Una tentación de susurros y lobos VEINTE #3
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VEINTE #3

Un veneno mortífero e imposible de detectar, salvo por su consistencia, que lo hace un poco más espeso que el agua.

Keeva siempre decía que procedía del rocío que se acumulaba en las grutas y criptas antiguas, y que hacía que la víctima sintiera como si todos los huesos de su cuerpo estallaran en llamas y los carbonizara hasta que incluso los nervios quedaran reducidos a cenizas.

Si se usa la dosis correcta, el creatlach puede provocar una muerte insoportablemente lenta.

El estómago me da un vuelco solo de pensarlo. ¿Qué dosis habré ingerido?

Me aferro a la esperanza de que la mayor parte del veneno no se haya derretido antes de bebérmelo.

Si era una dosis pequeña, estoy a punto de sufrir un dolor inhumano durante las próximas horas, pero prefiero eso a tener alucinaciones si esto acaba convirtiéndose en un combate o si alguna de las otras chicas decide atacarme.

Si, por el contrario, he tardado demasiado y el hielo se ha derretido más de lo que pensaba…

Siento que las costillas me oprimen el corazón y un hormigueo se extiende por mis extremidades. Poco a poco, voy notando una presión que me recorre todo el cuerpo y unas punzadas agudas que me calan hasta los huesos.

Me obligo a mantenerme erguida y a girarme hacia la Reina Suprema, que me fulmina con la mirada.

Solo hay un motivo por el que dijera lo que dijo delante de todos los nobles, a pesar de estar yo delante.

Apuesto lo que sea a que pensaba que no iba a sobrevivir a esta prueba, que fue justo lo que les pasó a las anteriores campesinas que participaron en el Ensayo.

A la reina le daba igual que yo hubiera descubierto la verdad, que sigue habiendo magia en los Siete Pozos, porque me daba por muerta.

Pero no pienso dejar de luchar nunca , y mucho menos ahora que sé que hay esperanza.

El viento me aparta los mechones de las mejillas, que cada vez me arden más.

Cuento cada latido de mi corazón y comparo cada respiración con la anterior mientras el reloj de arena sigue vaciándose poco a poco.

No parece que ninguna de las hijas de nobles que quedan se haya desplomado.

Saraid se tambalea hacia atrás y la veo cuando sale de entre los biombos, a varios metros de mí; se lleva los dedos a la boca y se provoca el vómito para echar sobre la arena lo que acaba de beberse.

Su mirada gatuna se encuentra con la mía cuando se limpia la boca, como si quisiera comprobar si yo soy la próxima en caer.

Cuando los nobles empiezan a abuchearla, Saraid se encoge de hombros y se gira hacia el público:

—Según las reglas, teníamos que bebernos la copa entera, pero no se especificaba que no pudiéramos vomitarla luego.

Joder, pues sí que es lista. Ya se me podría haber ocurrido a mí…

Si hubiera sido así, ahora mismo no estaría ardiendo por dentro.

Siento como si alguien hubiera encendido una cerilla y me la estuviera pasando por todos y cada uno de los poros de mi piel.

Lucho con todas mis fuerzas por permanecer de pie y en silencio, cuando lo que me gustaría es poder gritar hasta librarme de las llamas que me abrasan todos los huesos del cuerpo.

El príncipe no aparta los ojos de mí en ningún momento y, en mitad de su mirada fría, veo algo que… No, no puede ser miedo.

La Reina Suprema se pone de pie.

Sus labios se mueven, pero no logro escuchar lo que dice.

Noto unas vibraciones en el aire justo cuando veo movimientos rápidos y bruscos entre la multitud, pero no oigo aplausos ni ningún otro sonido, a pesar de que distingo sus manos moviéndose y alzándose.

Los golpes distantes y rítmicos de los tambores se propagan por la tierra, como si fuera un latido que va cada vez más y más rápido.

Pero no son los tambores, sino mi corazón .

Las cuatro hijas de nobles se apartan de la mesa y se dirigen hacia el público que espera en las tribunas.

Pero yo no puedo moverme. Tengo los músculos paralizados.

No.

El hielo apenas se había derretido.

De pronto, unas manos suaves me agarran y aprietan con fuerza las llamas que ahora tengo por manos.

El dolor me abrasa al sentir su tacto y siento como si la piel se me convirtiera en ceniza cuando sus manos me sujetan.

Entonces, una repentina oleada de agonía me sacude con tanta fuerza que el grito ahogado que se niega a salir de mi garganta se propaga por cada hueso, músculo y nervio de mi cuerpo.

Por algún motivo que desconozco, aún puedo controlar los ojos, que se mueven a un ritmo frenético. Intento destensar la mandíbula y que mi lengua se abra paso entre mis traicioneros labios para decir una única palabra que les permita ayudarme.

«Creatlach». No puede ser tan difícil.

Pero me resulta del todo imposible.

Los granos de arena me arañan las mejillas, pero ¿por qué? No me he caído ni siento que me haya desmayado. El pecho se me agita con violencia y el dolor me inunda todas las terminaciones nerviosas.

Sigo sin poder moverme ni hablar.

Las nubes que se alzan sobre mí se desplazan en el cielo y tapan el sol. Entonces, las sombras me engullen, pero alcanzo a distinguir unos pozos del color zafiro más oscuro que he visto en mi vida y que, poco a poco, se van fundiendo con la negrura que me nubla la visión.

Y me ahogo en ellos.