DIECINUEVE #2
Casi salgo volando cada vez que reboto por el trote de la yegua mientras sigo al caballo capón de color negro que ha robado Garra.
Bajamos por el sinuoso camino que va desde el castillo hasta la parte más alejada del recinto amurallado y atravesamos los jardines.
Después, aceleramos el paso para ir al ritmo del carruaje y avanzamos hasta donde los terrenos del castillo que desembocan en las colinas que se elevan desde los acantilados marinos y se extienden tras la ciudad, como si fuera una columna vertebral.
Casi escucho la voz de Garra diciendo: «No lo he robado, me lo han prestado».
El carruaje emerge en mitad de la penumbra tras una curva que hay en el camino y resoplo con fuerza al tratar de mantener el equilibrio sobre el lomo de la yegua, que cada vez marcha más rápido.
Madre. Mía.
El campo de torneo tiene las mismas dimensiones que el mercado del Paseo del Muelle y está repleto de tribunas con pabellones adornados por telas de lino teñidas que ondean al viento; son tan finas que unos rayos diáfanos se filtran por ellas.
Cada tribuna está atestada de personas que se asoman por los salientes cuando nuestros caballos llegan al lugar de la prueba.
Escucho el inesperado ruido de las monedas y las apuestas justo cuando Garra se baja de su caballo y, al segundo, se acerca a mí y me ofrece una mano para ayudarme a bajarme de la yegua.
Entonces, cientos de miradas frías y penetrantes se posan en mí.
Hay nobles procedentes de distintas partes de la isla, como era de esperar, e incluso algunos leoneses, que lucen elegantes pinceladas y remolinos de tinta oscura brillante en los brazos.
Los leoneses vienen de las tierras que hay más allá de la frontera sur de Cymrea.
De hecho, casi todo el café que tomamos viene de la República León, y las especias también.
Apenas han conseguido extraer un cubo de los hermosos cristales de azurita que hay en las minas al oeste de Eireann desde que los Siete Pozos se secaron y, mientras que la República León se niega a negociar con sus piedras preciosas, algunos dicen que las Islas Málmar están a rebosar de ellas.
Distingo dos pares de ojos negros como obsidianas que se abren de par en par al verme; un par de enviados leoneses con pantalones brocados y capas suntuosas de color rojo y dorado.
La mujer leonesa lleva una diadema de oro en la cabeza y es bastante alta; en cambio, el hombre que hay a su lado es bajito y fornido.
Garra señala al hombre con sutileza y la oscura mirada de la mujer salta del príncipe a mí, y viceversa.
De pronto, noto un cosquilleo en la piel y una sensación de lo más peculiar, como si unos dedos tamborilearan en mi mente, y hace que se me erice toda la piel de los brazos. Esos tatuajes… parecen remolinos de magia que tuvieran dibujados sobre la piel. ¿Es posible?
Garra me rodea la muñeca y murmura:
—Deja que te miren. Y no muestres tu miedo.
El aire frío que me llena los pulmones hace que se me bajen las pulsaciones, pero percibo una preocupación latente en lo más profundo de mi corazón. En un tono tan bajo que solo Garra puede oírme, le pregunto:
—¿Son magos?
El público se agolpa en las tribunas y veo filas y filas de nobles, todos bebiendo y riéndose, y los leoneses son los únicos que tienen los ojos clavados en mí, y en Garra.
Le guardia observa con atención a nuestro alrededor.
—No de la forma en la que entendemos esa palabra —responde—. Aquí, la magia no funcionaba tal y como la usan ellos. De hecho, en la República León, los magos no son los únicos que aprenden a manejarla.
—¿ Cualquiera puede?
El mero concepto me resulta tan complejo que no logro entenderlo del todo.
Siempre que he fantaseado con la idea de recuperar la magia de Eireann, he pensado que sería a través de los magos.
Un sistema para comprársela a los que se han pasado años, o décadas, estudiándola para convertirse en verdaderos expertos en sus distintos usos.
Al menos así ha sido siempre aquí y es lo que contaban todas y cada una de las historias que he escuchado.
Y jamás se me había pasado por la cabeza que pudiera ser de otra forma.
Nunca se me habría ocurrido que personas como yo pudiéramos usar la magia sin necesidad de que nos la vendiera un mago.
—Dirigen escuelas en las que les enseñan a los ciudadanos a sumar y a escribir, pero también a usar la magia. Pero no magia para combatir, sino para pequeñas tareas del día a día. Magia para curar, para rellenar un cuenco con judías o para reducir la fiebre.
