CATORCE
E l público ahoga un grito al unísono.
Un zumbido atronador me retumba en los oídos.
Mis ojos saltan de una chica a otra.
¿Qué hacemos?
Una oleada de tensión las invade tras escuchar las palabras del príncipe.
Algunas se dan la vuelta y buscan a sus familias en un intento por que les den alguna pista sobre lo que deben hacer.
Hasta Oona se encoge de miedo, aunque su mirada se vuelve sombría y violenta al instante, como si estuviera trazando un plan mientras las demás luchamos por no entrar en pánico.
Parece que esto no solo me ha pillado desprevenida a mí.
De pronto, la inquietante melodía de una gaita sale de un rincón alejado de la sala, justo detrás del estrado.
Respiro hondo y empiezo a salivar en cuanto el aroma a rosas me inunda el paladar.
Noto la mirada fría del príncipe clavada en mi piel y decido devolvérsela. Entonces, me obligo a que mi rostro refleje una calma fingida y el exasperante vacío que muestra siempre Lobo, como si fuera una habilidad con la que hubiera nacido.
El Rey Supremo señala entonces nuestra fila con un dedo torcido y lo pasea por todas nosotras con aire burlón. Me fijo en el brillo que cubre sus labios justo cuando se recuesta en el trono con la cabeza inclinada en un ángulo de lo más antinatural y nos fulmina con la mirada.
Siento que el corazón se me va a salir del pecho en cualquier momento.
El dedo del rey se detiene a la altura de la chica más joven, la que ni siquiera tiene edad para ser heredera.
La que se arriesgó a regalarme una sonrisa a espaldas de su abuela.
Y, aunque sé que debería odiarla porque podría matarme en cuanto tuviera la oportunidad, algo se ablanda en mi interior al observarla.
—Muéstranos qué habilidades te hacen digna de nuestro trono —ordena la Reina Suprema.
Parece que no soy la única que se tensa al oír sus palabras, porque un ligero murmullo se propaga entre todos los presentes.
La reina no ha dicho «este» trono. Ni «el trono del Rey Supremo».
Ha dicho «nuestro» trono.
Como si ella, una cymreana, tuviera derecho a reclamar algo de nuestra isla.
La chica, Caitria, le lanza una mirada frenética por encima del hombro a la anciana.
En el estrado, la expresión del príncipe se vuelve fría, e incluso aburrida.
De buenas a primeras, se me vienen a la mente las palabras de Finn.
«Si dudas, estás muerta».
Caitria se queda sin palabras, pero consigue decir tartamudeando:
—Yo… Yo… No tengo ninguna habilidad especial. —Su voz se quiebra justo antes de volver a mirar a su abuela, pero esta vez con rabia—. Dijiste que lo único que tenía que hacer era…
Los nobles que hay tras nosotras se apartan cuando una figura emerge entre ellos. Va ataviada con una larga capa carmesí tan oscura que se funde con las sombras y se mueve tan rápido que su imagen apenas se distingue antes de deslizar un puñal dentado por el cuello de la joven.
El grito de Caitria se convierte en un balbuceo.
La sangre comienza a salir a borbotones de su garganta y salpica el suelo de mármol y las botas que lleva puestas el Rey Supremo, que está acurrucado en su trono. De pronto, el hombre estalla en carcajadas mientras señala la sangre que le cubre los pies.
Es la Dama de las Sombras.
Noto un escalofrío que me recorre de pies a cabeza.
Es la jefa espía de la realeza. Solo hay dos nombres que la gente pronuncia con miedo en las calles del pueblo: el del Rey Supremo y el suyo.
Y está aquí mismo.
El rostro impasible del príncipe no cambia ni un ápice cuando un ensordecedor silencio se extiende entre la multitud. Sus ojos azul marino se encuentran con los míos y me dejan completamente paralizada antes de volver a clavarlos en el cadáver de la primera víctima del Ensayo.
La Reina Suprema golpea sus pesados anillos de oro contra el brazo del trono y le hace una señal a la figura de la capa carmesí.
La capucha le cubre la cabeza, pero entreveo una sonrisa mordaz teñida de sangre y se pierde entre la masa de nobles en cuanto suelta el delicado cuerpo de Caitria, que emite un ruido nauseabundo al chocar contra el suelo.
A los segundos, la sangre empieza a formar un charco justo delante de nosotras.
Ninguna nos atrevemos a movernos.
Ni siquiera cuando la sangre me llega a los pies y noto su calor empapando la suela de mis zapatos.
—Los que gobiernan no cuentan con el lujo de prepararse —exclama la Reina Suprema, poniéndose de pie y lanzándonos una mirada pálida y despiadada—.
Si no estáis listas para afrontar las amenazas que pueden surgir de imprevisto, vuestro trono se vendrá abajo de inmediato.
Las dudas no solo ponen en riesgo vuestras vidas, sino a todo el reino.
—Su mirada se vuelve sombría y añade—: Y una reina que no tiene la capacidad de adaptarse es una reina que no nos podemos permitir.
No sé qué caras tendrán las personas que hay a mi espalda, pero me lo puedo imaginar: ojos saltando de un lugar a otro, miradas que comparten mensajes de advertencia y cabezas negando de forma sutil.
