DIECISÉIS
G arra me conduce de vuelta a mi habitación.
No sé hasta qué punto lo hace porque se ha dado cuenta de que no sé volver o porque considera que, aunque conociera el camino, no me apetecería lo más mínimo andar sola por estos pasillos sombríos.
Aoife viene detrás; sus ojos enrojecidos y sus mejillas pálidas reflejan lo traumatizada que se ha quedado después de presenciar un asesinato tan atroz. Y no la culpo: yo también siento el peso del miedo hundiéndome los hombros.
No sé si debería estar aliviada u horrorizada por haberlo superado con tanta rapidez, pero creo que es consecuencia de llevar tantos años viviendo a la sombra del Muelle Negro.
Las zapatillas de Aoife apenas hacen ruido cuando toma la escalera opuesta a la que lleva a mi habitación para dirigirse a la suya.
Aunque odie admitirlo, hay una parte de mí a la que le gustaría irse con ella para ofrecerle un poco de consuelo.
—¿Seguro que estás bien para volver? —No sabía si preguntárselo porque ya ha asentido una vez.
Sin embargo, si yo estuviera en su lugar, me gustaría que alguien me lo preguntara, aunque jamás lo reconocería.
—Estoy bien —murmura con una sonrisa amarga—. Solo necesito tumbarme un rato.
¿Es posible que Aoife nunca haya visto la muerte tan de cerca?
Vemos cómo se aleja poco a poco, pero no hablamos hasta que Garra se detiene delante de la puerta de mi habitación.
El pomo cruje cuando lo giro y, al observarlo en las sombras que dibujan las velas en el pasillo, el oscuro metal parece…
casi opaco. Rozo con los dedos las marcas que veo en el pomo y me doy cuenta de que habrá más de una docena de arañazos.
Garra suelta un gruñido grave antes de decir:
—Alguien ha intentado entrar en tu habitación.
—¿Mientras estábamos en el salón? —De pronto, se forja otra idea en mi mente que me aterra—. ¿O cuando estaba aquí… antes?
Cuando estaba en la habitación sola .
Garra niega con la cabeza y su corto pelo cobrizo brilla bajo la tenue luz de las velas.
—No lo sé —reconoce—. Pero ninguna es buena señal. —Se saca algo del bolsillo y me lo tiende—. Toma.
El objeto que me da apenas es más grande que mi dedo. Lo observo de cerca y me doy cuenta de que es una especie de triángulo alargado y estrecho de madera de unos cinco centímetros, fino por un extremo y que se va ensanchando hacia el otro.
—Calza la puerta con esto —me explica—. Aunque rompan el cerrojo, nadie podrá apartarlo para entrar en tu habitación.
Levanto una ceja y le pregunto:
—¿Y da la casualidad de que lo tenías a mano?
—Lobo los hace para nosotros —exclama, observándome como si tuviera curiosidad por ver cómo reacciono a sus palabras.
No le respondo, pero deslizo los dedos por los bordes de la cuña; se nota que están tallados con sumo cuidado.
Entonces, me viene a la mente una imagen de Lobo, concentrado y con el ceño fruncido, mientras sus dedos hábiles le dan forma al taco de madera.
¿Quién era antes de convertirse en un Susurrador?
¿El hijo de un carpintero o un artesano?
Recuerdo que tenía las manos llenas de cortes y callos.
Y no puedo evitar volver a preguntarme qué clase de errores se creerá que ha cometido para sentir esa imperiosa necesidad de reprimirlo todo.
La curiosidad me pica bajo la piel, pero me obligo a ignorarla.
Es imposible que Lobo se abra conmigo. Lo nuestro no es más que un simple acuerdo, un trato para quedar en paz con el otro. Nada más.
Garra me da un ligero golpe con el hombro y abre la puerta.
—Venga, entra. Tengo que mandarle un mensaje a Lobo y decirle que…
—¿Que aún no estoy muerta? —exclamo en tono sarcástico.
Su rostro se vuelve serio y responde:
—Sí. Y trata de que siga siendo así, ¿vale?
Se me escapa un bostezo enorme y esta vez no necesito que Garra me empuje para entrar en la habitación. Atravieso el umbral y reprimo un escalofrío cuando paso la mano por el pomo lleno de arañazos.
Escucho las botas de le guardia alejándose por el pasillo y, antes de que se aleje más, me detengo y le llamo:
—Espera.
Se queda inmóvil y mueve la mano con rapidez, pero no hacia la espada protocolaria que llevan todos los guardias de la Garda, sino hacia su muñeca. Y sé que, debajo de la manga del uniforme, lleva uno de esos guanteletes con fundas para las dagas. Al segundo, respira hondo y se gira hacia mí.
Me paro un momento a pensar en lo que le voy a decir, pero me da igual que crea que soy débil o que me he dejado arrastrar por la nostalgia o lo que sea. Para mí es importante, además de algo que necesito hacer para poder cumplir con mi misión.
—¿Puedes enviarle un mensaje a Finn también? Decirle que…
—¿Que no estás muerta? —Garra omite el «aún».
Me trago el nudo que se me formó en la garganta al decir el nombre de mi hermana. Solo las Primigenias saben cuánto la echo de menos… Daría lo que fuera por oír su voz o verla reír.
