Una tentación de susurros y lobos VEINTE
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VEINTE

N o me sorprende en absoluto que sea una prueba de venenos .

Una prueba falaz.

Mortal.

Al igual que la mentira en la que, al parecer, están implicados todos los nobles de la isla. Y los Susurradores…

Odio el sabor de la traición. Es amarga y mordaz, como el ácido, pero a estas alturas ya estoy más que familiarizada con ella. Me hierve la sangre al pensar en los ojos verdes de Lobo y lo único que desearía ahora mismo es poder hundirle el pecho a puñetazos y gritar hasta quedarme sin voz.

O hasta que él no pueda más.

¿Cómo han podido ocultarnos todo esto los Susurradores? Nos merecemos saber la verdad. Nos merecemos ser conscientes de que aún hay una causa por la que merece la pena luchar.

Que podemos albergar la esperanza de recuperar nuestro hogar. Una esperanza viva y salvaje.

Estoy segura de que los Susurradores no solo están luchando por usar la magia que los magos estarán consiguiendo traer de otras partes, sino también por proteger la magia que queda en los Siete Pozos.

Una magia que nos pertenece a todos y cada uno de nosotros.

Cierro los ojos y echo la cabeza hacia atrás para observar el cielo. Ni siquiera mis jadeos constantes logran apaciguar la conmoción que retumba en mi fuero interno y me cala hasta los huesos.

No creo que las palabras que me dijo Lobo en el templo fueran pura coincidencia, ¿no?

Vuelvo a mirar al frente.

Los ojos zafiros del príncipe siguen clavados en mí y noto un escalofrío que me recorre de arriba abajo.

El rostro del príncipe permanece inexpresivo e impasible tras escuchar las palabras de su madrastra.

Sin embargo, él es el único que no está aplaudiendo tras su cruel discurso sobre la prohibición de la magia.

Me agarro con tanta fuerza al filo de la mesa que hundo las uñas en la madera, pero no me doy cuenta hasta que un dolor agudo amortigua la perplejidad por lo que acabo de descubrir.

Por todas las Primigenias… Esto lo cambia todo .

Suelto un suspiro entrecortado cuando los labios rojo carmesí de la Reina Suprema se curvan hacia arriba y nos observa desde el estrado.

—Ante vosotras tenéis un reto tan desafiante y letal como la amenaza que supone la magia para nuestra isla.

Cada copa contiene un veneno distinto. Algunas tienen más que otras, pero ningún veneno es completamente inocuo.

Escoged una y bebéosla hasta que vaciéis la copa.

Si elegís bien, viviréis. Pero, si os equivocáis…

Ni siquiera se molesta en terminar la frase.

El estruendo de los gritos de los nobles me saca de mis pensamientos y me trae de vuelta al campo de torneo.

Entonces, observo con detenimiento la mesa sobre la que descansan media docena de copas.

Los biombos me separan de las hijas de nobles y me impiden ver lo que hacen, y lo mismo sucede entre ellas.

La rabia encarnecida que me corre por las venas es tan peligrosa como cualquiera de los venenos que tengo delante, y me obligo a controlarla porque necesito pensar . Ahora mismo, lo único que puede salvarme es mi propio ingenio.

La mirada glacial de la Reina Suprema me atraviesa y sus labios dibujan una mueca de desprecio.

—Tenéis cinco minutos para elegir una copa y bebérosla hasta que no quede ni una gota —exclama antes de darle la vuelta a un pesado reloj de arena que hay sobre la barandilla. En menos de un segundo, los granos de arena empiezan a caer y añade—: Comenzad.

Noto las perlas de sudor empapándome el labio.

Me las limpio y trato de concentrarme lo máximo posible en las copas que tengo ante mí.

Keeva habría sabido qué hacer, aunque el mero hecho de pensar en ella y en Finn me deja el corazón hecho añicos. ¿Será consciente alguna de ellas de que sigue quedando magia en Eireann?

Un dolor agudo me atraviesa el pecho.

¿Cómo es posible que alguien se guarde un secreto tan importante durante años ?

Por no hablar del hecho de que la Reina Suprema lo haya reconocido delante, no solo de los nobles eireicianos, sino también de los leoneses.

Por todas las Primigenias… Debe de estar tan segura de que ostenta el control de todo lo que ocurre en nuestra isla que ya ni se molesta en ocultarles la verdad a los nobles que vienen de fuera ni a los diplomáticos.

¿También querrá la reina que sepan que ella es la que tiene el poder de drenar la poca magia que queda y que nadie va a detenerla?

Pero…

Solo tengo cinco minutos.

Ninguna de las preguntas que se arremolinan en mi cabeza me van a servir para decidir qué veneno tomarme. En este momento, tengo que desprenderme de todo lo que no tenga delante de mis narices. No me va a funcionar eternamente, pero tampoco me importa. Necesito que me funcione ahora.

He pasado muchísimas horas en el puesto de Keeva, ¿se me habrá pegado algo de ella?

Me enseñó a separar y distinguir polvos y hojas, y se aseguró de que aprendiera bien cuáles podían dejarte paralizada, ciega o loca de remate.

