Una tentación de susurros y lobos DIECISIETE #3
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DIECISIETE #3

Es una pregunta inútil.

Y también es osada, estúpida y peligrosa, porque no queda nada de magia en los Pozos. Y eso es lo que hace que me resulte fácil darle una respuesta.

— Sí.

Un silencio ensordecedor se instala entre nosotros y solo escucho la respiración de Lobo en mi nuca. Ahora sí que no queda espacio que nos separe.

Me dejo caer sobre su pecho, atraída por la peligrosa traición que impregna nuestros susurros.

Al segundo, me maldigo a mí misma en silencio y me aparto de él.

El aire que se cuela entre nuestros cuerpos es frío, pero aún noto el calor que inunda mis mejillas.

Me giro e intento dar un paso atrás, pero apenas hay espacio.

Apoyo la espalda contra el tapiz justo cuando Lobo avanza medio paso y sus ojos verdes me dejan paralizada.

Unos ojos verdes como el fuego de los magos.

—Gracias.

La palabra me resulta extraña viniendo de Lobo. ¿Cuántas veces la habrá dicho en su vida? ¿Y a quién?

Pasea la mirada por mi mandíbula, baja por el cuello y se detiene en la cadena de plata justo cuando me guardo el amuleto en la túnica.

—¿Gracias por qué?

La expresión de su rostro se suaviza, pero es un gesto casi imperceptible.

—Por ser sincera conmigo.

Hay muchas más cosas que debería preguntarle.

Sin embargo, es la primera vez que estar cerca de él me parece…

fácil. Y no me siento en peligro, aunque mi parte racional sabe que Lobo transmite de todo menos seguridad.

Él es letal y, según sus propias palabras, «un asesino en las sombras».

Sin embargo, estar aquí con él, lejos del peligro constante que acecha en el castillo, rodeada por piedras y tapices antiguos que narran historias de nuestros antepasados, me tranquiliza.

Él me tranquiliza, pero de una forma que no logro explicar.

Lobo hace que tenga ganas de creer y albergar esperanza. Si no, ¿para qué tantos planes y conspiraciones? Ahora mismo, esto es mucho más importante que la política. Lo siento en lo más profundo de mi ser.

Y no creo que se trate solo de mí, sino de todos nosotros.

Por la nación que podríamos seguir siendo si estamos dispuestos a alzarnos y luchar.

Sin saberlo, renunciamos a una parte de nosotros mismos cuando perdimos el valor de luchar por lo que creemos.

Y ya sean décadas o siglos, esa parte de nuestra alma anhela algo anterior a nosotros, una parte que nunca desaparece del todo.

Esa es la causa por la que lucha Lobo.

Y esa es la causa a la que me uniré.

La máscara de Lobo se resquebraja y vislumbro un impulsivo deseo que se cuela entre las sombras de sus ojos, pero, quizás, solo sea una ilusión por la tenue luz de la cripta.

No hay motivos para que me mire así, mucho menos después de haberme puesto en peligro como lo ha hecho y de todo lo que me ha ocultado.

Se acerca un poco más. Respira hondo y suelta el aire muy despacio.

Por todas las Primigenias… Sé que esto es una imprudencia, pero hay una fuerza invisible que me impide apartarme de él.

Sobre todo cuando sus ojos se posan en mis labios y su boca baja hasta la altura de la mía.

Un repentino y descabellado anhelo me recorre de arriba abajo. Si se acerca un centímetro más, sus labios…

Alguien tose.

Lobo maldice en voz baja y echa un vistazo por encima del hombro.

Yo levanto la cabeza y veo que Garra está contra el arco de piedra junto a la entrada secreta que da a la alacena de la cocina.

—¿Interrumpo algo? —exclama con un brillo travieso en los ojos marrones—. Puedo volver luego.

Al parecer, Garra sería la peor carabina del mundo.

—No, no interrumpes nada —espeta Lobo, apartándose de mí. Si no lo conociera, pensaría que él también se ha sonrojado un poco. Se alisa el traje de cuero con las manos y se ajusta la pesada capa—. Ya hemos terminado.

Mis ojos se clavan en los suyos.

El atisbo de ternura que creí ver en su mirada ha desaparecido. Ya no hay ni rastro de lo que acaba de pasar, como si solo hubiera sido producto de mi imaginación. Otra vez se ha colocado esa máscara seria y prudente que llevaba cuando lo vi por primera vez en el refugio.

Por todas las Primigenias… ¿Cómo he podido ser tan estúpida?

Para Lobo, no soy más que un medio para lograr un fin. Una bonita distracción para engatusar al príncipe mientras los Susurradores trazan planes a sus espaldas y le despejan el camino que le llevará al trono.

—Sí —mascullo, separándome de la pared y de Lobo—. Hemos terminado .

Justo cuando estoy a punto de salir de la cripta, noto que una mano me agarra la muñeca.

Lobo se muerde el labio inferior y me observa con el ceño fruncido. Ladea la cabeza conforme escudriña mi rostro, como si estuviera tratando de resolver un acertijo.

El aire gélido que se cuela en el templo me arrebata el calor de las mejillas y me zafo de su mano. Entonces, me encuentro con la mirada observadora de Garra, que parece querer hacerme preguntas que no estoy dispuesta a responder ahora, así que decido ignorarle.

—Llévame a mi habitación —le digo a le guardia en un susurro.

Y no me importa que Lobo lo haya oído.