Una tentación de susurros y lobos QUINCE
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QUINCE

L a música da comienzo cuando la Reina Suprema chasquea los dedos, y la melodía barre toda la tensión que invadía el gran salón.

Las notas cantarinas de una gaita danzan desde uno de los rincones que hay tras el estrado y toda la corte parece suspirar al unísono, pero, cuanto más relajados parecen ellos, más se aceleran los latidos de mi corazón.

Algunas de las nobles jóvenes se ponen por parejas y se colocan en las baldosas de mármol que no están manchadas de sangre para bailar, justo a los lados del estrado.

El príncipe Cashel se pasea entre ellas y se mueve con elegancia de una pareja de baile a otra.

Se detiene un rato con un joven y, tras deslizar una mano por la espalda sedosa del cortesano, se gira hacia una mujer de piel cobriza.

La mujer echa la cabeza hacia atrás cuando suelta una carcajada y los diamantes que visten su cuello brillan bajo el resplandor de las velas.

La mera idea de que alguien se ría estando tan cerca de él hace que se crispen todos los nervios de mi cuerpo.

Cada cual se gana su fama y es imposible que la suya sea infundada.

¿No?

Me obligo a enterrar ese pensamiento en las profundidades de mi mente y me acerco todo lo que puedo a Garra.

Aoife se mueve alrededor del salón sin despegarse de la pared. Casi nadie habla con ella, pero me percato de cómo sus ojos azules escudriñan a los distintos grupos de nobles y los sigue como si estuviera memorizando cada detalle.

Entonces, un pensamiento perturbador brota en mi mente.

Puede que Aoife posea información que me venga bien conocer para tener la posibilidad de sobrevivir el tiempo suficiente como para matar al Rey Supremo y pasar las distintas pruebas del Ensayo.

Hay demasiados elementos en juego. Tengo que matar al rey y averiguar cómo voy a escapar después.

Y, si no consigo matarlo hasta el final, debería trazar un plan para ser la que sobreviva al Ensayo sin tener que casarme con el príncipe Cashel.

Además, también debería descubrir quiénes son las hijas de nobles que apoyan a Cymrea para acabar con ellas.

Aunque sé que confiar en Aoife podría ser algo temerario por mi parte, creo que puedo encontrar un término medio.

La melodía de la gaita cambia a un ritmo lento y afable que despierta en mi interior un dolor tan extraño como repentino, como si me hubiera invadido un sentimiento de nostalgia.

Mi madre siempre decía que las canciones de las gaitas nacían del corazón de la ciudad. Y, aunque nunca he puesto un pie fuera de Dyfflin, el sonido de las gaitas remueve algo anclado a mi alma, como un espíritu que se aferra a los huesos que lo sostienen.

La mujer que está tocando la armoniosa melodía solo tiene unos años más que yo y está sola en un rincón tras el estrado.

El príncipe Cashel parece ser el único que reconoce su talento cuando asiente hacia ella y los mechones rubios le caen sobre la frente.

El anhelo que percibo en sus ojos mientras disfruta de la música me deja sin aliento.

Cada nota aguda y grave que flota en el salón evoca un sentimiento de añoranza de un mundo del que ni siquiera formo parte, pero vive en los sueños que me acompañan en las noches de insomnio.

Unas colinas extensas y escarpadas, el mar rompiendo contra los antiguos acantilados negros y las costas repletas de flores silvestres que se aferran a la orilla.

Tengo la corazonada de que merece la pena salvar y proteger esa isla que veo en mis sueños, a pesar de que nos hayan arrebatado la magia.

La Reina Suprema, que sigue en el estrado, frunce los labios cuando escucha la melodía.

Entonces, me fijo en unas personas vestidas de blanco y azul claro que se acercan al trono y se agrupan en torno a ella. Todas tienen el mismo pelo casi blanco y los mismos rasgos marcados con pómulos definidos y altos que la reina.

Noto que la sangre se me hiela poco a poco al darme cuenta de que…

Son cymreanos.

Y todos ellos observan al príncipe con la misma mirada asesina, mientras él arrebata risas, saludos y reverencias por doquier, como si fuera un sol de invierno sobre un paisaje helado, peligrosamente cálido.

De pronto, el príncipe se separa del joven con el que estaba bailando y se aparta del centro de la pista de baile antes de buscarme con la mirada.

Mis latidos se aceleran.

Uno de los cymreanos que hay junto a la Reina Suprema, un hombre con los ojos cubiertos de kohl y la melena recogida hacia atrás en una trenza blanca, se inclina hacia ella y le susurra algo en el oído. Al segundo, su mirada gélida me atraviesa.

Echo un vistazo por encima del hombro por puro instinto y me preparo para que un puñal dentado me raje la garganta y para el silbido de una capa oscura ondeando sobre el mármol cuando la Dama de las Sombras se acerque hacia mí.

En cambio…

—Baila conmigo.

Un aroma invernal, fresco y especiado me inunda las fosas nasales cuando el príncipe Cashel me ofrece la mano repleta de anillos y clava sus ojos azul zafiro en los míos.

