Una tentación de susurros y lobos VEINTIUNO
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VEINTIUNO

N o hay ni una sola parte del cuerpo que no me duela.

Unas llamas incesantes incendian la oscuridad que me consume.

Me noto los brazos y las piernas adormecidos y flojos, como si no tuvieran vida.

Entonces, me llegan unas voces amortiguadas que me dan la impresión de estar demasiado lejos como para oírlas. No alcanzo a escucharlas con bastante claridad como para distinguir alguna palabra, pero sí que las reconozco todas.

Se me separan los labios y noto algo punzante en la lengua, como si fuera polvo.

¿Así es como se sentía Finn?

Creo que esto es lo que se siente al morir. Si no, no sabría qué explicación lógica darle a la agonía y a la tortura de las llamas que me arden por dentro, unas llamas que carbonizan la carne bajo mi piel y me calcina los huesos.

Todo me arde. Me voy consumiendo por dentro, como si mi cuerpo se hubiera convertido en unas brasas acumuladas durante tantas horas que me parecen una eternidad a la que no creo que pueda sobrevivir.

Daría lo que fuera por al menos poder susurrar un «suéltame».

Por todas las Primigenias… Si pudiera, me grabaría las palabras en la piel con tal de que el dolor cese de una vez. Pero ni siquiera puedo mover los dedos. Ni gritar.

Siento que me hundo mientras el aire me inunda los pulmones y algo me oprime el punto exacto en el pecho en el que debería estar mi ardiente corazón. Siento que lucha y que me tiembla cada vez que el pecho me sube y me baja, como si intentara resistir todo el dolor.

Siempre he destacado por mi terquedad y, de pronto, me invade una oleada de determinación que me empuja a luchar. Una determinación que se abre camino entre el dolor, que ahoga las llamas y frena la quemazón.

Y eso me basta para poder despertarme y avivar esa necesidad de no rendirme que se instala en mi corazón.

—¿Maeve?

Mi nombre se abre paso entre las sombras y me ayuda a escapar de la abrasadora penumbra que me envolvía hasta hace unos segundos.

Sigo el sonido y dejo que me guíe hacia la luz.

Unas manos frías y suaves envuelven las mías y alivian el calor que me quema la piel.

La luz se cuela por la asfixiante oscuridad que me nublaba la vista y veo unas motas naranjas cuando por fin consigo parpadear. Empiezo a abrir los ojos…

Y, de pronto, un borrón blanco me ciega por completo y suelto un siseo.

—Tranquila —me dice una voz grave y calmada conforme me suelta las manos.

Un líquido frío me acaricia los labios y alivia las grietas y la piel reseca tras el fuego abrasador. Por todas las Primigenias… Es como si tuviera cada centímetro de mi cuerpo en carne viva, con un hormigueo y una sensibilidad que solo sentiría alguien que se ha quemado hasta los huesos.

—¿Cuánto? —exclamo con una voz tan áspera que pareciera que tengo brasas en la garganta, pero al menos he conseguido hablar.

—Tres días. —La voz que me responde es firme, pero está agotada.

—¿Tres días ?

Abro los ojos de par en par, pero me arrepiento al instante.

Los rayos de sol que entran a raudales nublan los ángulos de mi visión y tiñen de blanco todo lo que me rodea.

Me presiono los ojos con las manos para amortiguar el repentino dolor y ahogo el llanto cuando la agonía se cuela bajo las palmas de mis manos al sentir el tacto.

—No te has perdido gran cosa. Confabulaciones entre los nobles, algunas políticas de la corte, un par de cenas estrafalarias…

Lo normal. —El contorno difuminado de la esbelta figura empieza a tomar forma al contrastar con los haces de luz que se cuelan en la habitación—.

Ten cuidado. Puede que sigas notando algo de dolor.

La palabra «dolor» no representa ni un ápice de lo que siento ahora mismo, un impulso imperioso y apremiante que me consume por dentro.

—Agua —mascullo con los ojos entrecerrados.

Los rayos brillantes del sol se reflejan en el mármol blanco y en las piedras doradas, plateadas y obsidianas que hay incrustadas en las paredes que se alzan a mi alrededor.

La luz deslumbra los postes dorados de la cama excepcionalmente grande y blanda que se extiende bajo mis extremidades doloridas.

Entonces, consigo distinguir los ojos zafiros que se clavan en los míos.

El príncipe Cashel está apoyado contra una pared que hay a escasos metros de la cama y tiene un puñal en la mano al que le da vueltas sin parar.

Uno de mis puñales.

—¿Qué…? —De pronto, una violenta tos me destroza los pulmones. El príncipe acerca la mano que tiene libre, y colmada de anillos, y me tiende una copa plateada.

—Bébetelo —me ordena, escudriñando mi cara con sus ojos azul marino—. Todo.

Quiero negarme, pero, joder, tengo tantísima sed y me noto la garganta tan irritada que el dulce alivio del líquido es una tentación a la que no puedo resistirme.

Me trago el contenido de la copa y, entonces, el príncipe me ofrece una jarra plateada que va a juego con la copa y tan pulida que parece un espejo.

Asiento con la cabeza.