Noto el corazón retumbando en mis oídos y la emoción corriéndome por las venas.
—¿Cómo?
—Ellos constituyen la monarquía, sí, pero el poder reside en el pueblo.
Los consejos que eligen son los que toman las decisiones importantes, y así se aseguran de que todas las personas tengan la posibilidad de ascender si deciden tomar ese camino.
Se podría decir que el poder de la monarquía se limita a lo ceremonial, a menos que necesiten vetar a un consejo que intente hacer algo que atente contra la constitución de su reino.
Es como un último recurso para controlar a cualquier persona que intente abusar de su poder en los consejos electos.
Por todas las Primigenias… Todo lo que Garra me acaba de contar me parece completamente imposible. Que los gobernantes de un reino decidan compartir su poder por voluntad propia y que los magos no tengan por qué ser los únicos que controlen la magia.
¿Funcionaría eso aquí, en Eireann?
Dos guardias de la Garda se colocan justo detrás de mí.
Garra los mira con recelo, pero deja que me guíen hasta el centro del campo, donde hay una larga mesa de madera que se extiende justo delante de las tribunas y del público que las ocupa.
Garra mueve los labios un segundo, como si quisiera decir algo, pero se lo hubiera pensado mejor.
Creo que, a estas alturas, no hay mucho más que decir.
«Intenta no morir» no sería demasiado revelador, la verdad.
Veo un destello dorado en uno de los bordes del campo de torneo y lo sigo con la mirada por todas las filas de tribunas de los pabellones, hasta que me encuentro con la Reina Suprema recostada en un diván.
El príncipe está de pie justo detrás del trono vacío de su padre.
Su cuerpo está rígido, pero no para de cambiar el peso de un pie a otro, como si estuviera deseando sentarse de una vez.
Toquetea con dedos nerviosos el respaldar del trono.
Desde aquí, sus ojos parecen casi negros, aunque sé que son azules como zafiros.
Entonces, su mirada se encuentra con la mía y me observa con detenimiento.
En comparación con las hijas de nobles, no brillo ni destaco, al menos para bien.
No llevo las muñecas ni el cuello colmado de joyas relucientes, y tampoco llevo ninguna prenda elegante de terciopelo que me proteja de la brisa casi glacial.
Noto que el frío me enrojece las mejillas y una repentina ráfaga de aire me suelta de la trenza unos mechones que me caen sobre los hombros.
Y, además, la tela de la túnica que llevo bajo la sencilla capa negra es tan fina que el viento gélido me hace tiritar.
No hay nada en mí que pueda llamar la atención de un príncipe, independientemente de a quién le recuerde.
Y solo las Primigenias saben que lo último que quiero es que él me distraiga a mí.
Aparto la mirada y coloco las manos en el filo de la mesa de madera. Ninguna de las hijas de nobles se molesta en mirarme, salvo Saraid, que me observa desde unos metros de distancia como si sintiera algo más que curiosidad.
Como si hubiera oído hablar de mí y estuviera evaluándome.
El corazón me empieza a latir más rápido. Miro hacia otro lado y mis ojos vuelven a encontrarse con los del príncipe, como si los atrajera un imán.
Él me sigue contemplando de tal forma que parece que no hubiera apartado la mirada de mí en ningún momento; al mismo tiempo, desliza los dedos por el filo de una copa alta y transparente.
En la mesa que tiene delante, veo un pequeño montículo de hielo en un cuenco de cristal.
Si no fuera por este maldito frío y por la niebla que se cierne sobre nosotros, el hielo se derretiría.
Al verlo, se me hace la boca agua. En el Paseo del Muelle, jamás podríamos permitirnos comprar hielo, a no ser que nos pongamos a raspar los carámbanos que se forman en nuestras casas cuando nieva, y eso que estamos a mitad de verano.
Su mirada se vuelve sombría y se posa en el hielo. De pronto, frunce el ceño con tanta rapidez que, por un momento, creo que me lo he imaginado.
Los bodhráin van marcando un ritmo cada vez más acelerado hasta que hay tanta tensión en el ambiente que podría cortarse con una espada. La Reina Suprema es la que toma las riendas al levantarse del diván y ponerse de pie al borde de la tribuna en la que se encuentra.
Los leoneses le regalan un aplauso cortés mientras escudriñan la multitud con suspicacia y hostilidad. Es entonces cuando me llega el murmullo de los cuchicheos.
¿Dónde está el rey?
—Os damos la bienvenida a la Prueba de Sabiduría —exclama la Reina Suprema con su voz cantarina.