DIECISÉIS #2
Las ventanas de Aoife están cerradas a cal y canto, y no se escucha ni el más mínimo susurro tras ellas.
Decido llamar a la puerta. Primero, un ligero golpe, y luego otro más fuerte.
Al principio no ocurre nada, pero, cuando estoy a punto de darme la vuelva y volverme a mi habitación, veo un rayo de luz que se cuela por la densa tela de la cortina y Aoife se asoma.
La saludo y le dedico una sonrisilla.
De pronto, escucho el chirrido del cerrojo de la puerta de su habitación y Aoife la abre solo un poco.
Sus ojos se detienen en el corte que tengo en la frente, aunque ya se está formando una costra fina.
—Al final se está curando.
—Te lo dije.
—Pero se te quedará la cicatriz —murmura con el ceño fruncido y con un atisbo de pena que tiñe sus ojos azules.
—Sigo viva, que no es poco —digo, encogiéndome de hombros. Para mí, una cicatriz no es nada.
—Creo que tengo una pomada que te podría venir bien. Puedo ir a…
—No, no he venido por… —Toso y me tapo la boca con la mano con la que sujeto el pequeño objeto que me ha traído Garra—. Solo quería darte las gracias.
Aoife contempla el pequeño envoltorio de ante suave y, aunque sigue sin abrir la puerta del todo, logro entrever que en su habitación reina la más completa quietud, como si llevara mucho tiempo encerrada.
Cuando abre el envoltorio, la hoja del puñal brilla bajo la luz del sol.
—En mi pueblo regalamos puñales como muestra de agradecimiento.
—Es mentira, pero no creo que se entere jamás.
Además, me dio la sensación de que le interesaba saber cómo entrenaba y cómo aprendí a defenderme—.
Si quieres —le ofrezco con cautela, para que crea que tengo dudas—, puedo enseñarte a usarlo.
Recuerdo cómo la miraron las demás mujeres cuando estuvimos en los baños y cuando se celebró la Revelación, con desprecio y con desdén, sin tratar de disimular siquiera. Y también recuerdo que sus miradas la intimidaron bastante, como si les tuviera miedo.
¿Le podría haber dado a Aoife uno de mis puñales? Claro que sí, pero, aunque le venga bien aprender a usarlo, no puedo prescindir de ninguno de los míos porque estoy mucho más jodida que ella.
El puñal que le he dado es una admirable imitación de acero málmar, una de las mejores que podría haber elegido Finn. Eso, sumado al mensaje que Garra me dio, hizo que mi corazón diera botes de alegría.
«No tengas miedo de mancharte las manos de sangre».
Cada día que logro sobrevivir en este lugar, la esperanza de poder cumplir con mi cometido va creciendo un poquito más.
Los ojos azules de Aoife me miran con desconfianza.
—¿Y qué me vas a pedir a cambio?
—Nada, que charlemos un poco más —murmuro antes de bajar la cabeza con la esperanza de parecer algo avergonzada—. Hay… muchas cosas que no entiendo de este sitio.
Inclina la cabeza y me pregunta:
—¿Solo eso?
—Sí, solo eso.
Por todas las Primigenias… Que me dé un voto de confianza, por favor.
De buenas a primeras, desliza un dedo por la casi impecable hoja azul del puñal y responde:
—Vale, cuenta con ello.
—Pues sal de ahí —exclamo, alzando una ceja y señalando su arma nueva con la cabeza.
Aoife sujeta el puñal como si fuera a atacarla por sí solo de buenas a primeras.
—¿Ahora? Pero si está lloviendo…
—No está lloviendo. Está chispeando.
—Es lo mismo.
En absoluto.
—Primera lección para aprender a luchar: casi nunca vas a poder elegir el momento ni el lugar para hacerlo.
Esa fue la primera lección que me enseñó Finn cuando dio comienzo mi entrenamiento en mitad de una tormenta de aguanieve, justo después de que ejecutaran a nuestra madre.
Su cuerpo ni siquiera había empezado a descomponerse en el Muelle Negro cuando mi hermana me arrastró hasta uno de los callejones y me obligó a que le diera un puñetazo.
Entonces, atrapó mi mano con el puño y, en menos de un segundo, me puso una daga en la garganta. Ahí fue cuando decidí que tenía que conseguir ser más rápida que ella.
Sin embargo, decido no contarle nada de eso a Aoife porque quiero que sepa lo menos posible de mi vida.
Poco a poco, empezamos a crear una rutina.
Ella me acompaña a las cenas a las que me obligan a asistir y ambas tratamos de integrarnos en la horrorosa mesa en la que nos hacen sentarnos.
Desde el momento en el que Aoife y Garra se convierten en mis sombras, las hijas de nobles parecen pensarse mejor lo de volver a atacarme, pero sigo advirtiendo sus miradas calculadoras.
Y, en más de una ocasión, veo al príncipe merodeando cerca de mí, siempre con una mirada que se acerca a una especie de interés tan extraño como furtivo.
Después de la cena, entreno con Aoife hasta que los músculos me gritan que pare.
La desesperada determinación con la que se exige continuar a sí misma es un reflejo de la mía, hasta el punto de que no puedo evitar preguntarme si así es como miraba yo a Finn cuando ella me enseñó a luchar.
