Una tentación de susurros y lobos DIECISIETE
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DIECISIETE

Y a no quedan templos en la isla.

Y fue el Rey Supremo el que, hace años, se encargó de que fuera así.

Pero yo creo que los fantasmas de los que murieron siguen frecuentando nuestras tierras.

O, al menos, sus sueños.

Llamar «templo» al lugar al que Garra me conduce podría ser un tanto exagerado; creo que el término «cripta» es mucho más apropiado.

Este sitio se parece más a una combinación de un sótano y una mazmorra.

Está bastante descuidado y lleno de moho y tesoros antiguos que nadie se ha molestado en reclamar jamás.

Se oculta tras unas puertas tapiadas que hay detrás de las cocinas, en un armario con cajas repletas de manteles apulgarados por la humedad, un lugar al que solo acceden las sirvientas.

En el ambiente se respira un aire tranquilo y reverente, cargado de polvo y con un ligero aroma a incienso quemado hace mucho tiempo. Entonces, me fijo en un altar vacío del que cuelgan los trozos de una capa azul marino hecha jirones.

Garra me empuja sutilmente para que atraviese los arcos de piedra tallada que están envueltos en unas densas sombras.

La única luz que se cuela en la cripta es la de dos antorchas de hierro que cuelgan de las ásperas paredes de piedra, donde también hay tapices preciosos, pero están manchados y salpicados de algo oscuro que hace que se me revuelva el estómago.

Las escenas retratadas son algunas de las que he oído hablar desde que estaba en la cuna.

Serpientes tejidas que flotan en el aire.

Magos que invocan tormentas en el cielo que los cubre.

Ríos de aguas tan oscuras como brillantes que parten de cada uno de los Siete Pozos que hay señalados en la isla de Eireann.

El agua está tejida con hilo negro y pequeñas perlas negras, tan diminutas como unos granos de sal, que imitan la reluciente oscuridad de la magia.

Hay unas colinas verdes que atraviesan el centro de la isla tejidas de forma que da la sensación de que la hierba ondea bajo unas ráfagas de viento.

Los lobos merodean a la luz de la luna, erguidos hasta las cinturas de las figuras sombrías de las Primigenias, que tienen los rostros ocultos bajo sus capas mientras unas nubes plateadas de tormenta se ciernen sobre las costas de la isla.

De pronto, noto una violenta brisa que azota el polvoriento templo. El aire hace que se me suelte un mechón de la larga trenza que me vuelvo a colocar.

—¿Garra? —Apenas levanto la voz, pero resuena con demasiada fuerza por el ensordecedor silencio que flota en el ambiente—. ¿Qué es este sitio? ¿Por qué me has traído aquí?

Escucho una risa áspera y grave que responde:

—Porque se lo he pedido yo.

Lobo sale de entre las sombras que parecen formar parte de él.

Avanza despacio y con cuidado, como si yo fuera un animalillo salvaje al que tuviera miedo de asustar haciendo un movimiento más brusco de la cuenta.

En su rostro, se dibuja poco a poco una sonrisa engreída y cierro las manos en puños por puro instinto.

Escucho a Lobo chasquear la lengua cuando sus ojos verdes se posan en los míos y, solo entonces, me percato de que Garra ha desaparecido de repente. Será gilipollas…

—No sabía si vendrías —comenta, levantando una ceja oscura antes de que sus ojos se detengan justo en el corte que tengo en la frente—. Estás herida.

—Estoy bien —exclamo, mirándolo con recelo—. Y te puedo asegurar que, si hubiera sabido que eras tú el que estaba aquí esperándome, no habría venido.

Tiene la osadía de reírse al escuchar mis palabras.

—¿Pues sabes qué? Que te creo.

—Qué suerte. —De buenas a primeras, la capa me pesa sobre los hombros y noto un calor abrasador que me sube por la nuca—. La verdad es que nunca te he dado ningún motivo para no confiar en mí .

La realidad es que es él quien se aferra con tanta fuerza a la poca información que posee que lo que me sorprende es que no tenga los dedos en carne viva.

La luz parpadeante dibuja sombras sobre las marcadas cicatrices que tiene en los dorsos de las manos, pero en los dedos largos solo le veo callos. Lleva un único anillo plateado, muy sencillo, en el dedo meñique, que no se parece en nada a las pesadas joyas del príncipe Cashel.

Tras unos segundos de silencio, vuelve a hablar.

—Aún no has matado al rey —exclama Lobo, observándome con detenimiento.

Percibo un ligero tono de arrogancia en su voz, pero lo delata lo tensa que tiene la mandíbula.

¿Qué clase de consecuencias tendría que afrontar el rebelde si yo no consiguiera matar al rey? Bueno, tampoco debería importarme.

Me llevo la mano al mango de uno de los puñales que llevo en la cintura y me encuentro con su mirada cauta.

—No es que me lo ponga muy fácil el séquito de guardias que hay vigilando su habitación día y noche.

Veo que el músculo que sostiene sus mejillas se contrae, como si estuviera debatiendo un dilema en su interior.

—Ya no.

Me cuesta la propia vida no poner los ojos en blanco. Y casi lo consigo.

