TRECE #3
Trato de recuperar el aliento, a pesar del dolor que me estruja los músculos, y me paro a observar a las cuatro chicas que aún tengo por delante.
Ha sido una de ellas la que me ha dado un codazo con tanta fuerza que me ha dejado sin aire, estoy segura.
La primera en dejar clara su intención de ir a por mí, pero ¿quién?
—Saraid de la abadía de Askeaton y Connacht —grita la guardia con orgullo.
Después, otra de las hijas de nobles de melena rubia da un paso adelante. A pesar del dolor, me obligo a mirarla dos veces. Y la reconozco: es la que iba en uno de los carruajes que vi en el Camino del Rey, la que se puso a tirar monedas cuando la muchedumbre estaba al borde del colapso.
Se gira para mirarme un segundo, pero no logro descifrar lo que esconde su mirada topacio antes de que se dé la vuelta y atraviese la cortina.
No sé quién nos esperará al otro lado de la cortina, pero estallan en unos gritos atronadores cuando aparece la chica, mucho más escandalosos que con las otras que se han presentado hasta ahora.
—Neve de las Colinas de Valle Alto —exclama la guardia cuando presenta a la chica que va vestida con capas de seda plateada y blanca.
El público vuelve a aplaudir, pero con menos intensidad.
—Aisling, hija de la Serpiente Marina, señor de la península Inis.
Al menos el nombre me suena. La península Inis está en la costa este de Eireann y allí hay unos erizos de mar que segregan un veneno de lo más particular. De hecho, Keeva me enseñó a extraerlo y a recogerlo en delicados frascos de vidrio.
Si se mezcla con una tacita de leche de cabra, una sola gota puede curar un dolor de cabeza. En cambio, si se utiliza solo, el veneno salado hará que quien lo tome acabe sangrando por cada orificio de su cuerpo.
La verdad es que no me importaría tenerlo a mano en este momento, pero no para mí.
La hija de nobles con el pelo tan negro como las alas de un cuervo, Oona de la casa Dunluce, tiene la osadía de frotarse el codo, como si la hubiera golpeado yo con mis costillas, lo cual es absurdo. Entonces, se gira hacia mí y frunce el ceño.
—Bienvenida al Ensayo, rata —murmura con tal desprecio que se le arruga la nariz.
Cruza la cortina a toda prisa, como si tuviera la certeza de que va a ganar. O a perder.
Ni siquiera se digna a dedicarle una sonrisa escueta o un saludo rápido a la guardia que ha leído su nombre, un gesto que sí que han tenido las chicas anteriores.
En cuanto esta última atraviesa la cortina, escucho un leve murmullo, gritos ahogados, palabras como «una belleza apacible» y, de pronto, los aplausos y berridos más fuertes que se han oído hasta ahora.
Al minuto, el ruido se transforma de nuevo en un leve zumbido que empieza a nublar los límites de mi mente.
Parece que al final Garra tenía razón con lo del vino.
La guardia a la que saludó Garra me observa con una mirada de complicidad que intensifica aún más sus ojos.
—¿Nombre? —pregunta con recelo.
—Maeve —respondo, enderezando los hombros—. Del Paseo del Muelle.
No me espero a que me presente para cruzar la cortina.
De repente, el resplandor de las incontables velas que hay en la sala me ciegan unos segundos. En cuanto mis ojos se adaptan a la luz, veo una amplia escalera de roca negra que desciende desde el pequeño rellano que hay tras la cortina hasta el salón más grande que he visto en mi vida.
Hay cientos de nobles esperándome abajo y un silencio ensordecedor se instala entre ellos.
Garra apenas puede contener la extraña sonrisa que se dibuja en su cara antes de ofrecerme una mano para ayudarme a bajar la escalera.
—He pensado que necesitaría alguien que la escoltara, señorita .
—Ni se te ocurra… —Niego con la cabeza y noto que el bochorno de las miradas del público y las velas titilantes hace que todo empiece a dar vueltas a mi alrededor—. ¿Sabes qué? Si me ayudas a llegar de una pieza al final de las escaleras, prometo hacerte caso la próxima vez.
—Te dije que el vino era traicionero —exclama, acercándose al borde de la ancha y curva escalera que desciende hasta un salón de mármol negro, espejos brillantes y antorchas que alumbran cada superficie con llamas ondeantes.
—Tenías razón —reconozco mientras engancho mi brazo derecho en su brazo izquierdo y me agarro con fuerza—. Y quería pedirte perdón… por lo de antes. —Trago saliva y añado—: Tengo un poco de mal genio.
—Ah, ¿sí? Pues nadie lo diría…
Me guía por las escaleras tan despacio que consigo que el zumbido de mi cabeza se vaya callando conforme vamos bajando. Veo que alguien se mueve entre la multitud, un borrón carmesí y metálico, pero desde aquí arriba no alcanzo a distinguir nada entre las sombras.
Escucho los martilleantes latidos de mi corazón que llenan un silencio incómodo que me pone los vellos de punta.
Nadie le dedica ni un mísero aplauso a esta campesina, solo miradas frías y de disgusto que atraviesan la tela vaporosa de mi vestido y se me clavan en la piel.
Cuando llegamos al final de la escalera, una oleada del calor que desprenden los cientos de cuerpos que ocupan la sala hace que la sangre se me agolpe en las mejillas. Noto un dulzor empalagoso en el aire, un aroma floral que hace que se me cierre la garganta, pero no sé de dónde viene.
Me percato de que las nobles que han bajado antes que yo se han alineado junto a unos hombres y mujeres de aspecto serio que deben de ser sus escoltas, como Garra conmigo.
Tengo el corazón a mil.
—¿Garra?
Le guardia se inclina hacia mí, pero no aparta su astuta mirada de las personas que nos rodean desde cada lado de la sala. Sé que no tiene sentido, pero que esté aquí conmigo me tranquiliza.
—Gracias por estar aquí.
La comisura de su boca se curva hacia arriba y responde:
—¿Dónde iba a estar si no?
«No eres la única cuya vida corre peligro si fracasas».
Por todas las Primigenias… Se me ha olvidado preguntarle qué quería decir con eso.
¿Cuántas personas de las que hay en este salón y en el castillo estarán trabajando con los Susurradores?
Aun así, las palabras de Garra no son las únicas que se repiten en mi mente, sino también las de mi madre: «Los secretos son el mejor escudo».
Y no puedo pedirle a nadie que baje los suyos si no estoy dispuesta a bajar los míos.
Llegamos al final de la fila y me detengo junto a la sexta hija de nobles, Oona de la casa Dunluce. Decido mantener una distancia prudente con ella y lucho contra la imperiosa necesidad de devolverle el golpe que me dio antes, pero sé con seguridad que, si lo hago, acabarían matándome.
No tardo en fijarme en lo que tenemos en frente, un estrado que se encuentra justo en el centro del inmenso salón.