Mientras le enseño a Aoife a localizar los puntos débiles de un oponente de mayor estatura, me cuenta que el príncipe Cashel rechaza todas las copas de vino que le ofrecen y que la Reina Suprema no le quita el ojo de encima.
Y también me explica qué hijas de nobles se hablan con los cymreanos y cuáles no.
Y así es como, poco a poco, empiezo a trazar el plan para atacar a mis rivales.
La segunda invitación del secretario de la Reina Suprema me llega con la cena y, en ella, se anuncia con una caligrafía elegante y con florituras que la Prueba de Sabiduría tendrá lugar en dos días, aunque no sé en qué consistirá.
Esa noche, me esfuerzo al máximo con cada ejercicio mientras entreno con Garra entre golpes y giros, hasta que el agotamiento se apodera de todos los músculos de mi cuerpo.
Cada vez que pego, me agacho o doy una patada, siento una diminuta sensación de control, incluso con el paso de las horas cuando Garra ya se va y el insomnio se cuela en mi cama.
Y todo porque aún no he averiguado cómo entrar en la habitación del Rey Supremo.
Por lo que sé, ninguna campesina ha logrado sobrevivir a la segunda prueba del Ensayo.
Mi mente se pasa toda la noche evaluando los distintos riesgos y posibilidades, pero no llego a sacar nada en claro.
Las escaleras que llevan a las dependencias del rey están atestadas de guardias de la Garda y cortesanos.
Hace unos días, eché un vistazo cuando decidí darme una vuelta con Garra con la excusa de explorar el castillo, y eso me bastó para tener claro que no existe forma alguna de atravesar esas puertas sin que me corten el paso o me pregunten.
Aun así, en cualquiera de los dos casos, acabarían matándome.
Y eso por no hablar de que el Rey Supremo no ha vuelto a aparecer en ninguna de las cenas que han tenido lugar tras la Revelación, cuando asesinó a la música que llevaba el chal verde.
Ahora, hasta las sirvientas cuchichean sobre por qué no habrá vuelto a aparecer.
A la mañana siguiente, deslizo con cuidado las páginas del libro que Lobo me dio, como si así fuera a encontrar algo que me dé una pista de lo que me espera en la siguiente prueba.
Lo que no puedo hacer es quedarme sentada de brazos cruzados mientras espero a que sea ya mañana.
Cierro los ojos y me dejo arrastrar por los peligrosos rayos de esperanza que arden en mi interior.
Solo las Primigenias saben que Eireann podría ser un lugar mucho mejor de lo que es en este momento.
Si hubiera magos sanadores, nuestra isla sería un lugar en el que una fiebre o una simple herida no fueran sinónimos de muerte.
Si hubiera magos guerreros, Cymrea jamás se atrevería a invadir nuestras tierras.
Y, si hubiera magos comunes, aunque estuviéramos en mitad de una hambruna, podrían ayudarnos a racionar los cereales, las frutas y la carne.
Si hubiera magos en Eireann, el sufrimiento se traduciría en tragedia, no en costumbre.
Durante siglos y siglos, los Reyes Supremos habían aceptado a los magos, que siempre se habían limitado a centrarse en sus pergaminos y hechizos, sin entrometerse en temas políticos ni en la corte.
En cambio, como siempre me contó mi madre, ni la Mártir ni este Rey Supremo tenían interés alguno por cómo se hacían las cosas antes.
El Rey Supremo quería que los magos se sometieran a sus órdenes, mientras que la Mártir quería que los magos no solo hicieran uso de la magia, sino que influyeran en la corte.
Y eso es lo que nos ha llevado a esta situación.
Ni siquiera la mismísima Mártir podría devolverles la magia a los Siete Pozos; sería como intentar llenar un lago que se ha secado por completo.
Pero, joder, si pudiéramos comprar magia para nuestro propio uso, hacer intercambios con comerciantes de las repúblicas que rompieron sus lazos con Cymrea o incluso procedentes de las Islas Málmar, todo sería diferente.
Incluso se podría hacer algo si las leyendas que aseguran que hay remanentes de magia en los huesos de los magos muertos estuvieran en lo cierto.
En cualquiera de esos casos estaríamos mejor de lo que estamos ahora.
Tengo que creer que esa es la causa por la que luchan los Susurradores. Un mundo mejor y más igualitario en el que podamos comprar magia, a pesar de que los Siete Pozos estén vacíos y aunque los magos tengan que conseguirla en otro lugar y traerla a Eireann.
Decido apostar por ello y confiar.
De lo contrario, ¿por qué iba a estar esforzándome tantísimo por volver con Finn? Tengo que creer que, cuando todo esto termine, habrá una nueva vida esperándome. Una vida llena de paz y bienestar. Una vida rebosante de felicidad, aunque ni siquiera sé lo que es eso.
Unos tenues rayos de sol se filtran por la piedra oscura de las almenas del patio exterior y, de pronto, escucho un tímido golpe en la puerta que da al pasillo.
Se me hace un nudo en la garganta, pero tanto el golpe como la vocecilla que oigo al otro lado de la puerta me resultan familiares.