Una tentación de susurros y lobos DIECINUEVE
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DIECINUEVE

L a mañana de la Prueba de Sabiduría me despierto con la extraña sensación de que puede que estas sean mis últimas horas de vida.

Las densas nubes tapan el sol, por lo que el cielo emite un resplandor apagado y sutil. Me visto a toda prisa y engullo el desayuno que me ha traído la sirvienta. Mi sorpresa fue que, junto a los huevos y al pan de soda, oculto en la servilleta de tela, venía otro puñal.

La hoja de acero azul tiene los mismos remolinos que la de los otros puñales que me dio Lobo, la mejor falsificación de acero málmar que he visto en mi vida.

El puñal venía atado junto a otra vara pequeña. Con dedos temblorosos, acaricio la superficie e interpreto de cabeza las formas rúnicas que tiene talladas. Es una única palabra y las figuras que representan cada letra parten del eje vertical que hay en el centro de la vara.

«Sobrevive».

Si Lobo no fuera insoportable, esto podría parecer un gesto… amable por su parte. Pero ya lo conozco mejor de lo que él se cree, así que arrojo la vara a la chimenea.

Lo cierto es que nunca se tienen suficientes puñales.

Me los voy amarrando por todo el cuerpo: tres puñales largos, guardados en las vainas que me cubren la cintura y las piernas, y otro más pequeño, el que me dio Garra, en el guantelete que llevo en el antebrazo izquierdo.

Me detengo unos segundos a calentarme las manos con el fuego de la chimenea antes de dirigirme a la puerta.

El calor me libera de la rigidez persistente que se ha propagado por mis articulaciones durante toda la noche. Así, si tengo que luchar, al menos estaré ágil.

Garra me espera en la puerta de la habitación y Aoife está a su lado. Comparten la misma expresión de preocupación.

Levanto una ceja y exclamo:

—Buenos días. —Al notar la tensión que flota en el espacio que hay entre la chica y le guardia, se me encoge el estómago—. ¿Se han meado en vuestros cafés esta mañana o qué?

—Esto es para ti —espeta Garra, señalando con la cabeza la cesta que hay a los pies de Aoife.

Está tapada con una pesada tela de lino, justo como prepararían las sirvientas una cesta con pan o fruta. Sin embargo, por la forma en la que Garra aprieta la mandíbula, como si se estuviera conteniendo, dudo que sea algo tan predecible. Quito la tela y me encuentro con…

Ratas.

Docenas de ratas. Grandes, grises y repulsivas.

Y a todas les han quitado la cabeza con un corte limpio.

El estómago se me revuelve con violencia cuando el olor a almizcle y pellejo me inunda las fosas nasales. Apoyo una mano en la pared y trato de contener las ganas de vomitar el desayuno.

Garra me observa con detenimiento, como si supiera que hay algo que no le he contado.

—La dejó aquí una sirvienta justo cuando se marchó la chica que te trajo el desayuno —explica le guardia.

—¿Es una amenaza? —digo entre dientes. El hedor a animal muerto es nauseabundo .

—Seguramente —responde Aoife—. Yo apostaría por Oona. —Sus ojos se clavan en los míos y añade—: Créeme, se le da genial hacer que los demás pierdan la cabeza.

Pues no pienso permitirle que haga eso con la mía.

—Tíralas por el retrete —le digo a Garra—. O, mejor aún, que alguien las tire en el vestíbulo principal, que apestan.

Yo ahora tengo que irme.

Veo un atisbo de orgullo en los ojos de Garra al asentir con la cabeza.

—Lo haré antes de que vuelvas. —Me sostiene la mirada y murmura—: Porque vas a volver.

No creo que sea miedo lo que me sube por la columna; me niego a que lo sea.

Mucho menos cuando la persona que me ha enviado esto anda por ahí, esperándome.

—Por favor, ve tú delante.

Hay guardias de la Garda alineados por los pasillos principales.

Todos llevan sus uniformes de color negro y carmesí impolutos, sin arruga alguna, y no tienen ni una sola gota de sangre o roña en las botas ni en las espadas.

Los estandartes que hay colgados de las gruesas vigas de los techos arqueados de piedra se balancean sin parar y, ahora, las puertas que atravesé hace semanas cuando salí corriendo al jardín están abiertas de par en par.

Fuera, el brillo y el resplandor de los atuendos de los nobles casi me deja ciega.

Hay cientos de ellos rodeando los terrenos del castillo, vestidos con telas de seda de los colores del arcoíris, capas de piel y gemas brillantes.

Hay rubíes y ónices por todas partes reflejando los brumosos rayos de sol.

Es como si de verdad creyeran que su lealtad va a protegerlos de cualquier mal.

No veo nada que me dé una pista de cómo será la Prueba de Sabiduría.

No hay ninguna carrera de obstáculos, campos de batalla ni plataformas o estrados sobre las ruinas de lo que era el jardín de los rosales.

Solo hay un sendero despejado y vacío que serpentea por la parte trasera del castillo y conduce a un patio de establos que apesta a tierra y animales.