—Vamos —insiste con una sonrisa tensa—. Tiraste la rosa que te regalé en el jardín. Lo menos que puedes hacer para compensarlo es bailar conmigo.

—Tu rosa me hizo sangre —respondo intentando con todas mis fuerzas que el miedo no se cuele en mi voz.

Por todas la Primigenias… No me había dado cuenta hasta ahora de que todos los ojos de la corte observan cómo el príncipe espera a que acepte la mano que tiene extendida hacia mí.

Y, aunque no lo hago, se acerca tanto a mí que puedo contar las oscuras pestañas que ensombrecen sus ojos cuando, en voz baja y en un tono engañosamente tierno, me dice:

—¿Por qué crees que he pedido que las arranquen todas?

De buenas a primeras, siento una descarga de adrenalina que me corre por las venas.

Asesino.

Monstruo.

Se me vienen a la mente de golpe todas las advertencias que he escuchado sobre él y siento que se me eriza la piel cuando sus ojos azul marino me buscan con desesperación.

Yo contemplo su túnica de terciopelo del color de la noche, que no tiene ni una sola arruga, y los rubíes incrustados en la corona plateada que lleva en la cabeza y que refleja la luz de las velas.

—Sé lo que dicen de mí —murmura el príncipe con cautela cuando por fin me agarra la mano y apoya la suya sobre la curva de mi cadera. Y, sin apartar esa inquietante mirada de mí, marca el ritmo del baile y me acerca hacia él conforme el compás de la melodía va más y más rápido.

«Mientras esté pendiente de ti, no me buscará a mí».

Me tropiezo con mis propios pies.

Al príncipe se le escapa una risita, pero reduce la distancia que separa nuestros cuerpos hasta que se rozan. Bastaría con que deslizara una hoja afilada por la parte posterior de mis costillas para matarme sin tan siquiera darme cuenta.

—Ah, ¿sí? —Maquillo mis palabras con una sonrisa tímida y con la expresión calmada que todos los cortesanos esperan de una chica que está bailando con el príncipe.

Aunque Lobo no me responda abiertamente, no puedo evitar preguntarme: si cumplo con mi cometido, ¿los Susurradores reducirán la corte a cenizas o sentarán a un nuevo rey en el trono?

Es decir, al príncipe Cashel en el trono de su padre.

De pronto, la combinación del vino traicionero y las vueltas del baile hacen que pierda el equilibrio—.

Me sorprende que les hayas perdonado la vida a los que cuentan esas historias de ti.

Me estremezco en cuanto las palabras salen de mi boca.

Mierda.

Si las leyendas son ciertas, el príncipe hizo que mataran a toda la familia de uno de sus amigos de la infancia por un simple insulto.

El azul de sus ojos atraviesa el gris de los míos.

—¿Y tú te las crees?

La música y el murmullo de los cotilleos nos envuelven, pero, al estar tan cerca el uno del otro, lo único que escucho es cómo se le corta la respiración un segundo cuando me detengo a contemplar su rostro.

Entonces, acaricia con un dedo los lazos de mi brillante vestido negro como la noche, que se entrelazan sobre mi espalda desnuda.

Una sutil pero súbita sensación de peligro hace que se me encoja el estómago y, al mismo tiempo, me atrae hacia él.

Keeva me habló una vez de unos venenos que se propagan por el aire, como un vapor que te embauca hasta arrebatarte la voluntad y nublarte el juicio.

Otros hacen que sientas como si todo ardiera en tu interior, como si la magia de los magos te calara hasta los huesos y te los calcinara.

Y otros carcomen cada pensamiento racional de tu mente hasta que solo queda espacio para la locura.

De hecho, algunos incluso hacen que se te pare el corazón.

Sin embargo, nunca ha mencionado este veneno.

Este aroma a especias invernales que amenaza con dañar mi buen juicio. Un aroma que me invade hasta las entrañas y me obnubila los sentidos con un terciopelo glacial cuando el príncipe guía nuestros cuerpos por la pista de baile al ritmo de la música.

Jamás pensé que el eco del peligro, y de los «y si» y los «quizás», podría conformar un veneno tan letal.

¿Cómo actuaría el príncipe si se convirtiera en rey? Si los Susurradores decidieran sentarlo en el trono, ¿podría cambiar la vida de las personas que son como yo?

Hizo que los guardias de la Garda arrasaran los templos, que fue justo lo que le pidió su padre.

Pero, cuanto más lo pienso, más intenso se vuelve el pensamiento que me martillea la mente. ¿Y si él también está tratando de sobrevivir?

Por un solo segundo, me permito fantasear con la idea de un mundo en el que un rey, uno mucho más amable de lo que dicen las malas lenguas, pueda gobernar una isla llena de magos y magia, un mundo en el que todos podamos unir nuestras fuerzas en lugar de levantar murallas que nos separen.

Entonces, me acerco aún más hacia él y murmuro:

—¿Debería creérmelas?

Su mirada teñida de azul oscuro me devora y sus labios se separan.

Pero, antes de que pueda decir nada, un grito desgarrador se extiende por la sala y la música se detiene.

Nadie se mueve.

Nadie se atreve a respirar .