VEINTE #2
Se le vencen las rodillas y se desploma contra el suelo.
Las piernas y los brazos se le contraen conforme la sangre tiñe de rojo la espuma que asoma entre sus labios.
Todo su cuerpo se sacude con violencia y, a pesar de retorcerse en el suelo, del todo indefensa, nadie dice ni una palabra.
Ni siquiera cuando exhala su último aliento.
Y tampoco cuando la vida abandona sus ojos.
Oona es la que rompe el silencio que se propaga por todo el campo de torneo cuando hace un sonido de desprecio que solo oímos las que estamos junto a la mesa.
—No me creo lista. Lo soy.
Nadie se acerca a la arena para llevarse el cuerpo de Neve. Su cadáver grisáceo se queda ahí tendido, a escasos metros de mí. Y tampoco veo nadie en las tribunas que esté lamentando su muerte, así que, si su familia está aquí, ha decidido permanecer en silencio.
Y, aunque hay algo en mi interior que me grita que no lo haga, clavo la vista en el estrado.
En él .
El príncipe Cashel está tan quieto como una estatua bañada por el resplandor plateado del hielo que brilla como diamantes bajo los difusos rayos de sol.
La túnica azul oscuro se adhiere a sus hombros, firmes y tensos, y sigue con la mano llena de anillos apoyada en la empuñadura de su espada.
Y, mientras todos los presentes observan el cuerpo inerte de Neve, él no me quita los ojos de encima.
Entonces, el príncipe pasea la mirada despacio por las copas dispuestas ante mí y, después, se detiene en el llamativo cuenco con hielo que hay en la mesa que tiene delante; es como si estuviera intentando decirme algo. Y se lleva la copa que tiene en la mano a los labios, pero no llega a beber.
Los cristales de la copa están empañados, pero el hielo de dentro apenas se ha derretido.
Rozo con los dedos los bordes de las copas cuyo contenido aún no he logrado identificar. Una es de un vino rojo claro que desprende un aroma ácido. La otra alberga un líquido transparente con un único cubito de hielo flotando en medio.
A simple vista, no distingo signos de veneno en ninguna, así que me acerco un poco más.
Tampoco huelo nada extraño, como el olor amargo a almendras o rancio que suele flotar en el aire que envuelve el puesto de Keeva.
Paso un dedo por el borde de la copa de vino para comprobar si hay algún polvo o sustancia viscosa antes de agitarla y percatarme de algo diminuto que hay en el fondo, algo que parece hoja de mandrágora, un potente alucinógeno.
Decido agarrar entonces la copa con el hielo.
Ahí está.
Alcanzo a ver algo viscoso y casi resbaladizo que recubre la superficie alrededor del cubito de hielo, pero no identifico lo que es. Al agitar la copa, el hielo parece derretirse un poco y de él salen una especie de tentáculos finos de humo.
Las palabras de la Reina Suprema resuenan en mi cabeza.
«Algunas tienen más que otras, pero ningún veneno es completamente inocuo».
De pronto, me doy cuenta de lo que está pasando y clavo la mirada en el príncipe Cashel.
Su mirada se oscurece y mira hacia abajo para, al segundo, volver a mirarme a mí. Podría ser casualidad, pero también podría estar asintiendo con toda la sutileza del mundo.
Entierro en lo más profundo de mi ser el miedo que amenaza con poseerme y me decido por la copa con el líquido transparente.
Si estoy en lo cierto y el vino ácido está alterado con hoja de mandrágora, sería demasiado arriesgado sufrir sus efectos alucinógenos en mitad de una prueba que podría convertirse en una lucha a muerte en un abrir y cerrar de ojos.
No puedo defenderme si empiezo a tener alucinaciones o pierdo la noción del espacio y el tiempo.
No me quedan más opciones, así que espero que no sea demasiado tarde.
El frío del hielo empaña la copa. Le rezo para mis adentros a las Primigenias, e incluso a la Mártir, y les doy gracias por el aire glacial que nos envuelve.
Solo le he rezado un par de veces desde que ejecutaron a mi madre, pero ahora mismo no me importa lo más mínimo.
La cuestión es sobrevivir, y le daré las gracias o le rezaré a quien haga falta si eso puede ayudarme de alguna forma a seguir con vida.
Si hiciera tanto calor como debería a estas alturas del año, el hielo se habría derretido por completo y habría liberado hasta la última gota de veneno contenida en el cubito de hielo, si es que mis sospechas son acertadas.
Cuanto más tarde en beberme lo que se está derritiendo en la copa, más sufriré al ingerirlo y más me arriesgaré a que la dosis sea lo bastante fuerte como para matarme.
Ya han caído la mitad de los granos de arena que hay en el reloj que descansa junto a la Reina Suprema.
Me llevo la copa a los labios y cierro los ojos. Se me viene a la cabeza el rostro de Finn y un atisbo de preocupación que tiñe sus rasgos familiares. Por todas las Primigenias… Cuánto la echo de menos.
Noto una punzada de determinación en el pecho.
Voy a volver a casa con ella.
«Sobrevive». La voz áspera de Lobo me empuja a armarme de valor al recordar el frío roce de su mirada sombría clavada en mí.
Entonces, me bebo el contenido de la copa de golpe.
Un líquido viscoso y frío se desliza por mi garganta.
Trago solo una vez. No percibo sabor ni olor alguno.
Y tampoco noto nada salvo la sustancia resbaladiza que flotaba sobre el cubito de hielo.
Eso es justo lo que hace que las lágrimas se me agolpen en los ojos.
Solo hay un veneno del que Keeva me ha hablado con tono de preocupación, uno al que se refiere como «el veneno de los envenenadores».
El creatlach.