contó, hace cinco años, pillaron a dos familias nobles conspirando durante la rebelión y eliminaron por completo a una de ellas cuando el príncipe descubrió sus planes y se lo contó a su padre. Por eso la gente se refiere a Cashel como el Príncipe Sanguinario.
En el Paseo del Muelle, siempre hemos oído hablar de la historia que contaba que acabó con la familia de su mejor amigo porque se sintió insultado. Entonces, los engranajes de mi cabeza se ponen en marcha y todo empieza a cobrar sentido.
No . Lobo jamás se arriesgaría a…
Me quedo sin aliento al darme cuenta de la terrible realidad. ¿Qué mejor amigo puede tener un chico que otro que se ha criado con él en la misma aterradora corte? Un chico que comparte su misma sangre . ¿De quién si no se tomaría la traición como el peor insulto habido y por haber?
Clavo la mirada en Cashel cuando este se lanza hacia delante y describe con la espada un arco que va directo a la cabeza de Lobo.
Me tapo la boca con ambas manos y ahogo un sonoro grito.