Me vuelve a llenar la copa y, esta vez, me la bebo poco a poco y disfruto del agua que empapa mi garganta y alivia el agudo dolor provocado por la sed. Siento la piel como si me hubiera quemado al sol, caliente al tacto y con un ligero hormigueo.

Me incorporo poco a poco, luchando contra el intenso dolor que se aferra a mis extremidades, y lo observo con desconfianza.

—¿Qué quieres de mí?

Niega con la cabeza y responde:

—Pensaba que las primeras palabras que salieran de tu boca serían de agradecimiento, pero parece que me he pasado de optimista.

—¿Y esperaba usted que fueran acompañadas de una reverencia, majestad ? —Lo fulmino con la mirada mientras pongo a prueba mis músculos. Sin embargo, debajo del instintivo miedo que siento al verlo, percibo algo mucho más oscuro, casi hipnótico, que me invade al estar tan cerca de él.

El príncipe lanza el puñal al aire y lo agarra por la punta sin tan siquiera mirarlo.

—«Majestad» es solo para referirse a mi padre o a mi madrastra.

—Los escasos metros que nos separan son tan frágiles como un velo de hielo—.

Pero, por lo general, después de advertir a alguien sobre un peligro y salvarle la vida en una misma tarde, lo mínimo que espera uno es que le den las gracias.

Supongo que, al final, no eran imaginaciones mías. Sí que me estaba señalando la copa con el hielo.

—¿Y por qué iba un príncipe a ayudar a una campesina?

Me quita la copa vacía de las manos y la deja en la mesa. Después, desliza un pulgar por el bolsillo de sus mallas de un marrón intenso, justo donde la túnica de terciopelo se une al corte recto de sus caderas.

—Creo que lo que quieres decir en realidad es: «Gracias por salvarme la vida, Cashel».

—¡Sé perfectamente lo que quiero decir!

Por todas las Primigenias… Me está poniendo de los nervios.

Lo que más me gustaría en este momento es quitarle de un guantazo la insoportable sonrisa que se acaba de dibujar en su cara. Cierro las manos en puños y, otra vez, vuelvo a sentir un dolor punzante que me las atraviesa. ¿Qué es eso?

El príncipe me mira las manos y dice:

—Te ha dañado los nervios. Nunca se curará del todo, pero debería ir disminuyendo en los próximos meses. Quizás . Tienes suerte de que estuviera allí para socorrerte.

¿Meses? ¿Quizás? Joder.

—Ah, ¿sí? —No me preocupo por ocultar el tono cortante de mi voz mientras el dolor se abre paso por mi cuerpo.

El malestar se mezcla con el temor que me invade por completo, pero me obligo a dejar los sentimientos a un lado y los convierto en algo que me pueda resultar útil.

Algo con lo que pueda atacar—. Pues fíjate que a mí me parece que todo esto es culpa tuya.

Al fin y al cabo, estamos compitiendo entre nosotras por ti.

Todos los músculos de su esbelto cuerpo se tensan a la vez.

—¿Crees que quiero algo de esto?

—Lo que creo es que eres un príncipe —exclamo en un tono casi insultante.

—Exacto —espeta entre dientes.

El largo silencio que se instala entre nosotros contrasta con la brillante luz del sol que inunda la habitación.

El príncipe suspira con fuerza.

—Mira, si por mí fuera, nada de esto estaría pasando.

Yo no tendría ningún problema en elegir a mi futura esposa por mi cuenta.

—Sus ojos me atraviesan y reprimo un escalofrío que amenaza con extenderse por todo mi cuerpo—.

Creo que ambos sabemos quién está moviendo los hilos de la isla en este momento.

Sus palabras ocultan demasiadas indirectas, además de preguntas tan peligrosas que ni siquiera me atrevo a hacerlas en voz alta.

Aun así, decido empezar con una sencilla.

—¿Dónde estoy? ¿Quién más…? —Se me encoge el estómago y toso—. ¿Quién más ha muerto? ¿Y dónde está…? —Casi se me escapa un «Garra», pero me freno a tiempo—. ¿Dónde está mi guardia?

Cashel me fulmina con la mirada.

—Tengo a mis propios guardias al otro lado de la puerta, como siempre. Te puedo asegurar que no pienso permitir que tú y une guardia que no conozco y que no me da confianza estéis en una habitación repleta de puñales como estos que ves aquí.

Da unos golpecitos en la mesa auxiliar, donde descansan todos los puñales que llevaba escondido por el cuerpo.

Qué puta mierda.

Estoy tumbada en su cama, indefensa por completo. Siento como si tuviera las palmas de las manos llenas de espinas y los ojos me escuecen del dolor. En ese momento, decido cambiar de tema.

—Era creatlach, ¿no?

—¿Cómo lo…? —exclama sorprendido antes de pasarse una mano por la cara—. Sí, era creatlach. Es uno de los venenos favoritos de mi madrastra.

Noto una oleada de orgullo que me inunda el pecho; tenía razón. Sin embargo, lo que ocultan sus palabras hace que se me erice la piel.

—¿Y tenías el antídoto a mano o qué?

—Cuando vives el tiempo suficiente con ella como para que intente envenenarte, acabas aprendiendo a tener a mano lo necesario para la próxima vez que decida sobornar a un curandero para que se haga el enfermo y no te pueda socorrer.