VEINTIDÓS
Q ue tú… ¿qué?
Creo que el veneno me ha llegado al cerebro y me está provocando alucinaciones. Es imposible que acabe de decir lo que creo que he oído.
Sus ojos azul marino me observan con detenimiento.
—Lo que oyes.
Suelto un suspiro lento y cauto.
—Pues sigo sin creerte.
Los rasgos de Cashel se endurecen.
—Me da igual que me creas o no; te estoy diciendo la verdad. Quiero ayudarte. No sé qué estarás haciendo exactamente ni con quién estarás trabajando, pero voy a ayudarte. Mi padre ha perdido los estribos y se ha vuelto demasiado peligroso. Y tenemos que hacer algo al respecto.
—Siempre ha sido peligroso.
—Pero no tanto.
Veo un atisbo de remordimiento que invade sus rasgos serenos. En cambio, la forma en la que tensa la mandíbula después… me parece resignación pura. Como si hubiera tomado una decisión.
Me mira con atención y exclama:
—Desde que mi madre murió, mi padre ha rebasado los límites.
¿Se referirá a desterrar a la Mártir? ¿A prohibir la magia? ¿O a cómo gestionó todo el tema de la rebelión? Ni siquiera me atrevo a preguntárselo.
Cashel baja la voz y alcanzo a distinguir un destello voraz en su mirada que casi roza la esperanza.
—Eireann tuvo su época dorada, pero podríamos recuperarla —murmura, estrechando mis manos y la suave piel de las suyas casi me acaricia la muñeca—. Un buen rey que sepa hacer las cosas bien —asegura—. Eso es lo que queréis, ¿no?
¿Sí?
Quiero la magia que nos pertenece por derecho. Quiero todo aquello por lo que mi madre estuvo dispuesta a sacrificar su vida.
Quiero vivir con esperanza .
Quiero que nuestro pueblo pueda construir algo mejor que lo que tenemos ahora.
Solo las Primigenias saben que es algo que deseo con tantas ganas que casi se me antoja una realidad.
Trago saliva y lucho por enterrar el miedo en lo más profundo de mi ser. Antes de arriesgarme a contarle nada, necesito que me responda a una pregunta.
—¿Y Cymrea?
Dos palabras. Dos únicas palabras que no significan nada y, a la vez, lo son todo. Lo que suceda a partir de ahora va a depender por completo de su respuesta.
Si cree que hay cabida para Cymrea en la nueva Eireann que quiere construir, entonces estamos perdidos.
De pronto, vislumbro una sombra en su mirada.
—A Cymrea… —comienza en un susurro amenazante—. Que le jodan .
Una oleada de alivio invade mi pecho. Por todas las Primigenias… Creo que ya entiendo por qué los Susurradores quieren acabar con el Rey Supremo y están dispuestos a que Cashel ocupe su lugar en el trono.
No es perfecto, ni lo será.
De hecho, ningún rey alcanzará la perfección jamás.
Aun así, si existe la más mínima posibilidad de que sea mejor que su padre, que proteja nuestro derecho como isla a decidir el futuro que queremos, tal vez los Susurradores puedan salvar lo que quede de magia en los Siete Pozos mientras el príncipe impide que los cymreanos se anexen a nosotros.
Quizás podamos convencer a Cashel para que nos permita usar los remanentes de magia cuando la hambruna nos asole.
Un repentino e incómodo silencio se instala en la escasa distancia que nos separa.
Pero no es una tregua y, de hecho, ni siquiera creo que eso sea posible entre nosotros.
Sin embargo, sí noto que algo cambia en el ambiente.
Entre las palabras de traición que nos hemos dedicado el uno al otro y la información que se ha encargado de recabar acerca de mí, ambos tenemos la capacidad de reducir el mundo del otro a cenizas.
Mi estómago decide que este es el momento perfecto para rugir de la forma más escandalosa posible.
La sangre se me agolpa en las mejillas y a Cashel se le escapa una escueta sonrisilla.
—Ahora que lo pienso, has estado tres días inconsciente. Imagino que estarás muerta de hambre.
—Un poco —reconozco—. Y creo que necesito…
—Los baños están por ahí —me interrumpe, señalando con la cabeza una puerta que hay al otro lado de la habitación—. Te traeré algo de comer. Y, mientras tanto, prométeme que vas a darle una vuelta a lo que te acabo de decir.
Pero no le prometo nada.
Prometerle algo a un príncipe sería como jugar con fuego.
Sin embargo, no aparto la mirada cuando sus ojos azul marino me observan fijamente, ni siquiera cuando lleva la mano hacia la curva de mi mejilla.
Suelto un suspiro entrecortado, pero no llego a sentir el tacto de su piel.
Cashel aparta la mano y vuelve a fruncir el ceño antes de aclararse la garganta y decir:
—Ahora mismo vuelvo.
—Espera… —No sé por qué tengo la apremiante necesidad de saberlo ya, pero no aguanto más—. Las otras chicas de la prueba…
—Solo murió una. Neve —contesta con una ligera sonrisa de satisfacción—. Eso sí, al haber sobrevivido, has hecho que las pocas personas que apostaron por ti ganaran una buena cantidad de dinero. —Entonces, añade con tono de diversión—: Y entre ellas me incluyo yo.
