Una tentación de susurros y lobos TRECE #2
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TRECE #2

—Las nobles están haciendo tratos entre ellas. Lo sabes, ¿verdad? —Levanto la cara para mirarle a los ojos—. Están aliándose para que sus familias se hagan con el poco grano que queda en los campos.

Y en ninguno de esos tratos se contempla la opción de dejarnos cereales al resto en caso de que suframos una hambruna real.

—Tú ya tienes un aliado —responde con sorna—. Y una hermana que sigue con vida.

—Tenemos un acuerdo, no una alianza. No hagas como si no supieras la diferencia.

Las alianzas salvan vidas.

Los acuerdos, no.

Garra estudia mi rostro y exclama:

—No hagas como si no supieras lo que podía pasar cuando viniste a pedirnos ayuda.

Un escalofrío me atraviesa la columna.

—¿Perdona?

—Ya me has oído —responde, levantando las cejas con aire burlón.

—¿Tú te crees que yo quiero estar aquí?

—Lo que creo es que querías salvar a tu hermana, costara lo que costara.

—Aunque le fulmino con la mirada, sus ojos no se apartan de los míos—.

Y lo entiendo. De verdad. Pero ¿sabes qué?

Que este es el precio que has de pagar por su vida.

Así que alegra esa cara y salda la deuda que tienes pendiente.

Me trago el regusto amargo que me dejan sus palabras y un sentimiento de frustración hace que me hierva la sangre mientras le doy otro buche al vino.

—Lo mínimo que podría hacer es darme algo de información, joder —grito en un susurro, aunque mis palabras están cargadas de rabia.

No creo que el plan de los Susurradores se limite solo a matar al Rey Supremo.

Si quieren utilizarme para distraer al príncipe, ¿eso significa que quieren que sea él quien ocupe el trono de su padre?

No sé qué se traerán entre manos, pero sí que me ha quedado claro que su intención es conseguir que los magos vuelvan y que traigan la magia consigo.

Sin embargo, ¿no se traduciría eso en tener que pasar por otra rebelión eterna o, al menos, por un breve golpe de Estado?

¿Creerán los Susurradores que la Mártir va a volver en algún momento? ¿Sabrán siquiera si sigue viva tras veinte años de exilio y sin tener la menor idea de su paradero?

En cualquier caso, por mucho que quiera volver con Finn, lo cierto es que hay una parte de mí que no puedo seguir ignorando: la que se muere por saber en qué clase de mundo y con qué clase de personas está trabajando mi hermana.

Después de la mirada sombría y reservada que me lanzó Lobo cuando le pregunté si mi hermana estaba luchando con ellos, no me cabe la menor duda de que es así.

No sé cómo ni por qué, pero tengo la certeza de que Finn está ayudando a los Susurradores. Al igual que yo ahora.

El resplandor de las velas me ayuda a ver algo que cambia en los ojos marrones de Garra. La calidez se desvanece a medida que una extraña y pesada tristeza se apodera de su rostro justo antes de desviar la mirada.

—Lobo jamás se permitiría cometer el mismo error dos veces.

¿Cómo?

—¿Qué se supone que significa eso ?

De pronto, una guardia de mirada fría y penetrante golpea la empuñadura de su espada contra la pared que hay junto a la cortina roja, y el estruendo rompe el bullicio de susurros y chismorreos.

Bajo la luz titilante de las velas, su uniforme negro y rojo parece unas llamas ondeando en las sombras. Entonces, exclama en voz alta:

—A vuestros puestos.

Garra me quita la copa de la mano y la deja en la mesa.

—No te lo acabes —me advierte—. El vino de Cymrea es mucho más fuerte de lo que piensas y, detrás de la cortina, hay una escalera por la que tendrás que bajar hasta la sala del trono, que es donde estará esperándote el resto de la corte.

—No me digas lo que tengo que hacer. —Recupero la copa y me bebo el vino que queda de una sentada.

Escucho el bufido de una anciana noble que está a escasos metros de mí acompañando a una chica joven con la piel de color crema.

La chica que tiene a su cargo no medirá más de un metro y medio, pero está cubierta de esmeraldas y lleva unas trenzas de oro que le envuelven el delgado cuello y los hombros; deben pesar una tonelada.

—Abu, ¿puedo tomarme una copa? —Su voz dulce y delicada me recuerda al balido de un cordero.

Garra, que sigue a mi lado, se esfuerza por no resoplar.

—De ningún modo —espeta la anciana, que me asesina con la mirada mientras aparta a la chica de nuestro lado.

Como si, con solo estar cerca de mí, pudiera mancillar a una chica que ni siquiera es lo bastante mayor como para ser nombrada heredera, y mucho menos para casarse con un príncipe.

Sin embargo, la chica tiene la valentía suficiente como para arriesgarse a mirarme de reojo, justo por encima del brazo cubierto de seda de la anciana.

Entonces, me regala una ligera y breve sonrisa a la que acompaña el brillo de sus ojos.

Garra me sujeta del brazo y me conduce hasta el final de la fila que se ha formado justo delante de la cortina; son las seis hijas de nobles. En ese momento, asiente con la cabeza en dirección a la guardia que ha dado la orden, así que supongo que la conoce.

