Una tentación de susurros y lobos DIECISÉIS #3
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DIECISÉIS #3

Es una de las sirvientas a las que Garra le pidió que me trajera las comidas. No sé cómo lo habrá conseguido, pero el simple hecho de saber quién es hace que un gesto tan nimio como abrir una puerta no sea tan estresante.

Sujeto la puerta para que la chica pase. Lleva una pesada bandeja de plata con una tacita que desprende un delicioso olor a café, además de un plato hasta arriba de huevos, champiñones fritos y panecillos de soda con pasas.

El aroma invade toda la habitación y noto que me ruje el estómago.

Muy fuerte.

La sirvienta me sonríe y deja la bandeja en la mesa sin decir ni una palabra. Cuando atraviesa la puerta de la habitación y sale al pasillo, me vienen a la mente las palabras de Finn.

«Si quieres ser más fuerte, no te saltes las comidas».

Hay una servilleta junto al plato repleto de huevos. No le presto atención porque me centro de lleno en la comida y, mientras sigo de pie, reprimo un gemido al saborear el tomillo y la pimienta negra recién molida. Y, al darle un sorbo al café, me da el subidón de energía que tanto necesitaba.

Cuando me mancho la barbilla con la mantequilla que chorrea del pan de soda calentito, agarro la servilleta que hay en la bandeja y, de pronto, algo cae al suelo.

Me asusto al escuchar el ruido, pero no es más que un leve tintineo, como si fueran unos huesos de pájaro chocando contra una piedra.

O algo de madera, justo con el mismo tamaño y forma que las varas talladas que dejaban en los antiguos altares en honor a la Mártir.

Y esta es exactamente así, apenas un poco más larga que mi dedo meñique.

La vara de madera mide lo justo para que quepan seis figuras rúnicas talladas, y cada una de las líneas cortas y toscas parten desde el centro de la vara, en vertical.

El mero hecho de tener esto en mis manos se consideraría traición.

El miedo me cala hasta los huesos, pero no puedo evitar la tentación de acariciar con cuidado una a una las runas que hay talladas en la vara.

Alcanzo a reconocer las líneas que representan los distintos tipos de árboles que crecen en las tierras de la isla desde tiempos inmemorables y las voy emparejando de cabeza con los sonidos que equivalen a cada uno; otra de las enseñanzas que me dejó mi madre.

Los coetáneos que vivieron con las Primigenias no hablaban la misma lengua que hablamos ahora.

El eireiciano antiguo era muy complejo y estaba lleno de ritmos y palabras que no se pueden traducir con exactitud al eireiciano simple que conocemos hoy en día ni tienen equivalentes en el alfabeto común que utilizan la mayoría de los países.

La lengua de las Primigenias se basaba en un alfabeto antiguo que vinculaba símbolos y líneas de corte con sonidos específicos.

El ogham.

Y, durante los años previos a la rebelión, los magos se dieron cuenta de que, aunque esos símbolos se usaron para transmitir los sonidos que formaban las palabras del eireiciano antiguo, también podían aprovecharlos para convertir los sonidos del eireiciano en palabras que los guardias de la Garda no serían capaces de entender.

Un lenguaje silábico simple y tan sencillo que se podía enseñar trazando líneas en la tierra con un palo o con un dedo en una ventana empañada, además de borrarlo con facilidad si se acercaban los guardias.

Una forma de comunicación secreta para enviar mensajes, incluso en eireiciano moderno, y para recordar.

Los dedos me tiemblan al deslizarlo por las marcas talladas de la vara.

La primera letra tiene tres líneas horizontales y estrechas, una debajo de otra, en el lado izquierdo del eje central, el símbolo del acebo y el sonido que asociamos con la letra T .

Después, cuatro rayas más largas que atraviesan en línea recta el eje central en la siguiente figura, justo encima, que representa el álamo y un sonido muy parecido a la E .

Identifico cada uno de los sonidos y descifro la palabra con suma facilidad.

«Templo».

Entonces, me aparto de la mesa conforme un escalofrío me sube por los brazos para luego bajarme por toda la espalda. Cuando abro la puerta, me encuentro a Garra, que está de pie en mitad del pasillo con una ceja levantada.

Y no me sorprende en absoluto.

Parece que estaba esperándome.

—¿Te ha gustado el desayuno? —pregunta en un tono más desenfadado de lo normal antes de llevarse un dedo a la barbilla y asentir—. Pensaba que a lo mejor se te había pasado por alto la servilleta.

—Y una mierda. ¿Qué es esto? —murmuro entre dientes mientras le pongo la vara en la mano y me observa con una mezcla de esperanza y cautela—. No sabía que tenía que especificarlo, pero suelo preferir los desayunos que no traen una guarnición de traición . Si alguien encuentra esto en mi habitación…

Aunque no dice nada, veo el orgullo reflejado en los ojos de Garra, como si me hubiera puesto a prueba y la hubiera pasado.

—¿Sabes ogham?

Me cuesta mantener el tono bajo de voz, pero respondo:

—Ya no queda ningún templo .

La extraña expresión de su mirada suaviza las ligeras arrugas que bordean sus ojos. Me da la sensación de que es poco mayor que Finn, pero le veo algo en la cara que la inunda de una cantidad ingente de dolor.

—Tíralo a la chimenea —me dice, echando un vistazo al pasillo vacío por encima del hombro.

Le hago caso y arrojo la vara a las llamas.

—Muy bien —asiente—. Ve a por tu capa. Vamos a dar un paseo.