DIECIOCHO
S é dónde entrenan las hijas de nobles.
No debería, pero Aoife me lo ha dicho.
Todavía siento el malestar de lo irritada que salí del templo. Y, aunque sé que tendría que quedarme en mi habitación y no exponerme a ningún peligro antes de la Prueba de Sabiduría, que es mañana, tengo los músculos cargados de la tensión acumulada.
Necesito salir de aquí.
Necesito ver con mis propios ojos a qué me enfrento.
El sendero del que Aoife me habló serpentea por detrás del jardín de los rosales, si es que se le puede seguir llamando así.
El príncipe no mintió; han arrancado todos y cada uno de los rosales de raíz, aunque sigue habiendo algunos pétalos blancos y arrugados ensuciándose de tierra sobre la hierba húmeda por la niebla.
O quiere lanzar un mensaje, o está tan demente como su padre.
El problema es que no logro descifrarlo. No sé qué me quiere decir con esto.
La luz dorada de los finos rayos de sol atraviesa la bruma y reflejan el brillo metálico de las armas con las que las hijas de nobles combaten en el campo de entrenamiento.
Decido observarlas desde la distancia primero, de modo que me escondo tras un gran montículo de vides destrozadas.
La hierba amortigua mis pasos cuando me acerco.
Las hijas de nobles que me encuentro empuñan sus armas de acero con gracia y fuerza, y no puedo evitar que algo se encoja en mi pecho al verlas.
Todas llevan trajes de cuero de entrenamiento con distintas aperturas que forman complejos patrones para que sus cuerpos transpiren, además del detalle de una flor y un animal que imagino que representará a sus familias.
Oona, la del pelo oscuro, practica en combate contra Aisling, la hija de la Serpiente Marina, procedente del este de la península. Ella fue la que volteó por encima de su cabeza a un hombre que duplicaba su tamaño en la Prueba de Astucia; la misma que intentó envenenarme en la cena hace unos días.
Noto un amargor que me baja por la garganta, pero me obligo a ignorarlo y analizar la técnica de la chica, a observar el movimiento de sus músculos y cada sutil cambio en su juego de pies.
Cada golpe que asesta Oona es un ataque con todas las de la ley. Es elegancia pura, pero, al mismo tiempo, desprende poder. Ni siquiera Finn se mueve así.
¿Debería seguir teniendo la esperanza de derrotarla en un combate cuerpo a cuerpo?
Aisling se tambalea y Oona aprovecha la oportunidad.
Baja la espada con furia hacia la garganta de la otra chica y se detiene a menos de un centímetro de su piel. Como si no fueran a matarse entre ellas de verdad tarde o temprano…
Pero, al parecer, tienen la dignidad de no excederse entre ellas fuera de las pruebas, al menos por ahora. Sin embargo, si me encontraran sola en algún momento, sé que ninguna se lo pensaría ni un segundo.
Me pongo a contarlas de cabeza. Oona, por supuesto. Aisling. Neve es la que confeccionó una corona con rosas blancas, aunque después me arrojó un puñal a la cabeza.
Y Eavan .
Me doy unos golpecitos en el labio.
¿Qué voy a hacer con Eavan?
No está usando ninguna espada, sino que ha elegido como arma una pequeña ballesta con la que apunta una y otra vez a un montón de paja con forma de persona que hay al fondo del patio de entrenamiento.
Su puntería es impecable y acierta en la diana que hay justo en el pecho del monigote cada vez que dispara.
A pesar de que escuché el trato que hizo Eavan con Oona, si Aoife está en lo cierto, no fue deliberadamente. Su familia desprecia a la Reina Suprema por no haberles enviado la ayuda necesaria para que dejen de quemar las cosechas.
Supongo que no es consciente de quién se está dedicando a quemar los campos.
Neve intercambia el material con Aisling y deja los sacos de arena que levanta como si fueran pesas para agarrar la lanza que Oona arroja justo delante de ella.
—¿Te has preparado esta vez? —le grita Oona.
—Como si pudiera decir que no.
Neve la embiste, pero todo en ella es fuerza bruta, sin sutilezas. Sin embargo, su juego de pies es bastante patoso y Oona tarda menos de un segundo en detectar su punto débil y engancha su bota por detrás del tobillo de la chica, que cae hacia atrás. Y con fuerza.
Puf.
Oigo la respiración entrecortada de Neve desde donde estoy. Se ha golpeado la espalda contra el suelo y su pecho sube y baja sin parar mientras intenta recuperar el aliento.
Nadie le ofrece una mano para ayudarla a levantarse. De hecho, Aisling se está riendo. Y Oona… Oona se limita a observar a su adversaria tumbada en el suelo como si fuera una presa fácil antes de decirle en tono de burla:
—Hasta la campesina lo haría mejor que tú.
Noto que se me aceleran las pulsaciones, pero me niego a avergonzarme de mis orígenes. Porque, gracias a eso, he sobrevivido y he llegado hasta aquí.
Un momento…
Cuento las hijas de nobles que hay en el patio de entrenamiento.
Oona, Aisling, Neve y Eavan.
Pero aún quedaban cinco.
La que falta es Saraid, de la abadía de Askeaton.
Neve se levanta del suelo a trompicones y se tambalea. Tiene las mejillas encendidas y la lanza que tira a los pies de Oona falla. Tomo nota mental de ese pequeño detalle para usarlo a mi favor en un futuro: tiene la puntería en el culo.
Neve agarra una pequeña bolsa que hay en uno de los laterales del patio y le hace un gesto a la sirvienta que la está esperando para que no la siga.
Siento la euforia corriendo por mis venas.
Puedo hacerlo.
No debo tener miedo de mancharme las manos de sangre si es por un bien mayor.