Entonces, una nueva oleada de miedo lucha por colarse por cualquier grieta que encuentre en la armadura que me protege, pero contrataco para contenerlo.
Los ojos vidriosos del Rey Supremo se pasean por el resto de las participantes hasta que señala con el dedo a la hija de nobles de cabello oscuro como las alas de un cuervo, que está justo al lado de donde yace el cuerpo inerte de Caitria, cuya sangre sigue propagándose despacio por el suelo.
Es el turno de Oona.
Una inesperada punzada de esperanza me atraviesa las costillas.
Sé que lo más probable es que la Dama de las Sombras siga entre la multitud, a escasos metros de nosotras, así que puede que Oona sea su siguiente objetivo.
La chica, como si quisiera que la vieran y admiraran, levanta las vaporosas telas de seda negra y carmesí de sus faldas poco a poco y con aire provocativo, primero por encima del tobillo y, después, sube por su larga pierna.
Solo se detiene cuando llega a una banda de cuero que le rodea el muslo y, tras clavar la mirada en el príncipe Cashel, saca con una mano las cuatro dagas finísimas que tiene escondidas ahí mismo.
Echo un vistazo en dirección al príncipe, que está de brazos cruzados y con la misma cara de aburrimiento que antes.
Sin decir ni una palabra, Oona lanza las dagas hacia arriba, que parecen cortar el aire de forma amenazante y aterradora mientras reflejan la tenue luz de las velas.
Cada una de las dagas vuela entre sus manos con la misma facilidad con la que un embaucador hace malabares con manzanas, y cada vez las lanza más alto, hasta que solo se distingue un borrón de sombras metálicas.
Ojalá se le caigan , susurro para mis adentros por si queda algún fantasma de las Primigenias que pueda escucharme.
Como si me hubiera leído la mente, Oona retrocede un paso y deja que las dagas caigan al suelo. Todos los presentes ahogan un grito.
Levanto la vista hacia el estrado y me preparo para el silbido de una capa oscura que le clave a Oona sus propias dagas en la garganta.
Sin embargo, no oigo ningún choque metálico ni ningún lamento de dolor. Solo murmullos de… ¿asombro?
Me obligo a mirar a Oona otra vez y me fijo en que las cuatro dagas se han quedado incrustadas en unas grietas entre las baldosas de mármol que apenas se ven, justo donde estaba ella hace tan solo un segundo.
El Rey Supremo suelta una risa de lo más estridente y la Reina Suprema empieza a aplaudir a la chica, mientras que el príncipe se limita a asentir con la cabeza.
Busco a Garra con la mano y me alivia saber que no soy la única que está temblando ahora mismo.
Oona vuelve a la fila y, después, es el turno de otras dos hijas de nobles.
Una de ellas, la que tiene unos asalvajados rizos pelirrojos y que, si mal no recuerdo, se llama Aisling, levanta del suelo a un cortesano que le dobla el tamaño, lo gira sobre su rodilla, lo deja inmóvil en el suelo y saca un puñal que acerca al hueco de su cuello hasta dejarlo a menos de un dedo de su piel enrojecida.
La gente la aplaude, pero el hombre se queda observándola justo cuando una inconfundible mancha oscura tiñe la parte delantera de sus mallas azul claro.
La otra chica, Neve, que tiene una nariz estrecha y los labios fruncidos, sale de la fila y se acerca a uno de los enormes jarrones repletos de rosas blancas.
De pronto, veo algo oscuro que se mueve en el extremo más alejado de la multitud. ¿Será la Dama de las Sombras marcando su nuevo objetivo?
La garganta se me queda seca, pero, al segundo, todos los nobles de la sala estallan en risas y la Reina Suprema asiente en señal de aprobación cuando la chica enseña la corona de rosas blancas que ha hecho en tan solo unos segundos, se la coloca en la cabeza y hace una reverencia hacia el estrado.
La siguiente es Eavan de Antrim.
Canta con una voz tan dulce como la miel y, por un momento, por unos inquietantes segundos, la melodía me recuerda tanto a la nana que me cantaba mi madre que no puedo evitar que se me empañen los ojos.
La letra de la canción, sin embargo, es completamente distinta.
Es una canción que habla del honor de la Corona. Del primer Rey Supremo, Berach el Astuto, y de su heredero, Fachtna el Insensato. Y de cómo acabaron con las Primigenias.
Mi madre jamás me habría cantado una nana cuya letra está manchada de sangre.
El Rey Supremo se rasca la punta de los dedos ensangrentados y murmura algo por lo bajo.
A su lado, el príncipe se pone rígido cuando sus ojos azul oscuro se encuentran con los míos.
Entonces, su padre se gira y me apunta con el dedo.
—Es tu turno.
El Rey Supremo me observa con detenimiento, de arriba abajo.
Lo cierto es que no tengo muchas opciones.
No puedo ofrecerles ninguna habilidad honorable, y solo las Primigenias saben que lo último que quieren es escucharme cantar.
Creo que la última vez que canté, Finn lo llamó «maullido», así que no creo que eso me pueda salvar ahora.
De hecho, puede que así solo consiga que me maten antes de tiempo.