Una tentación de susurros y lobos DIECISIETE #2
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DIECISIETE #2

Su piel desprende tanto calor que la corta distancia que nos separa se caldea cuando esquiva mi puñal y se acerca más aún hacia mí, hasta que su boca queda pegada a mi oreja para susurrar:

—Puede que no te gusten mis respuestas, pero jamás te he mentido.

—Al escuchar esas palabras, una misteriosa sensación de alivio se extiende por mis costillas y remueve algo en mi interior—.

Yo no miento. Podré tener muchos defectos …

—Pronuncia la última palabra como si abriera una vieja herida—. Pero la mentira no es uno de ellos.

Sus palabras son brasas que consumen el último resquicio de voluntad que me queda.

—Venga —me reta, tanto con su voz como con una mirada sombría—. Solo una preguntita de nada.

Aprieto los dientes y me digo a mí misma que lo que me hace dudar no es más que la incomodidad que me provoca tenerlo tan cerca.

El contraste entre el aire frío del exterior y el calor que desprende su piel al haber tan poca distancia entre nuestros cuerpos en mitad de esta cripta.

O este templo. Me da igual como quiera llamar a este lugar.

La grieta que quebranta mi determinación no tiene nada, pero nada que ver con el hambre que inunda sus profundos ojos verdes ni con la forma en la que se muerde ligeramente el labio inferior mientras escudriña mi reacción con la mirada.

—Una pregunta —murmuro tras ceder ante su propuesta.

Los ojos de Lobo me recorren la piel. En mitad de la penumbra y la solemne quietud de la gélida piedra que nos rodea, este lugar parece haberse quedado congelado en el tiempo. Como si el mundo pudiera arder más allá de estas paredes y, aun así, nuestros secretos permanecieran aquí con nosotros.

—Los Susurradores no somos los que estamos quemando las cosechas del norte —responde en tono cortante—.

La noticia aún no ha llegado a la ciudad, pero hay guerreros de Cymrea repartidos en distintos grupos por toda la isla.

Ellos son los que están quemando los campos de cereales.

Sin embargo, reconozco que… —Ladea la cabeza, como si estuviera poniéndome a prueba otra vez—. Sí estamos robando los carromatos.

Al entender a lo que se refiere, se me corta la respiración.

—Estáis haciendo acopio de provisiones.

—Sí. —Lobo aparta la mirada y pasa las manos por las dagas de su pecho—.

Vamos a sufrir una hambruna, tanto si la cosecha aguanta como si no.

He visto los informes de los graneros y, aunque la cosecha se redujera solo a la mitad, seguiría sin haber suficientes provisiones para alimentarlos a todos durante el invierno.

—Su rostro refleja las dudas que lo asaltan y sus palabras se transforman en una promesa ronca—.

Quiero asegurarme de que podemos alimentar al mayor número de personas posible cuando llegue la hambruna.

«Cuando llegue» la hambruna. No «si llega».

Toda persona que pase hambre se volverá contra los nobles y, si ocurre como en la última rebelión, estos recurrirán primero a los guerreros de Cymrea que están quemando los cereales y los contratarán como mercenarios para proteger a sus familias de las revueltas.

Tendríamos a un pequeño ejército de cymreanos justo aquí, en nuestra isla, un ejército al que la Reina Suprema podría ordenar que nos atacara en cuanto ella quisiera.

La imagen que se dibuja en mi cabeza es espeluznante.

—Su intención es debilitarnos lo máximo posible para que no podamos combatir contra ellos cuando se anexen a nosotros.

Lobo se detiene a contemplar mi rostro.

—Exacto. Pero somos muchos más de los que crees. —Me lo explica sin que yo tenga que pedírselo—. Y no solo en Dyfflin. Colmillo, la maga a la que conociste en la casa… Digamos que ella podría considerarse… —Tuerce la boca y añade—: Nuestra general .

De pronto, se mueve y se coloca detrás de mí en un abrir y cerrar de ojos, de modo que su pecho queda a menos de un centímetro de rozar la curva que traza mi espalda.

Todos los nervios de mi cuerpo se crispan.

Lobo me hace girarme hasta que señala uno de los tapices que hay colgados en la pared que tenemos delante.

Trago saliva e intento centrarme en los detalles bordados con manos hábiles.

Ahogo un grito en cuanto me doy cuenta de que es un mapa .

Un mapa de Eireann.

—Ningún ejército que se precie tendría a todos sus soldados en el mismo lugar —murmura mientras desliza uno de sus largos y callosos dedos por los hilos negros y verdes que trazan las fronteras escarpadas que dan forma a nuestra isla.

Dyfflin está señalada con una corona bordada en el sureste y me doy cuenta de que el tapiz es tan antiguo y está tan descuidado que nadie se ha molestado en corregir el resto de las imprecisiones que hay en el mapa.

Por todas las Primigenias… ¿Quién hizo esto?

Las líneas que marcan las fincas de las Siete Familias son erróneas.

En la costa oeste aparecen tres, no las dos que hay en realidad.