Sobre todo si quiero que los Susurradores me consideren digna de pasar a formar parte de ellos, siempre y cuando logre sobrevivir a este primer trato. Y, para eso, debo encontrar y matar al Rey Supremo para demostrarles que estoy dispuesta a luchar por Eireann.
Con manos temblorosas, sigo a Neve a través del sombrío sendero que sale del patio de entrenamiento y que conduce de vuelta al castillo.
Da un pequeño rodeo, como si prefiriera entrar por las puertas laterales, que son mucho más tranquilas que las principales, y la verdad tampoco me extraña.
Tiene los mechones de la melena sudorosos y la rojez que sube por su cuello refleja la intensa frustración que debe de estar apoderándose de ella.
La ropa, al igual que su pelo, está empapada de sudor.
Acompaño sus pasos con mis pies para amortiguar el sonido.
El corazón me retumba en los oídos cuando saco el puñal largo que me dio Lobo y el acero impecable brilla bajo la luz de la luna.
Un brazo delgado me agarra por la cintura y otro me tapa la boca justo antes de que una voz aguda susurre:
—No creo que quieras hacer eso.
Su voz suena como esquirlas de miel: dulce pero afilada.
Tiene la mano fría y se le están empezando a formar callos detrás de los nudillos.
Es Aoife.
Consigo soltarme con un giro rápido y dándole un golpe seco con la muñeca derecha.
Sin dudar ni un segundo, apunto a Aoife con el puñal largo y me arriesgo a echar un vistazo por encima de mi hombro hacia donde Neve sale del camino y se adentra en el claro de luz iluminado por las antorchas del castillo.
No lleva ningún arma encima, al menos a la vista, pero, gracias al tenue resplandor del fuego, distingo el destello de un alambre finísimo que lleva enrollado en la muñeca.
Me noto un repentino pellizco en el pecho. En mitad de la penumbra, donde solo se colaban los rayos de la luna, no lo había visto.
—Es un collar de espinas.
El tono de Aoife se vuelve más cortante al decir la última palabra.
Mierda.
—Sabes para qué sirven, ¿no? —La forma en la que entorna los ojos azules me recuerda a los de su primo, el príncipe.
—Claro que sí.
Pero no había visto uno en persona hasta ahora.
Es la versión de Cymrea de un garrote, pero… mucho peor.
Bajo presión y con un tirón desde el ángulo adecuado, el acero, tan fino como un hilo, se astilla siguiendo unas líneas casi invisibles.
Por lo general, las espinas están plegadas sobre el hilo metálico y son imposibles de ver, hasta que se aprietan contra la garganta y se abren paso a través de la piel.
Un collar de espinas puede destrozarte la yugular si la persona que te ataca hace un giro certero.
Finn ha estado un año intentando conseguirlas para venderlas en el puesto de nuestro padre, pero sin suerte. Cymrea tiene prohibidas las exportaciones y nadie más sabe cómo colocar bien las espinas.
Eso quiere decir que Neve tiene contactos en el círculo cercano de la Reina Suprema. Y ese collar de espinas lo demuestra.
En cuanto a Aoife… Trago saliva al reparar en que, probablemente, acabe de salvarme la vida. Aun así, noto un ápice de sospecha bajo el sentimiento de gratitud.
—¿Me has seguido?
La fría brisa agita sus mechones rubios.
—Sí —reconoce mientras retuerce con nerviosismo el dobladillo de su capa morada.
—¿Por qué? —De repente, me invade la intranquilidad al darme cuenta de que en ningún momento ha hecho ruido alguno cuando debió seguirme al salir del castillo. No he escuchado nada de nada.
—Estaba en el jardín cuando volviste esta mañana. Te vi dando vueltas y parecías… —Frunce el ceño—. Inquieta. Así que, teniendo en cuenta que esas chicas ya han intentado matarte un par de veces, pensé que no deberíamos darles la oportunidad de que lo intentaran una tercera.
Me sudan tanto las manos que el mango del puñal está empapado.
—¿Vas a decírselo a alguien?
Aunque no haya ninguna norma que lo prohíba, no creo que a la Reina Suprema le haga mucha gracia que una campesina trate de matar a una de sus favoritas, si es que ese es el caso de Neve.
Aoife me aguanta la mirada desafiante y pregunta con seriedad:
—¿Por qué iba a hacer algo así?
—¿Los nobles no os cubrís las espaldas entre vosotros?
—Puede —responde, encogiéndose de hombros, pero me fijo en la expresión de amargura tras el dolor que refleja su rostro pálido—. Pero ninguna de esas chicas lo haría por mí.
Recuerdo los murmullos entre los miembros de la corte.
Las miradas asesinas con las que los nobles nos atravesaron en aquel salón antes de la primera prueba. Recuerdo sus ojos como agujas en los baños; unos ojos que no solo me observaban a mí . Cada cuchicheo, cada lengua viperina, hablaba también de Aoife.
El estruendo y el choque metálico que provienen del patio de entrenamiento se mezclan con unas risas agudas. Al segundo, escucho un leve gruñido y no me cabe duda de que alguna de las nobles acaba de hacer sangrar a otra.
Aoife da un paso hacia delante y me señala el castillo con la cabeza.
—Aun así… —Levanto una ceja y la sigo—. ¿Por qué le guardarías un secreto a una campesina?
No logro distinguir su cara con claridad por la débil luz de las antorchas, pero sí que me percato del temblor que se cuela en su voz cuando me responde:
—Los nobles matan a los campesinos, pero estos últimos también pueden matarlos a ellos con la misma facilidad. —Al instante, añade en voz baja—: Quizás yo tenga mis propios motivos para querer ver muertas a algunas de esas chicas.