Una tentación de susurros y lobos VEINTIUNO #2
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VEINTIUNO #2

El príncipe frunce el ceño y los recuerdos oscurecen sus ojos azul marino.

Odio estar aprendiendo a descifrar lo que entraña su mirada.

Ojalá no supiera que brillan de un tono de zafiro más claro cuando coquetea conmigo y que se vuelven oscuros como nubes de tormenta cuando meto el dedo en la llaga.

Qué irónico que sea incapaz de leer la expresión de su cara en este preciso momento, cuando su mirada sombría se vuelve penetrante.

—Bueno… Si no vas a darme las gracias, al menos podrías responder a unas preguntas.

De pronto, me saltan todas las alarmas.

Aquí no hay nadie que pueda ayudarme. El príncipe podría rajarme la garganta en un abrir y cerrar de ojos con uno de los puñales que me dio Lobo y ningún guardia entraría corriendo para ayudarme.

Entonces, vuelvo a encontrarme con su mirada gélida y penetrante.

—Soy un libro abierto.

—No, no lo eres. Aun así, voy a dejar de lado un segundo el hecho de que mientes con la misma naturalidad con la que respiras. —Su mirada decidida me provoca un escalofrío—. ¿Quién te trajo al castillo?

El nudo que vive en mi pecho desde que llegué a este lugar se retuerce con violencia.

—Los guardias de la Garda.

—No. Y deja de intentar engañarme —exclama, separándose de la pared y dando un paso al frente.

Su mirada se endurece de repente—. Sé que la campesina a la que trajeron en primer lugar ya no está aquí.

Alguien se ha encargado de despejarte el camino antes de que la suplantaran por ti. Y quiero saber quién.

Me siento recta en la cama y me alejo con disimulo de él, por si acaso tengo que rodar hacia el otro lado del colchón a toda prisa.

—No tienes forma de demostrarlo.

—¿De veras crees que no me hubiese gustado ver a la víctima a la que iban a sacrificar por todo esto?

—Los ojos de Cashel parecen inundados por pequeñas tormentas—.

Soborné a un guardia y vi con mis propios ojos el mechón claro en mitad de su melena oscura.

Sé que estuvo encerrada en la celda durante días, hasta que llegaron las hijas de nobles en sus carruajes.

Podrás imaginarte la sorpresa que me llevé cuando no la vi a ella bajando por las escaleras en la Revelación, si no a ti , justo después de que aparecieras por arte de magia en el jardín de mi madre.

—¿Arrancaste las rosas del jardín de tu propia madre?

Distingo un brillo malicioso en sus ojos cuando responde.

—Las rosas no eran suyas . ¿Por qué crees que mi madrastra las plantó ahí? —Suelta una sonrisa amarga y añade—: Sabe de sobra que es mi sitio favorito del castillo.

Y el blanco es uno de los colores de Cymrea.

Se agacha para sentarse en el borde de la cama y murmura:

—Alguien te cambió por ella. Y ese alguien fue el mismo que te dio todos estos puñales. —Cuando estoy a punto de excusarme, me interrumpe y dice—: No me mientas. —Agarra uno de los puñales de la mesa—. Es acero málmar.

Suelto un bufido, pero no me atrevo a quitarle los ojos de encima. Noto que mi cuerpo se estremece ante la seguridad que refleja su mirada, como si no tuviera la menor duda de que lo que dice sea cierto.

Desliza un dedo por el remolino azul hasta llegar al filo de la hoja.

—Me apuesto lo que sea a que es real. —El corazón me late a mil y me tengo que esforzar porque no se me note en la cara lo que me sorprende su afirmación—.

No se puede conseguir ese remolino tan característico sin el calor que hay en sus forjas, que sale directamente de la roca volcánica.

Ni siquiera la mitad de los nobles se pueden permitir uno de estos, y mucho menos varios.

—Cashel niega con la cabeza—. Alguien te los ha dado.

Y sé que ha sido la misma persona que te ha traído hasta aquí.

Y debo añadir que ha sido muy oportuno, la verdad; justo al mes de que mi padre, que siempre ha sido un tirano, se convirtiera en un maldito monstruo y empezara a asesinar en masa a su propio pueblo.

Cada vez se está acercando más a la verdad.

Tengo que intentar que se desvíe del tema.

—No somos su pueblo.

La luz que hay al otro lado de la ventana cambia y, con ella, su mirada.

—Si lo que intentas es distraerme, estás perdiendo el tiempo. Pero, para que conste, según el estatuto de Eireann, sí que lo sois. Te guste o no, todos lo somos. —Se calla un segundo y, después, añade—: A no ser que nuestra situación cambie.

Se me corta la respiración.

— ¿Nuestra?

Se cerca más a mí y suelta el puñal.

—Sé que trabajas con alguien y que estáis planeando algo. Y, dado que no tienes pinta de ser una adúltera —espeta con una mirada afligida haciendo referencia a lo que me dijo la noche que nos conocimos en el jardín—, debo suponer que eres una asesina.

El pánico me oprime los pulmones, pero no pienso venirme abajo delante de él, sobre todo porque es lo que espera que pase.

No tengo intención alguna de rendirme, y mucho menos ahora que sé todo lo que está en juego. No voy a traicionar a los Susurradores ni a Lobo, a pesar de que ellos me hayan estado ocultando que sigue habiendo magia en los Siete Pozos. Un aluvión de rabia me invade al recordarlo.

¿Habrá algo más que no sepa?

Necesito conocer toda la verdad. Pero, si los traiciono, nunca lo averiguaré.

—¿Y qué pretendes hacer si lo soy? —exclamo en tono firme y desafiante.

Todos los músculos de mi cuerpo se estremecen al tenerlo tan cerca de mí, pero también por esos secretos que no quiero que descubra por nada del mundo.

Los labios de Cashel se curvan en una lenta y victoriosa sonrisa y susurra:

—Podría ayudarte.