TRECE #4
Encima, hay dos tronos dorados con respaldos acolchados y unos grabados ornamentados.
La Reina Suprema está sentada en uno de ellos.
Reconozco al segundo la frialdad de sus ojos cristalinos, el kohl negro que envuelve su mirada y el colosal recogido de trenzas que coronan su cabello rubio casi blanco.
Entonces, la mirada asesina que me lanza la reina hace que se me hiele la sangre.
No obstante, los murmullos del hombre que hay sentado junto a ella, en el trono más grande, me sacan por completo de mis pensamientos.
Es el Rey Supremo, cuyo espectro se extiende por las calles del Paseo del Muelle y las impregna del hedor a carne podrida que proviene del Muelle Negro.
El hombre cuyo título se susurra por las esquinas como si fuera una maldición.
El mismo hombre que, ahora que lo tengo delante, parece tan débil como un bebé moribundo.
Los huesos sobresalen de sus mejillas como si fueran dagas tratando de atravesarle la piel.
El cabello le cae en mechones finos que, en algún momento, debieron de ser rubios, y una densa túnica de terciopelo cuelga de sus hombros, como si con el paso de los años su cuerpo hubiera empequeñecido.
Y, además, hay algo que lo hace inquietantemente… ordinario.
No veo rastros de una fuerza amenazante que se extienda por sus brazos.
Y tampoco escamas ni colmillos. A simple vista, no hay nada que evidencie la crueldad que sé que invade su fuero interno.
Sus manos son tan delicadas que dudo que con ellas pueda tan siquiera sujetar una espada, y mucho menos defenderse de cualquier clase de enemigo.
O de mí .
Un escalofrío de pánico, el mismo que me ha acompañado desde que bajé las escaleras, desaparece. Entonces, me deshago del miedo continuo que asola mi mente antes de atreverme a mirar por segunda vez al rey, aunque sea solo un segundo, así como a la persona que está de pie a su izquierda.
Unos ojos azules como un cielo estrellado se encuentran con los míos.
El príncipe me observa con la misma mirada depredadora que un gato tras arrinconar a un ratón, y siento que se me eriza la piel desnuda de la espalda mientras mis dedos revolotean hasta detenerse en el suave cuero del guantelete que llevo en el antebrazo izquierdo.
De pronto, el impasible rostro del príncipe se crispa y me fulmina con una mirada gélida en cuanto se percata del leve movimiento que acabo de hacer.
Mi cerebro tarda menos de un segundo en recordar el peculiar aroma fresco a la par que especiado que nos envolvió aquella noche, como si estuviera nevando.
Y también recuerdo algo más bajo ese olor tan intenso, un ligero toque floral parecido al que flota en el salón en el que estamos ahora. Un olor a…
El miedo se me clava en las entrañas como una espina.
Un olor a rosas .
El resplandor de las velas parpadea e ilumina más allá de las esquinas de la enorme sala, así como la parte trasera del estrado en el que está el príncipe de pie.
La luz alumbra unos pesados maceteros de cobre que relucen en cada mesa larga y en cada superficie, y todos ellos están repletos de rosas blancas, idénticas a la que me dio el príncipe en el jardín.
Siento la repentina e imperiosa necesidad de salir corriendo, pero no puedo ir a ninguna parte.
Garra aprieta su brazo contra el mío y su tacto es como una pregunta sin palabras que hace que un escalofrío despierte todos los vellos de la piel que no cubre mi vestido.
En cuanto Garra me roza, el príncipe nos mira con los ojos entrecerrados.
Pero no veo ningún atisbo de calidez o ternura en su mirada, sino una belleza letal tan virulenta como los rasgos huesudos de su padre.
El contraste entre padre e hijo me perturba cuando veo que el Rey Supremo se tambalea al levantarse del trono.
Entonces, les echa un vistazo rápido a las personas con atuendos relucientes y engalanados que hay por toda la sala, pero, al segundo, sus ojos de un azul vidrioso las observa con atención a todas y cada una de ellas.
Aun así, no dice nada. Su mirada se endurece y sus labios se contraen con rabia. Agarra con una mano el brazo del trono bañado en oro y profiere un sonido de frustración.
Es entonces cuando el príncipe apoya con cuidado una mano en la manga de terciopelo negro de su padre y da un paso hacia delante, mientras la otra, la que tiene llena de anillos, la coloca sobre la empuñadura de su espada.
—Gobernar significa estar siempre preparado para plantarle cara a los rivales.
—Su voz es mucho más fría que cuando hablamos en el jardín de las rosas—.
Gobernar significa adaptarse en el último momento o pagar con tu vida.
Tenemos que demostrar agilidad. Tenemos que demostrar inteligencia. Tenemos que demostrar astucia .
El estómago me da un vuelco y, de pronto, me vienen a la cabeza las palabras que me dijo Lobo cuando nos escondimos tras el tapiz.
«Las tres Pruebas del Ensayo». Esas fueron sus palabras. «Astucia, Sabiduría y Fuerza».
Los ojos azul oscuro del príncipe Cashel estudian mi rostro, como si buscara algo, y su tono cortante se cuela entre las silenciosas reacciones de asombro que se extienden entre los nobles del público.
—Os damos la bienvenida a la Prueba de Astucia.