Ella le devuelve el gesto y me observa de arriba abajo con una mirada mordaz.

—Yo no soy ningún error. —Elijo mis palabras con cuidado, por si acaso alguien nos escucha y decide delatarnos ante la Dama de las Sombras, la letal jefa espía de la Reina Suprema.

—No me refería a ti —exclama en un tono tan bajo que solo yo puedo oírle—. No eres la única cuya vida corre peligro si fracasas.

No dice ni una palabra más, sino que retrocede hasta la cortina y desaparece entre las sombras que hay tras ella.

Por primera vez en toda la noche, estoy sola.

Noto que el estómago me da un vuelco y deslizo una mano por la seda brillante del vestido oscuro, como si estuviera alisando unas arrugas que ni siquiera existen.

Una a una, las seis hijas de nobles que tengo delante de mí se acercan a la cortina y yo las sigo de cerca, hasta que solo veo el denso y suntuoso terciopelo rojo que iluminan las velas.

La guardia que hay junto a la cortina agarra la tarjetita doblada que le entrega la primera chica de la fila y corre la cortina antes de leerla en voz alta.

—Eavan de Antrim —anuncia la guardia en un tono lo bastante fuerte como para que llegue a las personas que esperan en la sala que hay al otro lado de la cortina.

La noble alta de melena pelirroja, que es la que vi en el pasillo de los baños, da un paso hacia delante cuando la guardia sujeta la cortina, y la cruza.

Aunque sus hombros parecen tan encorvados y cansados como la vez anterior, creo distinguir en sus ojos un atisbo de decisión que no había visto hasta ahora.

Entonces, la multitud que la espera estalla en una oleada de aplausos.

Aun así, no puedo evitar sentir un escalofrío al recordarla suplicando, dispuesta a aceptar la ayuda que le ofreció Oona, la hija de nobles cuya familia contrató a mercenarios de Cymrea para sofocar las discrepancias durante la rebelión.

Sé perfectamente lo que pasa cuando los nobles se alían: que acaban sacrificando a personas como yo. Y eso es justo lo que pasaría si sufriéramos una hambruna.

¿Y si hubiera alguna forma de dividirlas? ¿Alguna manera de enfrentarlas entre ellas, e incluso enemistarlas con la Reina Suprema? De ese modo, la idea de anexar nuestra isla dejaría de parecer una tarea fácil.

Noto cómo se aceleran los latidos de mi corazón en cuento la idea empieza a tomar forma en mi mente.

Otra hija de nobles, la chica que pidió tomar un poco de vino, avanza en la fila y enseña la tarjetita que lleva en la mano.

De pronto, se pisa el bajo de su vestido y da un ligero traspiés.

Esta chica, que no es más que una niña, se arriesgó a sonreírme hace tan solo unos minutos.

Levanta la cabeza y observa a la anciana a la que se refirió como «Abu» y la mujer la mira con impaciencia antes de hacerle una señal con la cabeza para que siga caminando.

De buenas a primeras, siento que se me forma un pequeño nudo en el pecho al presenciar la escena.

¿Es posible que algunas de estas chicas tengan tan poco poder de decisión sobre sus vidas como yo?

Casi me río en voz alta.

Aunque odio la forma en la que Garra despreció a la campesina que murió en las mazmorras porque era un sacrificio necesario, no puedo negar que todas y cada una de estas chicas se van a convertir en eso mismo, en un sacrificio que debo hacer para poder salir de aquí viva.

Las seis tienen que morir antes yo, porque solo así podré asegurarme de seguir con vida para matar al rey.

Y, después huiré del castillo. O, si gano, buscaré ese vacío legal que me permita marcharme.

Porque se supone que la superviviente del Ensayo tiene que casarse con el príncipe Cashel.

Y es imposible que Lobo crea que yo aceptaría cas…

De buenas a primeras, la guardia dice en voz alta el nombre de la noble más joven:

—Caitria, heredera de la familia Decourcey e hija del duque de Mide.

Mide . Conozco ese nombre por Keeva, porque la variedad de cicuta acuática que más le gusta viene de las selvas tropicales que hay en las colinas del sur que hay allí. De hecho, una vez comentó que la familia no permitió que los cymreanos atracaran en su puerto.

Tal vez podría aliarme con ella. Y, quién sabe, quizás esté dispuesta a ponerse de parte de los Susurradores.

Conforme la fila avanza y las chicas se empujan para conseguir una buena posición, veo un movimiento fugaz por rabillo del ojo que me saca de mis pensamientos. Entonces, noto un fuerte golpe en las costillas justo cuando la multitud estalla en vítores.

El dolor es tan intenso que me doblo sobre mí misma.

Me nace de las costillas, pero estas me impiden respirar hondo, y la fila cada vez está más cerca de la enorme cortina.

Sin embargo, aunque noto el costado agarrotado por el impacto, no siento el calor de la sangre brotando de una herida y tampoco hay rastro de ningún corte ni tengo ninguna daga clavada en el pecho.

Al menos no por ahora.