Se gira hacia la puerta y alcanzo a ver los uniformes de color negro y carmesí de los guardias que hay esperando fuera. Se apartan de inmediato para dejarlo pasar y, después, vuelven a formar una barrera. No van a dejar pasar a nadie hasta que el príncipe vuelva. Ni para entrar ni para salir.
La cabeza empieza a darme vueltas. Cashel no sabe nada de mí, pero imagino que sí que conoce a las hijas de nobles desde hace años, o de toda la vida. Así que no encuentro ninguna razón lógica por la que haya decidido apostar por mí.
A no ser…
Quizás esto fuera lo que Lobo tenía en mente cuando decidió usarme como cebo para atraer al príncipe.
Cashel es muy inteligente, eso ya me ha quedado claro, así que no creo que me mintiera al decirme que bajó a las mazmorras y vio a la chica a la que trajo la Garda para que fuera la campesina que participara en el Ensayo antes de que los Susurradores le dieran el cambiazo por mí.
¿Para eso querían distraerlo los Susurradores?
Seguro que el agua caliente me ayuda a pensar. Recuerdo que me vino bien para destensar los nudos de los hombros cargados cuando fui a los baños con Aoife y casi que me bastó para que el mundo que me rodeaba desapareciera por un momento.
Siento como si mi cuerpo fuera un hematoma gigante de lo más doloroso.
Un hematoma que, además, está envuelto en llamas.
Me levanto poco a poco de la cama y se me escapa una mueca de dolor al sentir el punzante hormigueo que se me extiende por las palmas de las manos y entre los dedos.
Justo donde sentí que unas manos apretaban las mías cuando el creatlach estuvo a punto de matarme.
El dolor es tan intenso que casi me deja sin aliento, pero tengo la cabeza lo bastante despejada como para darme cuenta de que, en realidad, cuando me tomé el veneno en mitad del campo de torneo, no sentí este efecto adormecedor, sino un tormento insoportable.
¿Será por el antídoto?
Me acerco a trompicones hasta la puerta que me ha señalado Cashel, la empujo con un hombro y, entonces, ahogo un grito.
Por las putísimas Primigenias.
El baño entero desprende un brillo cegador por las joyas incrustadas en los azulejos de cerámica.
Los rayos de sol se filtran por la vidriera de una ventana que hay esculpida en la pared y bailan sobre las caras talladas con sumo cuidado de miles de pequeños mosaicos que hay dispuestos en el suelo formando una imagen.
Es Eireann a vista de pájaro.
Y, en este mapa, no veo ninguna de las particulares discrepancias que encontré en los tapices del templo o en el pasillo que había tras los baños del castillo.
La corona que señala la ubicación de Dyfflin tiene dos puntas en lugar de tres, mientras que los siete oscuros pozos marcan las fincas de las Siete Familias con pequeños fragmentos de obsidiana y azabache.
Acaricio con las manos los extraños pomos de metal que hay a lo largo de las paredes de azulejos conforme voy estudiando cada detalle con especial atención. Entonces, me fijo en un chorro de agua que sale de un grifo que hay en el techo y me quedo sin respiración.
Esto… Esto es magia.
Aunque al principio siento que el agua me atraviesa la piel como si fueran finas agujas, a los pocos segundos me invade el alivio de una felicidad pura al quitarme la suciedad de los últimos tres días y sentirme limpia por fin.
Echo la cabeza hacia atrás para que el agua caliente me caiga por todo el cuerpo.
Tengo el pelo hecho una maraña y tardo como diez minutos en desenredármelo por completo.
De pronto, escucho el chasquido de un cerrojo fuera del baño y me pregunto qué tipo de comida traerán a la habitación de un príncipe.
Agarro una de las pastillas ambarinas que hay en una cesta de mimbre donde no alcanza el agua y, al olerla, el aroma especiado del príncipe me inunda las fosas nasales.
Cuando el jabón que sujeto entre las manos se moja, empieza a soltar una espuma que no tiene nada que ver con los ásperos ladrillos de lejía y grasa animal que usamos en el Paseo del Muelle para lavarnos.
Se me hace tan raro que, por un momento, estoy a punto de soltar el jabón y bañarme con algo menos distinguido, pero me contengo.
Habrá como una docena de jabones apilados en la cesta de mimbre, como si fuera una pequeña colección de joyas.
Sé que a él no le importará que use uno. Y, si le molesta, ¿qué es lo que piensa hacerme?
El estómago vuelve a rugirme con fuerza, así que me enjuago la espuma, cierro el grifo y tomo una de las gruesas toallas que descansan sobre una mesa de madera que hay junto a la ventana.
Noto la suntuosa suavidad de la tela sobre mi piel desnuda.
Sujeto los extremos de la toalla para taparme con ella y me la dejo bien atada para regresar al dormitorio.
Pero no veo comida por ninguna parte.
Y Cashel tampoco está.
La cortina recogida en uno de los laterales de la enorme ventana se mueve y, de ella, emerge una figura envuelta en un traje de cuero negro, con una ira contenida que se ve a kilómetros.
Los labios de Lobo dibujan una mueca de disgusto y tiran de la cicatriz que cubre su mandíbula.
Entonces, se acerca tanto a mí que puedo ver las brasas que brillan en sus ojos.