Una tentación de susurros y lobos CATORCE #2
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CATORCE #2

Solo tengo un as bajo la manga: unas palabras que le susurraron a Finn años atrás y que, después, me sedujeron a mí.

La coraza que envuelve mi corazón flaquea, pero se mantiene en su sitio.

—No importa cuantos caminos decidas recorrer, te seguiré hasta tu hogar y allí entraré —exclamo con toda la seguridad en mí misma que soy capaz de fingir.

Me callo un segundo cuando el silencio se apodera de la sala del trono—.

No me importa ver la lluvia o la nieve caer, ni tampoco de hambre o sed me quejaré.

Pero, cuando se ponga el sol, solo te dejaré. ¿Qué soy?

La mirada del Rey Supremo hace que me quede paralizada y me percato de que tiene las pupilas muy dilatadas. ¿Se habrá tomado algún narcótico?

El príncipe Cashel, que está justo al lado de su padre, aprieta los puños y todo su cuerpo se tensa.

—Una adivinanza —dice en tono indiferente y relajado.

Más relajado de lo normal. Tiene una mano apoyada en el hombro del rey y se agacha para susurrarle algo al oído.

El Rey Supremo asiente y se recuesta en el trono—.

¿Quién puede demostrar que es digno de la presencia de mi padre?

—les pregunta el príncipe a los nobles—.

Dejad que hablen vuestras mentes brillantes. Demostrad vuestra astucia .

El primer cortesano que se atreve a responder exclama:

—¡Una brújula!

Otro le sigue de inmediato:

—¿Una sirvienta?

Lo único de lo que estoy pendiente es de que la Dama de las Sombras está cerca, tanto como para abrirme en canal aquí mismo si esto sale mal. Si es así, entonces será mi sangre la que tiña las baldosas de mármol que hay a mis pies.

Un leve silbido parece sacudir el suelo que hay a mi espalda y una sensación de terror me surge de las entrañas…

¿Será ella?

El Rey Supremo se rasca la punta del dedo meñique. Entonces, veo que la sangre brota justo de donde se arranca un trozo de piel dura y se lleva el dedo a los labios antes de inclinarse hacia delante de forma repentina.

—¡El sol!

Garra se tensa a mi lado.

Y el pánico me invade de nuevo.

El Rey Supremo ha vuelto a fallar. Esa no es la respuesta correcta y tampoco puedo mentirle y hacer como que sí que lo es. No obstante, si le digo que se ha equivocado delante de todo el mundo…

El rey me fulmina con la mirada y noto que se me revuelve el estómago. En sus ojos vacíos no hay rastro alguno de emoción ni de humanidad.

Garra cambia de postura de forma casi imperceptible mientras roza con una mano la empuñadura de su espada.

De pronto, una voz apacible me saca de mis pensamientos.

—Una sombra —dice el príncipe Cashel, colocándose delante de su padre en el estrado.

Nuestros ojos se encuentran en menos de un segundo y baja los escalones hasta donde estoy, al final de la fila de las hijas de nobles.

Apenas puedo respirar cuando su fresco y agudo aroma me embauca y sus ojos como zafiros parecen ablandarse cuando me observan de cerca—. Esa es la respuesta, ¿no?

Un tenue murmullo se empieza a propagar entre los nobles cuando el príncipe acaricia mi barbilla con el pulgar y me levanta la cara justo antes de acercarme a él para hablarme en voz baja, tanto que parece que roza con sus labios el lóbulo de mi oreja.

— No les dejes ver tus miedos —me advierte antes de apartarme y observarme con atención. La melena rubia le cae sobre la frente y se la peina hacia atrás con los dedos.

El olor especiado que desprende hace que se me erice la piel.

Me obligo a asentir y a llenarme los pulmones de aire antes de responder en voz alta:

—Sí. —Me enderezo y, en un susurro que solo puede oír él, añado—: Y no me das miedo.

Sus ojos se clavan en los míos con tanta intensidad que siento otro escalofrío que me sube por toda la columna.

—No me refería a mí —murmura el Príncipe Sanguinario—, pero está bien saberlo.

Entonces, escucho algunos aplausos cautelosos y dispersos de la gente que nos rodea.

Y, aun así, Garra tiene la postura tan rígida como una tabla y yo no logro deshacerme de este malestar, ni siquiera cuando el príncipe retrocede y levanta las manos hacia los presentes en señal de victoria, interpretando su papel de heredero a la perfección.

Sin embargo, no me pasa inadvertida la tensión que se extiende bajo la túnica de terciopelo oscuro que cubre sus hombros, a pesar de la sonrisa que se le dibuja en la cara.

De hecho, se deja la mano izquierda vacía y rechaza todas las copas que le van ofreciendo mientras juguetea con la empuñadura del sable que lleva en la cintura.

Mientras la corte da vueltas a su alrededor, el príncipe Cashel les ofrece la mano enjoyada a cada una de las hijas de nobles que se presentan en fila. Todas hacen una reverencia pronunciada y, después, le besan el rubí rojo sangre engastado en oro de su dedo corazón.

El príncipe les dedica una mirada fría y fugaz a Oona, Eavan y Neve, mientras que a las otras dos les muestra su agrado con un ligero y casto beso en la mejilla.

La primera tiene la deslumbrante melena pelirroja propia de los que viven en la costa este. Aisling, hija de la Serpiente Marina, señor de la península Inis, la que derribó a un hombre que la doblaba en altura.

Y la otra es Saraid de la abadía de Askeaton, la que tiene el cabello dorado y unos ojos gatunos de color marrón topacio.

De pronto, me invade una sensación de peligro cuando empiezo a entender lo que está pasando.

Puede que el príncipe Cashel sea el heredero del Rey Supremo, pero también es un obstáculo para su madrastra si esta pretende ayudar a su pueblo a anexarse a Eireann.

Es entonces cuando me percato del hilo de tensión que flota entre madrastra e hijastro mientras el Rey Supremo se limpia las uñas con un puñal.

Tal vez el príncipe de este castillo corra tanto peligro como yo.