Los débiles haces de luz que se cuelan entre las nubes iluminan el patio, a los nobles y a las docenas de caballos con campanas que tintinean en sus arneses.

Los mozos de cuadra y los ayudantes se mueven entre los nobles que se suben a las sillas de montar.

Los latidos de mi corazón se aceleran cuando me percato de que hay un único carruaje en el patio con un revestimiento de nácar que refleja el tenue fulgor de la mañana. Entonces, observo a las cinco hijas de nobles que están esperando delante de las puertas pulidas del carruaje.

Oona, Aisling, Neve, Eavan y Saraid, la chica que se dedicó a arrojar monedas a su paso por el Paseo del Muelle y la única que no estuvo entrenando ayer con las demás. Su mirada gatuna es fría y penetrante, y me recuerda a la expresión de Lobo cuando levanta sus escudos.

La sexta y la más joven de todas nosotras, Caitria, ya está muerta.

El rocío matutino se adhiere a la fría piedra por el manto de niebla que ha asolado las inmediaciones del castillo durante la noche.

De pronto, noto una descarga de adrenalina que me recorre las venas.

«Sobrevive».

En mi cabeza, escucho el rasguño áspero de la voz de Lobo al pronunciar esa única palabra.

Lo único que tengo que hacer es sobrevivir al trayecto con las cinco hijas de nobles que ya han dejado claro que quieren matarme. Y, a juzgar por las miradas asesinas que me lanzan, lo más probable es que lo hagan de la forma más lenta y dolorosa posible.

Maravilloso.

Garra aprieta la mandíbula cuando las chicas empiezan a montarse en el carruaje, pero Aoife se queda atrás y nos observa desde uno de los laterales del castillo. Entonces, le guardia se acerca a mí y dice en voz baja:

—No puedo acompañarte, pero llévate esto.

Acerca la mano al lateral de mi túnica, justo donde hay un bolsillo profundo escondido debajo de la tela.

No me atrevo a sacar aquí, delante de todo el mundo, lo que me ha guardado en la túnica, pero, por lo que pesa, parece una nuez o algún tipo de baya seca.

—¿Qué es?

—Protección. Me hubiera gustado dártelo antes, por si acaso alguien te atrapa y no llego a tiempo. Aún no estás capacitada para resistir la tortura a la que te someterá la Dama de las Sombras si decide ir a por ti. Y te puedo asegurar que lo hará si te captura.

Se me hiela la sangre.

—¿ Tort… ?

Garra me lanza una mirada de advertencia, así que decido callarme y, después, observo a la última chica montarse en el carruaje.

Es mi turno.

Doy un paso hacia delante y me apoyo en la puerta para mantener el equilibrio.

Justo en ese instante, unas manos ágiles me cierran la puerta en la cara y pego un salto hacia atrás. Ha faltado nada para que me pillen los dedos.

—¿A ti qué coño te pasa? —le grito.

—Menuda boquita… Y encima se creerá que podrá convertirse en la Reina Suprema —espeta la hija de nobles que hay en la ventana, Neve.

Ella fue la que me arrojó el puñal a la cabeza hace unos días, cuando estábamos en el pasillo esperando para cenar.

Sus labios dibujan una mueca de desprecio cuando dice—: La rata del Paseo del Muelle.

Una rabia repentina me incendia las venas.

Oona de Dunluce, que está sentada al lado de Neve, ni se molesta en ocultar su sonrisa y se asoma por la ventana para mirarme.

—¿Te ha gustado el regalito que te hemos dejado esta mañana?

Aoife tenía razón.

Levanto la barbilla y las fulmino con la mirada mientras me imagino atravesándolas a todas con los puñales que llevo escondidos.

Ya falta poco.

Oona da un golpe con los nudillos desde dentro del carruaje y el mozo de cuadra que va delante azota con el látigo a los caballos.

Por un momento, mis ojos se encuentran con los de otra de las chicas que va dentro y me parece distinguir un atisbo de remordimiento en su mirada gatuna antes de reparar en los topacios que adornan su cuello y orejas; es Saraid.

Sin embargo, ese arrepentimiento desaparece tan rápido que hasta dudo de haberlo visto, y su melena dorada desaparece de mi vista cuando los caballos tiran del carruaje.

Conforme se aleja, escucho las risas que se escapan del interior.

Garra maldice en voz alta y mira a Aoife de mala gana, que sigue de pie en uno de los laterales del patio.

—¿Sabes a dónde van?

—Al antiguo campo de torneo. Está al otro lado de…

—Ya, ya, sé dónde está.

Garra le lanza una moneda a un mozo que conduce a una yegua gris hacia las sirvientas que van siguiendo el carruaje. El chico la agarra al vuelo y le tiende las riendas de la yegua a le guardia.

Se gira hacia mí y me pregunta:

—Sabes montar, ¿no?

El orgullo y la cabezonería responden por mí; aun sigo cabreada porque me hayan cerrado la puerta en toda la cara.

—No creo que sea tan difícil.

Pero resulta ser mucho más difícil de lo que parece.