Y nadie se va a librar de sus efectos si se administran en la dosis correcta, ni los campesinos ni los nobles ni los reyes.

Me centro en las seis copas.

Cinco de ellas están llenas de distintos líquidos.

Hay una taza de gres de color arena con una especie de té caliente y ambarino que desprende un fuerte aroma a miel.

Keeva me dijo una vez que el intenso dulzor de la miel sirve para ocultar prácticamente cualquier veneno, de modo que repaso de cabeza los posibles venenos que puede contener la copa.

Entre las notas dulces, distingo un olor rancio, parecido al de la orina, un veneno muy fácil tanto de reconocer como de conseguir.

Es cicuta, una hierba mortal que te corta la respiración en cuestión de segundos, literalmente.

Así que… mejor descarto ese.

Después me fijo en una copa con tallo y forma de rosa que está llena hasta el borde de un vino oscuro, casi morado. Me lo acerco a la nariz, dejo que su aroma me inunde las fosas nasales y… frunzo el ceño.

El olor que desprende no tiene nada de preocupante, porque es una sencilla mezcla de tierra y bayas frescas. Sin embargo, al agitar la copa y darle vueltas, el vino casi se me derrama, pero consigo ver algo en el fondo. Ahí está.

Es una arenilla tan fina que podría confundirse fácilmente con los posos propios del proceso de elaboración del vino.

Lo reconozco al instante gracias a las horas y horas que he pasado ayudando a Keeva a moler cortezas de árboles.

Es extracto de tejo, otro veneno letal cuando se recolecta durante el invierno y que se obtiene moliendo sus hojas perennes, que son finas como agujas.

Un veneno que actúa poco a poco, pero que acaba provocando dolor de estómago, diarrea y convulsiones previas a la muerte.

No, gracias.

La mano con la que sujeto la copa me tiembla cuando la suelto.

Todos los presentes nos observan entre murmullos, pero decido ignorarlos y pasar a la siguiente copa.

Es pequeña y de porcelana, más o menos del tamaño de mi pulgar, pero lo bastante grande para albergar una pizca de algo que huele a uisce beatha , la famosa bebida espirituosa conocida como «agua de vida» que se destila en las colinas del interior de la isla.

Entonces, vuelvo a repasar todas las lecciones que me dio Keeva.

Cuanto más fuerte sea el sabor de lo que se envenena, más puede encubrir la persona que elabore el veneno.

Puede que no recuerde los nombres de todas las flores y hierbas que le he ayudado a tratar, pero sí lo bastante como para que me sirva de ayuda.

—Es muy pequeño —murmura una de las hijas de nobles a mi izquierda. ¿Aisling? ¿Neve? Ni idea—. No creo que haya mucho veneno en una copa tan pequeña, ¿no? Será menos arriesgado.

—Eso no lo sabes. —Reconozco de quién es la voz que le responde: Oona.

Al parecer, no hay ninguna regla que nos prohíba hablar entre nosotras durante la prueba, aunque no creo que ninguna de ellas tenga intención de hablar conmigo.

—¿Y tú qué sabes? —contesta la primera voz que escuché en tono cortante. Ahora no me cabe la menor duda de que es Neve—. Siempre te crees más lista que el resto.

Oigo el leve tintineo de unos anillos rozando la delicada porcelana y, después, a alguien que traga con fuerza.

Cierro los ojos cuando el corazón empieza a retumbarme en los oídos y, de pronto, escucho un grito ahogado colectivo entre la multitud.

Las maderas de las tribunas crujen, como si cientos de personas se hubieran inclinado hacia delante a la vez. Por un momento, el tiempo parece detenerse y se acumula tanta tensión en el ambiente que podría cortarla con uno de mis puñales.

Cada segundo que pasa se me hace eterno.

Por todas la Primigenias… Solo tenemos cinco minutos. Tengo que elegir una copa, pero…

La hija de nobles que hay a mi izquierda empieza a toser.

Un silencio ensordecedor se extiende entre los presentes y la chica vuelve a toser, pero sus jadeos se van intensificando cada vez más hasta que empieza a ahogarse.

— No… —La voz se le quiebra al suplicar y veo que la sombra que proyecta en el biombo de mi izquierda cambia. Es la que tengo más cerca de todas las que estamos alineadas delante de la larga mesa.

De pronto, le empiezan a dar espasmos y se tambalea hacia atrás hasta que ya no la tapa el biombo. Mis sospechas eran ciertas; es Neve, que se lleva una mano a la garganta cuando la sangre tiñe sus radiantes dientes blancos.

El pecho de la chica sube y baja sin parar, como si algo la estuviera sacudiendo y estrangulando desde dentro. Entonces, la diminuta taza de porcelana cae sobre la arena que hay a sus pies.

Mira hacia la multitud y, después, hacia el estrado, donde está la Reina Suprema.

— Ayuda… —murmura Neve mientras se atraganta tras suplicar una última vez.

Pero nadie mueve ni un solo dedo para acercarse y ayudarla.