—Sí, exacto —respondo en un susurro, que es todo lo que me permite el dolor que me oprime el pecho.
—Veré qué puedo hacer. —El rostro de Garra se ablanda un poco y añade—: Te lo prometo, Maeve.
Algo cambia, como si compartiéramos una inesperada sensación de paz.
—Gracias.
Asiente y, después, me señala la cuña que tengo en la mano.
—Acuérdate de usarla.
En lugar de responderle, cruzo la puerta, la cierro y coloco la cuña en su sitio, que encaja a la perfección y se queda bien sujeta. El alivio me invade y, por fin, puedo respirar hondo.
Y, conforme me separo de la puerta, distingo la risa suave de Garra antes de alejarse por el pasillo.
En los dos días siguientes, las hijas de nobles intentan matarme un par de veces.
Un día después, por la noche, Neve me lanza un puñal en el pasillo que hay justo fuera del salón del banquete cuando llego a la cena.
Lo único que me advierte de que el puñal viene directo hacia mí es el silbido de la hoja cortando el aire, y me pasa tan cerca que todos los vellos de la nuca se me ponen de punta.
Me agacho justo a tiempo y el puñal se clava en la reluciente pared que tengo detrás. No me da de lleno, pero sí que siento el escozor de un pequeño corte que me hace la hoja en la frente.
Aoife recoge el puñal con dedos temblorosos y me lo tiende.
Supongo que ya tengo otro para mi colección.
Fulmino a Neve con la mirada, pero ella agita la mano con desdén y me dedica una sonrisa amenazante antes de colarse entre dos ancianos nobles que están entrando al salón del banquete en ese momento.
A Garra casi se le salen los ojos de las órbitas al ver cómo le limpio la sangre.
—Estoy bien —espeto para eludirle.
Pero lo cierto es que no lo estoy.
Sabía que era solo cuestión de tiempo que las hijas de nobles trataran de matarme, pero no me esperaba que fuera de una forma tan descarada… Respiro hondo un par de veces y, después, me obligo a levantar la barbilla.
Aisling es la segunda en intentarlo.
Tres días después de que el Rey Supremo atacara a la música, en otro banquete que se celebra entre prueba y prueba, las mesas se colocan lo bastante cerca unas de otras como para que los nobles se quejen al ocupar sus asientos.
Al final de la sala, han colocado otra mesa con tazas de gres llenas de un vino oscuro y denso.
En esta ocasión, me han sentado en el extremo opuesto a donde está el príncipe, y dudo que haya sido casualidad.
Garra se queda algo escondide en una esquina, donde solo le ilumina el resplandor de una vela, al igual que otros tantos guardias que hay enfilados en los bordes de la sala.
Cuando por fin me siento, contemplo las ostras peladas que ocupan el centro de la mesa y las gemas con pequeños arañazos y coberturas de oro que lucen los nobles y que ya han dejado de brillar.
Cada vez que intento decir algo, me observan con desdén, y sus miradas solo se iluminan cuando Aisling se acerca a nosotros.
Por suerte, me percato del frasco que lleva en la mano antes de que se tropiece con excesiva torpeza, se agarre a mí y trate de disimular la pizca de polvo blanco que echa en las ostras de mi plato.
El polvo se disuelve en el escabeche de inmediato, pero reconozco la repentina ausencia de olor.
Arsénico.
Noto que se me revuelve el estómago, pero no se parece en nada a lo que sentiría si me hubiera tragado el veneno.
El arsénico es famoso porque puede usarse de forma prolongada en pequeñas cantidades, aunque muy exactas, si quieres alargar la muerte de alguien para no levantar sospechas.
Sin embargo, si no tienes tanta paciencia, también puedes darle un final sumamente vergonzoso a quien se lo tome.
Una diarrea de lo más violenta o vomitar hasta que se te salgan las tripas.
Lo más sorprendente de todo es que la mayoría de las víctimas acaban muriendo por el impacto que tiene el veneno en el cuerpo, ya que ingerirlo es una de las formas más humillantes de morir.
Y eso mismo es lo que me despierta la macabra curiosidad de saber quién se lo habrá vendido.
Estoy segura de que no habrá sido Keeva, porque dudo que haga negocios con nobles ahora que sabe que estoy aquí.
A estas alturas, debe saberlo.
Aparto el plato y me vuelvo a mi habitación en cuanto acaba la cena.
Esa noche, el sueño se niega a visitarme.
A la mañana siguiente, me fijo en las sombras que se dibujan bajo mis ojos cuando me estoy recogiendo el pelo.
Las sedosas mallas de cuero y la túnica que se convirtieron en mi uniforme cuando llegué al castillo ahora me están un poco más holgadas, supongo que por mi constante estado de preocupación.
Sin embargo, tampoco creo que consiga relajarme porque quedan pocos días para la segunda prueba.
Llevo un guantelete con vaina en una de las muñecas; me la tapo con la manga de la túnica para ocultar los pequeños puñales que me dio Garra ayer por la mañana cuando me trajo el desayuno, además de otro objeto especial que le pedí. Entonces, me aventuro a salir al jardín.
Noto el frío de la mañana flotando en el aire. Unas gotitas del rocío de la húmeda niebla me cubren las pestañas y hacen que me escuezan los ojos. Me los froto para aliviar el picor y respiro hondo.