Aun así, contemplo los ríos oscuros y brillantes que serpentean a lo largo de los senderos que conectan las fincas con nuestra ciudad, Dyfflin, y con los otros Pozos.

De hecho, la corona tejida encima de Dyfflin tampoco está bien; la diadema dorada tiene tres puntas en lugar de dos como las coronas que llevan el Rey Supremo y el príncipe Cashel.

Una por Berach el Astuto, el primer Rey Supremo.

Otra por su único hijo, que es su predecesor.

Lobo sube el dedo despacio hasta la costa oeste, casi como si se detuviera, hasta donde la isla se encuentra con la vasta extensión del Mar de las Serpientes. Unos hilos negros dan forma a unas bestias con alas que vuelan sobre el mar que separa Eireann de las Islas Málmar.

En ese momento, me vienen a la mente las palabras de Garra.

«Técnicamente, Lobo no es nuestro líder».

Y puede que no me conteste, pero tengo que preguntárselo.

—Si esa maga es vuestra general, ¿tú qué eres? —exclamo en un tono demasiado alto para el silencio que envuelve la cripta.

—¿Lo que a ella le gustaría que fuera? ¿O lo que soy en realidad?

—Retira la mano y deja de recorrer las líneas que se extienden por el tapiz, pero se queda muy pegado a mi espalda.

Como no contesto, niega con la cabeza y noto que su mano me roza el brazo con delicadeza, como si me hubiera acariciado con una pluma, y tengo que reprimir un escalofrío por el calor que me brota de las entrañas al sentir el tacto de su piel.

—Soy su asesino en las sombras. —Lo tengo tan cerca que siento cómo se contraen los músculos de su pecho cuando me pregunta—: ¿Tienes miedo?

La tensión que refleja su voz es tan afilada como las hojas de sus dagas.

Estoy segura de que espera que esté asustada. Y, quizás, debería estarlo, al igual que debería decirle que se aparte de mí. No hay motivo alguno para que siga tan pegado ni para que yo le permita quedarse ahí.

Sin embargo, hay algo que me impide pedirle que se aleje.

—Vi cómo se pudrió el cuerpo de mi madre en el Muelle Negro.

—Las palabras se quedan flotando entre nosotros—.

Fui testigo de cómo redujeron a cenizas todos y cada uno de los templos que ella adoraba, además de las cantidades inhumanas de sangre que salía de ellos, más de la que había visto nunca en mi vida.

—Niego con la cabeza y siento su aliento cálido justo donde casi me roza el pelo con la mandíbula, como si él tampoco fuera capaz de separarse de mí—.

He visto y presenciado atrocidades que dan mucho más miedo que tú.

La mano de Lobo que pasea por mi brazo se detiene.

—¿Fue ella quien te enseñó a leer ogham?

De pronto, me quedo atónita.

Retira la mano, pero no se aparta de mí.

Sentir pánico es algo instintivo. Mi respiración forma una pequeña nube en el aire helado del templo, y respiro hondo para llenar mis pulmones despacio y con calma. Ya no hay nada que pueda hacerle daño a mi madre, así que decido decirle la verdad.

—Sí, fue ella —susurro mientras cierro los ojos un segundo.

Creo que uno nunca termina de superar una pérdida así. Cubro con la mano la cadena plateada que cuelga de mi cuello y acaricio el delicado nudo triple que la adorna. Entonces, siento el cosquilleo de su poder contra la piel de mis dedos.

A Lobo se le acelera la respiración cuando repara en el amuleto.

No sé qué me empuja a compartir más con Lobo, nada más y nada menos que con él. Noto un dolor punzante en el pecho, pero hablar de mi madre me ayuda a liberar un poco de espacio para poder respirar.

Este primer intercambio real de información entre nosotros es como una especie de hechizo que me embauca por completo y me nubla los sentidos.

Me resulta tan fácil caer en la trampa de creer que, tal vez, estemos progresando que incluso me duele.

—Después de que el Rey Supremo desterrara a la Mártir y a los magos, ella seguía creyendo que merecía la pena luchar por recuperar la magia, aunque no quedara ni una gota en los Pozos. Y precisamente por eso la mataron.

Mi mente traza imágenes de cómo debió de ser su final.

Cada una me hace sentir como si me atravesaran el corazón con un puñal y me lo rompieran en los mil pedazos que tanto me he esforzado por conservar juntos.

Me estremezco al recordar la rebelión: los gritos, el choque metálico de las espadas, el ruido de los altares derrumbándose y el olor a incienso quemado de los templos a los que mi madre se dedicó en cuerpo y alma, a pesar de los cientos de advertencias de mi padre.

Después de aquel día, no quedó nada entre ellos que rebuscar. Nada salvo recuerdos, pesadillas y una nana de la que ni siquiera me acuerdo bien.

—Y tú… —murmura Lobo mientras me aparta el pelo de los hombros, lo que hace que se me enciendan las mejillas—. ¿Lucharías? Aunque solo quedara una gota de magia en los Pozos, ¿lucharías?