—Pretendes que me crea que… ¿qué? —Hago un gesto con la mano y digo—: ¿Que has chasqueado los dedos y has conseguido que desaparezcan todos? Si me has hecho venir para eso…

—Te he hecho venir —comienza con una voz queda y peligrosamente tranquila que apenas rompe la sagrada quietud que hay en este lugar— porque los mapas que te di ya no te van a servir para matar al rey.

¿Cómo puede molestar tanto el silencio? Por un momento, ninguno de los dos nos movemos, pero los latidos de mi corazón me retumban con fuerza en los oídos.

—¿Qué quieres decir?

Vislumbro un atisbo de desconfianza en el verde de sus ojos.

Lobo titubea un segundo mientras acaricia las empuñaduras de las dagas que lleva envainadas sobre los costados y aprieta la mandíbula.

Por todas las Primigenias… ¿Qué se cree?

¿Que por responder a esa puta pregunta me está dando vía libre para destruir a los Susurradores?

—No es que hayamos despejado el camino que lleva a su habitación —dice por fin en un tono bajo que destila peligro—. Al Rey Supremo lo han… reubicado.

El miedo hace que un escalofrío se extienda sobre mis hombros.

—¿Cómo que lo han reubicado? —No tiene ningún sentido—. ¿Dónde está?

¿Y por qué?

Lobo frunce los labios, frustrado, y responde:

—Aún no lo sabemos. Por lo que Garra ha podido averiguar, anoche un pequeño grupo de guardias lo trasladó, así que solo ellos y la Reina Suprema saben dónde está.

Me aprieto los ojos con las manos hasta que veo estrellas tras mis párpados.

Aunque no hubiera logrado trazar ningún plan todavía, todas esas horas que he dedicado a estudiar los mapas y a pensar en cómo poder colarme en la habitación del Rey Supremo para matarlo han sido en vano, sobre todo si no conocemos su paradero actual.

—Qué puta mierda.

Cuando los ojos de Lobo se clavan en los míos, percibo que la oscuridad que los envuelve se debilita por un instante.

—Parece que por fin estamos de acuerdo en algo.

Durante unos minutos, siento como si se creara un puente entre nosotros, tirante y frágil. Y, aunque hay una parte de mí que tiene un temor inexplicable a destruirlo, hay una pregunta que me ronda la mente desde que vino a verme antes de la Revelación.

Y, si no se la hago ahora, sé que me voy a arrepentir.

—¿Son los Susurradores los que están quemando las cosechas en el norte?

Su rostro se vuelve exasperantemente inexpresivo, pero su mirada se torna recelosa. Ladea la cabeza y recorre la distancia que nos separa, con la capa negra ondeando a su espalda.

—Vamos a ver… ¿Qué te hace pensar eso ?

Qué bien huele, joder. Esa mezcla de cuero, humo y salvia silvestre con un toque dulzón. Un aroma que no me evoca seguridad precisamente, sino que me incita a huir.

—Sé que alguien lo está haciendo. —Intento controlar la respiración y me alejo unos pasos de él.

Sin embargo, imita cada uno de mis pasos y avanza despacio hacia a mí hasta que se detiene cuando agarro una de las dagas que lleva en las costillas.

—Las hijas de nobles hablan —explico, encogiéndome de hombros, como si no me fuera el corazón a mil por tenerlo tan cerca—, sobre todo las que intentan aliarse con otras que no pueden darles de comer a su gente.

Los ojos verde oscuro de Lobo se detienen en los míos y observo cómo se mueve la cicatriz de su mandíbula cuando la aprieta.

Solo las Primigenias sabrán cómo se ha hecho esa cicatriz…

Por razones sobre las que me niego a reflexionar, siento la imperiosa necesidad de recorrer las líneas con mis dedos.

Como si tocándola pudiera descubrir algo que me ayude a encajar unas piezas irregulares que me permitan averiguar algo más de él.

Lobo se acerca aún más a mí. Siento que la punta de mi puñal se clava en el cuero flexible que queda justo por encima de sus muslos. Me está poniendo a prueba para ver si muerdo de verdad o no.

Bastaría con solo mover el puñal un centímetro hacia la que imagino que es una de las partes favoritas de su cuerpo para que se encoja de dolor.

Retrocede un paso y sus ojos estudian mi rostro mientras sus labios carnosos se curvan hacia arriba. Me parece entrever en su mirada algo parecido a satisfacción, como un brillo travieso.

Lobo se rasca la barba incipiente, pero evita la zona de la cicatriz.

—Mira, te voy a ofrecer un trato.

—Ya he hecho suficientes tratos contigo.

—Y, aun así, todavía no has cumplido con ninguno de ellos. Estoy seguro de que cualquiera lo consideraría un acto de generosidad por mi parte.

—Créeme, la gente opina muchas cosas de ti —exclamo, mirándolo a la cara—, pero dudo que sean lo bastante apropiadas como para decirlas delante de nadie.

—Entonces, tienes suerte de que yo sea la persona más inapropiada que vayas a conocer en tu vida —responde, fulminándome con la mirada. Es como si no se esperara esto de mí, pero, aun así, lo estuviera disfrutando—. Responderé a tu pregunta si tú respondes a la mía.

—¿Y se supone que debo confiar en que lo que me digas será verdad?